Alina Narciso

Una manera diferente de dirigir

Helen Hernández Hormilla • La Habana, Cuba

Italiana, mujer, teatrista. Con esos adjetivos pudiera aventurarse una imagen  apresurada de Alina Narciso. Sin embargo, no bastan para abarcar su sentido creativo, cultivado de manera trashumante desde su natal Italia hasta España o Cuba. En tanto criatura del mundo teatral, ha vivido la relación con los públicos diversos como un crecimiento en su identidad. Solo un rasgo prevaleció en su contacto con las carteleras teatrales de las ciudades del mundo donde ha trabajado: la poca cantidad de mujeres dramaturgas y directoras que acceden a estos espacios.

Como reacción, inició en 1999 un evento para dramaturgas con la idea de hacer visible a esas mujeres dedicadas a escribir teatro, y a las directoras que lo representan. La iniciativa comenzó entre Barcelona y Nápoles, pero poco a poco fue creciendo hasta involucrar a mujeres de Ecuador, Cuba, Argentina, Brasil, El Salvador, entre otros países de Iberoamérica. La Bienal de Dramaturgia Femenina La Escritura de la/s Diferencia/s acaba de celebrar su sexta edición en La Habana, luego de que hace dos años eligiera como sede a la ciudad de Santiago de Cuba. Con esto, se consolida en la Isla un espacio en crecimiento para beneficiar el intercambio entre mujeres creadoras de diferentes áreas del teatro, inédito en el ámbito de las artes escénicas cubanas.

La Bienal parte de un concurso que premia obras por las naciones participantes, las cuales fueron representadas en las modalidades de Puesta en escena o Montaje en construcción por varias directoras. Alina, quien dirige en Italia la compañía teatral Metec-Alegre, subió a las tablas de la sala Raquel Revuelta la pieza La audiencia de los confines. Primer ensayo sobre la memoria, de la salvadoreña Jorgelina Cerritos. Además, se le vio moderando los diversos paneles sobre género, feminismo, violencia contra las mujeres, entre otros temas tratados en los talleres matutinos de la Bienal. La premisa de que el encuentro fuera, sobre todo, un espacio para el intercambio y la diversidad de criterios, centró los comentarios de Alina durante estos días de debate, con los cuales, según piensa, se avanzó un nuevo paso por la participación femenina en las tablas.

“La Bienal nació de la observación sencilla de la cartelera de los teatros —recuerda—. En aquel momento, vivía en Barcelona y me di cuenta  de que no se ponían obras escritas ni dirigidas por mujeres. Empecé una investigación con compañeras de trabajo, me puse en contacto con dramaturgas de España e Italia, donde la situación era la misma, y de ahí comenzó la Bienal”.

Las dos últimas ediciones han sucedido en Cuba. ¿Qué ha significado esta nueva plaza para el evento?

La Bienal se ha cruzado siempre con mi vida. Quería hacer un montaje en Cuba sobre el sincretismo entre la cultura mágica del interior de Italia y la cultura mágica de Cuba; escribí la obra, la envié al Consejo de las Artes Escénicas y me aprobaron el proyecto. Estuve trabajando dos años en Santiago de Cuba, y como el equipo de trabajo era muy colaborador, pensamos que La Escritura de la/s Diferencia/s se podría realizar allí. Luego, se decidió que se moviera de Santiago de Cuba para La Habana porque la Capital tiene más condiciones y nos dio la posibilidad de crecer.

La Bienal pretende reivindicar la participación de las mujeres en el teatro. ¿Qué está marcando, a su juicio, esta presencia?

Primero, dar visibilidad a las mujeres que trabajan en el teatro, porque son muchas, pero no tienen la misma relevancia que los hombres, ni las facilidades de acceso a lugares de poder. Es un evento para profesionales del teatro y, teniendo más visibilidad, aporta una mirada distinta. Nosotras somos la mitad del cielo; hace falta que esa mitad esté representada en el teatro para que el cielo esté completo.

A partir de las obras ganadoras de este concurso, ¿cuáles son, según su criterio, las maneras de “representar el cielo” para estas dramaturgas y directoras?

Son muy sutiles, porque parten de una manera particular de enfocar las cuestiones. Las obras ganadoras de esta edición, por ejemplo, tienen temas muy políticos. Por eso, cuando se habla de la mirada de la mujer no quiere decir que ellas tengan que tocar solo los que se consideran “temas de mujeres”. Por el contrario, defendemos que puedan hablar de todo lo que quieran, siendo personas completas. Pero ahí entra una mirada diferente: si se habla de guerra, vemos que tienen un sentido de la necesidad de la paz. Presentan otra manera de ver la guerra, no se preguntan quién ganó, sino que indagan en el dolor producido por ese acontecimiento. Son pequeñas diferencias.

Se ha conversado sobre arte y feminismo en los talleres. ¿Cómo asume Ud. estas ideas?

Claro que soy feminista y la Bienal lo demuestra. Nací a finales de 1950 y en los 60, cuando era adolescente, el feminsimo tenía mucha importancia porque era la única posibilidad que tenía una mujer de salir de un papel muy cerrado en la casa. En la etapa siguiente, hubo un momento en que el feminismo se paró, porque parecía que habíamos logrado lo que queríamos, y las chicas de hoy no tienen que luchar contra tantos prejuicios, pueden vivir libremente su sexualidad. Pero todo eso ha sido producido por el feminismo, y si lo abandonamos, volveremos atrás.

¿Qué le ha aportado a su arte asumir esta ideología?

Mucha más libertad de pensamiento; más seguridad; no sentir que debía tener un “papel de mujer”. Como directora de teatro gestiono un espacio de poder, pero no tengo ninguna incertidumbre por mi género. Lo otro que el feminismo me ha dado es una manera diferente de dirigir, porque me he dado cuenta que no hace falta gritar, y eso me lo aprendí en la práctica con las mujeres.

¿A qué atribuye, entonces, que exista tanto rechazo entre las artistas hacia este tipo de concepciones?

A veces, puede pasar que si te declaras como creadora feminista te hacen a un lado, te ubican en un lugarcito pequeñito como si no fueras una artista completa. Muchas mujeres que han luchado toda la vida para tener un lugar no quieren correr ese riesgo, porque todas aspiramos a ser reconocidas como artistas.

Su experiencia ha sido trashumante. Ahora mismo montó una obra de una dramaturga salvadoreña con actores y actrices de Cuba, ¿qué concepto hay detrás de estas experiencias teatrales multiculturales?

En Italia, la crítica me define como artista nómada, porque la transculturación es uno de los elementos de mi trabajo. La experiencia en La Habana con la obra de Jorgelina forma parte de mi trayectoria artística y cultural y siempre, cuando hay esta diversidad de nacionalidades en el trabajo, se logra una universalidad más grande, porque se tiene que encontrar una manera que incluya la diferencia y por otro lado la exalte. Se trata de entrar en relación, pero siempre teniendo en cuenta que el público pueda entender las diferencias que están influidas por un discurso universal.

¿Cuánto pudiera favorecer el teatro en visibilizar la realidad de las mujeres?

Puede influir muchísimo, porque el teatro es el único arte que no se puede realizar sin público, y eso favorece un intercambio cercano con la gente. Uno puede mover ideas sin que sea un panfleto. El teatro tiene que seguir siendo un arte, el público tiene que disfrutarlo, y los pequeños cambios que se pueden hacer en el papel de las mujeres apoyarán sus reivindicaciones. Las protagonistas de las obra líricas, por lo general son transgresoras, pero terminan muertas. Si las reescribimos cambiando el final, le ofrece otra fuerza a la chica que vea esa obra para luchar por su propia realización.

Luego de estas seis ediciones, la Bienal ha dejado de ser de Alina Narciso. ¿Cómo se proyecta este evento para el futuro?

Nunca ha sido la Bienal de Alina Narciso, o no hubiéramos llegado a Cuba con nueve países. Soy quien organiza y le dedica mucho trabajo a este proyeto, pero el rol de las demás mujeres, por ejemplo las coordinadoras nacionales, es fundamental. El futuro lo discutiremos todas juntas, a través de una Red de dramaturgas y teatristas que, con apoyo de todas, va en crecimiento.

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