Para pulsar El leve viaje de la sangre

Rafael Acosta de Arriba • La Habana, Cuba

Norberto Codina nos demuestra
su condición de poeta al que las
heridas de todos los hombres le
duelen como herida propia.

Félix Pita Rodríguez

Hace diez años exactamente tuve el placer de prologar la antología de poemas Cuaderno de Travesía, de Norberto Codina. Los temas del poemario conducían de manera segura por la biografía del autor: amores, nostalgias, obsesiones, preferencias culturales y literarias, fanatismos deportivos, visiones del mundo y del entorno, todo ello se encuentra en aquella selección realizada por el propio autor. El libro era una síntesis de la obra poética de Norberto, la que, como es usual  pasó sin penas ni glorias ante la escasa crítica literaria de nuestro panorama letrado.

Ahora ve la luz el conjunto de 33 poemas titulado El leve viaje de la sangre, editado por Ediciones Isla de Libros, en Colombia, entre los que se repiten algunos textos de la referida antología y se incluyen varios escritos con posterioridad, además de un poema con carácter inédito.

Como es característico en la poesía de Norberto, en este nuevo libro se reitera el no abuso del juego metafórico ni la presencia de una retórica excesiva; el poeta nos ofrece con sobriedad sus entrañas, cada poema es un fragmento de tiempo en el que, con evidentes desgarramientos, el autor se desprende de retazos de la memoria. La poesía de nuestro autor es definible por esa mesura y contención de los sentimientos, por esa sustancia eclosionante de lo que se quiere expresar.

Un apunte hecho por Félix Pita Rodríguez en el prólogo al segundo poemario de Codina, Árbol de la vida, de 1984, puede definir mejor lo que trato de decir: “En este cuaderno le vemos trepar audazmente, sin temor a las posibilidades de las espinas, hasta las ramas más empinadas del árbol de la vida y descender después, frutos en mano, hasta la tierra que aprisiona y sostiene el árbol. (...) el poeta muestra la breve, pero muy rica cosecha, que acopió con uñas y dientes, haciendo brotar la sangre y enseñándonos las venas profundas por las que circula para que el árbol mantenga su fuerza y su lozanía, y sus raíces se hundan con violencia mayor en la tierra que le alimenta”.1

Aquí Codina reitera una constante de la poesía de la modernidad; la poesía encarna en la Historia y todo acto poético entraña una vivencia cuya intensidad, por lo general, está muy relacionada con la energía del poema. Con esta lírica se puede volver sobre un viejo axioma, y es que la poesía brota de la vida más que de la propia literatura; lo contrario, que no es el caso, pudiese ser uno de los tantos ejercicios retóricos en los que lo poético no pasa de ser mero juego de palabras o puro artificio escritural.

De aquella sentencia de Jorge Luis Arcos sobre la poesía conversacional de los 70, cuando la definió como “sierva de la historia”, a esta nueva forma de encararla, es decir, desde la intimidad más protegida, se fue desplazando la poética de Codina como la de muchos que, como él, se dieron a conocer por aquella década. Eliseo Diego había advertido tal movimiento en la estética de nuestro autor cuando expresó que la misma significaba para él “esa conversación en la penumbra” que constituye el diálogo silencioso y próximo entre las obras de dos poetas.

Dicha perspectiva me permite repasar brevemente lo que en una época se denominó “poesía menor o de tono menor”, esa que no se pretende canto épico, o lo que es lo mismo, la que no habla de generalizaciones abstractas sino de lo que alimenta al hombre en su cotidianidad.              

Aunque ya pocos reparan en dicha clasificación, sobre todo  a partir del célebre ensayo de T.S Elliot2, “¿Qué es poesía menor?”, de 1957, en que el insigne poeta y ensayista se declaró incapaz de elaborar  una definición válida del término, deseo apuntar que la poesía de Norberto Codina, atenta a las intimidades del ser humano por encima de cualquier vocación metafórica, pudiera inscribirse muy bien en ese registro. Cuarenta años después del ensayo de Elliot, en 2000, John Ashbery3, tampoco fue capaz de definir lo que significaba poesía menor. Al parecer se trató de una clasificación que se agotó con el tiempo. A propósito de esto, recuerdo ahora a Eliseo Diego, cuando una tarde de otoño, a inicios de los 90, en su casa de El Vedado, pulsando la voz con su respiración agitada y su decir pausado, se autoinscribió con absoluta naturalidad en la supuesta poesía menor o de tono menor; y me dijo para cerrar aquella conversación inolvidable: “No se debe temer a esa calificación, esa es la poesía de todos”.

Poesía de lo íntimo pues, de la soledad, de la infancia que se intenta preservar como un precioso talismán, de los amores idos y de los que nutren el presente, del sexo como “un suave libro abierto”, de la placentera sensación de sentarse en un parque a ver la vida correr; una poesía que recupera el aroma del café o la imagen de la vena que tiembla bajo la piel de la amada a la luz mortecina de una lámpara, poesía de los detalles que arman ladrillo a ladrillo nuestra memoria más socorrida. Pero se trata también de la poesía en la que la amistad encuentra un cálido habitat porque, cómo no subrayarlo, el autor es un cultor de las buenas y entrañables relaciones y las auspicia con el calor del día a día, del mes a mes, del siempre a siempre.

Los poemas de Codina son perentorios, por así decirlo, vivenciales. Los recuerdos arman construcciones de lo femenino que se desasemejan en cuanto a tono. Lo erótico, por ejemplo, es apremiante en ‘De una primera aventura’ donde se establecen diálogos con el heterocuerpo casi imperiosos….”

Pedro LlanesHay poemas de este conjunto que gravitarán persistentes sobre lo mejor de la poesía cubana más contemporánea como “El lucero del alba es un planeta vivo” y “Un poema de amor, según datos demográficos”, dos de mis preferidos, escritos en la veintena de años del autor, o “Elogio y dogma”, que encabeza el segundo apartado del poemario, texto de un erotismo sutil y delicioso. Es, por lo tanto, un poemario con hambre de vida, en el que el cuerpo amado y deseado ocupa un lugar prominente.

Tiene razón el poeta villaclareño Pedro Llanes cuando escribió recientemente sobre este libro:

“Los poemas de Codina son perentorios, por así decirlo, vivenciales. Los recuerdos arman construcciones de lo femenino que se desasemejan en cuanto a tono. Lo erótico, por ejemplo, es apremiante en ‘De una primera aventura’ donde se establecen diálogos con el heterocuerpo casi imperiosos….”. Y más adelante afirma Llanes, “Ello sirve para el salto al asunto verdadero del poema, la evocación erótica desde cierto lugar”.4 Coincido por completo con Pedro Llanes en que este poemario hay que verlo como un ars amandi de su autor. Y es que pudiese ser titulado también como Libro de los sentidos pues hay muchos poemas dominados por el lenguaje sensorial, “Noche de El Vedado” de manera particular; o también podría llamársele Libro del amor, con todo derecho, de un amor perdurable a la mujer que son muchas mujeres, experiencias plurales que el autor condensa en la innombrada Gisela, pero que sabemos que es esa mujer toda y una, una y muchas, que devora los motivos de la mayor parte de las imágenes amorosas del volumen.

Con Stendhal, probablemente, se haya evitado que el amor fuese ciego, tanto como con Lope de Vega se evitó que fuese un sentimiento mudo, ambos en contraposición con Ortega y Gasset, con el cual el amor no sería hoy lo que la poesía ha querido que sea: una presencia, un latido capaz de estremecernos, y es en esta última perspectiva en que me gustaría situar la concepción amatoria de Codina.

El poema que da título al libro es una apuesta por la memoria, en el que se amalgaman el amor, las dudas y las pérdidas que sufrimos a lo largo de nuestras vidas. Es un hermoso texto, como debe ser el poema que titule a un conjunto. Otros textos reinciden en tales preocupaciones y temas. Así transcurre este volumen, un permanente registro de intensas sensaciones, donde a ratos se percibe a los sentidos gobernando al cuerpo, pero en el que también la corporalidad es sujeto o escenario de los pequeños sucesos, leves, casi imperceptibles, que acompañan nuestro devenir y que solo la sensibilidad del poeta es capaz de reparar en ellos.

El deseo de realizarse como totalidad obliga al poeta a hundirse en el tiempo, a fundirse con él, a crear una fugaz eternidad. Y como el hombre está hecho de tiempo, la poética de nuestro autor tiende a producir el milagro de que el hombre se fusione consigo mismo, con su lenguaje; hombre y palabra conformando una unidad vital.

Si como es sabido, los dos grandes temas de la poesía son el hombre y la poesía misma, este libro los toca a ambos con serena lucidez, quizá enfatizando en que el destino de la poesía contemporánea sea el de iluminar el drama del hombre en su tiempo.

Palabras en la presentación del libro El leve viaje de la sangre, de Norberto CodinaLa Habana, 12 de marzo de 2013.
 
 
1- Norberto Codina, Árbol de la vida. La Habana, 1984.
2- T.S Elliot, “¿Qué es poesía menor?”, del libro Sobre la poesía y los poemas, Editorial  SUR, Buenos Aires, 1957, pp 34-49
3- John Ashbery, Other traditions, Harvard University Press, 2000.
4- Pedro Llanes, “El ars amandi de Codina: otros retratos de mujer”. Villa Clara, 2013.

 

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