Bobby Carcassés: Más allá de los premios

José Dos Santos • La Habana, Cuba

Los premios son acciones que por algo se otorgan-reciben. Hay algunos que nunca llegan, a pesar de méritos, resultados y aportes, porque son muchos aspirantes con gran valor y la vida se acaba antes de que alcancen a todos los que lo merecen; a otros les llegan por acumulación, aun cuando su labor no está en el cenit que les podría haber hecho merecedor mucho antes, pero resulta de justicia concederlo; otros no encierran todo lo hermoso y creativo que ha hecho el agasajado, pero eso no les resta valor cuando llegan.

Imagen: La Jiribilla

En todo ello pienso cuando me animo a escribir sobre Roberto (Bobby) Carcassés Cuza, en ocasión de haber recibido el Premio Nacional de la Música en este 2013.

Este multinstrumentista, compositor, formador de nuevos valores y artista plástico con fama internacional alcanzó ahora uno de los más altos reconocimientos institucionales que, en el sector artístico, se confiere en su amado país.

Por su trascendencia, afabilidad, talento y coincidencias —tanto en lo musical como en otros muchos campos— hace un tiempo le propuse escribir el libro que se necesita para comprender mejor sus aportes a la cultura cubana.

De ella he extraído pasajes, a pedido de La Jiribilla, como adelanto de ese intento siempre perfectible, porque su personalidad, intensa y compleja, y su entrega permanente hacen de esa una obra incompleta.

Sirva este anticipo como homenaje a esa gloria artística y humana que se dice llamar, en esta vida, Bobby Carcassés.

Resumen

Carisma y talento sobre el escenario; calidez y fraternidad  en lo personal; exigencia y estímulo al relevo en lo musical; emprendedor y múltiple en lo artístico. Esos son algunos de los rasgos que caracterizan a Bobby Carcassés.

Este imprescindible de la cultura parece estar siempre listo para dar el paso acertado en el momento oportuno, tanto en lo cercano como en lo mediato, con sus múltiples instrumentos —incluyendo la voz— o con los pinceles.

Es de los que, al pasar el tiempo, llegan tanto a formar parte del paisaje artístico cubano —como las palmeras son típicas de nuestra campiña— que pueden no recibir el reconocimiento que merecen.

Imagen: La Jiribilla
Junto con Francisco Fellove, el maestro del scat cubano. Nueva York, 1996

 

Preámbulo

Le conocí personalmente cuando ya era leyenda entre artistas y entendidos, en especial de la música, aunque también tenía historia como actor, en las artes plásticas y el deporte.

Fue en una lejana noche, al frente de su Afrojazz, en plena descarga en la Casa de la Cultura Plaza. Como periodista interesado en muchas cuestiones —entre ellas ese género—, conocía de sus andanzas como un creador singular de esa hermosa síntesis de la cubanía con el jazz y de su magisterio constante para abrirle caminos a las nuevas generaciones. En aquella velada descollaba a su lado un trompetista casi niño llamado Yasek Manzano.

Han pasado varios lustros desde entonces y los contactos mutuos se hicieron frecuentes, tanto en escenarios formales como improvisados —recuerdo los de la Casa de la Prensa, el último sábado de cada mes, donde contribuyó a fundar la segunda temporada del Club Cubano de Jazz en la última década del pasado siglo.

Además de animar muchas de aquellas tertulias iniciales de esa aventura —con un lustro de duración— siempre estuvo accesible para apoyar en otras cuando un instrumentista fallaba y él asumía desde el contrabajo al piano, con la modestia de un grande que no requiere protagonismo para serlo y cuya sola presencia era garantía de calidad.

Conversamos en diversas oportunidades con motivo de presentaciones, viajes y otras experiencias y me resultó uno de los más documentados y conocedores a quien apelar en busca de opiniones sobre visitantes y acontecimientos en el mundo del jazz.

De vez en vez le visité, compartí sus emprendimientos como dibujante y pintor y sus criterios sobre un vasto conjunto de asuntos —terrenales y espirituales.

De esa forma, me fui animando a proponerle a este cubano universal un proyecto como el que iniciamos…

Escribo estas líneas cuando el libro comienza a cobrar forma, a partir de un proyecto de guion que seguro se multiplicará y diversificará en la medida que avancemos.

No podrá ser de otra forma, porque se trata de un ser multidimensional, cuyo inalcanzable horizonte —como el jazz— estimula al continuo avanzar y crear.

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