El Bobby nunca pierde su brillo

Jorge Luis Valdés Chicoy • La Habana, Cuba

En los años 70, yo tocaba en un grupo de rock, pero sentía cierta inclinación por el jazz. En esa época, los jazzistas no solían fijarse en lo que hacíamos nosotros y, por eso, quizá recuerdo con tanto agradecimiento que la primera persona que me invitó a hacer una fusión entre ambos géneros, fue Bobby Carcassés. Aquello, en ese momento, no era nada común, sino más bien una propuesta arriesgada, teniendo en cuenta lo que ocurría con la música en nuestro país.

Imagen: La Jiribilla
En la UNEAC, 1978

 

Bobby me abrió las puertas al jazz y, como a mí, también les ha tendido la mano a muchísimos jóvenes en la Isla. Ahora mismo tiene una banda enorme, con 15 músicos, casi todos estudiantes de las escuelas de arte. Lo que resulta peculiar es que el grupo de Bobby crece y crece, porque los dos trompetistas, por ejemplo, invitan a otros dos a que vayan a ver los ensayos y a aprender, y estos terminan quedándose. Entonces, en vez de dos, hay cuatro trompetas haciendo lo mismo, porque son amigos, muchachos que están empezando y llegan corriendo de las clases, a veces sin almorzar, a veces renunciando a otros proyectos, para ir a tocar con el maestro. Y, Bobby, por su parte, no opone resistencia, sino que les brinda la posibilidad de estar con él, aunque no quepan todos juntos en el escenario.

Algo así me sucedió a mí cuando, por mediación suya, toqué por primera vez en uno de los “lunes de jazz” del club Johny´s Dreams en La Habana. Bobby me llamó para ensayar en su casa, y no me dio un papel para que leyera lo que tenía que hacer, sino que comenzó a ponerme discos con ejemplos de lo que él pretendía que hiciéramos juntos. Esa es una de las más grandes enseñanzas que he recibido como músico.

Al otro día de tocar en el Johny´s, me sentí distinto. Bobby me había llevado a un lugar que representaba mucho para el jazz en esa etapa. Cada lunes, por allí pasaban grandes músicos cubanos: los Irakere, Armando Romeu… Tocar allí con mi onda rockera mezclada con el jazz, me abrió el espíritu, me dio fuerzas para seguir, me ayudó a probarme. A partir de ese momento, comencé a tocar diferente y a pensar diferente sobre mi vida. Agradezco a Bobby el haberme marcado de una manera tan fuerte.

Pero yo soy solo uno entre decenas de músicos cubanos de varias generaciones que le deben al Bobby momentos importantes de sus carreras. Como maestro es comparable con Felipe Dulzaides o con el grupo Irakere, que han sido “escuela” para el jazz en Cuba.

Con Bobby particularmente, he podido aprender también de su generosidad y paciencia, dos virtudes que caracterizan a los grandes. Se me antoja pensar que, fuera de nuestro país, lo que ha hecho él se asemeja al trabajo de Duke Ellington con su gran orquesta. En los videos del norteamericano, se puede ver cómo este ofrecía oportunidades a jóvenes que recién comenzaban sus carreras, a pesar de que todavía no alcanzaran el nivel de grandes solistas como otros en la banda. Bobby, como él, ha tenido la paciencia para permitir que confluyan, con los consagrados, muchachos valiosos que deben ir consolidando su formación con el tiempo.

Como artista, Bobby es muy versátil: gran músico, pintor, actor; ha logrado unir durante su vida experiencias de las distintas artes; es un individuo con un enorme espíritu artístico.

Un artista no debe nunca perder su encanto. Uno no puede subirse a un escenario con la misma actitud con que toma café o realiza cualquier otro acto cotidiano. En su trabajo, el músico debe modificar un poco la manera en que se proyecta hacia los demás. Eso está muy claro en Bobby, quien no deja de usar sus camisas de colores o de vuelos al estilo de los pachangueros, o canta y usa maracas para llamar la atención.

En lo particular, uno de los momentos que más me ha impresionado en sus últimas presentaciones, fue verlo cantar en el teatro Mella con la Orquesta del Jazz Lincoln Center de Nueva York, dirigida por el trompetista Wynton Marsalis. Su actuación fue increíble, casi una clase magistral de cómo debe presentarse un músico en escena. Aquel fue un ejemplo de cómo los jazzistas, más que en tocar notas, deben pensar en la forma de proyectarlas, de hacer que la gente las reciba. Las notas existen simplemente, están ahí, pero la complejidad de actuar para un público reside en saber cómo se establece una comunicación con él. Muchos músicos de prestigio solo asombran a los propios artistas del gremio por sus habilidades técnicas o creativas, pero, a pesar de ello, no logran trasmitir absolutamente nada al resto de las personas. El brillo de Bobby, por el contrario, es una pieza clave para que sus mensajes lleguen a las personas que escuchan su música.

Imagen: La Jiribilla
Junto con Chango, en 1994

 

Bobby es un ejemplo vital al que los músicos tenemos que acudir para no perder la idea de que somos artistas, que debemos siempre decir algo pensando en el alguien que está expectante frente al escenario. En las escuelas de arte se aprende la técnica, pero estas habilidades solo se alcanzan acudiendo a personas como Bobby que han sido, además, muy condescendientes con sus alumnos.  

Por otro lado, a él también le debemos el haber creado el Festival Jazz Plaza, actualmente el más importante de los que se realizan en el país. Su trabajo para propiciar estos encuentros anuales entre músicos del mundo demuestra que es un luchador incansable y un amante eterno del jazz. El Festival ha sido favorecido porque Bobby ha tenido siempre la mente muy abierta, pero también porque ha defendido mucho el punto de vista cubano sobre el jazz. Además, en todo momento trata de fusionar el género con las expresiones propias de la música de nuestro país, porque es un gran cubano y lleva toda esa sonoridad y esas influencias en su sangre.

Hace muy poco, en un homenaje que me dedicó el maestro Eduardo Martín en su peña habitual de la Casa del ALBA, Bobby me sorprendió con una canción que llamó “Chicoy´s blues”. Yo lo había invitado para que participara, y solo su presencia iba a ser un regalo para mí, pero él, que es un creador inagotable, me compuso este tema y nos obsequió, al final de la presentación, una pintura suya a cada uno de los músicos que tocamos ese día. Así es la grandeza de Bobby, por ello no dudo en compartir mis anécdotas cuando se me convida a compartir este agasajo por su Premio.

 

Nota:
Testimonio del guitarrista Jorge Luis Valdés Chicoy, ofrecido en entrevista exclusiva para La Jiribilla.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato