Teatro Nacional de Guiñol: una matriz, una escuela

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Días atrás, en la clase introductoria de teatro para niños y de títeres que imparto en el ISA, les pregunté a los estudiantes —diseñadores de tercer año— si  habían oído hablar sobre los Camejo. Muchos me respondieron que sí como algo muy obvio, y esa reacción me dio mucha alegría. Puede parecer una pregunta ingenua en el presente; pero hace 15 años los Camejo eran dos páginas en un libro de historia, tan solo se sabía de ellos cuando recibíamos la asignatura en tercer año, y cuando sobre ellos se hablaba, su mención se reducía a ubicarlos entre los tres grupos existentes que hacían teatro para niños y también teatro de títeres en Cuba antes de 1960, y como los fundadores del Teatro Nacional de Guiñol (TNG). Por entonces, siempre quedaban preguntas que inquietaban —recuerdo que no entendía cómo el TNG se había fundado después de todos los otros guiñoles, si los maestros habían sido los Camejo. Con el conocimiento que existe hoy sobre estos pioneros vuelve a parecer una duda naif, pero para esa fecha no lo era.

Imagen: La Jiribilla
La nana, Teatro Nacional de Guiñol
 

Hace diez, 15 años, los Camejo eran apenas mencionados; solo los conocían sus contemporáneos. Su importancia, su absoluta relevancia como creadores no de un grupo sino de todo un movimiento nacional y su herencia, solo ha sido tangible por el trabajo incansable de recuperación,  de propulsión histórica, del director del Teatro de Las Estaciones, a quien un día le preguntaran en Charleville- Mézières por Carucha. A partir de ese día, Rubén Darío se dio a la tarea, no solo de contestar con absoluta precisión a esta interrogante por el resto de los años posteriores, sino a compartir su indagación con el resto de los titiriteros de Cuba. A esa tarea se sumaron, paulatinamente, con igual pasión Norge Espinosa y las relatorías de Armando Morales, Xiomara Palacios, Jesús Ruiz, Roberto Fernández, Carlos Pérez Peña, Iván y Olga Jiménez, Allan Alfonso,  Miriam Sánchez y muchos otros, que han convertido no en mito y sí en anécdotas la existencia y  la obra de estos iniciadores.

Imagen: La Jiribilla
La cucarachita Martina, Teatro Nacional de Guiñol
 

La perspectiva para celebrar medio siglo de existencia de un colectivo teatral ha de ser distinta porque hoy tenemos mucha información —también gracias a libros como El títere ¿en la luz o en la sombra? (2002)1;  Niños, títeres y actores en el siglo XX (2008)2; Retablo Abierto (2012)3; Mito, verdad y retablo: el Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril(2012)4Signos, manos y sueños en el Guiñol de Santa Clara (2012)5, textos escritos y publicados 30 años después de aquella primera, y única, referencia sobre nuestra historia—. Por todo ese conocimiento adquirido, debe ser distinto el enfoque cuando se piense al Teatro Nacional de Guiñol: La nana; La cucarachita Martina (dirigida por Xiomara Palacios) y Abdala, que constituían los espectáculos referenciales en la historia que a mis oídos de estudiante llegaban, hoy son pensados desde otra perspectiva, como  consecuencia de una experiencia y un aprendizaje previo.

Imagen: La Jiribilla
Abdala por el TNG y El Trujamán, 1995
 

Educar es un acto de altruismo, para un teatrista supone posponer su propia obra y sus propios anhelos en pos de algo más grande, algo que lo rebasa, el deseo de tener colegas, de crear un movimiento, de ser más que uno mismo y su obra creativa. En 1962, cuando el Consejo Nacional de Cultura convocó a varios teatristas que trabajaban para niños en la Capital, con el propósito de “activar foros artísticos en todo el país”6, los únicos que se decidieron a hacerlo fueron Carril y los Camejo. Siendo coherentes con lo propuesto en su propio Manifiesto (1956), hicieron una pausa para enseñar lo que sabían, lo que habían aprendido de forma empírica y habían consolidado  estudiando e investigando. De los talleres, cuyas matrículas en algunas provincias llegaron hasta 50 participantes, surgieron los guiñoles provinciales que sobreviven hasta hoy: el de Santiago, Camagüey, Santa Clara, Matanzas y Pinar del Río —este último el único que ya no existe—. Manuel Ávila asistió al taller de Santa Clara y fundó el Guiñol de Cienfuegos. ¿Cómo habrán sido aquellos talleres, que sentaron las bases para un movimiento titiritero nacional que sobrevive con los mismos iniciados de entonces, ya líderes consagrados de hoy?

La representación teatral es un acto efímero, una manifestación volátil, impresionista; es un arte cruel y, por eso mismo, exquisita. Es ahí donde juega un papel imprescindible el legado; la relatoría de una historia ha de hacerse cargo de los olvidos, de los injustos juicios hechos en el presente sobre quien fuera en el pasado estrella guía. Yo ví El Perro del Hortelano dirigido por Roberto Blanco, ví Contigo pan y cebolla, dirigido por Armando Suárez del Villar ¿Acaso puedo permitirme la ingenuidad de creer que ese es el teatro del que somos deudores; puedo, por esa última impresión, analizar una obra toda?

¿Es justo que yo me refiera a estos grupos por mi experiencia como espectadora y piense en ellos tan solo a partir de los espectáculos que he podido ver? ¿Puede ser subscrito el guiñol santiaguero tan solo a Cuenteros, papalotes y piratas (2003)7; Fábulas de país de cera (2009); Miau Miau (2010); La calle de los fantasmas, El panadero y el diablo, Chímpete-chámpata (2012). ¿Es preciso recordar a Caballito Blanco (Pinar del Río) ofreciendo una función en un derruido teatro, con su histórica versión de Las bodas del Ratón Pirulero? ¿Sería exacta  la sumatoria de imágenes de Los Ibeyis y el diablo (2002); ¡Tierra a la vista!, o un ensayo de la última versión de El gato con botas (2012) para caracterizar al Guiñol de Camagüey? ¿Se puede uno enterar de la grandeza de un grupo sumando Historias de perros y otros cuentos (2004), o la imagen que conservo de La selva (2008)? ¿Puede saber uno entre las perchas cargadas de títeres incólumes de Manuel Ávila qué pasó en —y desde— esa fundación? Papalote es hoy, de aquellos grupos, el que más precisamente puede cotejar pasado y presente en acertada consonancia. ¿Acaso será correcto que cuando hable de un Teatro Nacional de Guiñol comience mi relatoría con aquel espectáculo que recreaba las aventuras de los héroes mayas de Xibalbá (1999) y la concluya con la representación a la que asistí de Kiko Kirico (2012)? Puedo, en efecto, realizar un juicio crítico de cada una de estas producciones y de lo que, al aunarlas, constituye para mí un diagnóstico concreto del presente de cada uno de estos colectivos; pero, en este día, con lo que sé de ellos, no puedo hacer más que sentir deferencia absoluta por sus líderes, aquellos párvulos estudiantes que recibieron talleres impartidos por el triunvirato mítico. Por supuesto, uno puede juzgar el espectáculo,  el resultado particular e inmediato, y puede hablar de diseños y dramaturgias y coreografías y manipulaciones, pero no puede hacerlo sobre un grupo de 50 años con exactitud ética, no si no estuvo allí.

Lo sorprendente de esa cimiente es, ante todo, su permanencia.  Es justo ver el acto de resistencia y compromiso de personas como Rafael Meléndez, Mario Guerrero, Manuel Ávila, René Fernández y Armando Morales. Su sentido de pertenencia, la disciplina a la que someten cada acto de creación, la seriedad absoluta puesta en cada proceso, el rigor y el compromiso con el arte que defienden de toda una vida, de eso también he sido espectadora, y si algo pudiera reprochar es que algunos  no hayan sido conscientes de su relevancia como líderes para también crear escuelas.

De todas formas sí han sido maestros,  algunos sin proponérselo, fungiendo como modelos: la saga de René tiene nombres como Rubén Darío Salazar y Arneldy Cejas, parte activa de sendas generaciones y distintos modos de hacer. Luis Montes de Oca ha estado 20 años viendo y haciendo junto con Mario Guerrero. José Labrada hoy se adiestra con Meléndez, Sahímell Cordero lo hizo con Armando… Esa es la herencia de aquella escuela donde La Margarita Blanca, Arkadi Avercheko y Pepe Carril se convirtieron en repertorios nacionales, espectáculos de iniciados, catequesis aplicable para toda una vida.

Coherentes como fueron los Camejo, pusieron en práctica todos los puntos de aquel manifiesto, que al más puro estilo futurista, decía: Esto es lo que somos y esto es lo que queremos hacer. Medio siglo después, nos corresponde seguir  escribiendo sobre lo que fue, sobre el por qué tienen esos líderes tanta energía y tanta aprehensión por el arte de los volatineros  para convertir esa historia, la nuestra, en un verdadero acto de justicia.

 

Notas:
1. Armando Morales. Ediciones Unión 
2. Freddy Artiles. Ediciones Matanzas.
4. Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa Mendoza. Ediciones UNIÓN
5. Carmen Sotolongo Valiño. Ediciones Alarcos
6. En Mito, verdad y retablo …. pg 94
7. Las fechas que ubico tras los espectáculos no son la de sus estrenos, pertenecen al  año en que yo asistí a estas representaciones.

 

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