Pas de deux titiritero con Xiomara Palacios y Armando Morales

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba
Imágenes de Archivo
Imagen: La Jiribilla
La cucarachita Martina, de Abelardo Estorino, Teatro Nacional de Guiñol
 

El 12 de noviembre de 2012, en el Teatro Nacional de Guiñol, volví a disfrutar del dúo único que conforman en escena los maestros Xiomara Palacios y Armando Morales. Se presentaba, por primera vez, en público el libro Mito, verdad y retablo: El guiñol de los hermanos Camejo y Carril, de Norge Espinosa y Rubén Darío Salazar, publicado por Ediciones Unión. Ninguno de los dos titiriteros quiso faltar a la cita. Igualmente, accedieron al pedido de los autores para que volvieran a trabajar juntos. Hacía tiempo que esa conjunción de ángeles y diablos no se sucedía. Cuando Xiomara y Armando intercambian sus experiencias y energías tras el retablo, o a la vista del público, sucede la magia. Lo mismo los he disfrutado en La cucarachita Martina, de Abelardo Estorino, ella haciendo la Cuca enamoradiza y él de apasionado Batracio, que improvisando con los niños en el montaje de Morales La lechuza ambiciosa. Él ha sido Gepeto y ella Pinocho, o ella Afortunado y él, Don Severo, en Mascarada para un cuento, de Raúl Guerra. La Suite concertante para dos titiriteros los unió —¿por última vez?— en un recital de canciones y estampas. Por obra y gracia de la edición vuelvo a juntarlos una vez más. Xiomara habla desde la entrevista que le hicieran Gladys Pérez y Antonio Orlando Rodríguez, en Conjunto. Revista de Teatro Latinoamericano Nro. 65, de Casa de las Américas, correspondiente a los meses julio-septiembre, de 1985. Morales se deja escuchar en fragmentos tomados de la entrevista que le realizara la teatróloga Dianelis Diéguez La O, en la revista de artes escénicas Tablas Nro. 2, de abril-junio, del año 2006. Ambos opinan sobre temas afines, y vuelven a ser los novios del teatro de figuras cubano, que se juntan en un fantástico pas de deux titiritero que saluda el aniversario 50 del Teatro Nacional de Guiñol.

Imagen: La Jiribilla
La lechuza ambiciosa, Teatro Nacional de Guiñol
 

I

Descubrir el teatro de guiñol

Xiomara

En 1963 estaba estudiando arte dramático y a un compañero se le ocurrió proponerme para formar parte del Teatro Nacional de Guiñol que, por entonces, se estaba creando. Y resulta que me aceptaron. Pero, honestamente, nunca pensé que fuera a quedarme mucho tiempo allí. En aquel momento lo que me interesaba era ser actriz, simplemente, no titiritera. ¡Pero me contagié con la “enfermedad del muñeco”!

Dice el director búlgaro Atanas Ilkov que, cuando una persona contrae ese virus, ya no tiene remedio. No se puede curar, no existe antídoto, no hay salvación. Parece que es cierto, porque nunca más quise ser otra cosa que titiritera. Me resultó muy atractivo el Guiñol: los muñecos, ese medio de expresión tan rico y complejo, y sobre todo el público infantil.

Imagen: La Jiribilla
Mascarada para un cuento, de Raúl Guerra, Teatro Nacional de Guiñol
 

Armando

Hacia el año 1961 —obviamente, yo tenía 21 años, y es muy difícil que a un joven de tal edad se le haga una proposición que no acepte, porque este es un momento de descubrimientos, de buscar horizontes; mucho más cuando uno está signado por la naturaleza y por los dioses para entrar en contubernio con el arte.

Cuando los hermanos Camejo me hicieron la invitación para trabajar en el teatro de títeres, ya tenía estudios de actuación en la ADAD 1, conocía a Carlos Pérez Peña y otros compañeros que fueron más tarde mis colegas de trabajo, entre ellos Modesto Centeno, con quien entablé una relación de maestro-alumno en el plano docente y después fuimos colegas de creación, una relación que se extendió de la academia de teatro a la práctica artística, y a pesar de no tener una directa influencia del quehacer titiritero, mis andanzas dentro del mundo artístico entonces, me hicieron simpatizar rápidamente con la propuesta.

II

¿Qué es un títere?

Xiomara

Un muñeco es una cosa muerta, un pedazo de cartón y de tela al que hay que darle vida. Uno tiene, primero, que ser lo que se propone expresar y, después,  trasmitirlo al muñeco y conseguir que él lo exprese a su vez. Para crear un personaje, el actor se vale de su voz, de su rostro, de su mirada, sus manos, todo su cuerpo, y pudiera pensarse que tener que suplir todos esos recursos por un muñeco es limitante. Pero ahí viene lo sorprendente, porque el títere puede hacerlo todo guiado por ti. El titiritero es, a la vez,  actor, director y espectador: puede observar críticamente cuanto hace en escena su muñeco y esa es una ventaja que tiene sobre otros actores, pues estos no pueden contemplarse a sí mismos durante la representación. Un muñeco, en fin, es nada: empieza a ser algo cuando un titiritero cree en él.

Armando

El títere ha sido toda la vida marginado —y marginado por el propio hombre—porque, obviamente, el títere porta en sí el encanto, la magia, el hechizo de aquel momento de la acción ritual donde el ser humano, tanto el espectador como el actor, forma parte de una misma realidad. Ante el títere un hombre descubre la posibilidad de su fantasía. En la relación de dos hombres al actuar no hay fantasía, hay otros elementos, hay emoción, hay interacción; es otro arte. Nosotros no podemos comparar el teatro de títeres con el teatro de actores son dos mundos totalmente diferentes.

Imagen: La Jiribilla
Pinocho, Teatro Nacional de Guiñol
 

III

Trabajar con niños y para los niños

Xiomara

Hay quien afirma que el público infantil es muy exigente, que es un público más difícil, más crítico que el adulto. No creo que sea así, no estoy de acuerdo. Es cierto que el niño no soporta, rechaza las puestas en escena aburridas, pero en ocasiones va al teatro y se ríe, disfruta con espectáculos que no poseen calidad, que son, a veces, hasta de mal gusto. Se ríe de cualquier cosa: de las monerías, de las payasadas, de las gracias que tú le hagas. No es que lo subvalore, todo lo contrario. Es que el niño es muy agradecido, muy abierto, sumamente receptivo y, precisamente por eso, porque se entrega mucho, hay que ofrecerle lo mejor, lo que pueda contribuir a formarlo como espectador, a aguzar su sensibilidad, a hacerlo más exigente. Otra cosa sería engañarlo, aprovecharse de su generosidad.

Armando

Trabajar con niños el teatro de títeres me parece una maravilla. Lo hice con Antonia Eiriz, en un trabajo de papier maché en el barrio Juanelo. Todavía queda por ahí un documental hermosísimo que se titula Arte del pueblo, en el que trabajé con niños. Recuerdo que monté con ellos El espantajo y los pájaros de Dora Alonso, y el protagónico lo hizo un niño de diez o 11años, y ese niño movía aquel espantapájaros con gran calidad histriónica. Yo trabajaba a plenitud cada vez que ellos se exhibían con mayor riqueza expresiva. Trabajar con niños, la verdad, es una delicia.

IV

Títeres para adultos, entre ansias y necesidades

Xiomara

Yo sé que eso no se debe hacer, pero no puedo remediarlo: lo hago. Muchas veces, durante la función, me asomo por algún agujerito, por alguna hendijita que tenemos siempre en el retablo, para ver las expresiones de quienes están mirando el espectáculo. Y, a veces, descubro que los adultos gozan y disfrutan más que los propios niños para quienes está concebida la representación. Es una experiencia muy linda, muy conmovedora; es como si esos papás y esos abuelos volvieran a la infancia. Y creo que se debe a que el adulto cubano, cuando pequeño, no tuvo la oportunidad de ver mucho teatro para niños, no pudo conocer ese mundo mágico de los muñecos, de los animales, de la fantasía. Toda esa maravilla, toda esa poesía, el niño la recibe como algo muy natural; pero para el adulto es deslumbrante, es el encuentro con un pedazo de niñez que nunca tuvo.

Armando

Yo he montado espectáculos en el Guiñol de Guantánamo como El retablillo de Don Cristóbal, de Lorca, o Los bailes del deseo, espectáculo que presenté en Caimanera a más de 600 cadetes y oficiales y fue algo grandioso. Existen no solo expectativas respecto al teatro de títeres para adultos, sino ansias, necesidades... Es este un teatro de títeres que el público adulto goza. Aquí, en el Teatro Nacional de Guiñol, para ver La Caperucita Roja, vienen más adultos que niños, porque a la función asisten el papá, la mamá y la abuela del niño, por lo que es un teatro que los adultos disfrutan.

 

V

La imaginación del titiritero

Xiomara

Cualquiera puede manejar un títere y moverlo más o menos bien. En un seminario, con un buen profesor, se puede aprender en poco tiempo la técnica elemental de la manipulación de títeres: “Se ríe así, llora así, se sienta de este modo y así mueve las manos”. Pero para ser un buen titiritero no es suficiente saber manipular los muñecos, hace falta algo que no todo el mundo tiene: mucha imaginación.

Eso es lo más importante: un títere se mueve con imaginación. Hay que salir del mundo cotidiano, estrecho, de los adultos y mantener vivo dentro de uno ese caudal creador tan grande, tan libre, que tienen los niños. Titiritero no es aquel que mueve los títeres bien, regular o mal, sino el que logra impregnarles vida, poesía, sensibilidad, ternura.

Armando

Un titiritero sin imaginación no es tal. Los titiriteros deben tener un poder de imaginación muy grande, en una proporción que los supere para poder ser titiriteros; de hecho, la escala humana no es convergente al títere, el títere se va por encima de esa escala. Los Camejo me proporcionaron una técnica, un horizonte, un magisterio, una ética, un universo, y lo que se hace con todo eso. Con la imaginación y con el descubrimiento de lo que ellos me aportaron estoy aquí. No los he podido superar, porque también han cambiado históricamente los procesos sociales de nuestro país, ya no estamos en los 60, en aquella Revolución triunfante y gloriosa para todos. Ahora vivimos en un momento de síntesis, de economía, hasta podríamos hablar de globalización, en el sentido de qué es la cultura cubana, qué es el teatro cubano, cuáles son los aportes que podemos ofrecer desde una isla “aislada”. Aislada no solo por el bloqueo sino, incluso, por el mismo mar, por los costos de un pasaje; un aislamiento tremendo, existencial... Tenemos que estar conectados con el mundo, conocer el trabajo del titiritero en Argentina, en Alemania, en China, en los EE.UU.; qué se hizo en la ex Unión Soviética, quiénes fueron Roberto Lago y Javier Villafañe. El titiritero debe ser ilustrado. Un titiritero ilustrado tiene que estar en contacto con el mundo.

 

Nota:
 
1. ADAD. Academia de Artes Dramáticas de La Habana, fundada en 1944. Primera de su tipo en América y a la que se unieron profesores, artistas y críticos como Luis Amado Blanco y Alejo Carpentier, para ordenar mediante disciplinas la formación de jóvenes con vocación teatral.

N.E.: Nota tomada de la entrevista “Sueños sobre la escena titiritera cubana”, realizada a Armando Morales por Dianelis Diéguez La O, y publicada en la revista tablas Nro. 2 de 2006.

 

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