50 años del Teatro Nacional de Guiñol

De la memoria…
Sarita Miyares, actriz-titiritera del grupo de Teatro de Muñecos Okantomí, ex miembro del Teatro Nacional de Guiñol.

Trabajé durante 24 años en el Teatro Nacional de Guiñol. En aquel momento, era un honor laborar en esa institución. De los hermanos Camejo  solo quedaba en el país Perucho, el menor. Aunque era actor, también hacía asistencia de dirección, fue por esa razón que me hizo el favor de ceder su plaza de actor a mi llegada, y él tomó una vacante que existía de asistente de dirección. Aprendí muchísimo, fui dirigida por varios directores artísticos, entre los cuales recuerdo con cariño y respeto a Eddy Socorro, Raúl Guerra y Ulises García. Hubo temporadas muy creativas en cuanto a estética, profesionalismo, y diversidad artística. Obras para niños con muñecos, obras sin muñecos, pero de un gran resultado artístico. Recuerdo La gata que iba sola, La estrella que cayó del cielo, Los hijos de Medea, El cuarto mandamiento, todas dirigidas por Socorro. De la mano de Raúl Guerra pude interpretar la Clotilde, de la obra Quico, el niño que quería ser actor; Los tres pelos del Diablo y Mascarada para un cuento. Con Ricardo Garal, Roberto Fernández y Ulises García hice también muchas obras, este último escribió para mí una versión de La cucarachita Martina, de Estorino. Realicé más de 500 funciones de esta puesta en escena, junto con el inolvidable Mayito González. Guardo recuerdos gratos de tantos años, donde cada sábado y domingo íbamos a dar lo mejor de nosotros. Asistíamos a veces  enfermos, pero con la seguridad de que era nuestro máximo deber. ¿Cómo no recordar la familia teatral que éramos entonces? Los Camejo parecían gravitar en los pasillos, en los camerinos, en el propio escenario junto con la inigualable Isabel Cancio; la simpática Alba Ornellas; la experimentada Xiomara Palacios; Ulises García; Gilda de la Mata; Ángel Enrique Díaz; el querido Santiaguito Montero; María Luisa de la Cruz; Delfina García; Héctor Angulo, en la musicalización; Tomas Urgell, acompañándonos en vivo al piano; el resto de los actores, directores, coreógrafos, diseñadores, realizadores de muñecos, junto con los técnicos, auxiliares y administrativos del centro, que llenaban ese recinto teatral haciendo arte del bueno. Todo esto ya es memoria; que esta sirva para honrar no solo a los Camejo y a Carril, sino al público infantil y juvenil que está por venir en los próximos  50 años.


Una gran escuela
Ángel Kike Díaz, actor-titiritero del grupo de Teatro de Muñecos Okantomí, ex miembro del Teatro Nacional de Guiñol.

Trabajar en el Teatro Nacional de Guiñol, durante más de 17 años, fue una gran escuela, toda una cátedra  de aprendizaje ¡Que maravilloso colectivo! Sería interminable mencionarlos a todos en tan pocas líneas. Tuve el gran honor de aprender de grandes como Xiomara Palacios, Armando Morales, Eddy Socorro, Roberto Fernández, Raúl Guerra, Pedro Camejo, Héctor Angulo, Ulises García, Alba Ornellas, Miriam Sánchez, y otros talentos indiscutibles. Todo lo que he logrado en la trayectoria de mi vida artística tiene que ver con el repertorio infinito que defendí en ese reconocido grupo. Ya no pertenezco allí, pero fui y seré uno de los tantos alumnos que aprendimos y heredamos con mucho orgullo el talento magistral de los Camejo y Carril. Mis eternas felicitaciones para esa institución, mi gratitud infinita, y que siga el títere siendo la principal arma, para que las niñas y  los niños sean felices, para que nunca se pierda la fe en el mejoramiento del ser humano de hoy, y de las venideras generaciones.


Agradecimiento
Lázaro Duyos Jordán, director del Teatro de Títeres Cascanueces, ex miembro del Teatro Nacional de Guiñol.

Llegué al TNG de Cuba en 1987.

Cumplí un sueño ese día.

Conocí a los maestros.

Trabajé con ellos en aquellos, sus pequeños mundos de papier maché.

Y, un día, el TNG me hizo un regalo:

El mundo.

El de verdad, el maravilloso, con trampa y cartón.

¡Que rico!

Me fui del TNG en 1997.

Después de 14 montajes, ocho giras internacionales,

Muchos premios colectivos y alguno personal.

No habrá eternidad en que no le agradezca.


Teatro Nacional de Guiñol: mantener viva la magia
Yosvany Brito, joven actor titiritero, ex miembro del Teatro Nacional de Guiñol.

Tuve la extraordinaria oportunidad de trabajar, por siete años, en el legendario Teatro Nacional de Guiñol, donde  viví  inmerso en el hechizo de sus muñecos y fabulosos personajes. De la mano de ellos viajé por mundos desconocidos, lógicos y absurdos conflictos, clásicas historias. Fue una experiencia única, trabajar con grandes maestros de la animación y la dirección artística como Roberto Fernández, Eddy Socorro, Xiomara Palacios, Santiaguito Montero, Sarita Miyares, Miriam Sánchez. Mayito González, Armando Morales, Delfina García y muchos otros que me enseñaron el camino, el amor y el respeto por eso que solo son figuras inanimadas para muchos, pero para otros son mucho más. A todos ustedes, amigos y maestros: Gracias por seguir el legado de los Camejo y Carril por 50 años, por mantener viva la magia del Guiñol Nacional. 


Imagen: La Jiribilla
Fábula del Insomnio, Teatro Nacional de Guiñol
 

Una dulcísima nostalgia
Raúl Martín, director del Teatro de La Luna.

Ese grupo, ese espacio, es para mí, en gran medida, mi entrada al teatro adulto. En esa sala del Edificio Focsa, estrené mi primera puesta en escena con actores profesionales (El flaco y el gordo). Luego, monté con los actores del Teatro Nacional de Guiñol, y la gran Xiomara Palacios, Fábula del Insomnio, de Joel Cano. Fue en los años 1991 y 1992. Ahora, cuando visito la sala, todos esos recuerdos me acribillan y me dejo arrastrar por una dulcísima nostalgia. Fui muy feliz en esos años, en ese escenario y en ese taller, haciendo vestuarios, pelucas, tocados, muñecos.


Imagen: La Jiribilla
El maleficio de la mariposa, Teatro Nacional de Guiñol
 

El maleficio de la mariposa
Gerardo Fulleda, dramaturgo y director de la Compañía Teatral Rita Montaner.

Acudí aquella noche de los años 60 a la pequeña e inusual sala de teatro, del cuartel de bomberos de Corrales, llevado por la propuesta: obra de títeres para adultos de Federico García Lorca; desconocida para mí, que ya creía sabérmelas todas. Me escoltaban los recelos del mundo que puede tener un dramaturgo joven —y “serio”—, ante algo semejante. Desde que se apagaron las luces y se encendió el escenario, quedé azorado —como el provinciano que siempre he sido— por la magia de los decorados, la interpretación de los actores y aquel texto que iba deslumbrándome por todos los sentidos, y me atrapaba, haciéndome más sensible, mejor para siempre gracias a El maleficio de la mariposa.


De Matanzas a La Habana
René Fernández Santana, Premio Nacional de Teatro, Presidente de UNIMA Cuba y director del Teatro Papalote.

Cada vez que terminábamos una función en el Guiñol matancero de La guitarra de Felipito —o de otras obras—, cruzábamos a grandes zancadas el puente de La Concordia que separa  Matanzas de Versalles para tomar el tren de Hershey que partía para La Habana a las 12:30 del día. Llegábamos  sobre las 3:30 p.m. a la Capital y caminábamos el Malecón en conciertos de respiros y suspiros, hasta llegar al Focsa y percibir el letrero del Teatro Nacional de Guiñol. Esa visita se repetía todos los domingos. Era, religiosamente, un episodio artístico de los fines de semanas. Sus discípulos sabíamos al dedillo, brazos, antebrazos y manos de nuestras herramientas de combate, que disfrutaríamos de un verdadero arte generado por nuestros maestros. Siempre, su particular escena nos recibía con sorpresas. Nuevas y renovadas técnicas de animación y asombrosas maneras de descomponer el retablo. Ellos, los integrantes del Teatro Nacional de Guiñol, continuaban su perdurable educación del arte de los títeres. Esos titiriteros nos revelaban la ley esencial del arte de la animación, la creencia en la ilusión y el poder de dar vida a lo inanimado. Los hermanos Camejo, Pepe Carril y el elenco del Teatro Nacional de Guiñol nos hicieron creer en las fabulaciones de los fundamentos que dan solidez ética a nuestro arte. Hoy, todos ellos viven en nuestros grupos madres-iniciáticos, creados por ellos y revividos en las nuevas descendencias de nuestra insular geografía titiritera. Regresábamos a Matanzas cargados de ocurrentes ilusiones, para poner en práctica en nuestro retablo de Daoiz ´83, el Castillito de los Niños. La Habana había sido inadvertida, solo habíamos visto la luminosidad de la escena de los títeres y los titiriteros del Teatro Nacional de Guiñol.


Un recinto sagrado de iniciación
Salvador Lemis, dramaturgo, profesor y director teatral.

El Teatro Nacional de Guiñol fue para mí un recinto sagrado de iniciación: su aroma inconfundible desde que se abría la cortina, el saloncito de espera, la oscuridad, sus luces de colores, su limpieza, los espacios apretados donde aguardaban confinados los muñecos hasta salir a escena y —¡vaya profesionalismo y fina calidad!— los artistas que trabajaban dentro… eran parte del hechizo, una burbuja como las flores del jardín de los Finzi-Contini. Felicidades a su voluntad, tradición y queridos amigos y amigas que lo han mantenido a costa de todo lo que nos ha tocado pasar en esta vida.


Un público que desea los títeres
Erduyn Maza, Director de Teatro La Proa.

Desde que conocí la importante sala del Teatro Nacional de Guiñol (TNG), siempre me causó gran respeto. La historia que alberga sus tablas hace que cada titiritero cubano se sienta orgulloso de tal profesión; pero el público que asiste a ese teatro, cada fin de semana, es algo que realmente merece el aplauso y  respeto mayor. Es el público que  desea los títeres, que los aplaude, que durante estos 50 años ha navegado con el TNG y lo ha acompañado en sus avatares y en sus grandes éxitos, y siempre ha estado ahí, colmando la sala.

Teatro La Proa, en sus diez años de fundado, ha disfrutado de este teatro en innumerables ocasiones. Todos nuestros espectáculos se han puesto en esa sala. Fue muy impresionante el estreno de nuestro segundo montaje, Los diablos en la maleta, dirigido por Armando Morales; las butacas no alcanzaron para tanto público. Esa imagen la guardaré siempre en mi recuerdo titiritero. Los aplausos rotundos de ese día, hoy quiero regalárselos por sus 50 años al TNG, a su sala, a sus fundadores históricos, que nos dejaron tan profundo legado, y a su actual director general Armando Morales.

 

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