De Matanzas me han dado un recado
y me han dicho que a ti te lo dé:

El Ramillete, festivo y humorístico, se abre a la música, las flores y la poesía

Cira Romero • La Habana, Cuba

En la bien llamada Ciudad de los Puentes comenzó a publicarse, el 5 de octubre de 1879, una revista semanal que titularon El Ramillete, bajo la dirección de Rafael Otero y Jaime F. Torrens. Otero era hijo de un reconocido periodista que había fundado importantes publicaciones habaneras como El Iris, Flores de las Antillas y La Danza, y al asentarse en Matanzas fue redactor de La Aurora, director de El Yumurí y más tarde también redactor de La Aurora del Yumurí, de modo que el hijo nació cerca del olor de la letra impresa. Torrens, natural de Cárdenas, tenía educación musical. En el prospecto donde se anunciaba la aparición de la publicación leemos:

Constantes pues en nuestros propósitos, hemos pensado ofrecer a nuestras bellas matanceras este Semanario que no será más que un Ramillete ideal, compuesto de música, flores y poesía, pero no somos tan egoístas que pensemos ser los únicos que quieran depositar sus flores en este modesto Bouquet, pues todos los escritores de la Isla que nos honren con su colaboración tienen abiertas las columnas de este periódico.

Más adelante se añade que será un “periódico puramente literario y festivo”, que no “admitirá en sus columnas más que artículos humorísticos, revistas de bailes, teatros, paseos y escritos de costumbres”.

El Ramillete resultó ser un verdadero fresco de la vida cultural de Matanzas en su época. Al repasar sus bien conservadas páginas conocemos también acerca de las características de su población y los progresos que iba alcanzado la zona, muy rica debido a las grandes plantaciones de caña que poseía, poco afectadas durante el avance de la guerra de 1868, de Oriente a Occidente.

Dedicó espacios notables a la poesía y allí efectuaron sus primeras colaboraciones figuras que después alcanzarían una amplia repercusión nacional, como Bonifacio Byrne, Ildefonso Estrada y Zenea, Diego Vicente Tejera, Úrsula Céspedes de Escanaverino, Mercedes Matamoros y Aurelia Castillo. Una figura matancera hoy casi olvidada, Luisa Molina (1821-1887), conocida como la poetisa del Moreto, por el río cercano a su humilde residencia, es quizá la figura más singular de entre las recogidas en estas páginas de El Ramillete. Cultivó desde muy joven la décima y el soneto y, para aliviar su pobreza, los también poetas Ignacio María de Acosta y Emilio Balchet editaron Aguinaldo de Luisa Molina (1856), colección de prosas y versos de varios autores, impresa para aliviar la miseria en que se encontraba. Pero sería nuestra Gertrudis Gómez de Avellaneda quien mejor diera cuenta del valor de la poesía de esta olvidada cubana. En su artículo titulado “Luisa Molina”, publicado en la revista La América, de Madrid, en  mayo 24, 1857, apenas conocido en Cuba y que nos complace reproducir casi íntegramente, dada su importancia, refería la camagüeyana:

  En la isla en que nacimos, y de la que conservamos siempre dulcísimos recuerdos; en la virgen Cuba, bajo aquel cielo espléndido y risueño que cubre, no obstante, grandes desventuras y dolores; a los agrestes márgenes de un pobre arroyo, honrado con el nombre de Moreto, existe una mujer, una joven, a la que el destino concedió los dones celestiales de la inteligencia, a trueque de la perenne privación de todas las ventajas sociales. No hace mucho tiempo que cuantos tuvimos ocasión de pasar por el pueblo de Manzanares hablábamos con interés de una muchacha ciega, que pedía limosna en sentidos, aunque desaliñados versos, improvisados por ella con asombrosa facilidad. Y bien; Luisa Molina es como la ciega de Manzanares, una naturaleza inculta, una pobre niña del pueblo, que ha nacido y que vive todavía bajo el pajizo techo de una choza; es uno de los sitios menos pintorescos del rico suelo cubano. Al trazarnos en la imaginación el triste cuadro de su prosaica y laboriosa existencia, vienesenos también a la memoria, involuntariamente, otra aldeana de tiempos ya remotos: otra pobre doncella ignorante y oscura, que ha dejado, sin embargo, un nombre imperecedero en los anales de la Francia. Juana de Arco, tejiendo coronas de silvestres flores para la virgen de Domremy, bajo las ramas seculares de la Encina de las Hadas, o cardando lana a la sombra del negro paredón de la iglesia, oía sin cesar aquellas voces aéreas que la llamaban enérgicamente a las escabrosas sendas de la gloria. Luisa Molina ha escuchado también desde sus primeros años, y entre las ásperas faenas del campo, esas intimaciones irresistibles de la inspiración y el entusiasmo, que en balde intentarían sofocar la voluntad y el raciocinio. Como los ángeles belicosos que descendían de las esferas azuladas para poner en la mano femenil de la pastorcilla de Orleáns el sagrado acero de la patria, gritándole — ¡tú serás su salvadora!—  así ha contemplado también la joven campesina de Moreto, bajar resplandecientes a su humilde cabaña las divinas visiones del mundo de las ideas, trayéndole la lira, y anunciándole con inefables acentos — ¡tú serás poeta!—. Y Luisa cumple la extraña profecía: Luisa es poeta, como fue Juana héroe; pues no es dado al hombre eludir jamás los decretos del destino ni nada alcanza a desviar la fatal aureola de aquellas frentes marcadas por la Providencia con el doble sello del infortunio y del genio.

Luisa es poeta, a pesar suyo; a pesar de una vida de trabajos y de privaciones; a pesar de la soledad del alma, que ha cubierto con un velo de tristeza las juveniles inspiraciones de su tropical fantasía. Luisa es poeta, y lo prueba sin pretenderlo, cuando sola y desconocida, sin ambición ni esperanza, les cuenta a las brisas de los bosques en el silencio de la tarde, el hondo desaliento de su genio.

Triste es la soledad, triste es la calma,

Triste el ambiente que en la tarde aspiro,

Triste el mudo vergel donde suspiro,

Y triste siento y adormida el alma...

Mas ya el sol trasmontó! Desvanecida

Queda mi mente en vagos pensamientos,

Y al lánguido susurro de los vientos,

Declina en tanto mi ignorada vida.

Estos acentos dolorosos no se disiparon, sin embargo, en la vaguedad del aire, a la que los entregaba con amargura la melancólica cantora: llegaron felizmente hasta sus generosos compatriotas, que no podían ser indiferentes a la inesperada revelación del talento y la desgracia. Jóvenes escritores cuyos nombres nos hacemos un deber de consignar en las páginas de La América, los sres. Milanés, Aguiar, Loysel, Angulo Heredia, [Julián del] Casal, Iturrondo, Cruz, Peoli, Acosta, Tolón, Blanchet, Guiteras, Betancourt, Delmonte, Otero, Portillo, Valiente, y otros varios asociados a ellos y animados del mismo sentimiento, se apresuraron a tender sus amigas manos a la pobre solitaria del Moreto, implorando al mismo tiempo, a favor suyo, la nunca desmentida liberalidad de los hijos de Cuba. A la vista tenemos una linda colección de versos publicada recientemente a costa de sus autores, y cuyos productos están destinados al socorro de Luisa Molina, de cuyas poesías se proponen también hacer más tarde una edición esmerada; dando al público mientras tanto, por vía de muestra, algunos fragmentos, arrancados con no poco trabajo a la modestia de la autora. Revelanse en todos ellos tanto ingenio y sentimiento como ignorancia del arte, y hay, sobre todo, una sencillez y una espontaneidad encantadoras, que desarman completamente a la crítica.  

Estimulada a cantar por uno de sus jóvenes bienhechores, exclama con profunda tristeza:

No puedo espaciar mi pensamiento

Por los siglos que cita tu memoria,

Ni enriquecer mi pobre entendimiento

Con los nobles períodos de la historia!

Monótona canción, sin sacro fuego,

Brota de un alma desmayada y triste,

Que solo ve la calma y el sosiego

De que este campo inculto se reviste.

Pero entre lo poco que conocemos de Luisa, nada es tan bello, tan original, tan candoroso y característico, como una carta dirigida por ella al Sr. D... y de la que no podemos menos que transcribir algunos párrafos:

Las circunstancias que me rodea (dice) mis pocos recursos; la adversidad de mi suerte, siempre uniforme, me han privado del placer de servir a usted en lo único que usted me pidió, no tuve papel ni tinta para escribirlos. Me dice usted que ya ha hablado con el Sr. G... sobre publicar mis versos. No apresure usted la suscripción: el género de vida que llevo no me permite arreglar pronto lo que tengo escrito, ni concluir algunas composiciones empezadas, todas faltas de lima y corrección. No aspiro a alcanzar gloria, pero le temo al desprecio; y pienso muchas veces que yo, pobre mujer rústica, debo vivir siempre ignorada, bajo la sombra de mis azahares y de mi casi arruinada choza. La obra de perfeccionar los conocimientos humanos, ha sido de muchos siglos y de centenares de genios eminentes y privilegiados. ¿Y qué personas habrá de las que escriben, que no tengan su imaginación enriquecida con muchas ideas y variedad de estudios? Así es que escriben sus inspiraciones con toda la propiedad de que es capaz la expresión de los sentimientos; encumbran sus conceptos porque sus alas pueden recorrer una dilatada esfera; no incurren en errores porque el país que recorren no les es desconocido; describen los efectos cuyas causas comprenden; hermosean la naturaleza porque entienden sus arcanos; y, en fin, se expresan con verdad, gracia y exactitud, porque lo que con claridad se concibe con claridad se expresa. ¿Cómo le parece a usted que yo, sin ningún estudio que aclare mis ideas sobre innumerables cosas que ignoro, pueda tener acierto para escribir? Mi estimado amigo, espero merecerle un favor, y es que tenga la bondad de buscarme una obra de filosofía, que yo le cuidaré con todo el esmero posible; de modo que usted no tiene peligro en prestármela. Si encuentro en esa ciencia lo que deseo, a usted mismo le daré la molestia de encargar otro libro igual para mí: ahora solo quiero ver una obra de esa clase y se la devolveré lo más pronto. Quisiera entender muchas cosas y no puedo alcanzarlas con mi entendimiento: quizá no sea esa ciencia la que me las enseñe; pero no importa, deseo verla...

Es imposible leer [ilegible] las ingenuas y encantadoras líneas que acabamos de copiar, y que no pudieran ser imitadas por los primeros escritores del mundo. No, el talento, el arte no alcanzarían jamás la expresión candorosa y llena de gracia de esa joven ignorante, agitada por las misteriosas aspiraciones del poeta y buscando, sin saber donde hallarlas, las fuentes de lo bello y de lo grande, de que tiene sed su inteligencia. nosotros, lo confesamos, hemos regado con una lágrima algunas de las palabras de esa carta; y cuando después de admirar las observaciones que contiene sobre las dotes que necesita el escritor, llegamos a los inimitables renglones en que pide la autora una obra de filosofía, para ver si puede encontrar en ella todo lo que desea saber, levantamos nuestros votos involuntariamente al Ser Supremo, para que no permitiese que los delirios orgullosos de la razón humana, llegasen nunca a nublar la pura luz de aquel virginal talento. No, Luisa, no estudies en los pobres libros de los hombres, tú que tienes abierto ante tus ojos el libro inmenso de la naturaleza en el país más magnífico del globo.

¿Qué falta te hacen los conocimientos especulativos, las contradictorias teorías, los flotantes sistemas de los hombres? Dios que convenció de locura, como dice admirablemente San Pablo, a todo el saber humano, Dios solo hace al poeta, dándole privilegiadamente la preciosa facultad de sentir y gozar la belleza en todas sus relaciones y armonías; de inspirarse por ella y de reproducirla bajo formas nuevas y admirables, que no están sujetas al frío análisis ni a las deducciones del raciocinio. El poeta conoce por intuición cuanto es hermoso, grande, verdadero; y generadora de aquel gran mundo ideal en el que todo es vida y color; en el que los entes abstractos toman formas y movimiento; en que los árboles, los ríos, los montes y las peñas, todos sienten, todos hablan, con ese lenguaje que solo comprende el genio y que solo él traduce. ¿Qué quieres aprender, pues, pobre Luisa? Tú eres poeta: poeta de la tristeza y de la soledad, como Dios lo ha dispuesto. Cumple tu destino, y canta como esos sinsontes que acompañan, con no aprendidos gorjeos, los susurros de las ramas, los murmurios de los arroyos, los suspiros de las auras. Cuba, la rica, la hospitalaria Cuba, no permitirá por más tiempo que la helada mano de la miseria llegue a apagar bajo sus dedos de plomo la noble inspiración de tu mente. Ella, llenando también los designios del cielo, sabrá cumplir en ti la sagrada obligación de consolar al triste, proteger al huérfano, amparar al desvalido. Ella se mostrará, lo esperamos con entera confianza, digna como siempre, de la fama de su proverbial generosidad, y digna también de ser madre gloriosa de muchos talentos como el suyo.

Mientras tanto, reciban nuestras felicitaciones los escritores de Matanzas que han sido los primeros en acudir al auxilio de la interesante Luisa Molina, haciendo contribuir hasta a la Musa del malogrado Heredia para la obra benéfica que apoyamos presurosos con nuestras simpatías; y séanos permitido enviar a la solitaria del Moreto, en las páginas de este periódico, consagrado a los intereses de nuestros hermanos de Ultramar, el débil consuelo de ver su modesto nombre acogido con amor y fraternidad, hasta en estas áridas orillas del lejano Manzanares. 

Solamente una mujer de la fuerza de Gertrudis Gómez de Avellaneda podía escribir este artículo que quizá Luisa Molina jamás leyó.

Otros autores que colaboraron en El Ramillete, cuyo último ejemplar visto es de abril de 1881,  fueron el narrador dominicano, asentado en Matanzas, Nicolás Heredia, el costumbrista Luis Victoriano Betancourt y Augusto Madam. Quede El Ramillete en nuestra historia literaria como una verdadera antología de la literatura matancera entre 1879 y 1881, aproximadamente.

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