Al Guiñol Nacional en su aniversario 50

Apuntes para una confesión

Julio Cordero • La Habana, Cuba

Si la Montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la Montaña”, dice un refrán. Desde que vi, particularmente, La loma de Mambiala, quedé por siempre subyugado por el mundo de los muñecos y, desde entonces, aposté por él. Desde ese momento, además, sentí una profunda admiración por los componentes de este grupo y, tal vez de manera inconsciente,  empezó mi acercamiento a ellos. Por aquel entonces, yo dirigía  la Escuela Nacional de Teatro Infantil, que era, sin duda, una tarea sumamente hermosa. Sin embargo,  si en ese entonces me hubiesen hecho la propuesta de trabajar con el Guiñol Nacional, no lo hubiese pensado ni un minuto. Tal fue el impacto que me causó.

Pasó el tiempo… y pasó un águila por el mar…  hasta que un día quiso la vida  que yo viniera, no justamente a M y 19, acera impar, donde radicaba y radica el admirado Guiñol, pero sí a M y 23, acera par,  donde radicaba y radica mi Televisión cubana.

Fue a partir de ese momento cuando aquel deseo se empezó a materializar: Las dos cuadras y pico que nos separan, me resultaban  un camino más agradable que corto.

Imagen: La Jiribilla
Armando Morales, Teatro Nacional de Guiñol
 

Mi primer asombro fue cuando observé que dicho tramo, además  de ser transitado por mí, también lo transitaban otros titiriteros, justamente de la talla de aquellos con los cuales yo deseaba trabajar,  pero noté que lo  hacían en sentido contrario al mío. Con quien más me encontré en ese camino —casi a diario y más de una vez  por día —, fue con Ulises García. Por este motivo, a este corredor lo llamaba, para mí, El Camino  de los Titiriteros, nombre que, tiempo después, sugerí para el programa que hoy se conoce como El camino de los juglares, que fundé y por donde, casi todos ellos, más tarde caminaron. Esto que digo, nunca nadie lo supo, porque a nadie confesé nunca antes semejante secreto, salvo hoy, aquí, a ustedes, que espero me disculpen por esta romántica visión.

Luego, el ir y venir por este corredor aumentó con otros, y otros, y otros, y muchos titiriteros más… Recuerdo que, una vez, Roberto Fernández se molestó conmigo, y hasta me dijo: “Julio Cordero, coño, no me dejas ensayar. ¿A quién te vienes a llevar ahora?

Imagen: La Jiribilla
Xiomara Palacios en La corte de Faraón, Teatro Nacional de Guiñol, 1967
 

Un día, durante el Festival Nacional de Teatro para Niños y Jóvenes que se celebraba en Cienfuegos, estando en el comedor del hotel, una titiritera de reciente ingreso al sector, observaba desde su mesa cómo los allí presentes me saludaban con alegría y deferencia. Cuando ella quiso saber la causa de tanta algarabía, Xiomara Palacios le comentó la única razón para tal reacción: yo era quien los llamaba para trabajar en la  Televisión. Esta anécdota es real. Me la contó años después, muerta de risa, la propia Xiomara.

Lo cierto, lo bellamente cierto, es que pude trabajar con casi todo el elenco del Guiñol, y que ellos lo hicieron por su soberana voluntad, con mucho profesionalismo, con mucho respeto y amor.

Pero no fui yo quien les enseñó a expresarse a través de las cámaras, porque, indudablemente, esta gracia les venía desde cuando los  hermanos Camejo la trajeron a la televisión. Es decir, que ese caminito ya estaba trillado. Y de esa verdad siempre me he sentido orgulloso, como orgulloso me sentí cuando hice Abajo el telón,  realizado para conmemorar los 50 años del estreno de La calle de los fantasmas, de Javier Villafañe, interpretado por Armando Morales. Este programa resultó el Primer Premio del concurso del Gran Jurado de los Pioneros; como me ufano de haber trabajado en el espacio habitual Tún Tún, ¿Quién es?, conducido por Ulises y Xiomara, con Dicci y Meñy; como la serie El mago del cachumbambé, donde Xiomara Palacio hizo el papel de la divertida Bruja Mala… Y así, muchos títulos donde ellos hicieron un encomiable trabajo: en  Meñique,  en  El pequeño príncipe,  y en la memorable serie Mi amiga Dora, hecha para festejar los 80 años de vida de nuestra Dora Alonso, donde la participación del Guiñol fue, más que imprescindible, histórica.

Pero yo… ¿Qué buscaba en ellos? ¿Por qué los acosaba? Me explico: Cuando llegué a la televisión, entre el año 71 y el 72, descubrí en ella un mundo fascinante para los títeres. Allí las cosas no sucedían como las vistas en el Guiñol, aquello era otro universo; sin embargo, la magia era igual de subyugante. Animado por esta energía, me di a la tarea de sumar talento al ya especializado con que se contaba en el medio, pero que me era insuficiente para alcanzar supremos sueños.

Fue a partir de esta razón, que empecé a rondar al Guiñol, con paciencia, pero con perseverancia, hasta atraerlos a mis programas. Además, si lograba esto, quedarían satisfechos mis dos anhelos: trabajar con gente que admiraba y conquistar para los títeres y su público, la “gran pequeña  pantalla”.

Imagen: La Jiribilla
La loma de Mambiala, Teatro Nacional de Guiñol
 

A mi juicio, lo que hice fue digno: Si el Guiñol era Nacional, Nacional era la televisión. Es un egoísmo del teatro de títeres no abrir su talento a todos. Yo sé que otros muchos directores de la televisión también han tenido esa dicha. Pero dudo mucho que algún otro lo haya hecho con la misma intención que yo: Para sentirme parte de ese Guiñol de glorias y sueños, a quien yo, confieso, me acerqué valiéndome de esa estratagema que conté, porque, desde que vi La loma de Mambiala, quedé cautivado por él.

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