Pequeña oración por un cincuentenario titiritero

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

A los titiriteros cubanos, en cualquier lugar, hijos y parientes

de este árbol provechoso.

No hay que pensar en este momento como si se tratara de una fecha de cierre. Tiene que ser vivido como una ocasión de aperturas. El Teatro Nacional de Guiñol (TNG) ha alcanzado su medio siglo de labor incesante, y las tentaciones de imaginar este día como una invitación para verlo como museo, deberían ser desterradas entre quienes hemos venido una y otra vez a este pequeño espacio, antiguo cine devenido casa de la figura animada en Cuba, para sabernos en un reino que ha sobrevivido tiempos de glorias y batallas, y en cuyos cardinales permanecen, más visibles algunos, otros de forma menos evidente, los principales episodios de la historia de esta expresión en la Isla, gracias al aliento que dejaron aquí muchos de los protagonistas de esta y otras memorias esenciales.

El inicio, por supuesto, corresponde al gesto fundacional de los hermanos Camejo y Pepe Carril. Tras haber luchado denodadamente desde los años 50 por dar al títere en Cuba una personalidad propia, un carácter que bebiera en la tradición universal pero también recogiera la savia de nuestra idiosincrasia, ellos volvieron a La Habana dejando en cada una de las provincias del país ya en Revolución un núcleo en el que reconocieron a sus discípulos y a sus iguales. Cuenta la leyenda que gracias a los manejos de Norah Badía, el Consejo Nacional de Cultura pudo intercambiar con la empresa de cines el Payret por este lugar, donde se estrenaría, el 14 de marzo de 1963, Las cebollas mágicas. Otros aseguran que fue el propio Pepe Camejo quien se empecinó en alzar aquí la sede definitiva del grupo, y que ya lo había visitado para corroborarlo como el espacio ideal para su proyecto. Lo cierto es que aquella premier tiene su mito propio, debido al cruce y a las fricciones que el contacto con los artistas provenientes del Teatro Central de Muñecos de Moscú trajo a los artistas criollos: uno de los escasos espectáculos donde se proponía una fábula adaptada a la fuerte moral política del instante que se verían en el primer repertorio del TNG. Poco después, empecinados en lograr un público sólido tanto de infantes como de adultos, el colectivo dejaría de pertenecer al Departamento de Teatro para Niños del CNC. La independencia que anhelaban sus líderes fue el camino obstinado hacia puestas tan recordadas como La caja de los juguetes, La cucarachita Martina, Pelusín del Monte… y Asamblea de mujeres, La corte del Faraón y Don Juan Tenorio, destinadas estas últimas a un espectador de mayor edad. Y el aporte esencial del mundo afrocubano hizo entrar a esta fría y sorda salita del Vedado el ritmo de los tambores batás, en obras como Chicherekú, Ibeyi añá o Shango de Ima. La grandeza de los Camejo y Carril consiste en haber pulsado tantas cuerdas, en haber despertado en una escala inusitada las posibilidades del teatro de figuras, en interacción provocadora con las tendencias teatrales de la vanguardia de su momento, al tiempo que incitando a un manejo de la tradición que nunca resultó castradora ni predecible, sobrepasando lo que dignos antecedentes y contemporáneos (Dora Carvajal, María Antonia Fariñas, Eduardo Manet, Luis Interián...)  también ayudaron a cimentar. Ellos siguen siendo el punto de referencia. Incluso hoy, y quizá lo sigan siendo durante los próximos 50 años. Pero insisto en que no lo serán como museo, aunque no vendría mal que al entrar hoy a este teatro encontráramos alguna fotografía de esos maestros, o alguno de los espléndidos títeres de Pepe Camejo que haya sobrevivido a la purga, la quema y la expulsión que sufrieron ellos a mediados de 1971. El títere, objeto hecho para invocar la vida, tiene su magia, su filosofía propia, su misterio anímico, conectando realidades aparentemente tan distantes. Solo aparentemente.

Imagen: La Jiribilla

El devenir de la compañía en los 70 posteriores al I Congreso de Educación y Cultura es una espiral que mantiene en su centro el espíritu de los fundadores. A veces para aferrarse a ellos como brújula, otras veces para intentar borrarlos, y en los mejores instantes, para alzarlos como estímulo hacia nuevos retos. Numerosos directores y artistas vinieron a intentar paliar la ausencia irremplazable de Carril y los Camejo. El recuerdo borroso, cargado de dolor, acerca de sus expulsiones y fugas, no debe paralizar una historia a la que sus discípulos mejores han querido dar continuidad. El cambio, pese a todo, es bien evidente. Lo que se anunciaba en Las cebollas mágicas, finalmente se impone como metodología en muchas puestas: una voluntad didáctica, moralizante en términos políticos, a veces carente de aquella dosis de encanto que fue el sello de los primeros líderes del conjunto. En 1976 pueden regresar algunos de los “parametrados” al TNG, tras vencer la oleada regresiva que quiso alejarlos del mundo al cual dieron tanto. Armando Morales une fuerzas con Xiomara Palacios y crean la esplendente versión de La lechuza ambiciosa, con títeres artesanales y el acento genuino de cubanía que mezclaba payasos con la prosa de Onelio. Modesto Centeno, Ignacio Gutiérrez, Freddy Artiles, Jesús Ruiz, Roberto Fernández Acosta, Ricardo Garal, Raúl Guerra, Dora Alonso, Miriam Sánchez, Kike Díaz, Juan Marcos Blanco, Eddy Socorro, Esther Suárez Durán, Sarita Miyares…, son presencias en ese periodo que, en algunos casos, a fines de los 80 están legando sus saberes a otros más jóvenes, como Lázaro Duyos, Mario Oscar Lorenzo o Juan David Ferrer, a quienes apela en 1992 Raúl Martín, director invitado, para insuflar nuevas energías al TNG con su tan recordado montaje de La fábula del insomnio, sobre texto de Joel Cano: ejemplo de que una pieza original, manejada sin acentos edulcoradores o que subestimen al espectador, y llevada de la mano del buen gusto, puede obrar siempre un pequeño y agradecible milagro. El eco de Carril y los Camejo aparece aquí y allá, sin un rescate profundo todavía, a veces incluso denegado en artículos como el que firmara Karla Barro para la revista Conjunto, o tocado muy deprisa por investigadores que se negaban aún a inclinar la cabeza con el debido respeto a quienes imaginaron esta comarca titiritera. Pero el tiempo de recuperarlos no demoraría.

Imagen: La Jiribilla

La memoria del TNG en ese periodo fue la de espectáculos como El conejito descontento, Viaje a las galaxias, algunas versiones de cuentos criollos y foráneos dirigidos por artistas europeos (los “Seis pingüinitos” venidos desde Bulgaria alternaban con un “Canto de la cigarra” polaco, por ejemplo), El tigre Pedrín, Mandamás, Chímpete Chámpata (memorable unipersonal de Armando Morales en tributo al gran Javier Villafañe), Los tres pelos del diablo, e Historia del muy noble caballero Don Chicote Mulamanca y de su fiel compañero Zé Chupanza, entre otros. Los 80, con el acento restañador que quiso animarse desde el Ministerio de Cultura, son también el momento de algunos espectáculos que intentan recuperar el teatro de figuras para adultos (Las preciosas ridículas, Moliére), pero sin la vibración eficaz de lo que hicieron los Camejo y Carril al respecto. Se imponía ya, en la década de los 90, una mirada que pudiera acoger en un haz la historia del grupo, sin estancos ni criterios separatistas, a tono con ese empuje que devolvía a la cultura nacional presencias que, no por haberse exiliado o haber sufrido un penoso ostracismo, deberían quedar ocultas. Si regresaban las sombras de Agustín Acosta, Novás Calvo, la Loynaz, Baquero, Lydia Cabrera (de tan importante influencia en el repertorio afrocubano del TNG), Morín, etc., era imposible negar a la verdad su propia médula. En la década de los 90 ese rescate, de la mano de Rubén Darío Salazar y otros ansiosos de saborear esas herencias, vendría a beneficiarnos a todos.

Imagen: La Jiribilla

El TNG sobrevivió al periodo especial como tantos grupos cubanos. Como tantos cubanos. Tuvo a su favor que el público infantil no perdió el rumbo hacia su sede. Desde el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, Lecsy Tejeda protegió a esos espectadores para que encontraran alivio a tanta escasez en la posibilidad de un espacio de ensueño y comunicatividad. Desde las ediciones del Taller Internacional de Títeres que René Fernández, el más firme discípulo que han tenido los Camejo y Carril en sus fundaciones más allá de las fronteras capitalinas, empezó a llegar como una resaca benefactora el gesto de los primeros arriesgados. Hoy, la propia salita del Focsa, ese escenario pequeño por el que han desfilado tantos personajes, tantos actores y actrices en activo y algunos ya retirados o fallecidos, nos reclama mucho más. Nos reclama que lo defendamos a la altura de la historia que albergan sus muros. Y en eso pienso, cuando el cincuentenario cae sobre nosotros, como otro retablo en el que organizar la memoria y la desmemoria de todo instante de la cultura nacional.

Qué me gustaría que ocurriera a partir de este cincuentenario del Teatro Nacional de Guiñol. Varias cosas, que van desde una reparación capital al edificio, atormentado por las vibraciones que le llegan desde el aledaño Club Scheherazade y resuelva de una vez su “sordera” histórica, así como tal vez nuevas luces y lunetario, amén de un diseño en su lobby que pueda funcionar como sitio de evocación a la propia historia del TNG y que invite más a llegar a esa saga desde el reconocimiento a lo que ha estado allí, a lo que todavía emana fuerzas desde ahí. Pero no, insisto, desde el concepto de museo, puesto que pocas cosas se resisten tanto a la vitrina muerta como el espíritu siempre inquieto de los títeres. Me gustaría que nunca faltara el público a esta sala, el infantil o el adulto, convocado por el genuino talento de sus intérpretes. Que el personal técnico y de sala conociera la historia desplegada en ese lugar y sepa comunicarla vivamente a quienes lleguen a cada representación. Que el títere sea el protagonista de numerosas estéticas, defendido en la altura de lo mejor que ha transitado por esa sala, y no recalentado en vanguardias excluyentes ni en acercamientos demasiado primarios que no deberían llegar al público sino en forma de talleres o procesos de aprendizaje, pero no anunciándose como resultado ya profesional al cual, evidentemente, le falta mucho pulimento y oficio. El TNG es, a su manera, la pequeña catedral del títere cubano: asegurémonos de que suba a su tablado siempre lo mejor, a la manera en que sus fundadores exigían a discípulos y amigos. Poner un título en esas tablas es, de algún modo, ganar una madurez, una mayoría de edad, que nos demande aplausos sinceros siempre. Me gustaría que la crítica no se resistiera tanto a bajar esos escalones, que recordara con nitidez por qué es importante no solo esta compañía sino la manifestación a la que defiende entre nosotros. Que se invite a nuevos directores, haciéndolos saltar por encima del recelo mal heredado hacia el títere, a nuevos dramaturgos, artistas plásticos, músicos, tal y como hicieron en su día varios de los maestros, a reconocer las posibilidades infinitas de la figura animada, para recuperar los ánimos que, como en la ya citada Fábula del insomnio, demostró que tal ademán renovador no es imposible, sino altamente provechoso. Que el repertorio activo llamara a ese interés, y huyendo de las ocasiones formales, de festivales y eventos que son o deben ser cita obligada, nos reclame venir nuevamente a la salita del Focsa, como sucediera algunas décadas atrás. Que el Premio Nacional de Teatro, tan esquivo al mundo del títere y el teatro para niños, recayera al fin en alguna de las más respetables personalidades que han sido parte de la órbita del TNG: ninguno de los más fieles herederos de los Camejo y Carril aún tiene ese galardón, salvo René Fernández y Carlos Pérez Peña. Pero también me gustaría que la nostalgia por ese tiempo no congelara lo porvenir. Eso quisiera, simplemente, de este cincuentenario: que no detenga lo que hubo, lo que hay o lo que debiera haber en esa comodidad, sino que saque fuerzas como un turbión de todo ello para hacernos sentir que la memoria y la tradición son puertas y retablos futuros, ahora que otras entidades, como la sección cubana de la UNIMA, reverdecen para que todos nos comprendamos mejor. Veo, también, que buena parte de estos reclamos podrían extenderse a otros grupos y compañías de la cartelera actual, en tensión con lo que el CNAE debería mantener como diálogo con esas agrupaciones, con el espectador vivo y sus intereses, y el escaso respaldo que hacia la frágil memoria de nuestras artes escénicas todavía padecemos. No hace falta llegar a los 50 años para dilatar esas exigencias. Y hay quien, sumando varias décadas de trabajo, no solo en el ámbito del títere, insisto, malvive como cadáver insepulto en esa misma cartelera, sin dar fe de vida auténtica ni ganar respeto a partir de eso que tanto nos falta y que es, en suma, lo que quisiera siempre para el TNG y el teatro todo: calidad genuina y provechosa en todos.

Eso quisiera desear para este cincuentenario. Pensando en el Teatro Nacional de Guiñol al que aplaudí, siendo niño, cuando mi maestra de primaria me llevó al Teatro La Caridad para reconocer a Xiomara Palacios, Ulises García, Isabel Cancio y varios de sus nombres más celebrados, en la graciosa puesta de La cucarachita Martina que se rescató a inicios de los 80. A ellos les pedí que me firmaran mis primeros autógrafos de teatro: quién sabe cuánto del destino que luego me ha correspondido encontraba ahí su punto de partida. Pero también acumulo esos deseos, pensando en el espectador que mañana pueda, en cualquier otro lugar de la Isla, sentir la misma fascinación. Quién sabe si no le toque a él, o a ella, dentro de otros 50 años, ocupar mi lugar, nuestros lugares, y hacer otras profecías a favor siempre del mejor títere y el teatro cubano.

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