Xiomara Palacios:

50 años sin nostalgias

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Tengo que recordárselo porque qué va a tenerlo ella en su memoria. En 1982, el Teatro Nacional de Guiñol llegó a mi natal Santa Clara con La cucarachita Martina, montaje que retomaba los principales elementos del que dirigiera Pepe Camejo a inicios de los 60 en ese mismo colectivo. Con otros niños de mi escuela fui al Teatro La Caridad, para ver y oír y aplaudir a varios de los mejores actores de ese conjunto. Ahí estaban Isabel Cancio, como una de las Vendedoras, y Ulises García, como el famoso novio de la protagonista que, por supuesto, estaba encarnada por Xiomara Palacios. Fue ella la primera actriz de mi vida a quien me atreví a pedirle un autógrafo, que debe andar guardado en las gavetas de mi madre. Y ahora, a 50 años de creado el Teatro Nacional de Guiñol, tengo delante a esta mujer de baja estatura, talento imbatible y una trayectoria que ha rebasado los retablos para conseguirle ovaciones dondequiera que aún se arriesgue. Con esta remediana del Vedado, hablo ahora, desde la misma emoción con la que la aplaudí por vez primera.

Imagen: La Jiribilla

Xiomara, aunque pocos puedan imaginarlo, eres de Remedios. Y eso explica tal vez algunas cuestiones importantes de tu carácter, de tu apego a ciertas cosas, que ni el furor de La Habana, donde vives desde los 14 años, ha podido borrar. ¿Fue en la Capital donde descubriste el teatro o ya desde Remedios, en tu familia, alguien te hizo pensar así?

Mi papá fue quien, definitivamente, me guió. Era un ser extraordinario. En Remedios, que era un pueblecito chiquito, sin mucha importancia económica, mi papá que era machista y que era de origen campesino, conocía la música clásica y me inculcaba ese gusto, ponía el radio y me pedía que lo oyera. Él era, de alguna manera, un  músico frustrado; hubo un momento en que quiso estudiar violín y comenzó a leer partituras y a estudiar teoría y solfeo. También veíamos buen cine, porque un amigo suyo que vivía en La Habana le recomendaba las películas; ahí vi Los siete pecados capitales y todas esas películas buenas que venían de Europa, además del cine norteamericano. Aunque no lo creas, el primer libro que me leí fue El espíritu subterráneo de Dostoievski, y yo tenía 14 años. Claro, él era comunista y le encantaba todo lo que venía de Rusia, pero también me dio a leer Corazón, de Edmundo de Amicis, y de ahí yo escribía algunas cositas. En mi casa había un patio grande donde convergían varias casas y se reunían muchos niños, y allí me encantaba hacer teatro. Hace poco, cuando fui a Remedios, me dijo una de esas muchachitas que ya es vieja como yo, que si no recordaba los vestiditos de papel que les hacía, que lo sujetaban con horquillas, y la verdad es que no me acordaba. Sí recuerdo que allí recitábamos poesías, hacíamos teatro y yo era la mala y la reina porque interpretábamos los cuentos clásicos infantiles. Le hacíamos versiones a Blancanieves, —yo era la reina mala que cantaba—. Cuando vinimos a La Habana, mi papá me dijo que me iban a poner en una escuela de arte dramático, y me inscribieron en la escuela de Adela Escartín —pagando, porque en aquel tiempo se pagaba—. Ahí perdí mucho tiempo, porque pasábamos días haciendo ejercicios de memoria emotiva, por ejemplo, nos pintábamos las uñitas sin brocha, pintura, ni uñas y a mí me parecía tremenda pérdida de tiempo. Hasta que mi mamá y mi papá se separan y empiezo a trabajar en el Instituto Cubano del Petróleo como secretaria, porque además estudié taquigrafía, mecanografía, inglés... Estando allí, sobre los años 60 o 61, veo en el periódico una convocatoria para estudiar arte dramático y me presenté. A esta academia, debía ir todas las noches durante un mes, y allí estaban tres o cuatro profesores internos, que nos daban clases: Modesto Centeno, Roberto Bourbakis, Loli Buján, Ramonín Valenzuela, Roberto Fandiño... Al final del mes, ese claustro de profesores se reunía y elegía a 40 de los cien que se presentaban. Así fue como entré; luego, Carucha y su hermano Pepe Camejo, y Carlos Pérez Peña, me invitaron a unirme al Guiñol que se estaba fundando. Al principio de trabajar con ellos no me gustaba mucho el asunto porque yo quería ser actriz dramática.

Eso quiere decir que antes no habías mostrado interés en el teatro de títeres o para niños. ¿Qué encontraste en el mundo de los Camejo y Carril que te sedujo para siempre? ¿Qué crees que encontraron ellos en ti?

Yo jamás había hecho algo así. En la Academia vimos mucho teatro porque era obligatorio; vine al Mella a ver todas esas maravillosas puestas que se presentaron. Después de haber entrado en el mundo de los títeres —o antes, no recuerdo bien—los vi haciendo El maleficio de la mariposa y El amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, de Lorca. Yo fui con Miguel Collazo, y me acuerdo que él pensaba que era una larga espera; había pocas personas, dos o tres nada más.

Imagen: La Jiribilla

Ellos estaban muy contentos porque ya habían tenido su grupo de hermandad que incluía a casi toda la familia. Hubo como una alegría mutua: ellos estaban felices de tener gente nueva, un teatro nuevo, ahí en el Focsa, y en medio de aquel espíritu de la Revolución todos tenían el deseo de hacer muchas cosas. Y yo también, porque formaba parte de ese momento, y ellos me agradaron. Carril me encantó y Carucha casi me rogó para que yo fuera para el Guiñol.

Ellos me habían visto en la Academia porque asistían como cazatalentos, y no sé qué me vieron o qué les llamó la atención, tal vez mi físico, o mi voz de títere, como tú dices. Armando ya estaba trabajando con ellos, diseñando, igual que Ernesto Briel y Mabel Rivero. Empecé a estudiar francés, y detrás de mí, en la primera clase en la Alianza estaba sentado Armando. Entre nosotros siempre hubo algo muy lindo, salíamos muchísimo a los teatros, a las exposiciones de pintura, éramos como novios. Siempre juntos, desde la Academia, la Alianza y luego coincidimos también en el Guiñol. Éramos muy unidos, y broméabamos entre nosotros con gran cariño; a Ernesto, por ejemplo, le decíamos Flor de Loto por ser una persona tan exquisita, que provenía sin embargo de una familia muy deteriorada —Perucho Camejo me contó que, cuando estaba a punto de morir, en su delirio nos llamaba a Isabel y a mí.

Poco a poco vas pasando de roles secundarios a papeles protagónicos, y terminas como una de las primeras figuras de esta agrupación esencial. ¿Recuerdas cómo se forjaban los espectáculos y qué retos les planteaban los tres directores?

Lo primero que hice —no fue un protagónico, pero para mí resultó muy importante—, era una de las tres locas de La loca de Chaillot. Pepe trajo unas botellas preciosas, no sé de dónde, para hacer los moldes de las cabezas de los muñecos de la obra, y todos estaban muy entusiasmados con aquello, porque era algo completamente nuevo. Yo hice la Loca y me encantaba ese personaje de viejita entretenida; Laura Zarrabeitia hacía la otra loca, y estaba Carucha como Aurelia, la protagonista, y me sentía muy bien. Camejo nos inculcaba mucho el no protagonismo, que nos sintiéramos bien haciendo cualquier papel porque todo lo que hacíamos era importante. Y eso lo aprendimos de verdad. Una vez, cuando Pepe Camejo estaba montando La loma de Mambiala, se le ocurrió hacer un pozo, y creó unas burbujas que se pegaban a una tela, con efecto de luz negra, para ese momento; yo animaba una de esas burbujas, y era un efecto tan bonito que incluso haciendo eso tan sencillo me sentía muy bien formando parte de aquello. Y era así, teníamos gusto de hacer todo, hasta lo más pequeñito.

Todos nos llevábamos muy bien, entraba y salía gente, pero un grupo de nosotros éramos como hermanos; y sabíamos que estábamos haciendo algo muy bueno, formábamos parte de un movimiento cultural muy fuerte. Venían a vernos a los ensayos Miriam Acevedo, Oscar Hurtado y muchos fans que nos respetaban y nos daban importancia.

Estorino escribió la Cucarachita para Dumé, y a los Camejo les gustó. Hicimos la lectura y Ulises García estaba a mi lado. Pepe Camejo y Ulises se habían fajado, pero Pepe le dio el personaje del Ratoncito Pérez, y Ulises siempre hacía esta historia, de cómo se quedó asombrado por la honestidad y profesionalidad de los Camejo. A mí me escogieron porque era chiquita y tenía esta vocecita, y le pidieron a Raúl Martínez la escenografía, que quedó bellísima. Aquello fue un éxito tan salvaje que, a veces, hacíamos dos funciones. Tony Balboa hizo la música que era preciosa. Tuvo todos los ingredientes para que fuera una buena puesta, con calidad y además, era a gusto del gran público, que repletaba todo el tiempo las funciones. En esa época ya la gente llevaba a sus niños, y había un ambiente cultural muy grande. Un día yo salí del teatro, había una mujer esperándome afuera con su niño, y cuando le dijo: “Mira, mira, esa es la Cucarachita”, el niño me miró de arriba abajo y me dijo: “¿Eso?”. Así fue.

En 1971, se dictan las normas de la parametración, a raíz del Congreso Nacional de Educación y Cultura, y los Camejo y Carril pierden la dirección del TNG. ¿A qué te aferraste para no perder los ánimos en un momento tan difícil?

Ellos seguían visitando al Guiñol porque estaba sucediendo todo aquello de los juicios y los papeleos, y yo me sentía muy mal porque cuando venían sentía un dolor como si se hubiesen llevado a mis hermanitos de mi casa, y eso fue muy angustioso para mí. No sé a qué me aferraba, tal vez, mi vida tan bonita con Miguel Collazo, mi marido, quien me llenaba mucho intelectual y artísticamente, escribía mucho y era exitoso —hacía cerámica—, me ayudó. Él era un artista desde que se levantaba, y quizá por eso no sentí que se cayó el mundo. Tenía también a mi niño, con siete añitos.

Una vez, me encontré con Pepe Camejo por la calle y le conté que estaba montando una obrita en el Guiñol y me dijo: “Ustedes no son nada sin nosotros”, y yo le respondí: “Y ustedes sin nosotros tampoco son nada”. Después, cuando empezaron a regresar, cuando pasó todo aquello, ya nunca fue igual.

Imagen: La Jiribilla
La fábula del insomnio

 

El Guiñol tuvo otros directores y vinieron otros espectáculos, que renovaron la fe en el arte del títere, como La lechuza ambiciosa en el que te reencuentras con Armando Morales y Onelio Jorge Cardoso. Luego, en los 90, fuiste tú misma directora del Guiñol. ¿Cómo llega entonces tu Hada Verde de La fábula del insomnio?

Todo eso que hice, después vino a mí y lo aproveché, porque siempre tengo ganas de trabajar. Armando y yo hemos sido muy buenos amigos, nos queríamos mucho, y a él se le ocurrió dirigir —había diseñado muñecos, escenografía y vestuario, pero nunca había dirigido—. Los Camejo eran muy celosos en este aspecto —en una ocasión, Ernesto hizo una obra experimental con texto de Lorca, y a ellos nos les gustó mucho la idea, porque pensaban que los otros no lo iban a hacer igual que ellos y estaba en juego el prestigio del teatro—. Armando tenía su bichito de dirección, y no lo pudo desarrollar entonces, y no sé cómo se le ocurrió hacer aquello porque ese cuento no era nada teatral y lo montó tal y como estaba. Todo lo hicimos en su casa, el retablito… y esa fue una época bonita también.

Yo era directora del Guiñol en los 90 y tenía que ir a pie todos los días. Entonces, vino Raúl Martín, flaco, recién graduado del ISA, con mucho encanto y muchas ganas de hacer y me dijo: “¿Crees que pueda poner aquí El gordo y el flaco?”, su tesis de licenciatura, y le dije que sí. Después, me propuso hacer La fábula del insomnio y que yo trabajara en ella, eso me llenó de alegría, porque sabía que él era un talento y que iba a hacer algo bueno. Así fue como trabajamos y fue un momento de mucho furor, se hicieron los vestuarios aquí en mi casa, se prepararon las pelucas...

En el 93, decidí no seguir. La suerte fue que, en aquel momento, Carlos Díaz, a quien también le había prestado el teatro, me ofreció trabajar con él, y esa fue mi justificación, porque el Trianón me queda a una cuadra de la casa. Cuando eres director general de un teatro te tienes que sumergir en muchas labores administrativas; por eso, cuando veo algo mal hecho pienso que es culpa del director o el administrador, porque ellos deben ver lo mínimo y lo máximo.

Si tu anhelo era, al principio de tu carrera, ser una actriz dramática, al cabo de los años has logrado elogios de toda clase, ante el público infantil y ante el adulto. Tu relación con nuevos talentos, como Maikel Chávez en Con ropa de domingo para Teatro Pálpito, y con humoristas como Osvaldo Doimeadiós, así lo confirman. Se sabe que eres una creadora incansable. ¿Alguna nostalgia, ahora, cuando hablamos de todo lo hecho, algún sueño por cumplir para que te recordemos con mayor intensidad?

Ahora que lo dices me doy cuenta de que es verdad, que al final he logrado hacer personajes de todo tipo, y eso me alegra mucho. Cuando me proponen hacer algo veo primero quién dirige, porque quien no se arriesga no se equivoca. A mí no me importa empezar con alguien que ayer no era nadie, pero creo que es mejor arriesgarme, y si me equivoqué pues sigo adelante. Necesito trabajar.

Puede parecer que hago cosas diferentes, pero en el fondo son las mismas, porque en Con ropa de Domingo interpreto a una Cucarachita Martina, pero vieja ya y es igual. Soy yo con mis recursos, con lo que sé hacer. En el humor, me sentí muy bien con Doime y con la gente del grupo, haciendo la Veinte Pesos de La divina moneda, y es que también me gustan los climas de creación. Cuando me siento bien —eso es muy de Libra—, florezco y hago cosas que me gustan y que me salen bien. Y no, no siento nostalgia; el pasado fue muy lindo, pero no me pone triste que se haya acabado. Tuve éxito, la gente me halagaba, y gané premios y respeto, pero sigo trabajando, dejando un margen para decir: “Espérate, que no fue todo tan bueno, todavía puede ser mucho mejor”.

No eres una persona que haga de sus muchos elogios y premios un altar a la vanidad, pero lo cierto es que durante cinco décadas has tenido la suerte de verte en muchos personajes, y generalmente con éxito. ¿Qué pensarías si de pronto te llamaran por teléfono para decirte que han decidido, en Remedios, donde naciste, nombrarte Hija Ilustre por todos estos años dando alegrías a chicos y adultos?

No me dejo llevar por la nostalgia. Ahora estoy ayudando a Teresita y otras compañeras en la fototeca de CREART a identificar muchas imágenes que ellas tienen allí, y a veces me sorprendo al ver cuánto hice en todo este tiempo. Quién sabe lo que me quede por delante: quiero hacer más comedia —nada de dramas ni piezas demasiado novedosas—, que me divierta a mí y al público.

Ahora voy a tener un poquito más de tiempo; aunque ya tengo 70 años, no me interesa que me pongan a hacer de vieja, quiero trabajar con tal de que sienta las ganas, el gusto y la satisfacción.

Pienso en esos 50 años solo como eso: mucho tiempo de trabajo, pero la verdad es que lo hice sin esfuerzo. Mi vida siempre ha estado llena de cosas buenas, y estoy agradecida por todo el éxito, los premios, las giras... No quiere decir que no me haya vivido situaciones fuertes como la muerte de mi marido —él fue mi pilar, me dio buenos consejos, era muy sabio—; y no solamente su muerte, todo lo que precedió fue terrible para mí. Pero también tengo buenos recuerdos y ganas de hacer, eso es fundamental.

En cuanto a lo de Remedios, no creo que mucha gente se acuerde ni de que yo nací ahí, aunque para terminar te voy a regalar una anécdota. Como te dije, fui hace poco y me puse a investigar sobre aquellas que fueron mis amiguitas de infancia, que ya son unas viejas como yo. Y había una de ellas que no aparecía. Yo preguntaba y preguntaba hasta que me dijeron: “¿Juanita? Está en su casa, en una silla de ruedas, pero no te va a reconocer”. Y me fui allá, y me puse delante de ella, pobrecita, hecha una pasita, que de verdad no me reconocía. Me acordé de que, cuando era niña, como yo era achinada y acababa de pasar la Segunda Guerra Mundial, todas ellas, para molestarme, me cantaban aquello de “Pin pin, cayó Pekín/Pon pon, cayó Japón”. Y me puse delante de Juanita, me agarré de los brazos de su silla y le dije: “Juanita, ¿tú no me reconoces? Pin pin, cayó Pekín…” Y en cuanto le canté aquello se le iluminaron los ojos y me dijo: “¡Xiomaraaa…!” Así que quién sabe, a lo mejor un día se acuerdan y hasta me llaman.

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