Vicente Escobar: Un precursor
de la plástica en Cuba

Josefina Ortega • La Habana, Cuba
Imágenes de Archivo

“Vicente Escobar, legalmente, nace negro y muere blanco”.

Así lo afirmó el especialista Jorge Rigol, pues en aquella sociedad colonial no solo se vendían títulos nobiliarios, sino también el título de blanco, lo que le permitió al pintor nacido en La Habana, en 1762, abandonar su condición de “persona de color” y pasar a la de blanco, aun cuando al nacer fuera inscrito en el Libro Registro de Nacimientos de Pardos y Morenos de la Parroquial Mayor.

Este insólito prodigio mimético sería posible por la llamada Real Cédula de Gracias al Sacar, promulgada por el rey de España, en Aranjuez, en 1795, que eximía de la calidad racial a los mestizos capaces de abonar la suma de dinero tarifada en la real concesión.

Esta circunstancia fue aprovechada por el artista en su trágico esfuerzo por escapar de una posición de inferioridad social en la que lo situaban los prejuicios raciales, y que él se cuidó de afianzar por su casamiento con una joven blanca, Josefa de Estrada y Pimienta, natural de Bejucal.

De esta suerte, no es de extrañar que cuando Vicente Escobar y Flores fallece en la ciudad que lo vio nacer, en 1834, su nombre figure en el Libro Registro de Defunciones de Españoles, en la Parroquia del Espíritu Santo, como si no descendiera por ambas líneas, materna y paterna, de pardos libres, ni sus predecesores masculinos pertenecieran a la Milicia de Pardos y Morenos.

Imagen: La Jiribilla
"Retrato de Fernando VII"
 

Lo cierto es que este mulato que irrumpió en la pintura de forma autodidacta y cuya vida fue “un tenaz forcejeo por trasponer las fronteras raciales”, fue el más cotizado retratista de su época y no simplemente —es bueno aclararlo—, por “la dispensación de su calidad de pardo”, aunque, por supuesto, ello ayudó en buena medida.  

Elevado con cierta rapidez en la escala social por sus notables dotes como retratista, fue amigo y pintor de capitanes generales, tuvo clientela de abolengo, y fue nombrado, hacia 1827, “Pintor de Cámara de su Majestad”, gracias al capitán general Francisco Dionisio Vives, quien lo recomendó en retribución por iniciar la galería de los Capitanes Generales en la Casa del Gobierno.

Pero no todo fue color de rosa para este precursor de la plástica en Cuba. Pese a su fama y “sus papeles de blanco” no pudo encontrarse entre los profesores de la Escuela de Pintura y Escultura de San Alejandro, fundada en 1818. La explicación es obvia. Si en la Academia no se permitía el ingreso de alumnos negros, ¿cómo iba a ser aceptado un mestizo en su cuerpo docente, por muy blanco que lo acreditaran sus negociados documentos? Ansioso de honores y consideraciones oficiales, cuántos desprecios debió sufrir.

Los cuadros suyos eran por encargo, para agradar al cliente. En ellos se resaltaba más la jerarquía de sus retratados que sus defectos, lo que, sin duda, le proporcionó numerosos pedidos hasta llegar a dominar un incipiente mercado de arte. Ello nos permite contar con una valiosa galería de figuras de la aristocracia habanera de inicios del siglo XIX, en la que abundan capitanes generales y damas circunspectas, y donde, por supuesto, no queda espacio para “los rostros más oscuros de los humildes”, con la excepción, al parecer, del músico mulato Jackes Quiroga.

Si bien en sus comienzos este creador no tuvo maestros y sus modelos fueron las imágenes religiosas de su abuela materna, no pasará mucho tiempo para que logre entrar en la madrileña Academia de Bellas Artes de San Fernando, pese a que, por esa época, hacía falta un certificado de limpieza de sangre para matricular en los institutos del Reino. A su regreso a la Isla, organiza un taller independiente, del que se cuenta estaba situado en la muy habanera calle de Compostela.

Imagen: La Jiribilla
"Retrato del músico Jacques Quiroga"
 

En su obra se resumen los vaivenes de una época de tránsito entre el gusto predominante en la Cuba del siglo XVIII, en especial, en el tema religioso, y los nuevos aires del XIX, marcados por el esplendor de una burguesía criolla que comenzó a pagar grandes sumas por verse representada en la pintura para dejar huellas de su poder.

En sentido general —como afirma el especialista Fernando González Padilla—, su estilo se mueve entre el academicismo de intencionalidad descriptiva y un cierto primitivismo, apreciable en sus limitaciones técnicas para la representación de las proporciones, los volúmenes y las manos, así como también en las ingenuas soluciones a las que apela para lograr efectos de profundidad. No obstante, disfrutó de éxito en su época. De ello da fe el escritor Cirilo Villaverde, quien en su célebre novela Cecilia Valdés sitúa en lugar preferencial del salón de la opulenta casa de los Gamboa, dos retratos del artista.

Vicente Escobar murió víctima de una epidemia de cólera. El Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba conserva varios lienzos suyos, entre ellos, “La Benefactora”, “Aquilina Bermúdez” y el “Retrato de Justa de Allo y Bermúdez”. Lamentablemente, muchos de los retratos de Escobar, en particular, los de los capitanes generales, fueron trasladados a España cuando terminó su mando en la Isla.

Imagen: La Jiribilla
"Retrato de Justa de Allo y Bermúdez"
 

Por cierto, dicen que Vicente Escobar alcanzó gran popularidad por un cuadro que tituló “De los feos”, donde aparecen dos guitarristas y dos cantores, todos tan espantosamente feos, que con ello dio inicio en La Habana la costumbre de referirse a esta pintura cada vez que se hablaba de algún “feo entre los feos”, diciendo: “Este se escapó del cuadro de Escobar”.

Comentarios

El caso del Vicente Escobar es como el de Francisco Filomeno Ponce de León, el protagonista de la novela Santa Lujuria o Papeles de blanco, de la escritora Marta Rojas. Y Creo que ese hecho en base a la Célula que rigió para toda América --ratificada por Carlos Iv-- está mencionado. Según noticias en el Archivo de Indias hay muchos expedientes de Papeles de Blanco, entre figuras ilustres. Bueno el trabajo Filomeno, en realidad llegó a ser Marqués de Aguas Claras.

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