A 110 años de su natalicio

Julio Antonio Mella y la comunidad universitaria

Ana Cairo • La Habana, Cuba

Coordenadas

Julio Antonio Mella (La Habana, 25 de marzo de 1903- México D.F., 10 de enero de 1929) continúa siendo uno de los mitos fundacionales del pensamiento revolucionario cubano en la primera centuria republicana.

Imagen: La Jiribilla
"Mella", Tomás Sánchez

 

Con motivo del aniversario 110 de su natalicio, he retornado a la problemática de sus aportes a la historia del movimiento estudiantil cubano y a la modernización de la vida universitaria.  

Durante el 2012, me interesé por las estrategias visibles en los modos de conmemoración del 50 aniversario de la promulgación de la Ley de Reforma (10 de enero de 1962) y del aniversario 90 de la fundación de la Federación Estudiantil Universitaria (20 de diciembre 1922).

Estimo que las conmemoraciones fueron cualitativamente insuficientes, porque no se debatió en profundidad sobre los temas más candentes.

En un taller sobre el cincuentenario de la Ley de Reforma Universitaria, un grupo de panelistas creía que se necesitaba de nuevo un replanteo total, ante la convicción de que se estaba en un momento de crisis; algunos no sabían, o no querían, decir cómo hacer el replanteo. Un segundo grupo estimaba que deberían también estudiarse los hechos y las decisiones, que pudieran ser vistos como formas de una contrarreforma.

Me parece que en la actualidad predomina un cierto grado de desconocimiento en torno a la historia del movimiento reformista. A diferencia del momento comprendido entre enero de 1959 (reapertura de la Universidad de La Habana) y 1976 (reestructuración de los centros y creación del Ministerio de la Educación Superior), en que todavía se podía conversar con personalidades que habían participado en algunos hechos, o se leían sus textos.

Los gestores de la Ley de Reforma Universitaria promulgada en 1962 eran intelectuales con un profundo dominio de todas las implicaciones políticas, sociales, culturales, que generarían aquellos cambios. Sabían que se trataba de un proyecto audaz, estratégico, para avanzar por los mejores caminos en el tránsito de la república cubana burguesa hacia otra de orientación socialista.

Cuando puedo, estoy tratando de releerme a intelectuales cubanos que participaron en la historia del movimiento de reforma. Por ello, retorné a los textos de Mella.

Como parte de la conmemoración del 32 aniversario del asesinato de Julio Antonio Mella, en la Escalinata de la Universidad de La Habana, se hizo público el primer alcance de dicha ley y se anunció la inmediata entrada en vigor de algunos de sus principios. Se insistió en la tesis de que sería un proceso complejo y por fases, que debería mantenerse siempre abierto a continuas renovaciones.

En la Escalinata estuvieron representantes de todas las generaciones de revolucionarios, miembros de las comunidades docentes en las Universidades de La Habana (1728), Oriente (1947) y Marta Abreu de Las Villas (1952).

Fidel Castro, Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, y Juan Marinello (1898-1977), Rector de la Universidad de La Habana, presidieron el emotivo acto. De este modo, se realzaba la continuidad de un esfuerzo conjunto de generaciones para modernizar la educación superior cubana.

También se reiteraba el consenso en torno a los aportes estratégicos de Mella, como líder histórico unitario, cuyo carisma había permitido enrolar en un proyecto colectivo a millares de  personas, representantes de distintas clases, grupos sociales, generaciones, y de las más disímiles ideologías y mentalidades.

Los estudiantes héroes y mártires en las Revoluciones de 1868 y 1895

En la Revolución de 1868, participaron numerosos estudiantes no solo universitarios sino de la enseñanza media. Por diferentes vías, algunos jóvenes abandonaron los estudios y se incorporaron al Ejército Libertador; otros, participaron en acciones de rebeldía en las ciudades. Varios sufrieron prisión y destierro.

La biografía del estudiante habanero de bachillerato José Martí (1853-1895)  podría ilustrar la acelerada radicalización política en breves meses.

En la tarde del 27 de noviembre de 1871, fueron asesinados ocho estudiantes de medicina (todos menores de edad). Previamente, 35 de sus compañeros habían sido condenados a penas de cárcel. En La Habana, los batallones de voluntarios españoles habían logrado aterrorizar a las máximas autoridades con la amenaza de una sublevación, si no se cumplía de inmediato con la orden de ejecutar una farsa judicial que diera apariencia de legalidad al crimen.

Algunos diplomáticos informaron lo que realmente  había ocurrido. Algunas naciones se solidarizaron con las víctimas y sus familias. La prensa internacional multiplicó los ecos del escándalo.

El gobierno de la monarquía española decidió promulgar un decreto de indulto para los estudiantes presos en mayo de 1872. Se trataba de un gesto para acallar las denuncias y para intentar el camino de cierta distensión pública en la Isla, porque la población cubana se había radicalizado más en contra de los españoles, aunque no profesara ideas separatistas.

El indulto se hizo efectivo en secreto y por la noche. Los estudiantes fueron llevados a un barco para que abandonaran forzosamente la Isla.

Manuel de la Cruz (1861-1896), narrador, ensayista y periodista, solía recordar que sus padres, en un principio ajenos a la política, cambiaron al conocer los detalles de ese crimen y, por consiguiente, él (un niño de alrededor de diez años) quedó emocionalmente adscrito al independentismo.

En junio de 1872, Fermín Valdés Domínguez (1854-1910), uno de los indultados, se reunió con su amigo íntimo José Martí en Madrid. Con la experiencia como autor-editor del ensayo El presidio político en Cuba (1871), Martí escribió y publicó “El 27 de noviembre de 1871”, una hoja impresa que aparecía firmada por los estudiantes testigos Valdés Domínguez y Pedro de la Torre. El volante se distribuyó con rapidez  en la capital española, porque urgía  que se conociera más sobre el crimen.

Martí decidió hacer más. Para que circulara en noviembre, preparó el folleto Los voluntarios de La Habana en el acontecimiento de los estudiantes de medicina, por uno de ellos condenado a seis años de cárcel  (1872).

Incorporó al folleto una narración de Fermín y la carta pública protestando ante las autoridades de la monarquía del padre de Alonso de la Campa (el más joven de los asesinados). El señor Campa había sido un oficial de los batallones de voluntarios habaneros y, por lo mismo, su denuncia del crimen era más impactante en el público español.

Por último, Martí incluyó el poema “A mis hermanos muertos el 27 de noviembre”. De este modo,  promocionaba una de las formas más efectivas de recordar y solidarizarse con aquellos jóvenes.

Existen numerosos poemas dedicados a ellos. En la colección Fermín Valdés Domínguez del Archivo Nacional de Cuba, se conserva una libreta, en la que él fue copiando esos textos. El ya mencionado de Martí y el soneto de Julián del Casal (1863-1893), están entre los más famosos.

En la década de 1880, Fermín completó las pruebas para demostrar la inocencia jurídica de los ocho mártires, a quienes se les erigió un mausoleo en el cementerio de Colón. Él  publicó un nuevo folleto con el título de El 27 de noviembre de 1871. Martí recomendó su lectura en un artículo de título homónimo (agosto de 1887, en la revista newyorquina El Economista Americano).

En la Revolución de 1895, de nuevo, los estudiantes participaron en todos los escenarios de la contienda. Volvieron a ser héroes y mártires.

El estudiante como nuevo sujeto político en la vida republicana

En el año final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) circularon con rapidez las múltiples noticias  sobre el asociacionismo y la rebeldía estudiantil en diferentes ciudades de América Latina. El estallido en la Universidad de Córdoba se había multiplicado en las otras instituciones argentinas. En particular, todo lo que acontecía en la Universidad de Buenos Aires se difundía con suma celeridad. Lo mismo podría decirse en torno a la Universidad de San Marcos en Lima.

Entre el 20 de septiembre y el 8 de octubre de 1921, los estudiantes reformistas de la Universidad Nacional de México aprovecharon, con laudable astucia, la política gubernamental  de festejar con distintos tipos de eventos el centenario fundacional  de la nación.

Ellos organizaron el primer congreso latinoamericano, que se celebró en la Escuela Nacional Preparatoria. Allí, se acordó: la lucha por la extensión universitaria, la solidaridad estudiantil, la creación de las universidades populares, el cogobierno, la docencia y la asistencia libres, la autodeterminación de los pueblos, la defensa de Santo Domingo y Nicaragua, naciones víctimas de las invasiones yanquis.

Se decidió aunar esfuerzos para que cuando se pudiera realizar el segundo evento —que debería ser en la Argentina— ya estuviera avanzado el proyecto de construir una fuerza política, social y cultural con la mayor resonancia continental posible. Se estaba pensando en una Internacional de los estudiantes.

Por lo mismo, se multiplicaron las publicaciones estudiantiles y la presencia de noticias en periódicos y revistas con circulación nacional y en el extranjero. También se utilizaron los viajes de profesores, alumnos y graduados para difundir, a través de conferencias, lo que estaba pasando.

Hasta donde se conoce,  en el segundo periodo presidencial (1917-1921) del general Mario García-Menocal ya existían asociaciones estudiantiles poco activas en las tres facultades de la Universidad de La Habana; se ocupaban de estimular la vida deportiva y festiva. En la memoria oral, se recordaba el jolgorio de la marcha espontánea, bailando por distintas calles habaneras, para celebrar el anuncio del fin de la Primera Guerra Mundial. Los jóvenes del Instituto de Segunda Enseñanza también se habían sumado.

Otros tipos de acciones eran brutalmente reprimidas. El 26 de enero de 1920 se organizó una manifestación estudiantil, que partió de la Facultad de Medicina hacia la calle San Lázaro. Ellos pedían que contaran con su opinión en lo relativo al plan de estudios y la vida docente. La policía los agredió. Hubo 13 heridos. El alumno Carlos Dominicis escribió con sangre “іJusticia!” en una pared de San Lázaro y Escobar.

A partir del 20 de mayo de 1921, comenzó el mandato presidencial  del doctor Alfredo Zayas Alfonso (abogado y lingüista). Él propugnaba otro estilo de gobierno. Se inclinaba hacia la multiplicación de todo tipo de organizaciones políticas, económicas, sociales, culturales, profesionales, etc.

Era un político ilustrado muy inteligente; sabía combinar el cinismo con el autoritarismo indirecto; podía prometer cualquier cosa, sin preocuparse por el desprestigio inherente al acto de no cumplirlo. Daba audiencias con facilidad; demostraba que tenía un buen sentido del humor; usaba constantemente la sonrisa y aparentaba una ecuanimidad absoluta.

Los estudiantes aprendieron muy rápido las claves del nuevo estilo demagógico del zayato y supieron aprovechar la coyuntura para hacer lo que tenían pensado y que la cruenta violencia represiva del menocalato había obstaculizado.

Eduardo Betancourt Agüero, vicepresidente de la asociación de alumnos de la Facultad de Derecho, asistió como único delegado cubano al congreso internacional de estudiantes en México.

Nicanor MacPartland, hijo natural, matriculó en la Facultad de Derecho en octubre de 1921. A los pocos meses, ya pertenecía a los grupos de atletas carismáticos que defendían la identidad nueva de los Caribes (los equipos universitarios) en las competencias.

En 1922, como deportista, se autobautizó con el nombre de Julio Antonio Mella; como se trataba de un acto emancipatorio, rápidamente, transformó dicho seudónimo en su verdadera identidad como persona y líder político.

En noviembre de 1921, al mes de matriculado, participó en las acciones promovidas en su Facultad para impedir que se le otorgara el reconocimiento académico de un doctorado honoris causa a Enoch Crowder, un odiado diplomático estadounidense, por los excesos de sus actos  intervencionistas.

El 20 de diciembre de 1922, Julio Antonio, como representante de la Facultad de Derecho, participó en el acto de fundación del directorio de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), en el que fue elegido secretario general por un año.

En noviembre, había preparado el primer número de la revista Alma Mater y se había convertido en el administrador y uno de sus redactores.

Entre enero y octubre de 1923, Mella encabezó las labores agotadoras para construir la primera red nacional estudiantil por la que se vinculaba a los universitarios con los muchachos de los institutos de segunda enseñanza, las escuelas normales y los colegios privados (religiosos y laicos) en las seis provincias.

El reconocimiento a su esfuerzo quedó reconocido al ser elegido presidente del Primer Congreso Nacional de Estudiantes (15-23 de octubre de 1923), con lo que simultáneamente se realzaba el hecho de que también él desempeñaba la presidencia del directorio de la FEU.

La mayoría de los centros envió delegados al Primer Congreso Nacional de Estudiantes. De este modo, se tornaba muy visible a toda la sociedad que los alumnos se convertían en un nuevo tipo de sujeto político con capacidad para la defensa de plataformas propias.

El 3 de noviembre de 1923, se constituyó la Universidad Popular José Martí (UPJM), que fue clausurada en julio de 1927. Hubo una segunda institución entre noviembre de 1933 y marzo de 1935.

La UPJM se inspiraba en experiencias internacionales como la de la Universidad Popular Manuel González Prada, organizada por los estudiantes reformistas peruanos en Lima. En el caso de la cubana, también se reconocía como herencia la tradición de las escuelas para trabajadores promovidas en diferentes espacios por los emigrados cubanos en la década de 1890 y  la de centros financiados por las organizaciones obreras.

En relación con la tradición de las emigraciones cubanas, habría que mencionar dos muy relevantes: el proyecto La Liga (1891- 1898), encabezado en Nueva York por José Martí y Rafael Serra; y el de Esteban Borrero Echeverría  en Cayo Hueso (1895-1897).

La UPJM era una institución surgida de un consenso de organizaciones sociales modernizadoras. Estaba coauspiciada por los sindicatos, la FEU, algunos profesores, periodistas y otros tipos de intelectuales. Funcionaba como una nueva comunidad docente, en la que alumnos y profesores negociaban sobre qué tipo de saberes ellos necesitaban y cuáles asignaturas los otros podían ofrecer.

La UPJM se estructuraba en dos niveles: uno básico en el que se impartían conocimientos desde la alfabetización hasta los del ciclo de la escuela primaria; y otro más plural en que lo mismo se reforzaban disciplinas que permitían aumentar la calificación laboral, o se aumentaba la calidad de vida con temas de biología humana e higiene, el aprendizaje del inglés, o se discutía sobre temas históricos y políticos actuales.

El trabajo magisterial era gratuito, cívico, patriótico, porque estaba inspirado por la solidaridad humana. Los profesores de todas las enseñanzas, los estudiantes universitarios, o de los años finales del bachillerato y de las escuelas normales, todos los tipos de intelectuales cubanos y extranjeros, estaban invitados a cooperar en las clases, o con donativos (dinero, libros, material escolar), para mejorar la instrucción y financiar los gastos de los locales.

Desde que asumió la tarea de organizar el Primer Congreso Nacional de Estudiantes, Mella estuvo consciente de que los debates y conflictos originados en los alineamientos diferentes de los estudiantes, ya como entusiastas o apáticos, indiferentes o comprometidos, reformistas o inmovilistas, derechas o izquierdas, modernizadores o tradicionalistas, católicos reaccionarios o anticlericales, indicaban que el salto cualitativo de la aparición  de este nuevo tipo de sujeto político era irreversible.

Siempre habrá que admirar a Mella como un líder muy carismático; fiel a la praxis inteligente de retirarse de las candidaturas y los cargos, cuando su presencia podía entorpecer la búsqueda unitaria de un consenso.

Fue el principal artífice del proyecto de la Confederación de Estudiantes de Cuba (18 de agosto de 1924), cuyo lema martiano era: “Con todos y para el bien de todos”. Esto aceleró la irrupción de los adolescentes en la vida política, social, cultural.

El aprendizaje de los dirigentes se tornó más amplio, complejo y plural, porque comenzaba varios años antes del ingreso al nivel universitario.

La  relevancia del gran  impacto público se fundamentaba también en el hecho de que no todos los alumnos de la enseñanza media después accederían a la educación superior.

Logró la primera articulación coherente de los intereses de los estudiantes de la enseñanza media en todas sus formas y de la universitaria. Los más jóvenes también debían aprender a interesarse por las reformas educacionales, las continuas modernizaciones científicas y artísticas, la consolidación del hábito de informarse sobre nuevas disciplinas, la práctica de los deportes, las competencias con equipos bien identificados al modo de los caribes.

Se trataba del afianzamiento de sentimientos de orgullo y dignidad individuales y grupales. Esto facilitaría la exigencia del respeto institucional a sus organizaciones; el desarrollo de un concepto humanista revolucionario de la cultura, que era una de las premisas para la implementación singularizada de la extensión deportiva, artística, científica, en los institutos, en las escuelas normales, de oficios, en los colegios privados (laicos y religiosos) etc.

Este realce de la autoestima personal y colectiva podría favorecer la interacción sistémica de dos fines emancipatorios: Aprender a ser democráticamente participativos y solidarios.  Asumir las ventajas identitarias de  pertenecer a diferentes tipos de  comunidades.

Los centros docentes, en los que pervivían formas de dominación medieval deberían ser definitivamente clausurados.

En el número 9 de Juventud  (noviembre  de 1924, p. 26), en la sección Desde el Viejo Caserón, dedicada a los sucesos en el Instituto de La Habana,  se  publicó el artículo “Una obra pretérita admirable y una obra futura mejor”, en el que se evaluaban los avances del movimiento reformista en el centro:

La Asociación de Estudiantes del Instituto consiguió como paso previo para todo avance conquistador una elevación del espíritu cívico del estudiante, del que es prueba irrecusable las propias reformas obtenidas.

Las conquistas logradas eran:

  • El establecimiento y la circulación de los programas de asignaturas.
  • La abolición de los exámenes orales.
  • Ajustes en los programas de Física y Química.
  • El sorteo de las bolas de examen.
  • La reglamentación de las clases en las academias de preparación.
  • Suspensión por ley de las clases privadas. Se estimaba que los profesores miembros del claustro no debían hacerlo.
  • Impulso a la actividad deportiva y a la extensión cultural.

Habría que esforzarse para que surgieran instituciones nuevas, siempre renovables, cada vez más democráticas, en que alumnos y profesores se autoimaginaran como integrantes de una comunidad social y moral con derechos y deberes hacia el funcionamiento interno y hacia las esenciales interrelaciones  con el resto de las estructuras  de una nación, con las afines en el sistema-mundo y, de modo particular, con las de nuestro continente.

Con el proyecto de la Confederación de Estudiantes de Cuba, Mella aportó una de las acciones más originales en la historia del movimiento revolucionario  estudiantil latinoamericano y en el del movimiento de reformas educacionales.

La aceptación, con creciente cifra de adeptos, de los estudiantes como un nuevo tipo de sujeto político, implicó que se acelerara la comprensión en torno a la existencia de otros grupos de jóvenes con similares características; por ejemplo, los obreros jóvenes, los graduados, las asociaciones especializadas en grupos profesionales; las singularidades asociadas a los roles de género, etc.

Es importante recordar que en el Primer Congreso Nacional de Mujeres (1- 7 de abril de 1923) participaron, además de las delegadas de asociaciones feministas, representantes de las estudiantes, de las obreras, de las profesionales, etc., y hasta personalidades vistas como tales en cada provincia.

Cuando se organizó la Asamblea Universitaria (marzo de 1923) se estimó que los graduados deberían tener una representación paritaria a la de los profesores y alumnos. Finalmente, se desestimó este sueño, porque no se encontró la vía idónea para organizar la presencia de ellos.

Por decisión propia, ayudaron en la comisión preparatoria del Primer Congreso Nacional de Estudiantes un grupo de intelectuales (graduados) interesados en los temas universitarios. El médico Gustavo Aldereguía (1895-1970) logró participar como delegado y el abogado y periodista Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964)  como uno de  los asesores de Mella.

Mella fundó Alma Mater.  En el transcurso de 1923 y 1924 surgieron otras publicaciones. Leonardo Fernández Sánchez (1907-1965) dirigió Instituto, órgano de los estudiantes reformistas del Instituto de La Habana. Al parecer, existió otra en el de Camagüey, denominada La Voz Estudiantil.

Probablemente, en el inicio del curso 1923-1924, se organizó el Grupo Renovación en la Facultad de Derecho. Tomaban el nombre de una publicación estudiantil de Buenos Aires, desde la que se difundía el desarrollo del movimiento de reforma.

Mella estuvo entre los fundadores del Grupo Renovación, quien estuvo representado en el Primer Congreso por varios delegados. Entre ellos, Alfonso Bernal del Riesgo (1902-1975),  quien  presentó “Los principios, la táctica y los fines de la revolución universitaria”, uno de los textos claves del primer movimiento de reforma.

Bernal del Riesgo no solo se graduó de abogado, sino también de la carrera de  Filosofía y Letras. Se especializó en Sicología. Perteneció al claustro universitario hasta su muerte. Se convirtió en uno de los mayores expertos en los temas de la modernización universitaria. Tuvo el raro privilegio de compartir también con Mella el proyecto educacional del Instituto Politécnico Ariel (1925) y de participar, el 10 de enero de 1962, en el acto de la promulgación de la Ley de Reforma Universitaria, por la que había luchado durante 40 años.

La internacionalización del movimiento estudiantil y de reforma

En octubre de 1923, Mella había dejado Alma Mater  y creó la revista Juventud, órgano de los estudiantes renovadores de la Universidad de La Habana. Al parecer, la publicación llegó hasta el número 14 en mayo de 1926.

En el editorial del primer número (p.9), él explicaba:

Una publicación más en la vida estudiantil cubana; pero es también la continuación de una ardua lucha comenzada cuando ingresamos en la Universidad, es el mismo ideal sostenido por los mismos hombres que hoy al cambiar de forma solo cumple con el eterno: “Renovarse o morir”.

Antes fue Alma Mater, hechos de índole particular impiden que los que hoy sostenemos la bandera del ideal de reforma universitaria, de defensa de la clase estudiantil, usemos el mismo nombre de ayer; mas, con distintas armas el mismo guerrero continúa la lucha.

Y triunfaremos como siempre…

Juventud es hoy una revista como deben tenerla los estudiantes cubanos, junto al humorismo propio de los jóvenes y de las noticias deportivas y universitarias, la ciencia, el supremo anhelo de los estudiantes, llena las principales páginas de esta publicación.

[…]

Saludamos  a todos nuestros compañeros de Cuba y de nuestra América, a esa juventud única que plasma con ardor incansablemente el futuro del mundo.

Para, y por ellos, hermanos del ideal, sale esta publicación. Y a nuestros colegas de Cuba y del extranjero también enviamos nuestros más afectuosos saludos.

Como los estudiantes renovadores  eran una minoría, aspiraban a multiplicar las estrategias para que sus filas crecieran. Ellos conformaban la primera hornada de  un proyecto cultural.

Transfirió a Juventud  la mayoría de las secciones que diseñó para Alma Mater.  Estableció la sección de los editoriales para fijar la opinión sobre acontecimientos políticos y sociales. Creó la sección Nosotros, que servía de memoria en torno al movimiento de reforma. Dio un espacio para las noticias y problemáticas de cada una de las tres facultades y otro para la Universidad Popular José Martí. Habilitó secciones para los deportes, los libros, la promoción de películas y de otras formas de la cultura artístico-literaria, el costumbrismo burlesco,  los asuntos enviados por los lectores.

Buscó financiamiento con anuncios de colegios privados, establecimientos comerciales, bebidas consumidas por los jóvenes, el directorio de servicios profesionales, etc. Introdujo las traducciones del inglés (Carlos Baliño lo ayudó). Reprodujo fragmentos y reseñó artículos (José Ingenieros, Manuel Ugarte). Promovió las entrevistas a personalidades (comenzando por Enrique José Varona). Privilegió la solidaridad con otros movimientos universitarios y estudiantiles, con otros pueblos y naciones. Nombró corresponsales argentinos, peruanos, mexicanos, quienes escribían  sobre sus problemáticas. Esto suponía que los cubanos reciprocaban el servicio. Auspició el canje de publicaciones.

Enseñó a validar el mérito y la colaboración solidaria de todas las generaciones  de intelectuales; a reconocer  las verdaderas y perdurables características de los procesos de cambios, en los que batallaban las premisas de las legítimas tradiciones de modernización y las de las imprescindibles rupturas.

Exaltó el derecho a pensar con cabeza propia y a ser flexible para construir los consensos, que era lo que facilitaba el tránsito de los deseos y sueños a la praxis concreta. 

Cuando invitó a Enrique José Varona para que acompañara a los estudiantes en la rebeldía inherente al movimiento de reforma; cuando creó el Ateneo Universitario José Martí y le dio igual nombre a la Universidad Popular; cuando rindió tributo a José Enrique Rodó al denominar a su colegio politécnico Ariel; cuando elogió a José  Ingenieros y a Manuel Ugarte, él estaba dándonos una lección de estrategia revolucionaria, cuya vigencia ha pervivido. 

Internacionalizó y actualizó el conocimiento sobre lo que estaba ocurriendo en Cuba. Insistió, renunciando a la simplificación maniquea, en que la nueva comunidad universitaria singularizada, y la nueva comunidad de todos los tipos de estudiantes, formaban parte e interactuaban con el sistema-mundo de entonces.

En el número 9 (noviembre de 1924) comenzó la segunda época de Juventud.  Ya había desaparecido Instituto. Mella había traspasado la dirección a Leonardo Fernández Sánchez, quien representaba a los reformistas de la segunda enseñanza.

Juventud, en la segunda época, se convertía en el órgano de los estudiantes reformistas en las seis provincias, además de mantener una representación nacional en el extranjero.

Esto suponía una reformulación para satisfacer mejor las necesidades de un público más amplio y diverso al quedar convertida en el órgano de los estudiantes renovadores en las seis provincias. Debía ayudar a concretar el sueño de la confederación estudiantil.

Leonardo enfatizó el liderazgo de Mella al reiterar en las portadas de cada número que él era su fundador y la principal fuerza motriz del proyecto.

Los dos se complementaban haciendo todo tipo de textos, en particular, los editoriales. Ambos favorecieron que nuevos estudiantes se estrenaran como redactores.

Revisando la colección incompleta de Juventud en la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, elegí tres textos que podrían ilustrar el sentido de los aportes de Mella.

En el número 6, marzo de 1924, p. 66,  en la sección Nosotros, Mella explicó por qué cambió de símbolo para promover el sentido de la renovación estudiantil y de la institución docente:

El cambio de emblema ayer: La Minerva serena de los brazos abiertos, como anhelando abrazar a toda la juventud.

Era el símbolo de la Universidad: ¡El Alma Mater! A su lado una pareja de estudiantes hablaban…  ¿de ciencias? ...? ¿de amor?... Con toda seguridad sobre esto. La pareja simbolizaba el alumnado frívolo y egoísta, símbolo del estudiantado de ayer.

Nosotros interpretamos el Alma Mater, como lo expusimos anteriormente, con los brazos abiertos para recibir en su regazo a toda la juventud, sin distinción de ninguna clase, para hacer cultos, y por lo tanto felices, a todos los hombres.

Por eso nuestras primeras luchas fueron por ella —el Alma Mater de los brazos suplicantes— porque supusimos que luchábamos para todos.

Nuestro primer ariete fue Alma Mater, en honor y loor de lo que creimos fuese diosa de la sabiduría para todos los humanos, cumplió su misión. Ayudó a demoler una universidad medieval.

Juventud, la revista de  los estudiantes renovadores, la revista de los estudiantes que honran la Universidad y hacen la República digna de ello, recibió como atavismo morboso el mismo emblema.

Con el tiempo nos convencimos de nuestro engaño.

Hoy: El Eterno Rebelde, he aquí nuestro nuevo emblema. Sobre lo alto de una montaña cubierta de fuego y humo un joven ángel vigoroso y musculoso, en gesto de suprema rebeldía tiende el brazo derecho hacia los cielos, hacia las altas regiones de la vida moral.

Allí donde están todas las injusticias, donde se incuban todas las tiranías, como pretendiendo destruirlas con el gesto heroico de su brazo, igual que el gesto profético y sublime de Prometeo, mientras su mano izquierda puesta sobre el pecho parece querer sujetarse dentro de su alma todos los dolores, todas las tormentas que su misma rebeldía desata, y que la injusticia y la envidia de los mismos porque lucha exaspera.

He aquí lo que somos hoy, eternos jóvenes rebeldes, luchando en medio del fuego y del humo de la vida, luchando con las ideas en lo más alto del pensamiento humano para la liberación de la humanidad.

Por eso tenemos nuevo emblema, porque está más cerca de nosotros. Sabemos que para algunos esta renovación, como todas las otras que hemos en nuestra Revista, les causa desagrado, no nos importa, esta inquietud constante, este renovar continuo de ideas y cosas es la condición esencial de nuestro existir.

En la sección Vida Universitaria del ya citado número 6, p. 60 (marzo de 1924) se reseñó el discurso “Cuba y la juventud” de Mella, pronunciado en el salón de conferencias de la rectoría, en la inauguración del Ateneo Universitario José Martí (16 de febrero). ¿Fue el propio Mella, quien sintetizó sus palabras? :

El señor Mella habló sobre los problemas de Cuba y la juventud, expuso la triste situación internacional del país, esclavizado al capitalismo yanqui, aliado del capitalismo nacional, que tienen por instrumento al gobierno.

Señaló como mal nacional ese gran predominio del capitalismo extranjero, que no respeta leyes y que poseedor de mucho más de la mitad de los ingenios de azúcar y de otras grandes actividades nacionales: minas, ferrocarriles, etc., esclaviza a gran número de obreros. Los ingenios son nuevos feudos donde el mayoral y el administrador han sustituido al antiguo señor, el mismo despotismo, las mismas iniquidades, y todo bajo la tolerancia de los  gobiernos y de las llamadas fuerzas vivas del país, porque viven a costa de todas esas monstruosidades.

Cree el conferencista que la única esperanza está en la juventud; pero un momento de pesimismo le hace dudar del éxito porque es muy pequeño el grupo de los luchadores;  muchos los defectos de la actual juventud los señala: abulia, egoísmo, vanidad e ignorancia, (aún en la universitaria), habla de los remedios y aunque no cree en la regeneración de una gran mayoría, por lo menos de la necesaria, para el triunfo de las causas ideales, está seguro del triunfo porque la minoría que hoy lucha ha ido a unirse al pueblo, lucha por él y con la poderosa ayuda de él lo cual asegurará el triunfo definitivo.

Leonardo Fernández Sánchez, como nuevo director de Juventud  (número 9, noviembre de 1924, p. 40), en la sección Nosotros, explicó los reajustes asociados a la segunda época de la publicación y elogió a su líder:

Solo un hecho nos resta fuerza, la retirada de la Dirección de quien fuera su fundador, Julio Antonio Mella. Él, el más gallardo paladín de la nueva generación cubana; él, a cuya actividad maravillosa e idealismo fructífero deben tanto la Universidad de La Habana y las nuevas ideas; se retira, no de la lucha, porque él es un luchador en perenne rebeldía, sino de la Dirección de Juventud. Y se retira, porque otros sectores necesitan de la rectitud de sus convicciones, porque otras obras de tanta o más importancia de la que él pudiera realizar aquí, reclaman el torrente impetuoso de sus energías fecundas, siempre en ebullición, siempre en constante y perpetua agitación, lo que es casi una necesidad fisiológica de su temperamento vibrátil e infatigable.

[…] él aportará a la vitalidad de Juventud los frutos magníficos de su talento preclaro, porque él dejará en sus páginas los desbordamientos de luz que son siempre los combates candentes de su pluma.

En noviembre de 1924, ya estaba surgiendo el mito Mella en las palabras admirativas de Leonardo, uno de sus más íntimos amigos.

Como Alfonso Bernal del Riesgo (otro sobreviviente generacional), Leonardo vivió para disfrutar un día de alegría con la promulgación de la tan anhelada  Ley de Reforma Universitaria, el 10 de enero de 1962, en la Escalinata de la Universidad de La Habana. Se había alcanzado un nuevo punto de partida; pero quizá, pensaba en que habría que estar preparados para entender que en un futuro podría hacer falta otra.

La Habana, 21 de marzo de 2013  

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