Literatura

A propósito de Carne de perro,
de Pedro Juan Gutiérrez

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

En la colección de cuentos Carne de perro (Ediciones UNIÓN, 2012), Pedro Juan Gutiérrez, quien se dio a conocer al mundo entero hace más de una década con su estremecedor El Rey de La Habana, vuelve a la carga en su afán de convertirlo todo en literatura: lo más doloroso, la carroña, el lado miserable y oscuro de la vida (p. 46).

Imagen: La Jiribilla

A través de 16 narraciones, hilvanadas de forma tal que constituyen una sola historia con varios escenarios (Centrohabana, Guanabo, Guanabacoa y El Calvario), el autor muestra su imbatible talento para crear atmósferas y personajes brutalísimos. El estilo filoso de su literatura, economiza rigurosamente todo aquello que pueda adornar (suavizar) la esencia de lo que necesita decir. Son sus textos cortantes, siempre narrados en primera persona, los que trasmiten en sí mismos lo fundamental de la autenticidad de Pedro Juan. A pesar de la violencia implícita o evidente que signa sus cuentos, y que podría movilizar algún rechazo, o al menos un descanso entre cuento y cuento —no es fácil leerse de un tirón tanta desgarradura acumulada sin que salpique—, una larga y legítima tristeza sobrevuela y da sombra a sus escalofriantes descripciones.

Más que caminantes, podría decirse que sus personajes son “arenantes”: siempre transitan por arenas reales (la plataforma de la playa resulta obsesiva, recurrente; es el oasis adonde se refugian el protagonista y muchos de los personajes) o por terrenos inseguros, hostiles, como arenas movedizas. La crudeza de estos cuentos provoca una tensión —y atención— similar a la que motivó la película Tesis, aquella joya del español Amenábar que tanto revuelo causó en su momento. Aunque terroríficos —más allá de toda credibilidad, que en arte poco importa—, una suerte de impulso morboso obliga al lector(a) a continuar sumergiéndose en las aguas putrefactas donde flotan deshechos de carne de perro. Así, al igual que en la película Tesis, sucumbimos ante la atracción de la sordidez, de lo peor de un ser humano convertido en detritus, de mujeres atrapadas en las telarañas de sus sexos y de hombres alcoholizados, cuyo único objetivo en la vida parece ser el dejar de pensar.

Es malo pensar tanto (p.57); Solo quiero pasar unas horas tranquilo y olvidar todo. Sordo, ciego y mudo (p.43); No pienso en nada. Me gusta. Un poco de vacío y de nada (p140) son pensamientos que, al margen del deseo del escritor, irradian una profunda depresión. La tendencia al nihilismo, el deseo de desaparecer, la falta de esperanza, y la controvertida necesidad de sexo sin compromisos de índole emocional caracterizan al protagonista de Carne de perro. La figura femenina, representada básicamente por cuatro mujeres, dista mucho del ideal al que aspira cualquier dama catedrática defensora de la imagen del feminismo; pero ¿quién dudaría, ay, del carácter genuino de las amantes (Julia, Miriam y Lena) o del sacrificio infinito de la madre?

Desnudándose, de modo que no quede ningún atisbo de pudor, o algún resquicio donde esconderse, al protagonista de este libro no le tiembla la voz al decir Soy un macho vulgar y simple. Y necesito una hembra vulgar y simple (p.68). Soy un hereje total y absoluto (p.108). El verdadero cínico, el cínico de nacimiento, solo reconoce la fidelidad a sí mismo. Y se ahorra muchos trastornos (p.95). Pero también, formando parte de esa especie de exhibición del alma, dice: A veces el bebé que llevo dentro eclipsa al hijoeputa (p.84).

Para quienes disfrutan el realismo sucio, cuyo máximo exponente es Pedro Juan Gutiérrez, Carne de perro será manjar de dioses. Para el resto, una forma de aprendizaje, un acercamiento al lado oscuro y miserable de la vida, narrado con particular fuerza e intensidad.   

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