Bellas Artes

Alejandro G. Alonso • La Habana, Cuba

Aunque el Museo Nacional de Bellas Artes está en un edificio típico del Racionalismo del siglo XX —fue construido en 1954—, en su colección de arte cubano hay ejemplos que se ubican con mayor o menor intensidad dentro de los presupuestos del Art Deco.

Imagen: La Jiribilla
"Maternidad", Ernesto Navarro, 1934

 

A manera de introducción, quisiéramos ofrecer algunos conceptos en torno a los criterios que permiten inscribir trabajos de los maestros de la pintura nacional dentro de ese estilo, pues incluso en un plano internacional no aparecen definiciones claras en este sentido. Recordemos cómo, en la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas (París, 1925), aunque se mostró un pequeño número de óleos y acuarelas, la pintura fue la menos importante atracción, justamente para favorecer aquello que era el tema principal: las llamadas artes aplicadas o decorativas. De acuerdo con Alastair Duncan, citado por Susan A. Sternau en Art Deco. Flights of Artistic Fancy (New York, Todtri Books Publishers, 1997), "es difícil, si no imposible, definir la pintura del período de entreguerras en un contexto Art Deco. La mayor parte de los artistas estaban usando técnicas derivadas del cubismo, alargamiento o colores brillantes, y muchos simplificaban las formas al punto de la semiabstracción. La pintura Art Deco era generalmente derivativa —esto es, no a la vanguardia de los movimientos de arte moderno— y también decorativa o diseñada para ajustarse a esquemas modernos decorativos integrales". Tales puntos de vista pueden resumirse cuando Eva Weber (American Art Deco. New York, Brompton Books Co., 1992) afirma que "un conservador acercamiento a las ideas vanguardistas marcó la obra de los más destacados pintores americanos" del período. Agreguemos a las opiniones antes citadas un importante componente: el nuevo culto de lo individual representado por los retratos y referencias a la mitología y el mundo clásico que recuerda Laura Claridge en Tamara Lempicka. A Life of Deco and Decadence (London, Bloomsbury Publishing PIc., 1999).

No pocos de los pintores cubanos del período de entreguerras, etapa en la que precisamente aparecerán en la Isla los primeros indicios del arte moderno, asumieron esos principios de moderación que evitaban una ruptura demasiado violenta, para ir asimilando las ganancias de la expresión plástica internacional por la vía de la Escuela de París, y que, en nuestra opinión, bastan para ubicarlos, al menos en parte de su legado, dentro del influjo del Art Deco.

Imagen: La Jiribilla
"Rumbera", Jaime Valls, 1926

 

Enrique García Cabrera (La Habana, 1893-1949), creador de la primera cátedra de pintura decorativa en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, pintor e ilustrador de gran importancia, figura entre aquellos pioneros del arte gráfico moderno que, según señalara tempranamente el ensayista Jorge Mañach, junto a Conrado Massaguer, Jaime Valls, José Manuel Acosta y José Hernández Cárdenas, entre otros, generalizaron en Cuba los conceptos y la praxis sobre el Art Deco (Arte Nuevo), para contribuir a la actualización de nuestros artistas de la vanguardia. Impresos suyos y de significativos ilustradores o dibujantes de extendida presencia dentro de este campo, figuran en una sección de la muestra permanente del Museo Nacional de Bellas Artes; entre ellos, además de los mencionados, hay diseños de Rogelio Dalmau, quien concibió decorados y vestuarios para espectáculos del Follies Bergere y el Moulin Rouge parisinos. El tondo en óleo sobre tela que incorporan esas salas, ejemplifica la filiación de García Cabrera a la variante del estilo que se desarrolla en los EE.UU. durante la depresión y luego del crac bancario de 1929, a través de programas del gobierno como el Works Projects Administration (WPA) para dotar de murales didácticos de carácter nacionalista a diversos edificios públicos, hospitales y centros educacionales. El optimismo, la solidez de las figuras y una actitud positiva hacia las virtudes cívicas y los valores tradicionales son constantes en los artistas del New Deal, dentro de cuya tendencia se inscribe el cubano.

Imagen: La Jiribilla
Anuncio para el Agua de Kolonia 1800, Jaime Valls

 

Autorretrato (ca. 1935), de Jorge Arche (Santo Domingo, Las Villas, 1905-Cádiz, España, 1956), trasmite características que recuerdan el hedonismo, la sensualidad y hasta la autocomplacencia de la ruso-polaca Tamara Lempicka, quien al resumir su manera de pintar, afirmaba que un artista de la era de la máquina tenía que "preocuparse por la precisión: una pintura tenía que ser nítida y limpia", según su declarada admiración por el pintor académico francés neoclásico del siglo XIX Jean Dominique Ingres, filtrada por las inquietudes expresivas del momento. El gusto por el retrato, la claridad en los volúmenes, la adhesión a las líneas curvas definidas es algo que encontramos también, junto a un delicado intimismo, en José Segura (Almería, España 1897- La Habana, 1963) y su Estudio con Estrella, de 1929.

Imagen: La Jiribilla
"Autorretrato", Jorge Arche, 1935

 

Sobre este autor, lamentablemente no tan conocido, en el número de agosto de 1927 de la revista Social se publicó una reseña con el siguiente texto: "En la Asociación de Pintores y Escultores de Cuba se celebró