Laura Martínez de Carvajal

Josefina Ortega • La Habana, Cuba
Fotos de Archivo

Imagen: La Jiribilla

Lamentablemente, poco se conoce de esta cubana ejemplar fuera de los predios académicos. Laura Martínez de Carvajal (La Habana, 1869-1941) fue la primera mujer graduada de Medicina en la Universidad de La Habana, y también nuestra primera oftalmóloga.

Hoy se dice fácil, pero en sus tiempos, cuando era algo de por sí bastante inusual una mujer estudiando en el más alto centro docente de la Isla, mucho temple habría que tener para poder injertarse en aquel círculo exclusivamente masculino como eran entonces los estudios de Medicina, donde una mujer debía verse allí para algunos como algo fuera de lugar.

Aquel suceso no se había visto jamás en La Habana decimonónica, donde las mujeres se dedicaban, en su gran mayoría, a las tareas del hogar y al cuidado de los hijos, y en la que, sin embargo, la pequeña Laurita se destacó bien pronto por su precocidad.

A los cuatro años aprendió a leer y escribir correctamente y a los diez, comenzó sus estudios de bachillerato y con ellos una larga cadena de notas de sobresaliente, lo que no le impediría en modo alguno brillar, además, por su belleza y su pasión por las flores y la pintura.

Al terminar el Bachillerato, antes de cumplir los 14, matriculó simultáneamente dos carreras en la Universidad: la Licenciatura en Ciencias Físico-Matemáticas y la de Medicina. Pero no le resultaría fácil este empeño.

Debido a los prejuicios sociales de esa época en nuestro país, las autoridades universitarias no le permitirían a la joven estudiante practicar la disección de los cadáveres junto con sus condiscípulos, todos del sexo masculino. Laura tendría que realizar las prácticas en solitario, únicamente los domingos y días festivos.

Pero obstáculo alguno podría apartarla de su propósito.

Imagen: La Jiribilla

Participó de las operaciones y se preparó en los precarios hospitales de la época. Si al comienzo —como dice el colega Leonardo Depestre— sus condiscípulos varones la vieron con desconfianza, luego la acogieron con curiosidad y terminaron por aceptarla con admiración.

Se sabe que en los primeros tiempos —lo cuenta en 1890 Manuel Calvo, en el periódico capitalino La Discusión— esa joven de bella y espiritual fisionomía, la primera que se decidió a matricularse como estudiante de Medicina en nuestra Universidad, fue primero a la cátedra acompañada de su criada; luego pensó, y pensó bien, que podía ir sola y ser respetada por todo el mundo, y sola fue y todo el mundo la respetó.

Con todo, ello debió ser una prueba de fuego para esta admirable mujer que impulsada por la pasión del estudio —continúa el cronista— “rompió con las varias preocupaciones que en las sociedades atrasadas atan a la mujer a la holganza, como se ata la mujer a la noria”.

En los exámenes de todas las asignaturas ganó las más altas calificaciones. En Ciencias Físico-Matemáticas se graduó en 1888, y de Medicina, carrera más larga, en 1889, a los 19 años.

Cinco días después de concluir brillantemente su carrera, Laura —joven agraciada, de rasgos vivos, ojos oscuros y cabello claro algo ondulado—, se casó con el doctor Enrique López Veitía, gran oftalmólogo y director de la Policlínica de Especialidades Médicas. Y es precisamente en esta clínica donde la primera médica cubana ejerce su carrera en la que mucho se destacó a lo largo de los años.

Junto con su esposo asistió a varios congresos médicos, como el Primer Congreso Regional Médico de la Isla de Cuba (La Habana, enero de 1890). Y gracias a la voluntad profesional de los dos galenos se publicaron tres volúmenes de la revista Oftalmología clínica, así como varios de los Archivos de la policlínica, divulgados durante años.

Sin abandonar su trabajo en la policlínica, Laura cuidó a los siete hijos que tuvo de aquella feliz unión matrimonial, con la misma dedicación con la que atendió a su esposo, enfermo desde muy joven de tuberculosis, de la que murió en 1910.

Laura Martínez de Carvajal fue precursora de la investigación médica y de la literatura científica en Cuba, disciplinas que hoy cuentan en nuestro país con una extensa representación, tanto de hombres como de mujeres. Sin embargo, en aquellos tiempos era algo excepcional.

En 1917, Laura adquirió la finca El Retiro, en las afueras de la capital, próxima a San Francisco de Paula, donde se estableció con una de sus hijas. Poco después se le diagnosticó tuberculosis, y muere a causa de esta enfermedad a los 72 años.

Pero aún era recordada con admiración aquella valiente estudiante de Medicina, la primera en Cuba, que al llegar a la gran casa docente era saludada con respeto por sus condiscípulos.

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