Deco: Posibilidad cierta de afirmación nacional

Alejandro G. Alonso • La Habana, Cuba

Cuba, y especialmente La Habana, constituye un verdadero catálogo de arquitectura que expande su diapasón a partir de la colonia; no resulta, pues, accidental, que también el Art Deco esté representado profusa y significativamente en la capital del país, debido a la privilegiada posición geográfica y al desarrollo económico de que disfrutara la ciudad en el transcurso del tiempo, aunque también extendiera su presencia a lo largo y ancho del archipiélago.

Imagen: La Jiribilla

A diferencia de otros núcleos urbanos que presentan, concentradamente, determinados distritos identificables dentro del estilo, en La Habana fueron insertándose importantes ejemplos en la trama constructiva, siguiendo el desarrollo de la ciudad. Así, desde el Centro Histórico hacia el sur y hacia el oeste, podemos detectar una significativa red de muestras que van desde la monumentalidad del edificio Bacardí (1930), hasta casos de arquitectura anónima o espontánea que recorren toda la gama posible, sin descartar el modesto panel de cemento fundido que intentó poner a la moda, con rasgos distintivos de la nueva fiebre ornamental, construcciones previas. Entró así al torrente circulatorio nacional esta urgencia de actualización, a través de un estilo que pactó con la tradición sin dejar de introducir signos innovadores del cambio que portaba el siglo XX en cuanto a modos de entender la vida; pues de eso hablamos, de un estilo que invadió toda la actividad y el comportamiento humanos: desde el hecho constructivo hasta la gráfica y demás expresiones de la visualidad cubana.

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El Art Deco encontró aquí tierra fértil, pues en 1927 se inaugura la exposición de Arte Nuevo, debut en la escena pública de los artistas de la primera generación de creadores cubanos con explícito afán de expresión nacional. Ellos fueron portadores del interés por ser comprendidos internacionalmente a través de códigos derivados de los lenguajes definidos por las vanguardias internacionales (especialmente la Escuela de París), y fue también aquella la fecha de construcción de la casa que el arquitecto José Antonio Mendigutía diseñara para Francisco Argüelles en el exclusivo reparto Miramar. La residencia —subrayémoslo— testimoniaba sin recato la influencia irradiada por la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas (París, 1925). De la misma fecha data el mejor interior concebido dentro de tales parámetros que se conserva, en la casa que para la señora Catalina Lasa crearan los arquitectos cubanos Evelio Govantes y Félix Cabarrocas; en realidad, ejemplo de la transición, pues su exterior remite al historicismo, representado en este caso por un modelo neoflorentino renacentista, mientras que, interiormente, se afilia, dentro de un alto nivel de excelencia, al nuevo estilo, con la labor de René Lalique y el hijo del primer matrimonio de la propietaria, el arquitecto interiorista Pedro Luis Estévez Lasa, más la incidencia de las mejores empresas especializadas en decoración de la capital francesa.

Los rasgos distintivos del estilo habían llegado al país desde bien temprano, pues a pocos meses de la muestra parisina que mencionábamos, la revista Social publicaba un reportaje con imágenes de sus principales pabellones. El afán de estar al día de nuestros creadores motivó que el proyecto inicial para el edificio Bacardí, inicialmente ecléctico, fuera transformado luego a partir del impacto que el nuevo estilo hiciera en el cubano Esteban Rodríguez Castells, arquitecto a la cabeza del equipo que ganó la oportunidad de su construcción de acuerdo con un concurso organizado al efecto, que se limitó a un reducido número de participantes. Ni antes ni después resulta detectable tal nivel de coherencia en el manejo del nuevo vocabulario, si bien ulteriores investigaciones demuestran que el primer edificio alto —con cinco plantas— es el creado por Leonardo Morales en 1927, en la barriada de Cayo Hueso; se trata de otro arquitecto cubano —con estudios en Columbia University—, quien junto con su sobrino Víctor fundara una importante firma que lo mismo hacía proyectos eclécticos dentro de los llamados neoestilos, que avanzadas construcciones Deco. Tal localización apoya el hecho de la extensión y presencia del estilo.

Imagen: La Jiribilla

El gran éxito alcanzado por el Art Deco tiene prueba indudable en su dilatado influjo, pues desde la fecha de aparición de los primeros ejemplos representativos, se prolonga su presencia hasta iniciados los años 50 del siglo XX, con casos tardíos como el Gran Templo Masónico (1951-1955), proyecto de Emilio Vasconcelos, o la Iglesia y Centro Estudiantil Universitario de El Vedado (1951), de Ricardo Franklin, el mismo arquitecto que por entonces estaba al frente del departamento de proyectos de la empresa norteamericana Purdy and Henderson, con oficinas en La Habana, quien concibió el edificio para la Marina de Guerra (ca. 1951) en la Avenida del Puerto de La Habana. Tales construcciones ilustran las diversas variantes en que el Deco se manifestó: desde el llamado zig zag o jazz Deco, de profusa ornamentación, hasta el más simplificado, con las fluidas formas del llamado stream line. La variedad mencionada incluye también las funciones, al tratarse de un estilo que, de alguna manera, conformó la vida y el comportamiento, en años de importantes movimientos sociales como el feminismo y hasta de campañas a favor del nudismo. Edificios comerciales y de apartamentos, monumentos públicos, hospitales, mausoleos, residencias privadas, cinematógrafos, templos religiosos de diversas confesiones... En fin, toda la amplia gama de posibilidades que se pueda imaginar; esto, en medio de dificultades materiales sin cuenta, pues el desarrollo nacional del estilo tiene lugar durante el primer gobierno presidencial de Gerardo Machado —devenido sangriento dictador— y se extiende hasta el de Fulgencio Batista, quien tomó nuevamente el control del país por un golpe de facto en 1952; esto, más una guerra mundial, dos crisis económicas, una revolución nacionalista —la de 1933—, la segunda constitución republicana, injerencias del gobierno de los EE.UU.... Si se consideran las fechas de construcción de importantes estructuras como las mencionadas y otras (digamos el López Serrano, de 1932, ejemplar inmueble de apartamentos según proyecto de Mira y Rosich, que en el residencial reparto de El Vedado proclama su adhesión a los rascacielos newyorkinos), se tiene idea de las dificultades que debieron ser vencidas.

Tal movimiento de renovación arquitectónica, por supuesto —y como apuntábamos— se inserta dentro de transformaciones importantes en el contexto político y cultural en términos generales, que fueron a la literatura (recordemos la irrupción de la obra poética de Nicolás Guillén, que tradujo en términos poéticos el popular ritmo del son), y a la música, a través de los aportes de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla al repertorio de concierto al rescatar la decidida influencia de las células rítmicas de origen negro, la creación de la primera orquesta sinfónica, el auge de los géneros populares... En definitiva, se trata de la voluntad de hacer inteligible la nacionalidad y sus rasgos distintivos a partir de lenguajes que la tornaran comprensible en un plano internacional. Mencionábamos el significativo rol desempeñado por Social, una revista considerada “de entretenimiento”, en la difusión del Deco por medio de trabajos de su director y propietario, el diseñador gráfico Conrado Walter Massaguer, así como de numerosas y eminentes figuras como Enrique García Cabrera, Jaime Valls, José Hernández Cárdenas..., quienes colaboraron extensamente con esa revista considerada bastión del Grupo Minorista, movimiento de activismo social no afiliado a partido político concreto, pero de amplios horizontes culturales e incidencia política, verdadera atalaya de las más avanzadas posiciones.

Imagen: La Jiribilla
Enrique García Cabrera

 

A una visualidad así conformada, habría que agregar la escultura, tanto de cámara como monumental, entre cuyos cultores debemos mencionar en primer lugar a Rita Longa (1912-2000), artista a quien la ciudad de La Habana debe hechos tan representativos como la Fuente de los Mártires (1941-1947) o Santa Rita de Casia (1943). Figura eminente del movimiento fue asimismo Juan José Sicre (1898-1958), maestro —por su labor artística y ejercicio docente desde la Academia de Bellas Artes de San Alejandro— de toda esa generación de escultores, y autor del colosal retrato sedente de José Martí para su monumento de la Plaza Cívica (1938-1958), hoy Plaza de la Revolución; mientras que a Ernesto Navarro (1904-1975) se debe la paradigmática Maternidad (1934), plasmada en caoba cubana, que se exhibe en las salas permanentes de arte cubano del Museo Nacional, espacio donde pueden ser admiradas obras pictóricas que como el óleo “Autorretrato de Jorge Arche” (1905-1956), quien entre otros miembros de la primera generación de pintores modernos nacionales clasifica entre los deudores de ese impulso hedonístico —sin temor al peso de lo decorativo— que constituyó el Art Deco con sello propio, que se expresara tan fuerte y calificadamente para otorgar sus matices a la variopinta cultura cubana.

 

Artículo publicado en la revista Cuba Contemporánea. La Habana, enero del 2013, páginas 84-90.

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