Los 60 en La Gaceta

Abel Prieto Jiménez • La Habana, Cuba

Quiero empezar agradeciendo a Norberto, a Arturo, a Omar Valiño, la invitación que me hicieron para presentar este número de La Gaceta, porque este compromiso, que acepté un poco a la ligera, me obligó en primer lugar a leerme de principio a fin la revista (algo que no hacía, tengo que confesarlo, desde que estaba aquí en la UNEAC) y a subrayarla, incluso, algo que no había hecho nunca y que seguramente no volveré a hacer. Y me obligó además, guiado por un impulso incontrolable, a buscar y a hojear y a releer otras cosas. Y es que este número dedica su dossier a un tema que me apasiona, los 60, esa década increíble, esos años que fueron extraordinarios, como sabemos, para Cuba y para el mundo.

Me llamó mucho la atención un texto de Alfredo Prieto, “Memorias del 68”, que, aunque muy breve, hace una especie de cronología de ese año donde combina hechos de la macrohistoria, de trascendencia universal (el Mayo francés, la llamada Primavera de Praga, la matanza de Tlatelolco, las protestas contra la guerra en Vietnam, el asesinato de Martin Luther King), con otros más o menos importantes a escala nacional (la Ofensiva Revolucionaria, la graduación de las operadoras de los tractores piccolinos, el Cordón de la Habana, el discurso de Fidel sobre los Cien Años de Lucha, el estreno de Lucía y Memorias del Subdesarrollo, los premios a Condenados de Condado, Fuera del juego y Los siete contra Tebas, el Congreso Cultural de La Habana, una recogida de jóvenes peludos y extravagantes en el hotel Capri) y además con experiencias de la microhistoria, inolvidables para él y para algunos amigos suyos, adolescentes como él, asociadas al regreso de una movilización agrícola en Ciego de Ávila y al rito (puedo imaginármelo) de escuchar colectivamente el Álbum blanco de los Beatles “recién salido a la venta (…) gracias a un capitán de la marina mercante que lo había traído de Francia”.   ...los 60  tienen un significado muy fuerte, muy intenso. Fueron para nosotros los años de la adolescencia, los de la primera juventud, los de la entrada en la universidad, cuando vivimos todos los descubrimientos y todas las iniciaciones posibles...”

Pensando concretamente en mi generación, que es la de Alfredo, aunque él es un poco más joven, hay que decir que los 60  tienen un significado muy fuerte, muy intenso. Fueron para nosotros los años de la adolescencia, los de la primera juventud, los de la entrada en la universidad, cuando vivimos todos los descubrimientos y todas las iniciaciones posibles, cuando hubo que chocar con la familia y a veces hasta romper con la familia, años hermosos, difíciles, la maldición china que cita a menudo Adelaida de Juan: “que te toque vivir tiempos interesantes”.

Recuerdo que al final del siglo XX La Gaceta hizo una encuesta, y me invitaron a participar, la gente debía hablar de un año y de un día de ese siglo, ¿era así? (Arturo Arango: “De un año y de un momento del siglo.”1 Efectivamente, de un año y de un momento del siglo que les fuera particularmente memorable. Tuve la intención de escribir algo y en lo primero que pensé fue en octubre del año 66, en la Olimpiada de ajedrez de La Habana, el tablero electrónico gigante en la Rampa, las simultáneas en el Pabellón Cuba, con Fisher, Spassky, Larsen, con todos los grandes; la inauguración en la Ciudad Deportiva con un ballet que representaba, con música de Juan Blanco, la última partida de Capablanca con Lasker, cuando Capablanca ganó el campeonato del mundo. Mi padre trabajaba en el Ministerio de Educación y tenía credenciales para entrar a todos los lugares de la Olimpiada y me dio las credenciales, y yo no falté a nada. Hasta llevé un tablerito imantado a la Ciudad Deportiva para seguir la partida representada en el ballet. Fue un espectáculo larguísimo, porque la voz en off del locutor iba diciendo cada jugada, “Caballo tres alfil rey”, por ejemplo, y luego debía repetirla en ruso, en inglés, en francés, en no sé cuántos idiomas, y entonces el bailarín que representaba al caballo hacía unas piruetas y se trasladaba a la casilla en cuestión. Los extranjeros huían en masa, y me parece que fui de los pocos que se quedó hasta el final. Yo, en esa época, a punto de cumplir 15 años, aunque leía mucho y había escrito unos cuentos malísimos, creía más en el ajedrez que en la literatura y que en cualquier otra cosa sobre la Tierra, creía que el ajedrez era una especie de juego de los abalorios, un espacio mágico donde todo se resumía, donde todo se concentraba. No había nada más importante para mí que el ajedrez.

En mi cronología personal de los 60 está esa Olimpiada, en octubre del 66, y están el Torneo Regional de Ajedrez de Marianao, el punto culminante de mi carrera como ajedrecista, y luego la Semifinal provincial de La Habana, donde terminó de manera abrupta esa carrera porque fui derrotado de manera humillante por un “pastillero”, uno que tomaba aktedrón con alcohol, con ron, y me liquidó en 18 jugadas. Después se fue del país. No sé qué se habrá hecho de él… (Norberto Codina: “Murió, yo lo conocí, y Rafael Acosta también lo conoció…”) No digas el nombre, que descanse en paz, el pobre. Y, obviamente, en mi cronología personal de los 60 están los Beatles, cuando surgieron (o cuando yo me enteré que surgieron) y cuando se desintegraron, al final de la década, y los hippies del Carmelo y de la Funeraria, la Cinemateca, Janis Joplin y el primer Bob Dylan. Y aquel acto masivo donde habló Fidel (nos habían secuestrado a unos pescadores, y en su discurso Fidel anunció que iba a ser imposible llegar a los 10 millones), un acto muy dramático, muy duro, que a mí me golpeó, que nos golpeó a todos… (Al final, terminada la concentración, me ocurrió algo muy desagradable: yo iba regresando a la beca de F y 3ra., y unas compañeras montadas en un camión me gritaron “¡Nixon!”, que era lo peor que se le podía gritar a cualquiera, y era, por otra parte, extremadamente injusto: Nixon, el implacable perseguidor de Lennon, se pelaba bajito y era el peor enemigo de los peludos que habían bajado de la Sierra Maestra y de todos los demás peludos que quemaban sus tarjetas de reclutamiento para protestar contra el genocidio en Vietnam y luchaban a su modo por un mundo de paz y libertad y contra las normas morales burguesas y contra todas las estafas del sistema que podían percibir). Y están  la reunión en el Pre del Vedado de la UJC con los hippies de La Habana, de donde nació la Brigada Perderemos, y un Congreso de escritores y artistas jóvenes, en el 68 ó 69, que fue en Santa Clara, en la Universidad de las Villas; y está, por supuesto, el Che, que nos marcó a todos y es una figura que aparece continuamente en este número de La Gaceta; y están muchísimas alegrías y otros tantos sinsabores de los que no vale la pena mencionar aquí.

En fin, leyendo esta Gaceta, me resultó inevitable tratar de recordar cuáles de los hechos, procesos, símbolos, imágenes, libros, nombres que se mencionan en estas páginas dejaron alguna huella en mí en esos años. Claro, es difícil separar los recuerdos de las cosas que uno vivió de las cosas que uno supo después, que uno leyó después, pero es muy obvio que cada generación tiene su década del 60, como supongo que  pasa con cualquier otra década o quinquenio o trienio. Hay que darle la razón a Graziella (siempre, está claro, hay que darle la razón a Graziella)  cuando asegura que “en el torbellino de los grandes acontecimientos, se nos escapan sus líneas mayores”. A mi percepción de entonces llegaron muy desdibujadas las “líneas mayores” de la época, tan bien definidas en estas páginas, sobre todo en dos textos: el de la propia Graziella y el de Fernando.

El trabajo “Otra década crítica”, de Graziella, abre el número. Ya ella la había caracterizado en el prólogo de Polémicas culturales de los 60: “La premura del hacer imponía la premura del pensar (dice). La intensidad de la vida intelectual alcanzaba una tensión sin precedentes (…). La geografía siempre colocó a la Isla en un cruce de corrientes. La historia, ahora, la situaba en el epicentro del debate internacional. (…) Las represalias de los EE.UU., en ritmo acelerado a partir de la reforma agraria (…) daban lugar a respuestas que articulaban, a través de golpes y contragolpes, el sueño de liberación nacional y el proyecto socialista. Todo tenía que pensarse nuevamente.”  “Me atrevería a sostener (apunta Graziella aquí, en este texto de La Gaceta) que nunca alcanzó niveles tan altos de densidad y riqueza nuestra vida intelectual (…). Desde la economía política hasta la estética, todo se sometía a discusión.” Y, en una síntesis excepcional, como nos tiene acostumbrados, identifica los puntos cardinales de la época, en términos históricos e intelectuales: la descolonización, el eurocomunismo, el estudio de la capa social de los “cuellos blancos”, Trotski por Isaac Deutscher, Sartre y la guerra de Argelia, Gramsci en aquellos libritos de cubierta verde, Frantz Fanon y Los condenados de la tierra, los clásicos del marxismo y Brecht, Lévy-Strauss, Foucault, Lukács, Sánchez Vázquez, Galvano della Volpe y la urgencia de “edificar un nuevo punto de vista en esta  orilla del planeta” sin renunciar a la herencia acumulada. Y, cerrando la década, Caliban, de Roberto Fernández Retamar, como la recreación de “un mito para aproximarse a una visión emancipadora integral”, que contiene al mismo tiempo “una seria reflexión acerca de la función del intelectual, minimizado históricamente por algunos sectores de la izquierda”.   

Para la operación descolonizadora de Caliban, Graziella subraya que, más allá de Fanon y de los demás pensadores influyentes del momento, “la fuente fundamental se encontraba en José Martí”. Y nos recuerda que, antes de escribir Caliban, “Retamar había situado a Martí en su tercer mundo”.

...eran y son martianos,
es decir, que llevan consigo, instalado, podría decirse,
el instinto anticolonialista
y antimperialista de Martí,
su raíz latinoamericana y tercermundista, su fe a prueba de cualquier contingencia en el mejoramiento humano y en las utopías emancipatorias.
Sobre esta fuente principalísima, sobre Martí, y en cierto modo también sobre la función del intelectual, aparece en esta Gaceta un ensayo de Caridad Atencio, “Deber y vida en los Apuntes en hojas sueltas de Martí”. La vocación martiana de servicio, su concepción de la vida y de la muerte, de su sentido último, son rastreadas por Cary a través de fragmentos de prosa y poesía que se articulan y alcanzan una dimensión superior. Aunque este ensayo no fue insertado como parte del dossier principal, Martí, con su tenaz contemporaneidad, queda inscrito como un paradigma superior frente al modelo sartreano del “intelectual comprometido” de los 60. Me atrevería a decir que los protagonistas de nuestros debates culturales en Cuba, en los 60, como el propio Roberto, como Graziella, como Fernando, como Ambrosio, como Alfredo Guevara, como Enrique Pineda Barnet (que fue uno de los ponentes del Congreso Cultural de La Habana), tenían una ventaja sobre los que llegaban de Europa y de otras regiones: eran y son martianos, es decir, que llevan consigo, instalado, podría decirse, el instinto anticolonialista y antimperialista de Martí, su raíz latinoamericana y tercermundista, su fe a prueba de cualquier contingencia en el mejoramiento humano y en las utopías emancipatorias.

(Vi, por ejemplo, en el trabajo tan revelador de Rafael Acosta sobre el Congreso Cultural de La Habana, una referencia a las cartas cruzadas entre Alfredo Guevara y Rossana Rossanda, y las busqué en el epistolario ¿Y si fuera una huella?, y es muy interesante lo que dice ahí Rossana sobre el temario del Congreso, sus inquietudes, sus objeciones, pero uno se da cuenta de que no entiende nada de lo que está pasando en este país, porque no sabe en realidad de dónde venimos, en términos espirituales y culturales, no sabe nada de Martí. Y es que, como ha dicho más de una vez el propio Roberto, al intelectual de nuestras tierras le resulta forzoso conocer su cultura de origen y las culturas metropolitanas, mientras que el otro, el del Norte, se permite ignorar, por ejemplo, una obra tan desmesurada e incomparable como la de José Martí.)      

Complementa el análisis de Graziella sobre Caliban, un texto de la investigadora mexicana Alejandra González Bazúa, “Caliban en la tempestad”, que ubica el ensayo de Roberto en medio de las contradicciones del momento y —al mismo tiempo— lo cataloga como “parte de la rica memoria latinoamericana” de la emancipación.

“Cuando Caliban fue escrito (dice), no solo se estaban acuerpando los intelectuales a favor o en contra de la Revolución en el contexto del caso Padilla; al interior de Cuba palpitaba la incertidumbre, la indignación, el cuestionamiento propio y ajeno, y la resistencia que abonó a que, en medio de la negrura, se mantuvieran continuidades fundamentales de la revolución de 1959…” Así, con valentía, con rigor, Alejandra traza un panorama de las diferentes polémicas que, de un modo u otro, aparecen reflejadas en Caliban.

Me uno a los agradecimientos de los editores de La Gaceta a Rebeca Chávez por revelarnos el texto de Michéle Firk, Cuba. Polémicas, de mucho interés por varias razones: se trata de una mirada muy cercana, muy afectuosa, y al propio tiempo con una distancia analítica, capaz de juzgar nuestros procesos culturales y políticos con franqueza, transparencia y hondura, sin fanatismos, sin sentirse partidaria de ningún bando ni forzada a repetir ningún lugar común. Por otra parte, no hay en la mirada limpia y honesta de Michéle Firk ninguna huella de paternalismo colonial ni rastreos en busca de folclorismo político. Pudiera estar equivocada en una apreciación u otra, en este o en aquel matiz, pero el lector interesado agradecerá su contribución a este panorama de los 60.

Hay algo más: Michéle Firk nutre con sus consideraciones uno de los núcleos más significativos de los 60 y de este número de La Gaceta: la relación con Cuba de la izquierda mundial (y en especial  de la  europea).

Ya Graziella en su texto había hablado de cómo “La Habana se convirtió en uno de los centros protagónicos del empeño por repensar la época. Fue el punto de encuentro de intelectuales procedentes de los tres mundos”.

El momento culminante acerca de este tema, es el Congreso Cultural de La Habana, que está tratado a fondo, como ya dije, por Rafael Acosta de Arriba en un trabajo con mucha información, esencial para entender aquella coyuntura. Y el tema se da también, de una forma muy fresca, a través de la entrevista de Manuel García a Luc Chessex.

Luc Chessex dice que “en Suiza había muchos franceses desertores del servicio militar para evitar ir a la guerra de Argelia. Muchos eran asilados políticos. Las discusiones en los cafés acerca del colonialismo eran de lo más común. (…) Mi generación tenía ya poca fe de cambiar algo en Europa. Vimos las posibilidades de cambio a través del Tercer Mundo. Nos interesaba saber qué influencia podría tener el Tercer Mundo en Europa después de su descolonización”.

Es muy interesante lo que dice Luc Chessex de la calle, de cómo en Europa la gente anda por la calle conteniéndose, reprimiéndose, y en cambio cómo en Cuba (y en otros países de América Latina) la calle es una especie de escenario donde la gente actúa, se suelta, se excede. Y lo que dice de la mirada de los niños, de la gente, “la gente mira de frente. Te devora con la mirada”. Con dolor, pero parcamente, sin resentimiento, cuenta cómo lo “echaron” de Cuba en 1975, dice, “en medio de la sovietización”.   

También Miguel Barnet toca el vínculo entre Cuba y la intelectualidad europea en su evocación de Hans Werner Henze, aunque lo hace a manera de crónica, con una mezcla de humor y nostalgia. “El día que fuimos juntos a conocer a Esteban Montejo (…), experimentó una sensación única (…): Yo nunca había visto a un hombre tan viejo, parecía un árbol, con los ojos muy vivos (escribió más tarde)”. (Aquí parece estar de nuevo esa mirada devoradora que sorprendió a Luc Chessex.) Henze (dice Miguel) “el autor de la iconoclasta Balsa de la medusa dedicada al Che Guevara (…) forma parte de esa estirpe impar que se afana en ahondar en lo inextricable de la vida. Quiso cambiar el mundo desde su militancia política y con su música. Ese fue su esfuerzo mayor, al que dedicó hasta su último aliento. Lo recuerdo eufórico en La Habana y deprimido hasta la desesperación en su casa de Marino, en la más bella colina de Roma, rodeado de sus galgos italianos y de las berenjenas y espinacas de su huerta”.

A mediados de la década del 60 una de las preguntas más profundas que se le podían hacer al proceso revolucionario: ¿resulta compatible la colectivización, la potenciación de un sujeto colectivo en el
que queda subsumida la individualidad de la persona, con la promesa de emancipa-
ción y autorrealización personal de cada ciudadano?”

Hamlet Fernández (crítico de arte)
Tanto en la entrevista a Luc Chessex como en la crónica sobre Henze aparece bosquejado otro de los núcleos temáticos que recorre las obsesiones de los 60 y recorre, con ellas, este número de La Gaceta. La sintetiza muy bien el crítico de arte Hamlet Fernández al comentar la pieza de Antonia Eiriz “Una tribuna para la paz democrática”: “A mediados de la década del 60 una de las preguntas más profundas que se le podían hacer al proceso revolucionario: ¿resulta compatible la colectivización, la potenciación de un sujeto colectivo en el que queda subsumida la individualidad de la persona, con la promesa de emancipación y autorrealización personal de cada ciudadano?” (Esta es la Gran Pregunta de Memorias del subdesarrollo, del personaje de Sergio, evocado al paso en la penetrante reseña de Marcel Benet, “La Dolce Vita”, sobre el cuento de Eduardo Heras.)

En el campo cultural, como señala Hamlet, los 70 responden que “No”. Antonia Eiriz se anticipó de algún modo al caricaturizar a ese “pueblo” en abstracto, cuyo gusto artístico, como dijo el Che, puede ser usurpado por los funcionarios. Hamlet Fernández describe acertadamente la masa sin rostro imaginada por Antonia: “el colectivo apretujado de cuerpos, una nata de color silueteada en figuras  blancas y negras, con muy vagos rasgos faciales”.

Ese “No”, ya lo sabemos, lo dieron quienes distorsionaron de forma grotesca la política cultural unitaria y fidelista. Fue una traición a la política cultural diseñada en Palabras a los intelectuales y al espíritu de “nuestra otra década crítica”. Por eso Graziella insiste en su texto en que “La edificación de una sociedad diferente, asentada en la más justa distribución de la riqueza, tenía como propósito final el logro de la plena emancipación del hombre, liberado de la explotación, pero también de las ataduras de orden subjetivo, de los prejuicios de toda índole construidos a través de la historia.” Ese individuo, víctima de la enajenación, “es la razón de ser fundamental de un verdadero proceso emancipatorio”. “Teatristas y cineastas se aproximaron en algún grado a este tema (…) se  perseguía el entrenamiento de un espectador crítico. Las soluciones más radicales se aplicaron en los 60, cuando el Grupo Escambray se instaló en una zona campesina del centro de la Isla.”

Todos estos temas fueron objeto de debate y se expresaron en políticas, en instituciones, en prácticas, y en torno a ellos hubo avances notabilísimos y hubo algunos errores injustificables. El hecho es que, muy a menudo, cuando se evalúa alguna etapa de la historia más o menos reciente, de los 60, de los 70, de los 80, prevalece una tendencia a sacar el error de contexto, a aislarlo, a ignorar los procesos. Esta tendencia es completamente lógica y explicable cuando el analista es una víctima de tal o más cual error. Silvio dijo una vez, con toda razón, “No soy de quienes ven las manchas en el sol, pero sé que en una sola mancha cabe el mundo”, es decir, que, cuando te toca a ti resbalar en una de esas manchas, sientes que todo se hunde, y es muy difícil ser objetivo. Y Nicolás Guillén, en El diario que a diario, contó una batalla que fue, según el general, un éxito perfecto, no hubo bajas, solo un soldado perdió una oreja, y entonces el soldado protesta: ¿cómo que una batalla exitosa y perfecta?, ¿y mi oreja?

De todos modos, es muy evidente que desde hace algún tiempo se está haciendo una lectura canibalesca (ojo, no calibanesca, sino canibalesca) de la historia de la Revolución, una lectura feroz, demoledora, para que no quede nada en pie, para que la gente joven, en especial la gente joven, se pregunte si valió la pena todo lo que hicieron varias generaciones durante 50 años para transformar una envilecida colonia yanqui en un país digno y justo, capaz, incluso, como quería Martí, de influir en “el equilibrio del mundo”. Un país capaz de lograr en sus hijos eso que decía Fernando “La combinación de un orgullo inmenso de ser cubanos con los sentimientos y las actitudes internacionalistas”. (Por cierto, el otro día me estaba leyendo un libro de Salim Lamrani, Cuba: lo que nunca te dirán los medios, y Salim usa como prólogo el discurso de Nelson Mandela aquí en La Habana. Hay que volver a leerse ese discurso de Mandela.)      

El magnífico ensayo de Fernando, “El largo año del 68”, explica de un modo muy brillante y con un gran poder de síntesis, el marco internacional y nacional de los 60, el marco sin el cual no pueden explicarse los choques, bandazos, contradicciones, avances y retrocesos de la década. En ese contexto, bajo amenazas, acoso, presiones y ataques, en las peores condiciones imaginables, es que hay que analizar todos estos procesos. Claro, para que la gente analice las cosas así, dialécticamente, como dirían los clásicos,  escuchando a personas como Fernando y Graziella, argumentos como los de Fernando y Graziella, hace falta debatir más. Esto es algo en lo que ellos dos han insistido mucho. Para mirar el pasado y para mirar el presente y el futuro. Y los 60 son, sin ninguna duda, una inspiración para el debate que necesitamos.

En la revista hay otros textos que no he mencionado. Está la página admirable, muy hermosa, dedicada a Carucha Camejo que hace nuestra Marta Valdés, “Reina Carucha en el silencio espeso de mi casa”, bellísimo texto, bellísimo homenaje a una de esas figuras fundadoras de la cultura cubana. Es la página más bella de la revista... (Norberto Codina: “Y Carucha es también una figura clave de los 60.”) Es verdad, es absolutamente así. Y está el texto sobre Niemeyer del escultor José Villa, hecho a partir de su experiencia de trabajo con ese artista mayor de América y del mundo, que, con mucha sobriedad, con mucha sencillez, como es Villa, nos ofrece un testimonio muy valioso. Y Niemeyer es un hombre de los 60. Aunque empezó a hacer su obra en los 40 y 50, es sobre todo un hombre de los 60, de los que quería cambiar el mundo y cambiar la vida, y de los que no se arrepintió jamás de esos ideales. Están por último esa paráfrasis muy ingeniosa de “Bola de Sebo” de Atilio Caballero, el cuento “Alcanfor”, que me gustó mucho, y  los poemas de Antonio Armenteros y de Rachel Ellis, que en medio de tanta prosa se quedan como huérfanos, pero son todos poemas muy buenos.

Quisiera referirme ahora a lo que vino después de los 60 en el contexto universal:

“...después de los 60, toda la maquinaria de legitimación y propaganda de la reacción se pondría en función de acorralar a la intelectualidad crítica y de promover a aquella que respaldara al sistema por acción u omisión.
La academia norteamericana absorbió una buena parte del pensamiento latinoamericano y
lo puso a trabajar en áreas súper especializadas. Se fragmentó el pensamiento humanista.
Y sin una visión humanista no puede desarrollarse ningún tipo de pensamiento de la emancipación.”

Graziella alude, hablando de Caliban,  a “las señales de fracturas en la izquierda intelectual latinoamericana” y a cómo “La derecha recuperaba fuerzas, se instauraban dictaduras en el Continente y se replanteaba la batalla cultural.” (…) “La epifanía de las izquierdas (…) sufrió el contragolpe de una implacable ofensiva de la derecha con un fuego artillero que articulaba métodos represivos violentos con el ablandamiento suave a través de los medios masivos de comunicación, el ejercicio de seducción con estos sectores intelectuales y la concentración de un modo de pensar en los ámbitos académicos de los países centrales...” Y es que, después de los 60, toda la maquinaria de legitimación y propaganda de la reacción se pondría en función de acorralar a la intelectualidad crítica y de promover a aquella que respaldara al sistema por acción u omisión. La academia norteamericana absorbió una buena parte del pensamiento latinoamericano y lo puso a trabajar en áreas súper especializadas. Se fragmentó el pensamiento humanista. Y sin una visión humanista no puede desarrollarse ningún tipo de pensamiento de la emancipación.  

Y agrega Graziella: “Los intelectuales han renunciado al desempeño de su papel. La filosofía está en crisis.” Acerca de esto, alguien dijo, no recuerdo quién, que los filósofos no solo habían renunciado a transformar el mundo; tampoco querían interpretarlo. (Una persona del público: “Fue Ambrosio Fornet.”)  Ah, sí, ¿fuiste tú, Ambrosio? (Ambrosio Fornet: “No me acuerdo, pero suena bien.”)  La frase es muy buena, es digna de ti. Y sigue diciendo Graziella: “Los proyectos emancipatorios se dispersan en fragmentos inconexos (…), sin tener en cuenta que solo la auténtica emancipación humana romperá las barreras acumuladas por la historia.”

Por su parte, Alejandra González Bauzá dice de los años post-60: “En América Latina, después de haber transitado por un periodo histórico con una densidad política y cultural reflexiva muy intensa, del que es parte el ensayo Caliban, se vive, bajo el signo de la hegemonía neoliberal, una época de ahistoricidad en la que se reproduce una especie de eterno presentismo, una sucesión de tiempos cortos, inconexos (…), se teme a la polémica y a la crítica, a nombrar al adversario real; no se permite la indignación e intolerancia ante lo evidentemente injusto e indigno; se encapsula el presente y se hipoteca el futuro al recortar al mínimo el horizonte de lo posible”.

Hay que decir que ella, Alejandra González Bauzá, sí menciona por su nombre “al adversario real” cuando, citando un libro de una investigadora argentina que tiene un apellido como serbio… (Luisa Campuzano: “María Eugenia Mudrovcic.”), sí, Mudrovcic, nos recuerda cómo ya en 1971 se sabía que el Congreso por la Libertad de la Cultura “había sido financiado por la CIA y que esta información había provocado la desaparición de Mundo Nuevo”. ¿Se acuerda, Graziella, de aquellos tiempos en que era de mal gusto hablar de imperialismo? (Graziella Pogolotti: “Se consideraba demodé.”) Por cierto, esto que dice Alejandra nos recuerda que podemos enriquecer con otra fecha nuestra cronología de los 60: el escándalo del año 67 en la prensa norteamericana sobre el uso de fondos de la CIA para sostener el Congreso por la Libertad de la Cultura y la revista Encounter. Eso está muy bien documentado en el libro de Frances Stonor Saunders La CIA y la guerra fría cultural.

Con respecto al papel de los medios en esa derechización que describía Graziella, habría que subrayar lo que hicieron el cine y toda la industria del entretenimiento. Ha habido un proyecto sistemático para satanizar los 60. Me acuerdo que a mí me indignó Forrest Gump. La pusimos aquí por televisión en medio de alabanzas delirantes y luego, para colmo, pusimos el making of, que tenía hasta pretensiones filosóficas, una filosofía muy mediocre, muy barata, con todo aquello de la plumita que venía volando y se le posaba en el zapato del idiota, del protagonista. Me indignó tanto, que escribí la única reseña sobre cine que he hecho en mi vida. Porque la tesis principal de Forrest Gump es la del idiota feliz e integrado, es decir, la idea de que la inteligencia es en realidad un obstáculo para integrarse al sistema y alcanzar la felicidad. Y una segunda tesis, muy perversa y muy propia de los neoconservadores yanquis, es que el SIDA se generó a causa de la promiscuidad sexual de los 60. El castigo divino que cayó sobre todos aquellos hippies tan pacifistas y pervertidos, fue el SIDA, nada menos que eso. Forrest Gump es todo un manifiesto de la ultraderecha.

Hay un libro interesantísimo y muy triste, que fue primero una serie de televisión, La Revolución y nosotros, que la quisimos tanto, así se  llama (parece un título de Pedrito Junco) un libro de entrevistas hechas por Daniel Cohn-Bendit, aquel “Dany el Rojo” de mayo del 68, que posteriormente fue eurodiputado por un partido ecologista y se convirtió, supongo, en “Dany el Verde”. Él entrevistó a un grupo de gente progresista de los 60 y principios de los 70, a Jerry Rubin, uno de los fundadores, con Abbie Hoffman, del Youth International Party, que dejó de ser un yippie y se transformó en un yuppie, en un empresario modelo, muy exitoso, con un escaparate lleno de vitaminas y un discurso ultra reaccionario, devastador, sobre los 60, a uno de los Panteras Negras, que en ese momento había abierto un restaurante de moda, una “paladar” diríamos ahora, especializada en platos de pollo, y a una militante del feminismo más radical,  a uno de la Izquierda Proletaria, a otro de las Brigadas Rojas… Hace como una colección de “arrepentidos” de sus “locuras” de juventud. Es un libro terrible, donde el sentimiento de fracaso, de derrota, es aplastante. Hubiera querido revisarlo para esta presentación, pero no lo encontré.

Marshall Berman, en su ensayo clásico sobre la modernidad, Todo lo sólido se desvanece en el aire, usa el título de un álbum de Bob Dylan, que es del 65, para caracterizar la transición hacia los 70: Bringing It All Back Home. Dice que Dylan expresa en algunas de esas canciones “un vínculo muy intenso con el pasado, los padres, el hogar, casi completamente ausente de los años 60, pero muy presente una década más tarde”. En este sentido, Dylan se adelanta a los 70, que son los tiempos en que los antiguos rebeldes empiezan a ser domesticados y tienden “a obsesionarse por los hogares, las familias y los barrios que habían abandonado”. (En el caso de Dylan, esto forma parte, aunque Berman no lo ve así, de una operación para mutilar en ese momento preciso al que era una especie de mesías de la contracultura; es un ejemplo de ese “ejercicio de seducción” y de domesticamiento de que habla Graziella.)

Hay una entrevista que le da Lennon a la revista Rolling Stone en el año 70. Le preguntan cuál es el efecto de los Beatles en la historia de Inglaterra, y Lennon dice que las personas que están en el poder son las mismas, “los mismos mentirosos tienen el control”, y que “el sistema clasista y burgués”, así dice, sigue siendo el mismo. “La única diferencia es que ahora Londres está inundado de niños de clase media con el pelo largo y vestidos de ropa de moda (…). Fuera de eso, nada ha sucedido (…). La gente en el poder sigue vendiéndole armas a Sudáfrica, matando negros en la calle, y la gente sigue viviendo en condiciones miserables, como ratas. Te das cuenta y quieres vomitar (…). El sueño ha terminado. Tan solo tengo 30 años, y todo es lo mismo, la única diferencia es que los hombres llevan ahora el pelo largo. Eso es lo que pasó, no hay que ser románticos…”

No creo todo lo que se ha generado en la cabeza
de las personas sobre nosotros (…). Ya no creo en esa fantasía, y ya no quiero hablar de eso, porque francamente estoy harto (…) todo lo que se dice es un mito, y yo no creo en eso, el sueño terminó.
Quiero aclarar que no hablo únicamente de los Beatles, hablo sobre toda una generación…”

John Lennon
El periodista le pregunta entonces por uno de los versos de su canción “God”, donde dice que no cree ni en Cristo ni en Kennedy ni en el I Ching ni en Buda ni en Zimmerman, o sea, en Dylan, y le pregunta específicamente por su lapidario “No creo en los Beatles”, y Lennon responde: “No creo todo lo que se ha generado en la cabeza de las personas sobre nosotros (…). Ya no creo en esa fantasía, y ya no quiero hablar de eso, porque francamente estoy harto (…) todo lo que se dice es un mito, y yo no creo en eso, el sueño terminó. Quiero aclarar que no hablo únicamente de los Beatles, hablo sobre toda una generación…”

En el caso de Cuba, habría que subrayar que “el sueño no terminó” y que, a pesar del quinquenio gris y de cualquier otro error, a pesar de la “sovietización”, se conservó el potencial emancipatorio de los 60. Fernando explica cómo en esa década se echaron “las bases de una nueva manera de vivir muy diferente y superior a la del capitalismo” y  hace una enumeración de los cambios que “se hicieron permanentes”, que se inscribieron como “lo normal”, como el “buen sentido” gramsciano, en la conciencia de la gente. “Esa acumulación cultural (dice Fernando) constituye una riqueza invaluable y es uno de los factores principales con que Cuba cuenta contra la posibilidad de un regreso al capitalismo.” Ya Alejandra, la analista mexicana de Caliban, había llamado la atención sobre “la resistencia que abonó a que, en medio de la negrura, se mantuvieran continuidades fundamentales de la revolución de 1959”.

“Volver críticamente a los años 60 (dice Alejandra) implica no instalarse en la calmada nostalgia, (sino) mirar al pasado apegados al presente, construyéndonos como sujetos capaces de saber qué descartar o atesorar de nuestros pasados.” Para Graziella, “Cuando, a pesar de todo, volvemos a hablar de emancipación, tenemos que restaurar la audacia de entonces (de los 60) y rescatar en función del presente aquel fecundante concepto, el más promisorio entre los que asomaron hace medio siglo”. Por eso este excelente número de La Gaceta debemos leerlo a la luz de las demandas, de las necesidades, del debate actual.

Y una observación final: cuando Alfredo Prieto explica cómo aquel grupo de adolescentes que oía por primera vez el Álbum blanco, como asistiendo a un milagro, entendía que “al rock y a la Revolución no había por qué ubicarlos en aceras opuestas (…). Y la mayor paradoja consistía (añade) en algo que apenas barruntábamos entonces: toda aquella música formaba parte de una contracultura propia del imaginario de aquellos jóvenes que (…) se manifestaban en las universidades contra la guerra de Vietnam enarbolando a menudo la famosa foto del Che obturada por Korda”. Yo también veía esa paradoja, y no solo yo, otros compañeros míos de la Escuela de Letras también lo veían así. Es más, veíamos en esa paradoja un aspecto todavía más sorprendente: los hippies de los 60 se habían inspirado en “la imagen de un puñado de guerrilleros triunfantes, desfasados en el andar y en el vestir, comprometidos solamente con su propio programa, forjado en demandas siempre incumplidas” (la cita es de Graziella), en sus pelos largos y en sus barbas, en sus collares de semillas, en su sentido antiburgués, en su audacia sin límites para tomar el cielo por asalto, en su resistencia, en su modo de aferrarse a las utopías. Es decir, que la paradoja es más irracional, porque Cuba y su Revolución, como mitos y como realidades, estaban en los fundamentos de aquel movimiento juvenil de los 60.

Por eso fue tan importante aquel 8 de diciembre del año 2000, cuando Fidel y Silvio develaron el espléndido monumento a Lennon que hizo Villa. Fue un acto de justicia poética. Fue, de pronto, como si se cerrara un circuito que nunca debió romperse. La Cuba revolucionaria acogía definitivamente, con Lennon, a unos herederos suyos que no había reconocido hasta entonces: los protagonistas de la contracultura de los 60.  

Palabras en la presentación del número de La Gaceta de Cuba de enero-febrero de 2013, en la UNEAC, el pasado 29 de marzo.
 

Nota:
 
1. Se intercalan entre paréntesis y en negritas las intervenciones de algunos de los presentes.

 

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