Blackburn, Hobsbawm y una isla
a dos voces

Marianela González • La Habana, Cuba

Durante más de una hora y con todos los tips posibles de recuperación de contenidos en Internet, hurgué por las conexiones de mi entrevistado con Eric Hobsbawm: su firma bajo alguna de las esquelas en la prensa británica de octubre pasado, algún párrafo entre sus cientos de entradas en New Left Review. Nada. Sobre el “titán de la historiografía del siglo XX”, Robin Blackburn, otro grande, no ha escrito una línea que haya podido encontrar. No obstante, las decenas de miles de páginas que resultaron de mi búsqueda me los devuelven cruzados: libros, artículos y ponencias a dos manos; congresos y charlas a dos voces. Eso me basta. Cuando me hablase de Cuba, como obviamente era su deseo, hablaría también su mentor, y este coloquio, el primer homenaje que se le ha hecho al autor de La era de los extremos desde su fallecimiento, nos será útil.

El historiador y sociólogo británico considera una felicidad que este encuentro haya tenido lugar en Cuba. Sus primeros contactos con Eric Hobsbawm, recuerda, se establecieron en torno a una organización de solidaridad con la Isla. Aquí desembarcó en los últimos días del diciembre de 1961 con veintipocos años, junto con un Hobsbawm que pasaba los 40. Conoció al Che y en un salón del Habana Libre le tradujo para toda la delegación inglesa. A su lado, el historiador marxista guardaba sus reservas con muchas de las ideas del guerrillero, aunque en 1968, acota Blackburn, escribiría un hermoso tributo donde reconocería la nueva dimensión moral que Guevara había concedido a la Revolución del Tercer Mundo. No es casual, dice, que la imagen del Che ocupe la portada de Cómo cambiar el mundo: el último libro que Hobsbawm publicó en vida.

Desde aquella primera visita, el editor fundador de New Left Review ha estado viniendo a Cuba más o menos cada diez años.Visitó La Habana en 1967, cuando el congreso de OLAS, y de esos dos primeros viajes guarda memorias fascinantes. Las ha publicado, por cierto, y en ninguno de sus textos se reserva la nostalgia por la ciudad de los 60, cuando la heladería de la Rampa, dice, tenía más variedades que el Baskin Robbins de Londres. Blackburn conoció el Coppelia de Fresa y Chocolate y el que vino después del armageddon, como le gusta llamar al parteaguas del 89. Ha visto los cambios y los ha vuelto a ver esta vez; pero nota que “todo está ahí”: junto con lo que debe cambiar y no cambia, lo que considera no debería cambiar nunca.

“Muchas cosas son hoy diferentes. Hay problemas económicos y el bloqueo sigue teniendo sus efectos nefastos sobre este país. Pero pienso que en cinco años, digamos, mucho va a cambiar, y la juventud lo va a notar. Solo hay que asegurar que las ganas de la Revolución no sean comprometidas”, observa.

¿Por qué canales ha estado recibiendo información sobre Cuba?, pregunto.

Los periódicos europeos estaban llenos de noticias sobre Cuba en la década de los 60, recuerda, aunque en alguna medida no fuesen ciertas. Hoy, al historiador le llega la información por los mismos canales que la conducían al Hobsbawm de 95 años: amigos que visitan la Isla, intelectuales cubanos con los que ha mantenido relaciones desde los años 60 y algunos, aunque muy pocos, diarios que mantienen cierta rigurosidad en sus análisis. Me citó a The Economist como uno de los ejemplos, y rápidamente pasó a aclarar que ese vacío de información veraz sobre Cuba lo siente en Europa, pero no en América Latina. Eso es un signo, me dijo. Hace poco había estado en Ecuador para una entrevista con Correa.

Para Robin Blackburn, como para Hobsbawm en su texto compilado por Blackburn en After the Fall…, la caída del campo socialista soviético no implicó la destrucción de todos y cada uno de los imaginarios, de los sedimentos de la transformación social en el mundo. Cuando explica este punto de vista pone el ejemplo de Venezuela, donde presenció en 1992 el fracaso militar de Hugo Chávez en Caracas. “Fue una victoria política”, dice Blackburn, porque ese pueblo demostró que quería un cambio. “Me parece entonces que, como Hobsbawm apuntó, el fin de la URSS ha tenido serios efectos a largo plazo, pero todo el proceso dejó sedimentos que poco a poco han ido emergiendo”.

Le parece “una lástima”, por tanto, escuchar a muchos de los intelectuales que conoció en la universidad habanera de los 60 referirse hoy a las ciencias sociales cubanas como quien habla de un gran terreno yermo.Para el autor de un artículo como “Cuba under the hammer[H1] ”ello es inadmisible, puesto que en el pensamiento crítico cubano residen, justamente, eso que llama “las ganas de la Revolución” y que tanto insta a que conservemos. Robin Blackburn conoce muy bien revistas como Temas y Caminos, y sabe de espacios de discusión que tienen lugar en múltiples sitios de la capital cubana, como esta propia sala del Centro Juan Marinello que acoge nuestra conversación. Las ciencias sociales, opina, deben mirar a los problemas de este tiempo, en sintonía también con lo que se está haciendo en el mundo, sobre todo en lo que a iniciativas públicas en función de la economía se refiere. Advierte que “la población cubana es extremadamente culta”, considera que todo desarrollo que se emprenda ha de armarse sobre esa masa crítica e insiste en que las ciencias sociales deben conducir a ello.

La entrevista ha durado unos 20 minutos. Aunque con visible placer, Blackburn ha conversado con un pie en la sala y otro en la calle. Si cumple con su ciclo, no volverá a visitarnos hasta dentro de unos diez años, y para esta vez, es mucho lo que aún le queda por ver.

 


 [H1]http://newleftreview.org/II/4/robin-blackburn-cuba-under-the-hammer

 

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