Entrevista con Hugo Chávez, en 1999

“La cultura, para mí, es la esencia de un pueblo”

Marta Rojas • La Habana, Cuba

En 1999, conocí personalmente al recién jurado presidente Hugo Chávez Frías, durante el acto con motivo del Premio de Literatura Rómulo Gallegos, en Caracas, al cual había sido invitada por la Fundación que lleva el nombre del autor de Doña Bárbara. La ocasión me fue propicia para solicitarle una entrevista a Chávez, quien con su proverbial espontaneidad, me respondió al abordarlo cuando se retiraba. Me identifiqué y le dije por qué me encontraba en Venezuela: “Mañana, Marta, temprano en La Casona; sin falta”. Buscó a alguien con la mirada y le dijo: “Bueno, tú José Vicente (Rangel), ocúpate de llevar a esta cubana antes de que empiece mi trabajo, temprano, pues tenemos la reunión sobre la Asamblea Constituyente…”. Y así quedó sellado el compromiso. La entrevista exclusiva para Cuba, a publicar en el periódico Granma, fue un hecho. Hoy, es un pequeño pedazo de su rica historia; pero no deja de cobrar actualidad en tanto las ideas y conceptos expresados por Chávez esa mañana en La Casona se hicieron realidad en poco tiempo, aún sorteando grandes dificultades, entre ellas el fallido golpe de estado. Los ideales expuestos y los proyectos concretos divulgados por él en dicha entrevista, que apareció publicada en la edición del 8 agosto de 1999, son un fiel testimonio de la vigencia del futuro promisorio para los pueblos de América Latina y el Caribe, fundamentalmente, que el pueblo venezolano habrá de continuar después de su muerte física, en un concierto impetuoso de naciones soberanas de Nuestra América.

A un mes de ese impactante duelo, La Jiribilla la reproduce en su homenaje.

Imagen: La Jiribilla
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, con el proyecto de la Constitución Bolivariana entre las manos, nos habla de la Venezuela del futuro en La Casona.

 

Un juego estelar de pelota, en el que el cubano Lazo fue el lanzador estrella, en Winnipeg; los libros que más ama; la lectura de un segmento de La Tempestad, de Shakespeare, y la alusión a “ese flaco que en aquel momento pasaba montado en un burro mientras Herodes escribía a Roma diciendo que por aquí no estaba pasando nada”, marcaron el comienzo de una conversación amena con el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en uno de los corredores interiores que rodean el patio —jardín de exuberantes árboles—. Una fuente borboteante en el medio nos sugiere un símbolo, el agua, de las grandes riquezas del país sudamericano.

El flaco sobre el burro, es Jesús. Ya lo explicará Hugo Chávez con la moraleja política que encarna la imagen que ha evocado más de una vez. Se la escuchamos cuando habló a los constituyentistas.

Hemos llegado poco antes de las nueve de la mañana, el colega Luis Suardíaz y yo, en compañía del doctor Domingo Miliani, distinguido intelectual venezolano, director de la Fundación Casa de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, y en la antesala del despacho de La Casona hemos visto a las personalidades que van arribando, a esa hora, a la residencia del Jefe de Estado donde, aun cuando es día de asueto de fin de semana, se celebra un Consejo de Ministros. “Chávez trabaja todo el tiempo, duerme poco, lee y juega pelota —eso quería ser él cuando muchacho, un pelotero de las Grandes Ligas—, es un individuo que siempre está sereno”, es lo que nos habían adelantado. La amabilidad con que nos recibe y la afabilidad con que nos trata, teniendo en su agenda asuntos de primer orden nacional e internacional, confirman ese extremo: es una personalidad muy serena, un hombre seguro de sí mismo. Está sentado en una butaca, frente a una pequeña mesa hay varios libros y un lápiz Mongol con goma de borrar; en el sofá, a su izquierda, la señora Marisabel Rodríguez de Chávez, quien también nos espera, pero ella no podrá complacer mi petición de una entrevista esa mañana. Él la excusa: “Ahorita (el ahora de nosotros), tiene que ir a la Asamblea Constituyente”. La Asamblea Constituyente Bolivariana es el plato fuerte de la política venezolana desde su instauración y lo será por algún tiempo en Caracas, y todo el país.

No hay tiempo que perder, recibo la bienvenida del Presidente que en esos días cumplió 45 años de edad y le digo de un tirón todas las preguntas que tengo para él. Se refieren fundamentalmente a dos temas, uno es lo que él y su equipo identifican como los ejes de equilibrio o polos en que se asienta la estrategia de la revolución pacífica que se propone echar adelante para ganarles la partida a los males arraigados en la rica Venezuela. El autor intelectual, en este caso, es Simón Bolívar.

El las responderá cronológicamente, pero yo las escribiré de otro modo, empezando por la Cumbre Iberoamericana de La Habana.

¿Cómo será la voz de Venezuela en la Cumbre de La Habana, qué dirá esa voz? —inquirimos.

La respuesta vendrá de inmediato, con un gesto simpático y, repito, sereno —eso distingue a Hugo Chávez, la serenidad y la energía—. Su voz es fuerte, convincente.

—¡Ah! —exclama—, en la Cumbre Iberoamericana de La Habana estará la voz del pueblo venezolano y no la voz de un Presidente o de un grupo político, no la de Hugo Chávez, sino la voz de la nación. Es un reto. Yo tengo ahí, en la Cumbre, un reto, un verdadero reto.

Entonces, Hugo Chávez recuerda una anécdota. El hecho ocurrió en la República Dominicana, no trata de disimular el elogio que satisfizo el resultado:

“Terminaba de pronunciar mi discurso en el que digo que los Jefes de Estado andamos de cumbre en cumbre y los pueblos de abismo en abismo, eso le gustó mucho a Fidel y me felicitó, lo celebró mucho; recuerdo que él estaba feliz al oír la frase que me salió allí, que no la tenía preparada, me salió del corazón, pues los Jefes de Estado tenemos que ir a las cumbres, es nuestro deber pero con la voz de un pueblo, con la voz de los desposeídos de Venezuela, en mi caso, de los hombres y mujeres de buena voluntad de mi país; allí debe llegar la voz del pueblo de Bolívar, de la Venezuela bolivariana.

“La Cumbre Iberoamericana de noviembre, en La Habana, será una ocasión especial, por lo especial que son nuestras relaciones con el pueblo cubano y con Fidel, con el viejo —yo le llamó así, con cariño, el viejo; será especial, para desde allá potenciar esa voz que es la de Martí, la de Bolívar, la del pueblo de Bolívar, ¡cará!; el mismo clamor de justicia, de libertad, de paz, de respeto a los pueblos de por acá que ellos tenían, de Jesús ¿por qué no? Hay quien no ve”.

Sigue argumentando el hecho y dice que algo semejante pasó hace casi medio siglo en Cuba, cuando el asalto al Moncada, y que hay quienes no son capaces de ver los acontecimientos, ni sus anuncios y que ese fue el caso que describe Renán, cuando estaba pasando ese flaco —Jesús— por el camino, frente al balcón del palacio de Herodes y este escribe que por allí no está pasando nada, que no pasa nada, y empezaba lo que es la Era Cristiana.

Los cinco ejes de equilibrio

¿Qué son los cinco ejes de equilibrio? “Ejes o polos de equilibrio”, he oído esa frase y la he leído con frecuencia, con referencia al Polo Patriótico —es mi pregunta.

“Bueno, Marta, mira, nosotros estamos en la búsqueda de ese punto desde hace mucho tiempo, un punto de equilibrio para Venezuela y para América Latina y el Caribe. Bolívar hablaba en Angostura en 1819 que había que buscar un punto de equilibrio; eso se interpreta de sus palabras, equilibrio social, étnico, político, en aquel tiempo y muchos años después, estamos en una mutación mundial. Debemos encontrar un equilibrio entre tanta perturbación.

“Y eso es lo que buscamos nosotros desde hace tiempo en este pensar y pensar sobre cómo refundar a Venezuela, a una nueva república, un nuevo estado, un nuevo país. Eso lo pensábamos en abstracción, porque las revoluciones se desatan sin planificarlas verdaderamente, surgen sin que nadie las planifique, hay muchos ejemplos: en Francia, cuando le cortaron la cabeza al rey, nadie pensaba en lo que iba a suceder después, o cómo se iban a desarrollar las cosas paso a paso. Esa planificación no existe en esta materia. Cuando el pueblo de Caracas se fue a las calles (cuando el Caracazo) a saquear, y los soldados disparaban contra él, contra mujeres y niños inclusive, ellos no sabían que como consecuencia de esa situación vendría después una revolución, porque esto es lo que está pasando en Venezuela ahorita.

“Después de desatada una revolución, los hombres y mujeres que nos damos cuenta que es una revolución ya podemos planificar cómo montarnos sobre esa ola y cómo maniobrar la tempestad, por eso cuando nos saludamos hablé de La Tempestad de Shakespeare: el capitán llamando a los marineros y al contramaestre, a medianoche; viene la tempestad: “rápido, valientes, arrear las redes”. Luego, el capitán le da la cara al viento y dice: “Ahora, Tempestad, sopla, haz lo que quieras Tempestad...” Estamos ahora maniobrando en la tempestad, tenemos que maniobrar con la acción. En ese esfuerzo fuimos dándole forma, durante varios años, desde antes de la prisión, a esas ideas porque sabíamos que venía una rebelión después que ese pueblo se lanzó a las calles. Venía una rebelión cívico-militar, no había otro camino y nos pusimos, aceleradamente, a pensar en una salida, y esa salida sería para nosotros la Constituyente. En eso estamos ahorita. Pero, claro, no teníamos el proyecto acabado ni mucho menos, entonces lo más importante para nosotros, en aquella época, años 1990, 1991... era el fusil y los objetivos militares y algunas lecturas: ensamblar ideas sobre la marcha, la carrera... Teníamos algunos documentos, como preparación previa, naturalmente, al Movimiento del 4 de febrero.

“Luego, en la cárcel produjimos el primer documento que se llamó Cómo salir del laberinto, inspirado en la frase garciamarquina basada en El General en su laberinto: ‘¡Dios mío, cómo salgo yo de este laberinto!’”

Hugo Chávez subraya la frase con un gesto levantando sus brazos. Viste de sport, un pantalón oscuro, camisa a cuadros y un chaleco de lana tejido, color vino. Ha llovido en Caracas y la temperatura es muy fresca esta mañana. El tema no se abandona:

“Tomamos esa frase y la convertimos en un pequeño proyecto sobre cómo salir del laberinto; ya entonces estaba clara para nosotros, para mí y mis compañeros, la idea de la Constituyente como una salida, y ya fuera de la prisión empezamos a diseñar los cinco polos de equilibrio”.

El equilibrio político

¿Cuáles son, podría nombrarlos o al menos resumirlos, Presidente?, pregunto.

“El primero es el equilibrio político, cada uno de los cinco es una línea estratégica de acción, un eje, lo llamamos polo en referencia a una frase de Bolívar. Pero vamos a identificarlos como eje. Es una línea estratégica de acción, como si tu fueras, en una guerra, a tomar esa colina” —la indica, no lejos está el Monte Avila, el cerro más bello de Caracas.

“Vas a tomar esa colina y divides el cuerpo en cinco ejes de ataque; el eje uno, dos, tres, cuatro y cinco. El eje uno es la política. Claro, todo eso tiene una concepción revolucionaria. No se trata de cartesianismo, que vamos a dividir la realidad en partes: yo arreglo esta, tú la otra... como trataron en vano de hacer aquí en Venezuela durante decenas de años. Hubo gente honesta, sin duda que hubo gente honesta, gente de buena fe que pretendía aquí llevar a cabo reformas en el Estado, pero pasaron años en eso y no se dieron cuenta de que es un cáncer general el que invadió todo el cuerpo de la nación. Una revolución pacífica integral. La base filosófica de esos cinco ejes de equilibrio o líneas estratégicas, es la política. Las otras son: la social, la económica, la territorial y el equilibrio mundial”.

Alguien muy grato interrumpe brevemente la entrevista: llega su pequeña hija de apenas dos años andando con pasos torpes propios de su edad, de la mano de la madre. Casi simultáneamente traen el café. Hugo Chávez responde a los reclamos de su hija, dándole a saborear el café con la yema de su dedo.

“A ella le gusta el café que toma su papá —habla con la niña—, y también que le dibuje un gato”. El Presidente toma el lápiz y le dibuja el gatico mostrándole y dic