Raúl Perez Ureta: en el salón de los milagros

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba
Miércoles, 3 de Abril y 2013 (4:36 pm)

La mano del Dr. Ángel M. Paredes Cordero abre con precisión milimétrica el segmento distal a la oclusión de la arteria coronaria descendente anterior (DA) para realizar la anastomosis (empate) del primer injerto aortocoronario, de los tres que necesita el paciente. Su cerebro y sus manos forman un todo enfocado en el sitio de la cirugía que se realiza con el corazón latiendo, sin la asistencia de la máquina de circulación extracorpórea. Así opera el músculo vital, sin necesidad de desconectarlo de la circulación sanguínea.

Imagen: La Jiribilla
El salón de los milagros

 

Los minutos pasan y Paredes logra insertar primero la arteria mamaria sobre la DA y, posteriormente, dos segmentos de vena safena (de los pies) en otras dos coronarias de aquel hombre de 70 años.

Pero solo el cirujano principal no ha estado concentrado en la obra de orfebrería quirúrgica. Los cirujanos asistentes del caso, las doctoras Aurora Calzado Fajardo y Aida Torres Villalón, además del Dr. Armando Martín Martínez por su parte, avanzaron en la apertura del pecho, la disección y preparación de los injertos que serían usados a la postre, mientras que el Dr. Juan A. Cierna Ibarra se ocupaba de la conducción anestésica y la vigilancia hemodinámica del paciente, todos rodeados y asistidos por un grupo de capaces enfermeros.

Aproximadamente tres horas después la operación termina, y el corazón de Raúl Pérez Ureta parece estar listo para nuevas batallas. Pero un camino lleno de complicaciones indeseables se le abría al  Premio Nacional de Cine, único otorgado en la especialidad de Fotografía; creador de imágenes bellas e impactantes en las obras de ficción de Fernando Pérez —excluyendo su cinta Clandestinos—; fotógrafo de filmes de directores como Daniel Díaz Torres, Orlando Rojas y Gerardo Chijona; ganador de varios premios Coral, Caracol y laureado en los festivales de Ecuador y Huelva, entre otros reconocimientos nacionales e internacionales.

Por mi hermana, que estaba ingresada durante esos días, yo visitaba el Instituto de Cardiología  y Cirugía Cardiovascular (ICCCV) cotidianamente.

Allí viví la desesperación de la esposa de Pérez Ureta, cuando le informaron sobre la necesidad de intervenirlo de nuevo para eliminar un derrame que estaba comprimiendo al corazón, y que era la causa probable de los signos de fallo cardíaco que sufría el paciente, operación que realizaron los doctores Boris Mederos Osorio y Jesús Casas García. El difícil control de la hiperglicemia (cifras elevadas de glicemia en sangre) durante el trans y el post operatorio complicaba la situación. Ante la inestabilidad de su presión arterial fue necesario administrarle medicamentos que fortalecen el músculo cardíaco, además de colocarle un dispositivo conocido como balón de contrapulsación intraaórtica para ayudar a un mejor funcionamiento del órgano vital.

En esas circunstancias, empecé a acercarme a la Unidad de Cuidados Intensivos Quirúrgicos (UCIQ) con la compañía de médicos amigos. Los doctores Roberto Núñez Fernández, Fausto Rodríguez Salgueiro y Joel Rondón Acosta, en momentos diferentes, me ofrecieron una información pormenorizada sobre la evolución de un hombre a quien, aun cuando no es mi amigo cercano, he respetado por su extraordinario talento y una modestia increíble.

Fue entonces que conocí del comienzo de su calvario cardiovascular: su primer ingreso en la Unidad de Cuidados Intensivos Coronarios del ICCCV fue por angina inestable, el 19 de diciembre pasado. Al realizarle la coronariografía se confirmó que sufría de una cardiopatía isquémica (enfermedad coronaria múltiple), probablemente como consecuencia de la evolución por años de su hipertensión y de padecer de diabetes mellitus. Le practicaron angioplastia (dilatación) coronaria complementada con la colocación de dos stents en dos ramas coronarias. Estuvo libre de síntomas hasta el 11 de febrero, cuando ingresó de urgencia en la misma unidad que lo recibió inicialmente, con un cuadro similar. Se repite la coronariografía y,  para su mal, encuentran reestenosis de los stents colocados, además de  progresión de la enfermedad coronaria, y a partir de esa situación se le  indica tratamiento quirúrgico.

Por el difícil control de la angina, Raúl tuvo que permanecer varios días en la unidad de cuidados intensivos coronarios. Desde allí, fue al salón de operaciones este 11 de marzo.

Paredes me explicó que el postoperatorio se caracterizó por un bajo gasto cardíaco, disfunción renal traducida por escasa diuresis (volumen de orina), cifras elevadas de potasio, con los consiguientes trastornos de la ventilación.

Ni Paredes, ni Boris, ni Joel… antes de operar y cuidar con todo su esmero a Pérez Ureta tenían idea de que se trataba de un pilar del cine cubano actual.  Y es que, como lo definió Vilma, la UCIK es el salón de los milagros. Ella estaba consciente del peligro que corría su marido, pasó días y horas en el vestíbulo esperando lo peor, pero él empezó a mejorar poco a poco. Y durante una de esas jornadas lo vi, todavía estaba entubado y sedado pero con buen color, y Joel me dijo “parece que lo sacamos del lado de allá”.

Imagen: La Jiribilla
El equipo de cirujanos modifica el corazón enfermo

 

En ese salón, equipado con camas muy modernas —allí estuve, por suerte solo tres días, luego de mi operación en el 2010—,  los médicos terminan la labor iniciada en la cirugía. Claro que si el corazón de Raúl no hubiera quedado bien operado, no habría resistido el embate de antibióticos, sedación y otras maniobras de los anestesiólogos, intensivistas, enfermeras, que allí trabajan con tanto amor.

Pero, somos los pacientes los primeros que al hablar de nuestra experiencia centramos nuestro agradecimiento solo en los cirujanos. Es que quien opera deviene rostro visible, y olvidamos a los otros que vigilan si el riñón está funcionando o no, si la temperatura es estable, si hay falta de aire  persistente; en fin, los mil detalles que se deben tener en cuenta para estabilizar a un operado cardiovascular que luego recibirá una rehabilitación científica, para completar su mejoría en cuanto a calidad de vida. En el gimnasio hay otro grupo de especialistas, todos con paciencia extrema, que orientan y quitan el miedo a los que no se atreven a vivir, luego de estar cerca de la muerte.

Creo que la esposa de Ureta se quedó corta cuando calificó a la UCIQ como el salón de los milagros. El ICCCV es todo un prodigio a pesar de roturas de equipos, incluso de techos, que detienen cirugías u otras acciones médicas. Una buena parte de artistas cubanos le debe la vida o un tratamiento adecuado, a ese colectivo de Paseo y 17 en el Vedado. Leo Brouwer, el Guille Vilar, Rogelio Blaín, Magda González, Orlando Cruzata y ¡quién sabe cuántos artistas más! son o han sido pacientes de ese hospital que muchas veces, sin saber que se trata de personalidades en el mundo cultural, son atendidos a corazón abierto como sucede con todo ser humano (o la gran mayoría, para no ser absoluta) que se atiende  en ese Instituto.

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