Danilo Orozco cambió las reglas del juego

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Danilo Orozco González murió en La Habana el pasado 26 de marzo. Si he demorado unos días en escribir estas líneas, es por dos razones: una, porque aunque lo sabía gravemente enfermo, me sorprendió el trágico desenlace en medio de otros avatares; y luego, quería tomarme algún tiempo para repasar los intrincados y fecundos hitos de una trayectoria profesional realmente excepcional.

Desde diversas partes del mundo ha habido reacciones ante el suceso luctuoso. Todas coinciden en calificar a Orozco como uno de los más prominentes musicólogos contemporáneos. En Cuba, obviamente, la comunidad musical —no solo musicológica— quedó impactada y dedicó, en el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música (CIDMUC), una emotiva velada en la cual sus colegas y discípulos valoraron su obra y se escucharon composiciones de sus hijos Keyla y Pucho.

Orozco lo merecía. El pensamiento musicológico en Cuba, y diría más, a escala global le debe a él un cambio radical de las reglas del juego en el análisis y la integración de sus hallazgos al desarrollo de una visión estética transformadora, que ensanchó, desde una innegable continuidad, la obra de Argeliers León y María Teresa Linares.

A ello lo condujo no solamente su formación musical y cultural en Santiago de Cuba, y más tarde en Alemania, donde obtuvo el Doctorado con calificaciones especiales, sino también por su inteligencia y agudeza, su vocación científica y una sólida y abarcadora percepción de los procesos culturales.

Cuando en 1974 obtuvo el premio en la categoría de Análisis en el Concurso de Musicología Pablo Hernández Balaguer con un ensayo parcamente titulado En torno a la Nueva Trova, presentó las credenciales que caracterizarían su menester, al relacionar aspectos técnicos estrictamente musicológicos con valoraciones culturales y tejer una trama de asociaciones novedosas entre texto, subtexto y contexto. Abría de tal modo cauce a la utilización de las herramientas de la dialéctica marxista, despojándola de tanto de instrumentaciones utilitarias y falsamente ideologizantes como de todo vestigio de reduccionismo sociológico.

Ya desde entonces se planteó como desafío lo que sería una constante en su obra: la reinterpretación de la génesis y desarrollo de las zonas más visibles y nucleares de la música popular cubana, esas que de manera palmaria suelen identificarse con la canción trovadoresca y el son.

Por esa época, también ya Orozco había sobresalido como profesor de la Escuela Nacional de Arte, particularmente por haber impartido talleres y seminarios sobre acústica musical, procedimientos analíticos en la música contemporánea, introducción a técnicas y tendencias musicales del siglo XX, procesos culturales, tradición y ruptura, y análisis de las formas del Barroco y el Renacimiento.

Para la tesis doctoral en Alemania, trabajó intensamente tanto en el plano teórico como en la investigación de campo, que lo llevó a entrevistarse y grabar a decenas de cultores populares de los sones orientales en todas sus variantes: nengones, rumbitas, changüises, guarachas. El resultado fue un prolijo y a la vez esencial ensayo titulado La categoría Son como componente de la identidad nacional de Cuba.

Otros resultados de sus indagaciones quedaron registrados en discos y publicaciones. Entre los primeros, destaca el dedicado a la familia Valera Miranda, y entre las segundas Procesos socioculturales y rasgos de identidad en los géneros musicales con especial referencia a la música cubana y sus estudios acerca de la obra de los compositores Leo Brouwer y Roberto Valera.

De otra parte, pocos saben que Orozco fue el responsable de la histórica presentación de Compay Segundo, Eliades Ochoa y el Cuarteto Patria en la Smithsonian Institution, de Washington, preludio de lo que sería el boom mundial de la música tradicional cubana en los años 90.

Lamentablemente, la mayor parte del trabajo de Orozco se halla inédito y requerirá, por parte de sus discípulos, de un ordenamiento editorial, de modo que se socialicen sus importantes contribuciones en torno a la teoría de los intergéneros, y los flujos y reflujos culturales entre Cuba y otros países.

Pero el mayor tributo a su memoria será tomar como fundamento sus aportes para continuar desarrollando el pensamiento musicológico cubano, tarea que corresponde a la actual generación de sus colegas y que se presenta como una necesidad inexcusable.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato