Quita Pesares, una revista para entretener

Cira Romero • La Habana, Cuba

En 1845, un año después de haber “sonado el cuero” al descubrirse la llamada Conspiración de La Escalera, se fundó en La Habana, entonces con gran parte de su intelectualidad más lúcida dispersa debido a la represión desatada, la revista Quita Pesares, subtitulada “Biblioteca extravagante, escrita en sentido burlesco y diabólico bajo la dirección de D. Teodoro Guerrero y D. A. A. Orihuela”. Teodoro Guerrero y Pallarés era un habanero, aunque se educó en España. Desde muy joven comenzó a colaborar en la prensa, sobre todo en el Diario de la Marina y en Faro Industrial de la Habana. Residió en la capital española durante un tiempo y en 1869 regresó a Cuba, donde fue presidente interino de la Audiencia de Camagüey. Escribió comedias en versos y una cifra respetable de novelas, alguna de ella, como la titulada Anatomía del corazón (1867), prologada por Gertrudis Gómez de Avellaneda. Por su parte, el canario Andrés Avelino de Orihuela residió mucho tiempo en la Isla y fue editor y colaborador de Jardín Romántico (1838). En España publicó artículos sobre Cuba y entre 1851 y 1853 dio a conocer la antología Poetas españoles y americanos del siglo xix.

Quita Pesares fue una revista de corta duración. Publicó poemas, cuentos, pequeñas piezas teatrales, artículos costumbristas, crítica literaria y notas sobre las modas. En sus páginas aparecieron colaboraciones debidas a notables firmas cubanas y españolas, como José Victoriano Betancourt, Francisco Javier Foxá y el español Jacinto de Salas y Quiroga, que dedicó el primer tomo de sus Viajes (1840) a la isla de Cuba, algunos de cuyos capítulos reprodujeron Guerrero y Orihuela en su revista, pues sus apreciaciones, en un momento en que los ánimos estaban exaltados, eran justas y venidas de un ojo crítico. Allí leemos:

Los dos periódicos de la Habana nada pueden contener que digno sea de merecer el empleo del pensamiento. Está allí vedada toda discusión sobre principios; así que las cuestiones vitales para el país pasan sin examen, sin el voto de la prensa. En resumen, la prensa es solo un medio miserablemente mercantil.  Y a tal punto es el temor que tiene el gobierno a los periódicos, que no permite el establecimiento de nuevos, pareciéndole poca garantía su propia censura. El escritor le pide permiso para escribir aquello que el gobierno le permita escribir, y el gobierno le contesta: yo no te permito ni una línea, buena o mala. Tal es el miedo que ni de sí propio confía. Así, pues, escritores políticos no existen en Cuba; de cualquiera de los ramos que tienen tendencia con las ideas de progreso intelectual, tampoco. Queda todo reducido a la poesía, al cuento, a la estadística y a la historia. La poesía sin libertad es un día sin sol; la historia sin discusión  y razonamiento, es un faro apagado. La estadística sin datos, sin permiso para examinar la población, y el cuento sin filosofía ¿qué son? Yo lo pregunto al hombre más imparcial. Sin embargo, como el más vigilante suele dormir, de vez en cuando aparecen destellos de genio que los señores censores no ven, y a su ceguedad por lo regular se deben felices inspiraciones.

Del costumbrista José Victoriano Betancourt, uno de los más connotados cultivadores de este género, publicaron una de las prácticas que ya desaparecían en la época del escritor, nacido en 1813 y fallecido en 1875, como fue aquella de “velar el mondongo”, donde escribió:

En el batey del ingenio se celebra por lo común el cruento sacrificio, pero si hay un río o un arroyo se prefiere su orilla; la escena tiene lugar bajo los últimos rayos del sol poniente, y los hombres y las mujeres, jóvenes, ancianos y niños, todos concurren con algazara al acto; los primeros con sus pantalones de petrina, sombrero de yarey de ala descomunal y zapatos de “venado”; las segundas con un traje sencillo y medias que usan solo para ir a misa o para asistir a esta solemnidad. Adelántase el que hace de matador con la camisa arremangada hasta el hombro, y hunde un cortante cuchillo en el cuello de sus víctimas. Cerca está una joven con su cazuela lista, y apenas degüellan el animal corre a recoger en ella su sangre que por torrentes brota de la herida y bate con sus manos para hacer “sangre quemada”, sin dejar por eso de seguir fumando un tabaco de su partido que ella misma benefició, cosechó y terció. Después de esta policromada estampa se recogían las tripas y mientras se lavaban y cocinaban, comenzaban los juegos, las bromas y el baile.

Del propio Betancourt dio a conocer, muy a tono con el carácter de la revista, “Los guajiros y el locomotor”, especie de fresco de nuestra vida campesina, donde se mezcla la jocosidad y la sabiduría del campesino cubano, además de contener una enseñanza en pos de alcanzar la civilización, en este caso gracias a la introducción en Cuba de la entonces joven locomotora.

Juntos en la taberna

que hay en Paso del Medio

varios guajiros cierto día se hallaban,

y ociosos y abrumados por el tedio

su suerte maldecían

y del modo siguiente discurrían.

Camará no hay remedio

De esta hecha nos lleva el gran demonio,

dijo con mucha indignación ño Antonio.

Dice usted bien, le contestó ño Hilario,

ya carreteros, bueyes y carretas

se los llevó patetas.

Y añadió tío Macario:

Bien con su melocotor nos amoló

el difunto D. Pancho de la O.

Saltó entonces ño Chucho

y dijo: Me parece

que el tiempo aquí desperdiciamos mucho,

vamos a amontonar piedra y troncones

allí por el arroyo de la Vieja

Pa que el melocotor se desbarate.

Y calló el orador:

no hubo razones

que oponer a tamaño disparate,

y el hecho consumaron

y a esperar el efecto se adunaron.

Apoco se oyó el trueno

del gigante veloz que como el rayo

hacia allí se acercaba.

¡El camino de jierro! gritó Chucho,

¡Ay! miren como viene

Ni el mismísimo diablo lo detiene.

Llegó el locomotor al punto obstruido

y su curso se detuvo. ¡Imbécil gente!

Gritó con voz tremenda a los guajiros

¿con débiles estorbos

mi marcha detener pensáis acaso?

¿No sabéis que yo soy omnipotente?

¿Que las altas montañas me abren paso

y salvo audaz los caudalosos ríos?

Abandonad tan torpes desvaríos

y adorad mi poder que en torno vierte

vida y animación donde había muerte.

dijo y desapareció, tras sí lanzando

densa nube de astillas y de polvo,

los guajiros atónitos dejando

imbéciles humanos

que a la marcha del siglo os oponéis;

cuando hacia el bien la humanidad camina,

si en vuestra obstinación permanecéis,

lo que a los carreteros

con el locomotor ha sucedido

os lo deja esta fábula advertido.

Narciso Foxá fue un asiduo colaborador de los pocos números publicados de Quita Pesares. Nacido en la isla de Puerto Rico, de niño vino a Cuba y con apenas 16 años colaboraba en una revista de reconocida importancia como La Siempreviva. Recibió numerosos premios en juegos florales y el más importante fue el otorgado en 1846 por el Liceo de La Habana por su “Canto épico sobre el descubrimiento de América, por Cristóbal Colón”, que le granjeó numerosas críticas favorables. De entre sus poemas publicados en Quita Pesares se destaca su soneto “El pescador”, muestra de un romanticismo que, si bien resulta epigonal, aún da muestras de cierta frescura.

Yo soy feliz en mi pobreza suma

Con mi Elisa, mis redes y mi barca:

Con ver el sol, espléndido monarca,

Al rojo amanecer entre la bruma.

 

Tengo al través de la nevada espuma,

Cuando la vista en su extensión abarca:

No me asusta el imperio de la Parca

Que la conciencia al corazón no abruma.

 

Vienen las olas, vienen a millares

Y a mi débil piragua combatida

Burla su furia y las orillas cobra...

 

¡Allá del mundo en los revueltos mares!,

Batallando la nave de la vida,

Boga, se afana... ¡y a la luz zozobra!

También colaboraron en Quita Pesares dos reconocidos poetas españoles: Manuel Bretón de los Herreros y Ramón de Campoamor, vinculados ambos al movimiento romántico.

Quita Pesares, aún en medio de su contenido medio en serio y medio en broma, dejó en sus páginas buenas muestras de prosa y verso. En la actualidad es una publicación que amerita ser estudiada tanto por la nómina de buenos colaboradores como por lo que ellos llevaron a sus páginas.

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