Eric Hobsbawm y la Historia
“desde abajo”

María del Carmen Barcia • La Habana, Cuba

Arriba o abajo son términos harto imprecisos para definir a los actores sociales y su modo de operar, eso no impide percibir, desde luego, que las hegemonías están siempre en un plano superior, en tanto los sujetos subalternos no logran escalar las alturas. La frase “desde abajo” puede resumir entonces el espacio destinado a aquellos individuos “de a pie” —sujetos comunes que hacen la historia—, aunque frecuentemente se desconozca su rol protagónico. Según Hobsbawm este tipo de relato se puede hacer (…) a partir del momento en que la gente corriente se convierte en un factor constante en la toma de grandes decisiones y en tales acontecimientos”, aunque añade “no solo en momentos de excepcional movilización popular como, por ejemplo las revoluciones, sino en todo momento o durante la mayor parte del tiempo”. (Hosbawm, 2000. P. 206).

Esta visión parte de un historiador que se define marxista y antidogmático, que reconoce, por tanto, la importancia de la estructura, pero que resalta al sujeto al insistir en que el objetivo de la historia “desde abajo” es revelar lo acaecido a la gente común en épocas lejanas y explicarlo de manera tal que se establezca su vínculo con el presente y se haga comprender que esa relación tiene mucho que ver con la proyección del futuro. En ese sentido Hobsbawn evidencia la necesidad de convertir al historiador en una especie de antropólogo del pretérito, un individuo capaz de vivir en una sociedad que por su lejanía temporal tiene mucho de imaginada, con el propósito de interpretarla.

Los historiadores que construyen esa historia de “los de abajo”, entre los cuales me cuento, dedican buena parte de su tiempo a estudiar el movimiento de las sociedades, observando sus continuidades y también las rupturas. Analizan la manera en que la gente común se trasmuta en masa crítica y se convierte en sustento y motor de sus reivindicaciones como grupo subalterno. Unos pueden aparecer como bandidos, otros como turba urbana, los más, como simples campesinos u obreros.

Curiosamente en la historiografía cubana se estudió a la gente sin historia desde finales de los años 60, mucho antes de que el tema fuese abordado en otras latitudes.1 La vida cotidiana y el accionar de la gente común, ha sido un interés permanente en mis investigaciones. Muy tempranamente, joven e ignorante, me topé con un libro que me sorprendió, su título era Los rebeldes primitivos. En ese texto se analizaba el bandidismo como un fenómeno social rural y los movimientos de la “turba” urbana como el producto de un descontento agudo y explosivo, que por lo general no obtenía respuestas y mucho menos soluciones a sus problemas. También relacionaba Hobsbawm al bandido con la guerrilla, e incluso concluía que el primero de esos términos había llegado a calificar al guerrillero moderno como bandido por una vinculación que proyectaba el pretérito hacia un sujeto presente, cuyas acciones eran subvaloradas intencionalmente.

En la historia de Cuba abundaron los bandoleros sociales, procedían de diferentes grupos, capas y estamentos, que se multiplicaron en las etapas que sucedieron a las guerras por la independencia, muchos eran campesinos empobrecidos, otros habían aprendido a combatir y carecían de bienes materiales. Uno de estos, Manuel García, se convirtió en paradigma del bandolero que ayudaba a los pobres, una especie de Robin Hood criollizado.

Los rebeldes primitivos cuentan con un subtítulo que precisa las intenciones de su autor al ser un “Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX”. Esta circunstancia nos ubica en un contexto pre-moderno que será el objeto de su interés, específicamente analítico, un espacio “impreciso, ambiguo y a veces abiertamente conservador” , en el que las acciones eran realizadas por gentes que califica de “pre políticas”, aunque no de marginales. (Hobsbawm, 1983, p.11).

Hobsbawm divide a los bandoleros en dos grupos, uno caracteriza al clásico bandido surgido de “la venganza de sangre”, dispuesto a defender su estirpe y otro que se enfrenta a los más ricos —terratenientes o usureros— y defiende a los pobres, pero ninguno de estos bandoleros aspiran a renovar su mundo, más bien desean rescatar o establecer un ámbito tradicional pero equilibrado, en el cual predomine la justicia. No son revolucionarios aunque sus conductas sean subversivas, el cambio es un retroceso hacia una sociedad pasada, idílica.

De igual forma analiza a la turba, a la que califica de “reformista” aunque añade que esto es difícil de definir porque en muchas ocasiones sigue a los líderes revolucionarios aunque se constituya como una masa desideologizada. Para Hobsbawm también la mafia, que históricamente ocupa espacios del campo y de la ciudad, es una forma de bandidismo social, y admite que existen muchos otros movimientos de protesta similares.

En el caso de las sociedades esclavistas —objeto de análisis de muchos historiadores en la actualidad, dentro y fuera de Cuba—, podría analizarse una forma particular de protesta, el cimarronaje, y también pudiéramos preguntarnos si el esclavo fugado o apalencado puede ser considerado como un bandido social, si sus formas de resistencia en respuesta al contexto en que vive son diferentes o similares a las de los bandidos de Hobsbawm, al igual que sus presupuestos. Desde luego que el esclavo no aspira a reformar la sociedad, pero sí a establecerse en un contexto similar al que dejó en su tierra de origen, ¿permite esto calificarlo como “conservador”? En cierta forma las categorías que nos propone Hobsbawm en su texto son cerradas y difíciles de aplicar —analíticamente—, como es su propósito, a contextos muy diferentes.

¿Y qué hablar de los libres de color, gentes adscritas a un estamento subalterno aunque tuvieran un modo de vida que pudiera calificarse de desahogado y hasta pudiente? ¿Si aspiraban a tener una similitud social a la de los blancos, sin pretender por eso la independencia política, dejaban de ser revolucionarios? ¿Cómo conceptuar sus aspiraciones al cambio social? ¿Qué significaba en el plano ideológico romper la continuidad? ¿Era la suya una actitud solo reformista?

Y es que el texto de Hobsbawn, como toda buena propuesta, sugiere muchas preguntas, incluso para los contextos que no aborda. Tal vez una visión más amplia sobre el tiempo y el espacio le hubiera permitido incluir a muchos negros —esclavos o libres—, en el concepto de “rebeldes primitivos”.

Clientelas y redes serían otro ángulo interesante del asunto, porque como en todo contexto social, las había entre los subalternos, incluso, en escasos referentes, estas —las redes—, vinculaban a algunos de los libres con sus antiguos amos.

También resulta interesante y novedosa para los años en que publicó su libro, sus referencias a los rituales y a procedimientos supuestamente mágicos. Volviendo a nuestras raíces se observa que, en el caso de los africanos algunas liturgias provenían de sus regiones de origen, otras eran adquiridas. Muchos africanos se suicidaban con su mejor ropa y también con comida para el largo viaje que suponían emprender hacia sus tierras de origen, para los haitianos Boukman, no moría, se trasmutaba en ave o serpiente.

Muchos otros resquicios, ni siquiera imaginados por Hobsbawm, pudieran ser analizados bajo los presupuestos metodológicos de Los rebeldes primitivos, algunos supuestamente modernos, como el gansterismo o las maras, que se proyectan como fenómenos sociales de la actualidad en contextos específicos. Y es que como ya expresamos, todo gran libro y este lo es, motiva interrogantes.

Más allá y también más acá de Los rebeldes primitivos, Eric Hobsbawm impulsó en los años 60 el desarrollo de una historia social que, como acertadamente dijo: “ha sido siempre difícil de definir”.(Hobsbawm. 1974). En ese momento analizó sus antecedentes y estableció un antes y un después en el campo de acción de tal variante disciplinar (Hobsbawn, 1974). A su modo de ver la Historia Social en sus inicios se reflejaba en las siguientes variantes: historia de los pobres, o de las clases “bajas”, que incluía los movimientos sociales, sus ideas, y sus organizaciones, sin abordar la esfera privada; historia de la vida cotidiana de las clases privilegiadas y de las élites, derivada de la propuesta realizada por George Macaulay Trevelyan, para escribir una historia que dejase de lado la política; y una historia socio-económica, en la cual predominaba la economía por el desarrollo que hasta ese momento había alcanzado esa disciplina con respecto a otras ciencias sociales.

Considera que a finales de los años 50, precisamente cuando escribe Los rebeldes primitivos se iniciaba un acelerado desarrollo de las ciencias sociales que repercutía en el ámbito de la historia social, y a partir de ese momento se configuraron las bases para el surgimiento de una “nueva historia”, es decir, aquella que pretendía usar los nuevos aportes teóricos. Pero en realidad no fue hasta finales de los años 60 cuando se desplegó el cambio, y ese hecho no fue fortuito, ya que estuvo vinculado a los impactos sociales y a las transformaciones que se produjeron entonces. Se debe recordar que los años 60 irrumpieron signados por numerosas acciones revolucionarias, como el triunfo de la Revolución cubana, la eclosión de la independencia argelina, o los movimientos del año 68, que fueron tan importantes en Francia y en México. Entonces la historia social se mostró como el paradigma de una “nueva historia”, vinculada a una intención renovadora y prácticamente inalcanzable: cambiar el mundo.

Fue en ese contexto que otras ciencias sociales, especialmente la sociología y la antropología, se reconciliaron con la historia, que no siempre les había resultado simpática, para encontrar y explicar las causas y las raíces de los acontecimientos revolucionarios y de las luchas por la emancipación de los países coloniales, hurgando no solo en sus presupuestos macroeconómicos y macrosociales, sino en el papel desempeñado por los sujetos históricos en el pasado mediato o inmediato.

Volviendo a los años 60 y a Eric Hobsbawm se advierte que este relacionó los temas a los que se dedicó la “nueva historia” social exponiendo más que los sujetos, los campos en que se desenvolvió: (Hobsbawm, E. 1974) la demografía y el parentesco; los estudios urbanos, las clases y los grupos sociales; la historia de las mentalidades o la conciencia colectiva, o de la cultura en el sentido que le dan los antropólogos; la transformación de las sociedades (modernización o industrialización); los movimientos sociales y los fenómenos de protesta social. Como puede apreciarse la relación de temas que propone Hobsbawm incluye lo que más tarde empezó a conceptuarse como historia cultural, cuando algunos pretendieron borrar el comprometedor término de social que se vinculaba, indefectiblemente, con fenómenos transgresores, con el cambio, con “los de abajo” y con sus acciones.

Desde luego, que Hobsbawn y sus seguidores no fueron los únicos en construir una nueva historia, estuvieron vinculados a tres fuentes nutricias: 1) A la Escuela de los Annales, desde Marc Bloch, quien a finales de los años 20 propugnó la inmersión de la historia en las ciencias sociales, (Dosse, F. 1988) pasando por Ferdinand Braudel, que introdujo conceptos aún debatidos pero muy utilizados, como “historia total”, “larga duración” y “mentalidades”, hasta un nuevo grupo que emerge entre finales de la década de los 60 y comienzos de los 70, representado, entre otros por George Duby, François Furet, Pierre Nora, Maurice Aghulon, Jacques Le Goff, Enmanuel Le Roy Ladurie, Roger Chartier, Michel Vovelle, entre otros. En estos años se inicia un diálogo con la antropología y Foucault comienza a publicar su obra, difícil de encasillar.

2) A la corriente desarrollada por los historiadores marxistas ingleses, en sus varias generaciones : Cristopher Hill, Maurice Dobb, Gordon Childe, Edward P. Thompson, Eric Hobsbawm, Raphael Samuel, Benedict Anderson y Perry Anderson, entre otros, quienes se empeñaron esencialmente, en hacer una historia “desde abajo” y en recuperar la cultura de clase como un elemento esencial cuestionando la separación superestructural de la base económica.

3) Y a la corriente marxista gramsciana, que tuvo su desenvolvimiento social más puntual en la microhistoria italiana. (Edoardo Grendi, Giovanni Levi, Carlo Poni, Carlo Ginzburg).

Cada una de estas tendencias contó con una revista para la divulgación académica, cuestión sumamente importante para comprender sus influencias. Estas fueron, respectivamente Annales; Past and Present; Work Shop History; y Studi Storici.

Nunca se debe olvidar que tras la historia social y sus propugnadores, en cualquiera de sus diversas variantes, ha estado de manera declarada o en algunos casos encubierta, la teoría marxista. Si algo destaca a la historia social es que se ha caracterizado porque todos los historiadores que han desenvuelto ese tipo de estudios o han contribuido a su desenvolvimiento, tienen una sólida formación teórica y provienen de la izquierda política. Algunos inclusive se han destacado por participar activamente en las luchas sociales, como fue el caso de Eric Hobsbawm.

Marx y Engels propusieron “una teoría general de las sociedades en movimiento, cuya originalidad consiste en aunar, mediante la observación y el razonamiento, el análisis económico, el análisis sociológico, y el análisis (…) de las formas ideológicas”(Vilar, P. 1964, p. 144-145). El lenguaje marxista impregnó al de la historia más aséptica y neo-positivista y contribuyó a renovar las preocupaciones del quehacer historiográfico. También el marxismo ha sido usado profusamente como método analítico, pues en tanto teoría social no se propone atrapar la verdad objetiva, sino acceder a una explicación de la realidad histórica mediante el método de aproximaciones sucesivas a esta, y utilizando siempre su más importante concepto, la relación social, sin el cual sería imposible estudiar las redes o las familias, por ejemplo.

Se debe recordar, no obstante que emplear un lenguaje, o recurrir a citas de citas, apelar al gesto y a la voluntad, no hacen de un comentarista aficionado un historiador marxista, que el materialismo histórico no es un simple esquema, sino una propuesta compleja que requiere un método sistemático de trabajo. Y ahí está presente Hobsbawm, profundo conocedor del marxismo, que aplica a sus investigaciones, a su método de trabajo y a sus escritos.

Paralelamente al marxismo como tributario de la historia social, se desplegó la tradición culturológica weberiana, contribuyente principal de su variante histórico-cultural. Esta se ha centrado en el estudio de las actitudes de dominación/autoridad, estatus, hábitos culturales, entre otros temas, pero frecuentemente algunos de sus expositores se han apartado con exceso de las relaciones económicas presentes en esos contextos, sin tener en cuenta que la realidad material puede contribuir a la explicación de comportamientos colectivos e individuales y que también influye en el modo de ver y valorar las cosas.

Entre los años 60 y 80, la denominada nueva o renovada historia social transitó por diferentes modalidades y escuelas de diferentes centros hegemónicos, Francia, Inglaterra, Italia y más recientemente EE.UU. o si se quiere expresar de otra forma, ha recibido diversas influencias que la han hecho explorar nuevas perspectivas. También se ha manifestado en diferentes abordajes. Uno de estos fue el de la vieja narrativa que se vistió con nuevos ropajes y técnicas de intertextualidad, que ha usado sin apenas citar los aportes de Saussure y Mauss (Durkheim, E y M. Mauss, 1903) y en última instancia de Derridá. De esta forma, la proyección de algunos teóricos hacia un campo que no les resulta profesionalmente afín, se ha presentado como una reflexión interesante y novedosa, la de una nueva historia cultural. En última instancia, como se aprecia en los trabajos de Burke, Gizburg o Zemon Davies, entre otros, esta solo puede resultar una variante.

Los historiadores sociales se beneficiaron de todos estos aportes teóricos y metodológicos y comenzaron a aplicarlos, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo. Estos y muchos otros fueron asumidos en novedosas formas de realizar la historia social, como por la “Microhistoria” que se enfrentaba a la “Historia Total”; o la “Historia de las Mentalidades” o de las “Representaciones”, que aborda la conciencia colectiva frente a la “Historia del Pensamiento”; o como la “Sociología Histórica”, hermana y rival de la “Historia Social”; o por la denominada “Historia Cultural”, pues ninguna de estas formas de abordar el estudio de la sociedad constituye, por sí misma un campo específico, sino una manera ampliada de utilizar y relacionar los conocimientos teóricos con la factualidad de la empiria. Destaca en este contexto la intención sostenida por escribir una historia con rostro humano, individual o colectiva, que se inició hace casi un siglo con Huizinga, centrada en mujeres y hombres, al margen del estudio de las estructuras y capaz de abordar cuestiones antes soslayadas, como la mujer, la discriminación racial, la marginación o la “economía de provisionales”, como define Olwen Hufton a la situación de los pobres. (Hufton, O. 1974).

Estas elucubraciones más o menos teóricas pudieran inscribirse bajo el título de análisis postmodernistas, ya que relativizan todos los valores y plantean la caducidad de los meta-relatos. Y aquí de nuevo aparece el Hosbawm marxista para el análisis de la Historia. Aunque celebra el esfuerzo crítico que implica la deconstrucción para el análisis social, rechaza su negación de la realidad y de las posibilidades que tiene el historiador para acercarse a la verdad, entre otras cuestiones porque las posiciones postmodernistas niegan el cambio y el universalismo, que son para él posibilidad de mejoramiento de la condición humana, el primero por las necesarias transformaciones revolucionarias o reformistas que avala el marxismo, y el segundo porque a decir de este autor acerca a los hombres que buscan situaciones aceptables y comparables a nivel global. Por suerte, afirma Hosbawm, la moda de las tendencias post modernistas no ha ganado tanto terreno entre los historiadores como entre los teóricos literarios y culturales y los antropólogos sociales porque pone en duda la distinción entre la realidad objetiva y el discurso conceptual.

Es evidente que la llamada “nueva historia social” nació vinculada a hechos históricos trascendentes y estos, por supuesto, no han dejado de ocurrir, una nueva vuelta de tuerca se produjo a partir de los años 90, tras el desplome del campo socialista europeo, y entonces comenzó a anunciarse el fin de la historia, como si el devenir del ser humano hubiera concluido con el “socialismo real” y el relato de sus acciones no tuviese razón de ser.

La historia social ha transitado desde entonces por procesos renovadores, más o menos audaces y también por juicios detractores. Algunos refieren la crisis esencial de la Historia Social en ese momento, y se ha puesto de moda decir que esta ha llegado a su fin, o que se trasmuta en una construcción paradójica que han denominado“Historia Post-Social, (Towes, J. 1987, pp.881-882; Spiegel, G. 2006, p. 19ss.) destinada a privarla de su elemento esencial, el cambio, lo que equivale a decir de su proyección de crítica revolucionaria, asumiendo un prefijo, el post, que convierte esa titulación en imprecisa, al implicar el final de su relación primordial —la social—, para el desarrollo de la humanidad.

Esta cuestión, desde luego, responde a argucias interesadas, porque algunos exponentes del postmodernismo desde Francis Fukuyama (1989) hasta Keith Jenkins, (1997-2006) “decidieron” aniquilar la historia como disciplina, sobre todo en su variante “social” que resultaba la más “peligrosa” para sus empeños post-modernizadores.

Considera Hobsbawm que Fukuyama fue incauto porque supuso que la culminación del desarrollo histórico sería la conversión permanente del Universo al capitalismo tras la caída del denominado “socialismo del siglo XX”, tras el cual el mundo avanzaría tranquilamente dentro de un marco occidental. Esta teorización desconoce la posibilidad de otros cambios, sobre todo los de algunas sociedades que han reforzado sus identidades.

Bajo diferentes intenciones y presupuestos, todo se enmarca en la “etapa de los post”: el post colonialismo, el post occidentalismo y, por supuesto, la recién bautizada, con un concepto sumamente paradójico, historia post social, que pretende manifestarse en el campo de una historia cultural aséptica, divorciada de los aspectos sociales.

De acuerdo a esas intenciones post-modernizadoras la historia social sería una especie de reducto ideologizado, y para desvanecerlo se ha proyectado, como novedosa, una historia culturológica capaz de ocultar corrientes de pensamiento opuestas y de reducir los conflictos a términos inmateriales. Un sitio para el cual no existen los hechos ni las relaciones del pasado sino las interpretaciones de los textos producidos.

Las intenciones metodológicas de los propugnadores de esa modalidad de historia cultural, consciente o inconscientemente pero con un conocimiento bastante superficial e inexacto, o una ignorancia no exenta de menosprecio con respecto al trabajo de los historiadores sociales, (Piqueras, José A, 2008 p.85) contribuyen a disolver, con el pretexto de su obsolescencia, a la historia social en la historia cultural.

En este medio, y con este propósito, se desenvuelve —con mayor o menor inocencia—, cierta variante de la historia cultural que algunos convierten en única, a la que se adscribe el giro lingüístico (Linguisticturn). Otra manifestación vinculada a la literatura es la del “Nuevo Historicismo” o “Poética Cultural” que surgió en los años 80 del pasado siglo, pero en este caso no se alió al deconstruccionismo sino que suscitó una controversia crítica al situar las consideraciones históricas en el centro del análisis literario y entender que este participa de la descripción de una cultura en acción.

La historia postsocial se apropia del calificativo cultural, convence y libera, a supuestos interesados en los estudios históricos, del para ellos difícil y tedioso oficio de hurgar en los archivos, al supeditar los hechos y acciones de los individuos y las colectividades, únicamente al discurso oral o escrito y a las manifestaciones simbólicas.

Consideramos finalmente, que si bien para algunos, sobre todo a nivel del “desarrollado” mundo postmoderno, el futuro de la historia social es incierto, en tanto otros consideran, siguiendo a Hayden White, o a Keith Jenkins, que la verdad histórica es inaccesible, para los historiadores indios o africanos mexicanos, argentinos, brasileños o cubanos, latinoamericanos en general, la historia social, o socio-cultural si se prefiere esa denominación, sigue, aprovechando teorías y métodos novedosos que la renuevan cada día, desbrozando caminos con la aspiración de reconstruir un pasado que se acerque, lo más posible a la verdad histórica.

La historia social vinculada a cuestiones de género, raza o formas de sociabilidad, desde la familia hasta variadas formas de relacionarse, ha recibido especial atención en América Latina, pues son temas que están en la raíz misma de nuestra conformación como países. Brasil ha marcado la pauta en estudios vinculados a la esclavitud y consecuentemente a la presencia africana, algo similar ha ocurrido en Colombia y en Cuba. En Argentina han primado los estudios sobre la inmigración y las formas de sociabilidad. En México se destacan los vinculados al género, la familia y el modo de vida. En la actualidad, aprovechando la conmemoración del bicentenario de nuestras independencias, se abordan cuestiones relacionadas con ese proceso, resaltando los problemas sociales de cada contexto. Menos se ha investigado sobre el modo de vida de los obreros.

Para los científicos sociales de la América Nuestra, como la bautizara José Martí, el tiempo de los post no ha llegado, el análisis de nuestras sociedades, pasadas o presentes, tiene aún un largo camino por desbrozar, la realidad supera lo pensado y la historia social o socio-cultural, marcada por las diferencias y similitudes, sellada por la interdisciplinaridad, por un uso diferente de las fuentes, viejas o nuevas, y por una atención centrada en el sujeto histórico, goza, a pesar de las predicciones, de muy buena salud y tiene aún una larga vida académica. Y es que la historiografía social, bajo ese título u otros similares continúa, a pesar de todas las predicciones, avanzando en nuestros mundos. Recuperar entonces el criterio de Hobsbawm y de otros historiadores que dedican esfuerzos a la historia “desde abajo”, resulta sumamente importante.

Intervención en el coloquio Internacional “Cambiar la historia, transformar el mundo”, en homenaje al historiador Eric Hobsbawm celebrado en el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, los días 20 y 21 de marzo. Esta ponencia forma parte de un libro en preparación que recogerá todos los textos allí presentados.

 

Nota:
 
1. Pedro DeschampsChapeaux y Juan Pérez de la Riva, fueron los primeros en escribir sobre la gente sin historia. A finales de los años 60 aparecieron varios artículos en la revista de la Biblioteca Nacional José Martí, que después, bajo el título de Contribución al estudio de la gente sin historia, se editaron en forma de libro por la Editorial Ciencias Sociales, en 1974. Algunos de estos trabajos habían aparecido antes en El negro en la economía habanera del siglo XIX, publicado por Deschamps Chapeaux en la propia editorial, en 1970.
 
 
Bibliografía:
 
  • Dosse, Fraçois. La historia en migajas, EditionsAlfons el Magnánim, Valencia 1988.
  • Durkheim, Émile et Marcel Mauss. “De quelques formes primitives de classification: contribution à l´étude de représentationscolecctives. L´AnnéeSociologique, 6, 1903.
  • Hobsbawm, Eric. Sobre la HistoriaBarcelona, Editorial Crítica, 2002
  • Hobsbawm, Eric. [1959]. Los rebeldes primitivos, Barcelona, Editorial Ariel, 1983.
  • Hobsbawm., Eric. [1962]. La era de la revolución. Buenos Aires,Editorial Crítica, 1999
  • Hobsbawm, E.J. “De la Historia social a la historia de la sociedad”. Essays in Social History, Oxford UniversityPress, 1974.
  • Hobsbawm , Eric & Terence Ranger (eds.) The Invention of the Tradition, Cambridge: Cambridge. University Press, 1983
  • Hufton, Olwen H. The Poor of the Eighteenth. Century France. Oxford 1750-1789, Oxford, 1974
  • Piqueras, José Antonio. “El dilema de Robinson y las tribulaciones de los historiadores sociales”. HistoriaSocial, No. 60, Valencia, 2008
  • Spiegel, Gabrielle “La historia de la práctica: nuevas tendencias en historia tras el giro lingüístico” [Ayer, No. 62, 2006 (2).
  • Swinburn, Daniel. “Eric Hobsbawm: la Historia es universal o no es”.Entrevista para el diario El Mercurio (Chile) (22-11-98) Sección Artes y  Letras.
  • Toews, John: “Review Article: Intellectual History after the Linguistic Turn: The Autonomy of Meaning and the Irreducibility of Experience”, American Historical Review, vol. 92, No. 4, octubre de 1987.
  • Vilar Pierre. “Historia social y filosofía de la historia” en Economía, Derecho, Historia. Conceptos y Realidades. Editorial Ariel, Barcelona, 1964.

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