Entrevista con la historiadora británica Jean Stubbs

Siguiendo la estela del profesor Hobsbawm

Paula Companioni • La Habana, Cuba

En el significativo año 1968, llegaba a Cuba una joven inglesa, formada al calor del movimiento estudiantil de los 60, que no se imaginaba su destino: pasaría 19 años estudiando la clase obrera a través de los tabacaleros cubanos y formaría una familia en esta Isla que le inquietaba, y que —estaba segura—quería recorrer.

Jean Stubbs es una historiadora británica especialista en estudios de América Latina y el Caribe que, como resultado de la investigación para su doctorado, escribió un libro que marca el estudio del movimiento obrero cubano, Tabaco en la periferia: el complejo agro-industrial cubano y su movimiento obrero, 1860-1959; luego, este texto la catapultó al mundo con el sobrenombre que marca su carrera: la Dama del Tabaco (The Tobacco Lady).

Stubbs imparte clases de Historia del Caribe y de América Latina en la Universidad de North London; es la autora del libro Cuba: The Test of Time (Latin America Bureau, 1989) y co-editora, junto con su compañero de vida, Pedro Pérez Sarduy, de AFROCUBA: An Anthology of Cuban Writing on Race, Politics and Culture (Melbourne/London, 1993); así como de Introduction for the anthology No Longer Invisible / Afro-Latin Americans Today (London 1995) y de Cuba: World Bibliographical Series, Clio Press (Oxford, England, 1996).

Pero, en su historia, hay un hecho que dondequiera que lo narre causa admiración: Jean fue alumna de Eric Hobsbawm, historiador marxista británico considerado un pensador clave en la historia del siglo XX —analizada en su famosa trilogía Las tres eras: La era de la Revolución: Europa 1789-1848 (1962), La era del Capital: 1848-1875 (1975) y La Era del Imperio: 1875-1914 (1987), a la cual, en 1994, se añade un texto clave para los estudios de historia contemporánea: Historia del siglo XX (The Age of Extremes, por su título en inglés).

¿Cómo surge el interés por estudiar la historia a través del movimiento de obreros tabacaleros?

El tabaco en sí, realmente, fue una sugerencia. Sí sabía que quería estudiar la clase obrera y que quería venir a Cuba. Al entrar en la oficina de Hobsbawm —en esa época, mi tutor— y explicarle lo que pretendía, él me dijo: “No hagas nada con los azucareros, porque ya hay trabajos acerca de ellos; pero, ¿por qué no hacer algo sobre esos tabacaleros latinoamericanos?”.

Provengo de una familia obrera con inquietudes, pero sin militancia de ningún tipo. Sin embargo, entré a la universidad en 1964, época en que había un gran movimiento estudiantil en auge. Por esos azares de la vida, la Universidad de Essex, donde matriculé, estaba a la delantera de todo ese movimiento. Para los 122 estudiantes que allí estábamos, la Revolución cubana y la muerte del Ché eran los hitos del momento. Cuando terminé la licenciatura, sentía interés por Cuba; por eso, dije que si decidía hacer un doctorado iba para Cuba a desarrollarlo, y mataba dos pájaros con un tiro: lo académico y lo político. Y así es como llegué en el 68.

¿Qué marcas dejó Hobsbawm en su obra como historiadora?

Durante los estudios de pregrado, empecé a leer y di un curso de historia obrera y otro curso sobre América Latina. Entre los textos que debíamos leer, estaban Los rebeldes primitivos y el que aquí se publicó como Las Revoluciones Burguesas. Ambos libros me fascinaron, porque yo provenía de una familia que no tenía que ver con la educación universitaria ni mucho menos. Sus obras me ayudaban a comprender cómo estaba conformada mi sociedad, cómo yo me ubicaba en esa sociedad, y cómo mi sociedad y mi país se ubicaban en el mundo.

En la escuela me había alejado de la Historia como asignatura porque no me interesaba. Eran historias de reyes que no me decían nada; pero entré en una universidad nueva que estaba introduciendo en ese momento el estudio de las Ciencias Sociales —tampoco sabía lo que eran las Ciencias Sociales—.

A veces, reflexiono sobre ese periodo de mi vida y pienso: “¿Cómo fui tan atrevida?”. Pero en el momento en que leía esas obras me decía que yo quería hacer algo como eso.

¿Y se decide, entonces, por Hobsbawm como tutor de ese doctorado?

En mi época como alumna suya, la universidad donde él estaba —otro colegio— se preocupaba porque el número de estudiantes que tenía inscritos en su clase era inmenso —además de la docencia que él tenía en pregrado—, en comparación con los que tenían otros profesores. Formábamos un grupo de 25 que, para un programa de doctorado, es algo fuerte; pero él lo aceptó. Así lo escogí y tuve la dicha de que él me escogiera de vuelta.

¿Cómo fue acogido Hobsbawm, un historiador que se refirió a la Revolución Bolchevique como “una esperanza para el mundo”, por la academia británica?

Hobsbawm se encontraba en Berlín en el momento en que los nazis irrumpen en el poder, por lo que él mismo señalaba que tuvo dos opciones: aliarse al fascismo o al comunismo. El comunismo representaba una justicia social en el mundo, y para él que provenía de una familia judía. Pero con el paso de los años varios acontecimientos lo alejaron, como a otros historiadores, del campo socialista.

Dos momentos muy fuertes fueron la invasión a Hungría y la invasión a Checoslovaquia por las tropas de la Unión Soviética. El grupo de historiadores marxistas que se reunieron alrededor del Partido Comunista, salió en su mayor parte del Partido Comunista Británico. Él se quedó, pero no con una militancia política activa. Mantenía sus ideales, pero no volvió a salir al ámbito público como una figura intelectual de la organización comunista.

A consecuencia de esto, fue marginado en la academia y rechazado entre los historiadores por sus principios comunistas. Sufrió tanto como lo mucho que hoy en día se reconoce su obra entre la derecha y entre la izquierda.

¿Cómo sigue la “estela” de Eric Hobsbawm?

Si bien tengo en mi obra “el espectro del tabaco” —que me ha seguido—, también tengo el espectro de Eric Hobsbawm. Dondequiera que diga que fui su alumna hay mucha admiración, todos preguntan cómo fue.

Solo di un curso con él, y el resto de nuestra relación transcurrió durante su asesoría para mi doctorado; pero ese curso marcó mi vida. Recuerdo entrar en la primera conferencia y aquel día quedarme maravillada. Tenía un don para dar las conferencias explicando y añadiéndole toques de humor.

Él daba las clases sin notas, parado, caminando y conversando mucho; lo cual las hacía muy amenas. Tenía el don de la palabra oral, no solamente el de la palabra escrita. Y tenía el don de explicar la complejidad de lo que había pasado y la complejidad de lo que vendría después.

Recuerdo una conferencia que dio acerca de la Revolución Rusa y un comentario que hizo al final. Dijo —aunque no recuerdo las palabras exactas—que “la gran tragedia de la Revolución Rusa es que se quedó sin la base que peleó para ella”. Eso me ayudó muchos años después para entender qué estaba pasando en el mundo.

¿Y cómo era el tutor?

Ya no teníamos clases, sino que almorzábamos o tomábamos un café. Cuando entraba en su oficina me sentaba y él me hacía unas preguntas acerca de lo que con anterioridad le había entregado escrito. Eran unas preguntas que, realmente, no entendía por qué las hacía. Comprendía las palabras, lo que me estaba diciendo; pero me decía a mí misma: “¿Y eso qué tiene que ver con el capítulo que yo escribí?”. Salía de su oficina y a veces me pasaba semanas intentando razonar y pensar para luego hacer la conexión.

Me enseñó que un buen tutor es quien formula las preguntas que te hacen considerar lo que nunca se te ocurriría pensar acerca de tu tesis. Eso es lo que más llevé de él, además de todos sus criterios frente a la historia y frente a la temática que yo estaba trabajando. No era especialista en la materia, por lo que no quería imponerme sus criterios, sino que pretendía convertirme en una especialista.

Hobsbawm fue un historiador de izquierda que estudió y defendió muchos de los movimientos sociales del siglo XX, ¿qué criterios tenía acerca de la izquierda del siglo XXI latinoamericano?

Asistí a un seminario titulado “What’s left of the left” (“Lo que queda de la Izquierda”) que recogía una serie de estudios sobre América Latina. En este encuentro, Hobsbawm fue muy negativo con lo que en aquel momento —finales del siglo XX— eran los nuevos movimientos sociales. No los tomaba en cuenta en su análisis, que era sobre los partidos políticos de izquierda.

En aquel debate, fui la primera que hice la pregunta: “Bueno, pero ¿cómo no tiene en cuenta todos estos movimientos sociales?”. Su respuesta fue: “Sí son importantes, pero no van a cambiar el mundo”. Su argumento era que si no se aglutinaban como fuerza política para tomar el poder, no lograrían todas las conciliaciones que necesitaban.

Ahora bien, él como historiador, también evolucionó en sus análisis y sus apreciaciones políticas. Lo interesante para mí sería hacerle la pregunta ahora que ha pasado tanto tiempo.

Es que él, a pesar de la gran aceptación que tiene en América Latina, no estudió tan profundamente sus procesos sociales. Trabajó Perú, Colombia, México; pero, en el fondo, no era especialista en América Latina. Sin embargo, es llamativo cómo ayuda a estudiar la envergadura de los distintos cambios de Europa en el futuro político de América Latina.

¿Cree entonces pertinente que estos nuevos procesos sociales que se están viviendo en América Latina tomen su obra como herramienta de análisis de su sociedad?

Hay muchas vertientes del trabajo de Hobsbawm. Una de las obras que durante este coloquio se ha citado, Los rebeldes primitivos, hace referencia a América Latina y la naturaleza de sus procesos sociales. Él tiene, además, trabajos que desde la teoría del bandolerismo realizan un análisis agudo de los movimientos de resistencia y protesta social de “los de abajo”. Ahora, estudiar y entender eso, tiene validez para aceptar desde dónde se va a cambiar la estructura de la sociedad.

Él era un hombre netamente del siglo XX, que posiblemente pensaba que el modelo de gobernabilidad estrella era el de varios partidos políticos que compiten para el poder. Lo dice en una de las últimas entrevistas que ofreció, donde celebró el carácter democrático y liberal de la sociedad burguesa. O sea, él era un hombre del Iluminismo, que celebraba esos valores del siglo XIX.

Mucho se ha hablado del libro del siglo XX, porque es la historia contemporánea de base; pero mucho de su pensar estudiaba cómo se levantó esa gran burguesía y qué aspectos de esa burguesía teníamos que tomar.

El problema fundamental de su análisis del siglo XX es que descubre cómo se toman todos esos valores de la sociedad burguesa del XIX y los desploman. Por eso, hay pesimismo en todo análisis posterior de Hobsbawm.

¿Qué importancia le concede a que el primer coloquio internacional de homenaje a su figura se haga en Cuba?

Me tomó por sorpresa completamente. La invitación llegó a finales del año pasado y él falleció a principios de octubre, así que esta idea fue poco después de su muerte. No me di cuenta hasta hablar con un colega aquí que era el primer evento de homenaje.

Entonces me quedé pensando: “¡Wao! ¿Qué pretenden hacer con el evento?”. Conociendo lo que conozco de Cuba y su coyuntura actual, las dificultades y carencias, creo que se intenta interpretar este mundo y lograr un intercambio entre los jóvenes y nosotros los viejos. Me ha llamado la atención el que haya interés en acercase a una figura que, si bien está dentro de la historiografía marxista, es de un marxismo muy amplio, y un marxismo que se ha cuestionado a sí mismo y sobre todo al Socialismo Real y a las tradiciones políticas.

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