Espadero: nuestro romántico
por excelencia

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

El virtuoso pianista y compositor Nicolás Ruiz Espadero (La Habana, 1832-1890) es considerado nuestro Romántico por Excelencia. De él escribió José Martí en 1891: “Era arpa magnífica, que en la fiereza del silencio, entona un himno fúnebre a todo lo que muere: ¡saluda con alborozo de aurora a lo que nace: recoge en acordes estridentes los gritos de la tierra, cuando triunfa la tempestad y viene la luz del rayo!”.

Imagen: La Jiribilla

Según Alejo Carpentier, fue el compositor cubano más famoso de su tiempo, (…) “el único que, sin haber viajado, era aplaudido y editado en el extranjero; el único que, para sus contemporáneos habaneros, podía compararse con los grandes maestros del momento”.

No obstante, Nicolás Ruiz Espadero es un olvidado de la musicología cubana, incluso —como reconocen algunos— su figura se ha desvirtuado por desconocimiento o subvaloración, aunque en los últimos tiempos se han dado pasos en firme para contribuir a su imprescindible rescate, en especial, gracias a las investigaciones del pianista Cecilio Tieles en cuanto a la verdadera dimensión del artista, quien —al decir del prestigioso músico Juan Piñera— jamás vivió a espaldas de su realidad cultural y del nacimiento de un nacionalismo.

Instrumentista dotado de un talento poco común, Espadero —como se le llamó— realizó estudios con su madre, pianista gaditana de relieve local, y con otros profesores, siempre en su casa, pues aquel joven silencioso y taciturno jamás asistió a la escuela ni manifestó interés alguno por tener amigos de su edad.

Su vida fue a puertas cerradas, con escaso contacto con el exterior. Consagrado el adolescente en cuerpo y alma a la música, lo suyo fue la soledad. Bajo la firme vigilancia de la madre, alejado de tertulias y reuniones, recibió en el hogar una indisciplinada enseñanza, enriquecida por lecturas desordenadas.

Tenía poco más de 20 años cuando salió de su encierro voluntario —aunque indestructible fue su timidez— al conocer al “novelesco compositor de Luisiana”, Luis Moreau Gottchalk, quien al pasar por la calle —cuenta Carpentier— fue atraído por el excelente sonido que el cubano sacaba del teclado. Este encuentro fue muy oportuno para el retraído Espadero, cuya obra, por encargo del ya famoso compositor fue editada y divulgada en Francia y en España.

Asimismo, cuando en 1861, Gottchalk estrenó en el Teatro Tacón su estrafalaria sinfonía Una noche en el trópico —suplantando la inexistente orquesta por nada menos que 40 pianos—, junto con Saumell, Cervantes, Laureano Fuentes y cuantos más ejecutantes se pudieron reclutar, se encontraba también —todo un suceso— el retraído Espadero, quien, por cierto, vivió siempre en la calle Cuba.

Su labor como profesor tuvo enorme trascendencia, como reconoció el maestro José Ardévol. Entre sus discípulos predilectos se distinguen Cecilia Arizti, seguidora en cierta medida de la tendencia romántica de su maestro; Angelina Sicouret, valiosa concertista; e Ignacio Cervantes, reconocido por muchos como el músico cubano más importante del siglo XIX, y quien “llevará la danza cubana al máximo de sus posibilidades compositivas”.

Espadero, nuestro Romántico por excelencia, murió a causa de quemaduras recibidas de forma casual a los 58 años, cuando aún se encontraba en una interesante etapa creativa dentro de su línea de composición.

Escribió más de 50 obras para piano, violín y piano, y de cámara. De las más famosas: “Lamento del poeta”, “Canto del alma” y “La caída de las hojas”. Destacan especialmente su “Canto del guajiro” y “Canto del esclavo”, en las que incluye elementos sonoros de clara identidad cubana.

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