Las cajas

Esther Díaz Llanillo • La Habana, Cuba

Llevaba tiempo trabajando en aquellos expedientes, tenía que terminarlos esa noche, pues en la mañana los vendrían a recoger. “Con toda seguridad —pensó—, los niños estarán dormidos a esta hora”. Los había dejado solos en la casa por primera vez. Estaba preocupada. Recostó la cabeza sobre el escritorio para descansar, la revisión de aquellos papeles la había extenuado. Fue en ese instante cuando divisó las cajas, cuatro en total; estaban frente a ella, flotando sobre la mesa sin posarse; eran largas y rectangulares, como las que contienen zapatos y muñecas. No sintió extrañeza al verlas, tampoco sabía si estaba despierta o dormida. Extendió el brazo, tomó una y la abrió...

Se vio a sí misma caminando por un estrecho sendero, al final la esperaban sus padres, sostenían en las manos algo que la atemorizaba. Sonrientes, le ofrecían el obsequio que no podía rehusar: eran ramos de mariposas, le atraía su penetrante olor. Mientras más avanzaba hacia ellos, más se  alejaban; ella daba un paso adelante en su intento por alcanzarlos, y ellos, inexorablemente, uno atrás. Las flores poco a poco se fueron marchitando. Cuando sus manitas de niña lograron tocar los desflecados tallos, tras ellos ya no quedaba nadie...

Se encontró de pronto en la oficina y frente a ella aún flotaban tres cajas. De manera mecánica extendió las manos y pudo coger dos...

Empujó la puerta de su casa. Desde el interior la asaltaron objetos como sombras en medio de una tenue luminiscencia. Los muebles proyectaban sus oscuras siluetas contra las paredes. Entró y depositó una de las cajas sobre el sofá al tiempo que la sobresaltaba la blancura fantasmal de las cortinas que tapiaban las ventanas. Un aroma familiar la envolvió dulcemente, y divisó el contorno del marco donde solía estar la imagen de sus padres, ahora vacío de recuerdos.    

Al fondo se abría el hueco del pasillo interior que conducía a los dormitorios. Avanzó hacia él, penetrando en la tiniebla ambiental, asegurándose de no chocar con los obstáculos, aunque conocía la casa de memoria. Se introdujo en su túnel como quien teme ser sorprendida por algo inesperado. A tientas se apoyó en las paredes y abrió la puerta del primer cuarto sin prisa, para no despertar al niño. Bajo el resplandor de la lámpara de noche se atrevió a mirarlo: dormía sobre el blanco lecho; la cabeza, hundida en la almohada, parecía estar separada del tronco, como si la hubieran cercenado en el momento de mayor beatitud; la boca sonreía levemente mientras los ojos permanecían cerrados. El cuerpo se movió recuperando su apariencia real y ella, aterrorizada de su propio espejismo, abandonó la habitación. 

Continuó su incierta marcha en medio de las sombras hasta alcanzar la otra puerta, la abrió con cuidado. Una imagen la asaltó de golpe: la niña estaba crucificada contra la pared. Desesperada, se aproximó al cuerpo exánime y lo tocó. Súbitamente este desapareció mientras sobre las sábanas empezó a dibujarse su rubia cabellera bajo el resplandor de la ventana.

Terminó de recorrer toda la casa. Las habitaciones no le ofrecían más que la inquietud de un orden impecable, vacío de existencia...

Apartó los papeles que cubrían la mesa, e intentó tomar, a pesar de sí misma y de la pesantez de su cuerpo, la última caja que se balanceaba despacio, sin darle mucha tregua para llegar. Pronto amanecería, pero aún había tiempo. Se incorporó para extender su alcance y la atrapó...

Miró alrededor: allí no había niños, ni padres, ni casa, ni oficina, tan solo una intensa oscuridad y un penetrante olor a flores. El espacio no era muy amplio pero ella estaba cómoda. No tenía a dónde ir ni en qué pensar más que en sí misma. Trató de ocupar su mente en algo, pero era inútil. Entonces decidió dormir, y soñó que estaba dentro de una caja —¿de zapatos... de muñecas?—. Sobre la tapa descansaba un inalcanzable ramo de mariposas cuyo perfume la embriagaba, y era todo tan grato y apacible que decidió soñarse para siempre...

Estaba amaneciendo. Abrió los ojos y levantó la cabeza. Debía entregar el trabajo y empezó a organizarlo con urgencia. Una hora después vinieron a recogerlo y ella quedó libre, pero estaba agotada.

Se dirigió a su casa, abrió la puerta y corrió hacia los cuartos con el fin de llamar a los niños: tenían que ir a la escuela. Un leve aroma lo invadía todo, mas ellos no lo notaron en medio de la premura del desayuno. Se disponían a salir cuando, al pasar por la sala, percibieron aquel misterioso objeto en el sofá.

—¡Oh, mamá, anoche nos trajiste un regalo!

Les respondió que ella no había estado allí.

—Sí, te sentimos caminar por la casa. ¡Mira, pesa, tiene algo dentro! (Él pensó en unos tenis; la niña, en una muñeca.)

Entonces ella percibió el perfume dulzón de las mariposas y recordó...

—No la abran!

Pero ya era tarde.

 

Cuento incluido en el libro El vendedor de cabezas.

Comentarios

Me encantaría leer otros cuentos de Esther Díaz Llanillo. Me ha dejado con ganas de más.

Lo he leído de un tirón, volviendo sobre mis pasos para no perder detalles. Es muy bueno el cuento. Felicidades a su autor y GRACIAS a la jiribilla por dedicarle este espacio.

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