12 Muestra Joven del ICAIC

Para lidiar con el imprescindible relevo

Joel del Río • La Habana, Cuba

El complejo panorama audiovisual cubano se sostiene, en buena parte, con la labor de decenas de egresados, en los diversos oficios del cine, procedentes de la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisuales (FAMCA) y de la Escuela Internacional de Cine y TV (EICTV). Y por más que esa contribución se incentive año tras año, más de un crítico, periodista o estudioso se empeña en desconocer el impacto y trascendencia de algunas de estas obras hechas por jóvenes, y prefieren atender a las profesionales, realizadas por los consagrados.

En la edición número 12 de la Muestra Joven del ICAIC —ojalá continúe por muchos años demostrando la capacidad de esa institución para renovarse y lidiar con el imprescindible relevo— concursan varios estudiantes y egresados de la EICTV entre los cuales pudiera mencionarse a Marcel Beltrán (digna guerra), Damian Saínz (El receso), Armando Capó (La certeza), Yanelvis González (codirigió Afuera con Vanessa Portieles), Alejandro Arango (Felicidades Fulana en tu día), Diana Montero (Él eres tú) y Jorge de León (Felicidad)… y como la relación es larga, y tal vez sea preciso hablar de estas obras solo cuando encuentren a un público más numeroso, quisimos hablar por ahora solo de dos obras en el concurso de ficción, un corto, y un largo, Oslo y Melaza, dirigidas respectivamente por Luis Ernesto Doñas, quien se gradúa este año en la especialidad de dirección, y Carlos Lechuga, egresado hace un lustro, y con un aval atendible como guionista y realizador.

Imagen: La Jiribilla
Melaza

 

Desde El mago de Oz hasta Stalker —con las muchas bifurcaciones estéticas y narrativas que existen entre uno y otro caminos— se ha marcado una tradición audiovisual cercana al anhelo de ciertos personajes por emprender un viaje a otro mundo, idealizado y quizá mejor que este. A medias entre el cuento de hadas timburtoniano y cierto trascendentalismo inherente a los relatos que metaforizan el viaje final que a todos nos espera, Oslo describe, con mínimos y expresivos recursos de actuación y dirección de arte, a través de un guion alusivo, que se mueve cómodo en su registro cuasi surrealista, el obstinado deseo de una anciana por emprender ese viaje y además, se pone en pantalla, con extrema delicadeza, el designio cumplido. Oslo constituye un singular empeño de un equipo de jóvenes creadores, en medio de un contexto audiovisual poco propenso a tales elucubraciones.

También se desmarca abiertamente de la pertinaz tradición del cine cubano, siempre oscilante entre lo trágico-melodramático y lo humorístico “con pulla”,  Melaza, distanciada de propósitos expeditos como provocar la risa a ultranza, o de recargar el impotente pesimismo de un espectador atribulado. De modo que el auditorio, seguramente numeroso, se verá obligado a vencer el reto de recolocarse, cada 15 o 20 minutos, respecto al tratamiento, ligero o consternado, que adoptan tanto la narración como la puesta en escena. Así, la mayor reserva ante el filme brota de una construcción a ratos fragmentaria, concebida en episodios o sketches cuya sucesión ocurre de manera brusca o discontinua, sin terminar de integrarse a una línea anecdótica dedicada a describir las pruebas, o retos, que enfrenta una pareja de jóvenes industriosos, agraciados, inconformes y muy tensos con la abulia y el estancamiento que domina el batey donde viven.

Al igual que el reconocido documental deMoler —tal vez con mayor evidencia en cuanto a la búsqueda de la gracia y la belleza “bajo presión”— Melaza examina los modos de supervivencia de los miles, tal vez millones de cubanos, que asistieron a la suspensión de la industria azucarera, divisa económica, política y cultural de la nación a lo largo de, por lo menos, un par de siglos. La desorientación y penuria consiguiente, la carencia de caminos por donde avanzar, y la inexistencia de estrategias para entrenar las piernas en otros senderos que permitieran avizorar la clásica luz al final del túnel, constituyen temas que enriquecen el universo dramático del filme, por más que se perciba, en términos generales, una cierta desactualización en cuanto a la ilustración de un panorama social y moral cuyos detalles parecen referirse más bien al principio de los años 90 que al presente.

Cercana entonces a producciones como Boleto al paraíso o Penumbras —que, por cierto, cuenta con guion de Carlos Lechuga—, o al cine “noventero” de Fernando Pérez (Madagascar, La vida es silbar), Melaza porta la más vívida representación de aquello que algunos llamaron “crisis de valores”, y descubre la esencia infamante y reductora de toda miseria material. La ética de quienes viven ofuscados por la duda sobre lo que pasará con sus vidas la semana, el mes o el año siguiente, no puede ser la misma que la moral puesta en práctica por quienes viven despreocupados y seguros de su mañana.

En su anterior cortometraje, Los bañistas (2010), premiado con un Coral en La Habana y con el Hugo de Plata, en Chicago, Lechuga describía el itinerario de un entrenador de natación y sus pupilos quienes se rebelaban a la contingencia de la piscina vacía y al destartale generalizado. Melaza construye, a través de su quizá demasiado cuidada y paisajística fotografía, la elegía tanto a los aciertos como a los errores de Mónica (