Entrevista con Lyvan Verdecia,
mejor graduado del año de la Escuela Cubana de Ballet

Acteón (cazador) para el futuro

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba

Detrás del telón hay un mundo fascinante. Las maestras dan las últimas instrucciones: “Recuerda que la salida es ahora por el otro lado”; “Y tú, empuja el techo con ese giro, así”. Cuando Lyvan Esteban Verdecia apareció, nadie hubiera dicho que este año fue el mejor graduado de la Escuela Nacional de Ballet. El pantalón oscuro, la chaqueta negra de cuero y un pequeño arete lo acercan más a un Lenny Kravitz que a un Don Quijote. Presentaciones, “mucho gusto; me cambio, enseguida regreso”… y, una hora antes de la función, esta vez dedicada a la recientemente fallecida profesora Mirta Hermida, Lyvan se dispone a responderme algunas preguntas.

Imagen: La Jiribilla

Es de esas personas que uno ya casi no se encuentra, de una bondad añeja y una voluntad que sorprendería al más crédulo. Cada día llegaba a la escuela a las siete de la mañana, porque su clase de ballet era lo que salvaba el día: lo que no saliera bien allí, se reflejaba en todo lo demás. Suele anotar en una libreta sus sueños, convirtiéndolos de ese modo en metas concretas. Siempre anda concentrado en no salirse del camino propuesto. Dice que es como construir un edificio en cada presentación o concurso, en la escuela y en los ensayos: primero los cimientos, luego un piso y luego otro…

“Nunca pensé estar en estos momentos en el ballet. Siempre me gustó la danza, pero no sabía lo que era el ballet. Tengo un primo que es bailarín de Danza Contemporánea de Cuba y desde muy pequeño estoy dentro de los teatros, viéndolo bailar. Fue él quien me presentó ese arte en particular, uno de los más completos, porque te prepara física y técnicamente”, explica él.

Empezó con nueve años en la escuela, en Calle L, esquina 19, y supo que tenía que luchar: “Ni a mí ni a mi familia nos gustaba el ballet. No estaba en nuestra cultura. Cuando les dije a mis padres que quería hacerlo, que iba a ser como mi primo pero en otra modalidad, y que quería esforzarme, no estuvieron muy de acuerdo al principio. Pero luego vieron que yo estaba empeñado y que podía lograrlo. Me ayudaron en todo, y la cultura del ballet entró a mi familia. Se han embriagado de ballet junto conmigo: cada vez que bailo, están ahí; si llevo un video de alguna compañía, lo vemos juntos; me hacen preguntas sobre aspectos que no entienden y, sobre todo, han estado siempre para mí”.

El primer año de Lyvan en el nivel medio, en la Escuela Superior de Arte (ENA), fue difícil por lo nuevo. Cuenta que “veía a los muchachos mayores haciendo grandes saltos y piruetas, y de cierta forma me sentía pequeño, un poco verde. Fue un cambio muy brusco, me tenía que enfrentar a estudiantes que ya estaban bien pulidos y a nuevos maestros, y sentía que estaba empezando de cero”.

 “En mis logros también han sido muy importante mis maestros. En los momentos más difíciles, cuando hay lesiones de por medio, ellos han estado allí. Recuerdo a maestras como Moraima Rodríguez y Liliana Raquel Agüero, ambas de nivel elemental; también mi maestra Mirta Hermida, que ya no está entre nosotros, pero me enseñó y me pulió. Y está Marta Iris Fernández, que me ha dado el fogueo para bailar con fuerza. He tratado de dar todo de mí”.

Ya en el segundo curso, con solo 12 años, fue escogido para bailar Tocororo, una coreografía que trata sobre la vida de Carlos Acosta. “Tal vez fui escogido por el físico, porque me parezco un poco a él —dice—, pero esa fue mi primera presentación en un teatro, y la primera vez que salí del país con mi arte: nos presentamos en Inglaterra y Turquía. También fue la primera vez que me enfrenté a un público diferente. Cuando me vi bailando con una figura tan importante del ballet cubano como Carlos Acosta, me dije que sí podía alcanzar los resultados que yo quisiera, como ser el mejor graduado en mi año”.

Imagen: La Jiribilla

Lyvan Esteban Verdecia sabe que le debe mucho a su sistema de enseñanza, pero también es consciente de su propio esfuerzo y de las actitudes que hicieron su camino más claro. Se explica: “El bailarín, tanto la mujer como el hombre, deben tener una bonita figura, buen tamaño, bonitos pies, porque esa es la estética de nuestra danza. Pero yo sé que no tengo el prototipo idóneo, que no tengo la figura ideal. Y esto lo digo no solo para mí, sino también para otras personas a las que la naturaleza no ha dotado de esa manera: trabajando se pueden tener buenos resultados. No soy muy alto, por ejemplo, pero puedo lograr, con ejercicio y entrenamiento, crecer al menos tres centímetros más”.

 “Muchos dicen que los bailarines de ballet no somos hombres de verdad. Y al principio los prejuicios siempre están ahí. Me decían: ‘¿Ballet?, tú estás embarcado’. Pero nunca me he guiado por esas cuestiones. Sé que en el ballet los movimientos hay que hacerlos con suavidad, y quizá esa sea la causa fundamental de que las personas nos juzguen de ese modo. Porque el ballet es suave y delicado. Pero yo prefiero concentrarme en lo que quiero, eso me da más fuerza. Y, por otra parte, mis amigos han sido buenísimos en ese sentido. Soy de Luyanó, y desde que empecé a obtener ciertos logros siento que mis amigos me siguen, me celebran. Incluso, algunos han venido a verme bailar. Es como una manera de sentir el barrio representado de otra forma”.

En el momento en que se enfrentó al pas de deux de Diana y Acteón, el cual representó en Italia, este se convirtió en su favorito. Le parece que “está entre los mejores y que lo han hecho grandes bailarines en el mundo. Es un pas de deux que va conmigo, con mis características, por la fuerza, por la masculinidad, por las cargadas espectaculares. Se trata de un hombre que sale a cazar, y yo me siento como él, como una persona que sale a darlo todo para conseguir sus sueños”.

El ballet es casi una carrera de obstáculos. Una vez dentro de ese mundo, todo cambia. Es quizá el precio de hacer algo que se ama. Para Lyvan, ese precio está relacionado con el béisbol: “Ya no puedes jugar en la calle con los amigos, porque hay que cuidarse de las lesiones, además cuando llegas a la casa tienes que practicar lo que no salió en el día y prepararte para la jornada del día siguiente. Mis padres también me lo han dicho: ‘Hoy no pasó nada, pero mañana puede suceder’. Y renunciar a eso era más difícil cuando era niño, pero después uno madura y se hace responsable de lo que quiere”.

“La dieta —continúa hablando de renuncias— es otro cambio muy importante. Ya no puedes comer de la misma manera, hay que limitar las chucherías que a todos les gustan tanto. Y eso que mi organismo es muy agradecido, porque yo como bastante y no engordo. Aunque, claro, los ejercicios ayudan a mantenerse en forma. Si como un pan o un refresco de gas, trato de sudarlo todo en los ensayos”.

Este muchacho habla de la escuela cubana, y lo hace con agradecimiento y con orgullo. Sabe muy bien sus características, lo que define una tradición de danza que ya es también suya.

“Es la forma de bailar. Gracias a Fernando y Alicia hemos tratado de tener un estilo diferente. Somos algo mixto, porque tenemos de la escuela francesa, de la inglesa, y otras. Pero a los hombres nos hacen virtuosos los saltos, la vitalidad, la fuerza, los giros, lo que nos distingue entre muchas escuelas del mundo —está el passe, entre otros movimientos—. Eso de dar seis y siete piruetas en el aire no se ve en otros lugares del mundo, y gusta mucho también. Es el virtuosismo de los saltos, que intentamos que sean complejos”.

Imagen: La Jiribilla

Una de sus metas fundamentales era graduarse. Ahora comienza en el Ballet Nacional de Cuba, “de cero”, dice: “Ya me siento más adulto. Intentaré que los maestros me vuelvan a conocer, destacar por mis características, construir un nuevo edificio y tratar de no sentir que ya logré todo. Quiero ser un buen bailarín —me gustaría ser como Acosta, como Carreño—. Es eso lo que haré en el Ballet Nacional: prepararme, escuchar a mis maestras, nutrirme de la tradición, porque ya estoy en una de las mejores compañías del mundo”.

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