Manuel Pérez: elogio de la complejidad

Víctor Casaus • La Habana, Cuba

Escribí el título que aparece aquí arriba y me sumergí en los textos y notas que he reunido hoy muy rápidamente para preparar estas palabras urgentes. Al momento descubro que me estoy sumergiendo también en algunos otros territorios queridos y necesarios, como la memoria, la amistad, el compromiso y la consecuencia personal y colectiva.

El título, además, es una deuda íntima, porque pensé —e incluso anuncié en su momento a Manolito Pérez— que iba a escribir con ese nombre una reseña sobre su película Páginas del diario de Mauricio. La reseña nunca se escribió pero esta invitación de hoy me permite decirlo en el centro de este elogio que estamos compartiendo y regalando a este fundador del cine cubano que tanto admiramos y queremos.

Me ha alegrado mucho la justicia justiciera de este Premio Nacional de Cine que hoy recibe Manolo. Sobre todo porque en ese gesto y este acto confluyen las acciones, las aventuras y los riesgos de la fundación y de la historia del cine cubano. Esto es así porque la vida de este cineasta, activista, pensador y analista incansable pasa por esa historia dejando los importantes aportes por los que hoy recibe el Premio que merece.

Recorrer brevemente cualquiera de sus minibiografías que podemos encontrar en ese océano útil e inquietante de la Red nos confirma ese tránsito fecundo y sostenido. A partir de su militancia cultural y política anterior al triunfo revolucionario, ahí están su entrada al recién fundado ICAIC en 1959, su primera asistencia de dirección en el cuento La Batalla de Santa Clara, de Tomás Gutiérrez Alea dentro del largometraje Historias de la Revolución, su primer documental, Cinco picos, su paso por el Noticiero ICAIC Latinoamericano fundado por Alfredo Guevara y proyectado hacia el futuro por Santiago Álvarez, su opera prima El hombre de Maisinicú, ese clásico del cine cubano y latinoamericano, y los largometrajes que le seguirían cuya lista concluye, por el momento, con Las páginas del diario de Mauricio, a partir del cual iba a escribir y ahora escribo, de un pantallazo, este elogio de la complejidad.

La obra cinematográfica, el pensamiento y la acción práctica de Manolo Pérez son ejemplos de consecuencia y autenticidad, puestas al servicio de su compromiso a partir de una visión compleja —profunda, seria y arriesgada— de eso que llamamos, para entendernos, la realidad, pero que puede recibir también los nombres de historia con mayúsculas y minúsculas, transformación de la sociedad, cambios que se presentan como ineludibles, territorios en fin donde se mueve el bicho humano que somos —según el decir de Eduardo Galeano— en la búsqueda de caminos para el desarrollo de la felicidad y la felicidad del desarrollo en todos los campos que resulten necesarios los de la superviviencia material y los de la ética y la defensa de un modelo de conducta en el que prevalezcan la solidaridad sobre el egoísmo y el riesgo sobre el acomodamiento y la rutina.

Para subrayar ese elogio de la complejidad quiero citar ahora aquí brevemente estas reflexiones del autor referidas a sus dos largometrajes de ficción polares en el tiempo. El hombre de Maisinicú y Páginas del diario de Mauricio.

A Alberto Delgado, interpretado por Sergio Corrieri, no se le ve actuar jamás como revolucionario, siempre es contrarrevolucionario. Y lo es hasta la muerte, ya que no confiesa, ni en ese momento, su verdadera identidad. Me atraía la visión de una persona a quien no se le conoce nunca su verdadera personalidad, no se le ve recibir instrucciones de sus superiores ni expresar conflictos psicológicos en su quehacer, todo el tiempo está simulando (algo que resolvió muy bien Silvio con la letra de la canción-tema), Simulando ser un contrarrevolucionario.

Los altos resultados artísticos de este filme respaldan plenamente el camino y el método utilizados por su director para proponemos una visión épica y conmovedora de aquel acontecimiento a partir del ejercicio de la complejidad creadora, radicalmente alejada de los estereotipos tan comunes en obras audiovisuales (y literarias) que tratan de sustentar su validez artística a partir de las verdades ideológicas de sus personajes.

Sobre este tema siempre recuerdo aquella frase definitiva escrita por Pablo de la Torriente Brau en un artículo memorable: ... ni me interesa, ni creo en el "hombre perfecto". Para eso para encontrar eso que se llama "el hombre perfecto" basta con ir a ver una película del cine norteamericano.

La frase pudiera colocarse como exergo en las películas realizadas por Manolo Pérez, de manera especial en Páginas del diario de Mauricio, sobre la que comentó en una extensa e intensa entrevista:

'" es una experiencia de esos años duros, 1988-2000, que tiene que ver con mi generación y con lo que significa para la generación a la cual yo pertenezco el reajuste de cuentas con las ilusiones del proyecto social y el ajuste de cuentas a nivel familiar. No es que esté directamente asociada a mi vida personal, pero sí lo está en la medida en que amigos míos y yo mismo hemos vivido esa crisis más intima, más existencial, más relacionada con las interrogantes de por qué pasó lo que pasó y qué hacer, cómo tratar de mantenerse consecuente a esta altura de la vida".

Este Premio Nacional de Cine que está recibiendo hoy seguramente hace justicia a otras labores igualmente importantes que Manolo ha realizado a lo largo de estas décadas jubilosas o difíciles: siempre complejas.

Entre ellas pueden rescatarse rápidamente de la memoria colectiva del ICAIC y de la cultura cubana su vocación de de analista agudo, de líder de opinión y de activista laborioso dentro del panorama cinematográfico (y no solo cinematográfico) nacional y latinoamericano. Ahí están, para probarlo, su gestión como director de uno de los Grupos de Creación del ICAIC, entre 1988 y 1992, su condición de fundador del Comité de Cineastas de América Latina, constituido en Caracas en 1974 y su labor inteligente y sensible en el Consejo Directivo de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, desde su creación en 1986.

Manolo ha ofrecido generosamente su tiempo para estas tareas de análisis, estímulo y promoción del cine cubano y del movimiento cinematográfico latinoamericano. Eso puede documentarse fácilmente en enumeraciones como las del párrafo anterior pero serán siempre incompletas si no se acompañan de una acción imprescindible: valorar el sensible y generoso costado humano del asunto: la vehemencia (otra palabra clave, como sabemos, en Manolo) con que ha emprendido y realizado esas labores. En un intercambio de preguntas y respuestas con Ambrosio Fornet aparece este diálogo sobre el tema

Yo te haría ya una última pregunta, que es la siguiente: mirando tu propia vida desde la perspectiva actual, ¿hay algo de lo que te arrepientes en tu trayectoria, algo que hoy harías de otra manera? ¿O piensas que no, que nunca actuaste equivocadamente?

No, no. Seguramente que me he equivocado muchas veces. Pero, si tuviera que decirte algo para cerrar ya tengo setenta años, me dedicaré mucho más a los proyectos personales que a los proyectos globales. Es decir, me preocuparé más por mis posibilidades como creador, en el orden personal, y que sean los más jóvenes los que se encarguen de muchas cosas que asumí durante todos estos años de vida en la Revolución.

Entre esos temas mal llamados personales que menciona, pudiera situarse otra labor que Manolo ha desarrollado paralelamente a lo largo de los años y que en estos que vivimos probablemente alcanza una urgencia mayor: la de contribuir, de manera aún más sistemática y pública, con su inteligencia, su sagacidad y su compromiso, a la urgente tarea de pensar con cabeza propia los problemas de nuestro tiempo, como solicitaban, en el suyo, Pablo de la Torriente Brau y Raúl Roa, integrantes de aquella vanguardia formidable que aún puede dar mucha luz y mucho aliento, desde la memoria, a los imprescindibles análisis y las sensibles acciones que demandan los tiempos que vivimos

En una carta memorable de 1965 el Che escribía esta frase que no ha perdido su vigencia a pesar del paso del tiempo: "ya hemos hecho mucho, pero algún día tendremos también que pensar". A ese llamado de resonancias actuales ha contribuido la obra cinematográfica de Manolo Pérez, auténtica y honesta, comprometida y participante, sin hacer concesiones a modas pasajeras ni a ditirambos oportunos.

De ahí su trascendencia y su permanencia entre nosotros y la que tendrá en el futuro. De ahí la admiración que despierta la generosidad de su talento. De ahí este elogio de la complejidad con el que celebramos la obra de un fundador de sueños realizable.

 

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