The New York Times y Cuba

Alfredo Prieto • La Habana, Cuba

I

La relación del New York Times con Cuba tiene, como todo, su propia historia. En febrero de 1957, los tres reportajes de Hebert Matthews sobre la Sierra, publicados en su primera plana, y con una foto desde entonces histórica, constituyeron un duro golpe contra la propaganda oficial batistiana: había, en efecto, rebeldes luchando en las montañas y Fidel Castro no estaba ni muerto ni enterrado el 9 de diciembre de 1956. Y contribuyeron a socializar en los EE.UU. a la figura de Fidel como un joven líder jeffersoniano o una especie de Robin Hood en lucha contra las injusticias propias del Trópico, por oposición a halcones y guerreros fríos que desde temprano lo percibían como un comunista bajo el manto de Moscú. Incluso el actor Errol Flynn, ya en su fase de declive como estrella del firmamento, entró en el primer círculo como reportero y presentador de un interesantísimo documental (Cuban Story, de Victor Pahlen) durante mucho tiempo olvidado, pero valioso por testimoniar imágenes y sucesos trascendentales en la Cuba de 1959.

Después de que los barbudos tomaron el poder, de los juicios sumarios y fusilamientos a criminales de guerra, y de la deserción de Pedro Luis Díaz Lanz, el Times y otros órganos de la prensa liberal norteamericana experimentaron un cambio de perspectiva, visible entonces en la idea de “la revolución traicionada”, un código que llegaría para quedarse. También en los tempranos 60, los directivos del periódico, capitaneados por Arthur Hays Szulberger (1891-1968), decidieron finalmente publicar un despacho del periodista Tad Szulc, su principal experto en América Latina, según el cual en un campamento de Retalhuleu, Guatemala, había exiliados cubanos recibiendo entrenamiento militar con asesoría norteamericana, noticia sin embargo editada y ubicada en un lugar no demasiado relevante por una cuestión de seguridad nacional (la solicitud se las hizo por teléfono el propio presidente Kennedy, aunque en los bares de Miami constituyera un secreto a voces. Años después, Szulc declararía que su historia había sido “drásticamente censurada”).

Aunque un reciente estudio de W. Joseph Campbell (Getting it Wrong. Ten of the Most Misreported Stories in American Journalism, University of California Press, 2010) cuestiona el hecho por falta de evidencia y llega incluso a escrutar los récords de las llamadas telefónicas salidas de la Casa Blanca hacia el Times en abril de 1961, la anécdota ilustra de cualquier manera los nexos estructurales entre la prensa y el poder político previos a la época de los papeles del Pentágono —la administración Nixon llevó al Times a tribunales federales por publicar información clasificada sobre el involucramiento en Vietnam, y la Corte Suprema falló en su contra— y de la crisis de Watergate, cuando dos casi desconocidos baby boomers del Washington Post pusieron a la orden del día el periodismo de investigación en universidades y centros académicos al obturar la renuncia de un presidente más impopular y antipático que la propia guerra en el Sudeste asiático. Fue como el Himalaya de la expresión “el poder de la prensa”, hoy por cierto bastante disminuido.

Durante los años 70, los editoriales del Times —a diferencia de otros—, apoyaron la normalización de relaciones con Cuba en sintonía con el Congreso y con las administraciones Ford y Carter, un brevísimo momento de distensión que conduciría, entre otras cosas, a fundar secciones de intereses en las capitales respectivas e incluso a ciertas modificaciones en la política de embargo/bloqueo, desmontadas más tarde por la administración Reagan. “El paso del tiempo ha demostrado que la Cuba de Castro y los EE.UU. pueden coexistir pacíficamente. La hora de la reconciliación ha llegado”, habían editorializado en 1971. La prensa conservadora tradicional, por no mencionar los periodiquitos del exilio cubano, dentro y fuera de Miami, percibieron en esa postura una ratificación de lo mismo que ya habían dictaminado sobre el periódico a principios de los 60. La graficaban en una caricatura de Fidel sentado en medio de la Isla con una inscripción al pie: “I got my job through The New York Times (Obtuve mi trabajo mediante el New York Times).

Pero hacia mediados de esa propia década la presencia militar cubana en África condujo a un cambio de rumbo, o más bien a reforzar otra idea socializada antes y sobre todo después de la Crisis de los Misiles: Cuba como Soviet proxy o subrogante de la URSS en las Américas, una coincidencia total de cóncavo y convexo resultado de un consenso inter-elites como grabado en piedra hasta tanto los mapas cambiaron de color. Entonces el periódico, al calor de los sucesivos desmontajes del socialismo burocrático-stalinista en Europa de Este, activó una cobertura sobre Cuba marcada por una interrogante que los politólogos de aquellos días de tantos apagones bautizaron como “el efecto dominó”. ¿Socialismo en una isla? ¿Hasta cuándo? —eran las preguntas típicas por doquier, las mismas que llevarían al periodista argentino Andrés Oppenheimer, en The Miami Herald, a escribir las secuencias de Castro´s Final Hour: The Secret Story behind the Coming Downfall of Communist Cuba (Simon & Schuster, 1992), un ejercicio agorero tan precipitado como equivocado.

El Times, en efecto, entró en esa dinámica impuesta por la lógica, las expectativas y la política, y publicó sucesivos artículos de fondo, editoriales y op-eds correspondientemente identificados, tabulados y discutidos por algún que otro estudio académico norteamericano. Lo que estaba entonces sobre la mesa —y todavía lo está—  era cómo lidiar de la manera más conveniente con un régimen fracasado cuya naturaleza intrínsecamente perversa se tiene como un dato. La diversidad de la prensa del mainstream, cualquiera sea su signo, termina en este punto. Se trata de la clásica diferencia de métodos para lograr un objetivo idéntico; es decir, si optar por deshacerse del otro apretando las tuercas o si, por el contrario, auspiciar el contacto y/o desmantelar la política históricamente implementada por disfuncional, inefectiva y por no “servir los verdaderos intereses de los EE.UU.”. Este constituye el centro del debate político en lo referido a Cuba. Y el Times es, sin duda, un sostenido partidario de lo segundo. Este prisma —su posición editorial— informa/atraviesa de varias maneras casi toda su actividad cubana.

Más recientemente, ante los últimos cambios internos en Cuba —de la ampliación del trabajo por cuenta propia y las nuevas regulaciones migratorias al anunciado relevo generacional—, el gran diario de la Gran Manzana ha venido marcando sus diferencias con el poder ejecutivo instándolo a emprender nuevos pasos para lograr lo mismo: “Mr. Obama must go further and press Congress to lift the embargo”. Otros medios del establishment liberal del Este, como The Boston Globe —con mayor impacto de liberales a lo John Kerry en sus directivos y staff— y otros del Pacífico, como Los Angeles Times, han llegado más lejos y enfatizado la necesidad de revisar la inclusión de Cuba en la famosa lista negra de países promotores del terrorismo, un punto sensible para el lado cubano y otro obstáculo para las bilaterales, junto con los Cinco y Alan Gross.

Como colofón, casi a fines de 2011, el periódico protagonizó un sonado suceso, por lo atípico en esos predios: la publicación de un artículo sobre los cooperantes cubanos en Haití, golpeado y devastado por el terremoto, los huracanes y el cólera (Randal C. Archibold, “Cuba Takes Lead Role in Haiti’s Cholera Fight”, 8 de noviembre). El mensaje básico era este: la mitad de la cooperación internacional de las ONGs había levantado el vuelo de la media isla. Los únicos que no se habían ido eran los médicos cubanos, cuya efectividad para reducir los niveles de la pandemia estaba demostrada con estadísticas certificadas y, por tanto, fuera de toda duda. Hace muy poco esa noticia fue complementada por otra de similar signo, pero en un área distinta: la elección del transgénero José Agustín Hernández (Adela) como delegado/a del Poder Popular en la remota localidad de Caibarién (Victoria Burnett, “A Transgender Elected Official Reflects an Evolving Cuba”, 15 de marzo de 2013). Eso pasaba, escribían, “en un país que una vez vio la homosexualidad como una peligrosa aberración, y que en 1960 (sic) envió a los gays a campos de trabajo”.

La idea, y para nada subyacente, es el cambio —algo que el discurso oficial no suele mencionar/reconocer demasiado, excepto si significa desmontaje/desmantelamiento del sistema hasta hoy vigente.

 

II

No se trata, por descontado absoluto, de un órgano solidario, ni siquiera de uno que muestre su simpatía por el diablo, pero sus posicionamientos sobre la política hacia la Isla resultan objetivamente funcionales a ciertos objetivos estratégicos de la política cubana —en este caso, el levantamiento del embargo/bloqueo, que como se vio el periódico promueve por razones propias y distintas—. El propio Times dejó bien claro lo primero durante los años de la administración Carter: “las relaciones diplomáticas normales no deben confundirse, en todo caso, con el apoyo moral e incluso político al régimen de Castro”.

No habría por eso que considerar al New York Times un órgano equivocado, ni renunciar a escribir ni en ese ni en otros foros las pocas veces en que aparecen disponibles: la falta de voces de dentro de la Isla constituye, por definición, uno de los problemas más recurrentes al otro lado del Estrecho. Pero resulta imperativo hacerlo conociendo los códigos con que funcionan, lo cual solo puede lograrse mediante el estudio sistemático de la cultura norteamericana y, en este caso, del auditorio al que el Times se dirige, compuesto sobre todo por sectores de clase media/clase media alta que por razones específicas, entre ellas el lugar de Cuba en esa cultura y en sus propias vidas, no conocen o conocen de manera bastante insuficiente la realidad nacional, con las naturales excepciones de académicos, expertos y funcionarios del Departamento de Estado y otras agencias que lo toman como uno de los referentes —y muy importante— para medir el impacto/aceptación de sus políticas públicas, una de las funciones de la prensa en los EE.UU.

Visto desde ese ángulo, el anterior es el talón de Aquiles del op-ed[1] de Roberto Zurbano. Primero, porque se trata de un enfoque que pasa por alto información histórica y obvia nuevos desarrollos de la realidad nacional sobre un tema complicado, pero no tabú; segundo, porque homologa, de hecho, raza y clase, dos categorías sociológicas con áreas secantes, pero de naturaleza distinta; tercero, porque la palabra racismo, que se repite seis veces en el texto original, tiene una connotación muy pero muy fuerte en los EE.UU., toda vez que se asocia a cosas tales como segregación, leyes Jim Crow y linchamientos sureños. Y no se le contextualiza. Estas pocas líneas de opinión, vistas con extrañeza por sectores afro-americanos históricamente empáticos con el proceso revolucionario, a pesar de todos los problemas, caen porque los árboles no le dejaron ver el bosque, y porque hicieron de lo omiso el modo de ser de su materia.

Pero con este texto, Zurbano no ha roto lanzas, ni se ha movido de lugar a pesar de ese desafortunado título y del empleo de códigos tenidos como normales de un lado, pero no del otro (si se lo editaron y cambiaron sin su consentimiento, como es el caso, al autor le asistiría el derecho de pedirle una rectificación pública al Times presentando la correspondiente evidencia). De cualquier manera, finalizado el Clásico se colocó en la caja de bateo, pero nada más logró pellizcar la bola. Solo una exposición/discusión más matizada de su problemática, sumada al conocimiento de ese otro y de lo que tiene en la cabeza, podrían, en todo caso, sortear los perversos límites impuestos por toda síntesis. Y en ambas esferas el texto quedó por debajo de la línea de flotación.

En cuanto al Times, esta cabalgada en el tema racial, que no es en modo alguno uno de los núcleos duros de su cobertura cubana, pero no por azar colocada en los alrededores del Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial de la ONU, en conmemoración de la matanza de Shaperville, Sudáfrica, en el 21 de marzo de 1960, desdibuja bastante los parámetros de balance de los que se enorgullece su práctica profesional —el clásico middle of the road—, aun cuando en este caso se trate de opiniones estrictamente personales, acertadas o no más allá de la manipulación. Al final del día, como dicen por el Norte, uno puede escuchar desde su tumba australiana las palabras de Herbert Matthews (1900-1977), a quien varias veces se quiso utilizar como chivo expiatorio “por la pérdida de Cuba”: “En mis 30 años en The New York Times, escribió el viejo león acosado, “nunca he visto una gran historia tan mal entendida, tan mal manejada y tan mal interpretada como la Revolución cubana”.

La Habana, 7 de abril de 2013

 

Alfredo Prieto. Autor de La prensa norteamericana y la agenda interamericana y de El Otro en el espejo. Subdirector de Ediciones UNIÓN. Los criterios de este breve texto son resultado de mis investigaciones y opiniones estrictamente personales, y por consiguiente no comprometen en modo alguno a la institución donde trabajo.


[1] Op-ed. Abreviatura de “opuesto a la página editorial” (opposite to editorial page). Procedimiento utilizado por la prensa norteamericana contemporánea, consistente en publicar la opinión sobre un tema específico de un escritor/autor no perteneciente al editorial board del periódico en cuestión. Se considera que su creador fue Herbert Bayard Swope, editor del New York Evening Post, en 1921. Pero HBS incluía solamente opiniones de los empleados de su periódico. En rigor esa práctica, tal como se le utiliza hoy, la introdujo en The New York Times, en 1970,  Harrison Salisbury, por entonces assistant managing editor del periódico.

 

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