Sara Montiel en La Habana

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Sucedió en 1958 y, como se dice, a la tercera fue la vencida. Porque María Antonia Abad Fernández, esa criatura nacida en un villorrio polvoriento cercano a Ciudad Real el 10 de marzo de 1938, ya había probado armas en la capital cubana un par de veces, pero la coronación como Sara Montiel, o Sarita, o Saritísima, le llegó en aquella temporada de finales de los 50, mientras la Isla ardía de punta cabo con aires de Revolución y la industria del espectáculo trató de hacer la vista gorda y aparentar que no pasaba nada, que las cosas seguían como antes, que La Habana era un paraíso encantado, aunque nadie se atreviera a salir de ella para revivir un romance en el palmar.

Imagen: La Jiribilla

Tenía entonces 30 años e imponía a los ojos de los hombres la imagen de la sensualidad abrasadora, con aquellos labios pulposos, el busto generoso y la mirada anhelante. Cuando descendió de la escalerilla del avión que la trajo de México, intuía el triunfo más absoluto, el mismo que se le tornaba esquivo en EE.UU., muy a pesar de la reciente apuesta de Hollywood y de la chismografía que rodeó sus salidas con Gary Cooper, con quien compartió cartel en el mítico western Veracruz (1954).

Allá en el Norte siempre sería segundona y eso se lo hizo saber su primer marido, el director Anthony Mann, con quien se casó en 1957 mientras se encontraba gravemente enfermo —libró de la parca por un tris— y la había dirigido en una película totalmente olvidable, Serenata (1956), si no fuera por las canciones interpretadas por el tenor italonorteamericano Mario Lanza.

No bastó que en Veracruz fuera la chica buena que enciende de pasión a Cooper en la secuencia final, que terciara como la india occidentalizada entre Charles Bronson y Rod Steiger en Yuma (1957) —su plan no iba como lo fue después el de Javier Bardem, Penélope Cruz y Antonio Banderas con el dominio del inglés—; tuvo que ser doblada por Angie Dickinson en ese bodrio filmado por Samuel Fuller para la RKO; que Harry Cohn, el poderoso magnate de la Columbia le pusiera por delante un contrato exclusivo por siete años; que apareciera en las revistas de cotilleo junto con James Dean un día antes de la muerte del rebelde sin causa; que compartiera alguna cena con Marlon Brando.

Imagen: La Jiribilla

EE.UU. no era México, donde se sentía como pez en el agua. Durante su breve pero intensa estancia antes de partir hacia Hollywood, se tuteaba con Dolores del Río y Miroslava en la puja de los símbolos sexuales —María Félix, en verdad, era irrepetible e inalcanzable—, y podía, muy importante para ella, expresarse en castellano. Le gustaban los tacos y las quesadillas y la variedad de confituras de mazapán y maíz. Cuando no estaba ocupada en los platós de los estudios Churubusco, paseaba por los jardines de Chapultepec.

Mujeres y hombres disfrutaron al verla en Piel canela —por cierto, su rodaje motivó en 1955 su segunda visita a Cuba, como parte de un elenco en el que se codeó con Rosita Fornés, Olga Chaviano, el mexicano Pedro Vargas y en el que la coreografía fue aportada por Roderico Neyra, Rodney, el creador de los famosos espectáculos de Tropicana— Furia salvaje y Se solicitan modelos, aunque la mayor exigencia histriónica la tuvo cuando enfrentó a Katy Jurado en Cárcel de mujeres. Fue una suerte, porque la crítica olvidó sus poses de muñecona en las desvaidas y efímeras comedias anteriores y creyó que, en efecto, había descubierto a una actriz.  

Tampoco podía decirse que tuviera una voz privilegiada. Más bien susurraba las melodías, con una entonación tenue, como si le fuera imposible remontar el vuelo de una octava. Sin embargo así, de cuerpo entero y voz a medias, se les coló en el corazón a los cubanos de finales de los 50. Ellos, en pos de la imagen del deseo: ellas, tras la imitación de sus encantos.

Estamos en 1958. En las salas de cine alcanzan su apoteosis dos películas interpretadas por Sara: La violetera y El último cuplé. Esta última llevaba ocho semanas ininterrumpidas de proyecciones a lleno completo en tres salas de la capital, cuando llegó a La Habana el 27 de septiembre.

Imagen: La Jiribilla

Respondía a un contrato de Gaspar Pumarejo, uno de los zares de la Televisión Cubana, quien con suficiente antelación y prolija publicidad anunció su debut el 5 de octubre en el programa Hogar Club del Canal 2. Pero tal fue la ansiedad del público por verla y escucharla y el brillo del filón dorado que Pumarejo podía explotar, que ya en las primeras horas de su nueva estancia habanera Sara compareció en el espacio Escuela de Televisión.

Al día siguiente, un comunicado de prensa firmado por Roberto Pérez de Sánchez, jefe de la publicitaria del magnate de la televisión daba cuenta del suceso bajo un rotundo titular: “Sarita conquista La Habana”.

Desde el 1ro. de octubre y durante nueve días sucesivos, la estrella española acudió a Escuela de Televisión, donde conversó y cantó algunos de los cuplés más populares en medio de anuncios de cigarrillos de Competidoras Gaditana y refrescos Pepsi Cola.

Pumarejo no le perdía pie ni pisada a Sara. Fueron juntos a Tropicana; a la tienda por departamentos La Época, que tenía la exclusiva de sus discos; a las ruedas de prensa programadas; a la Alcaldía donde la invistieron como Hija Adoptiva de La Habana. Cuando no hablaba Sara, lo hacía Enrique Herreros, cronista del semanario madrileño La Codorniz, quien se atribuía ser el descubridor de la estrella.

El día 5 fue la apoteosis: una velada en el teatro Blanquita, a pocos metros del litoral, donde el público se derritió cuando musitó La violetera. (Años después, al pasar por el reparto Miramar, quiso ver el teatro y cuentan que sonrió al ver el nuevo nombre del recinto desplegado en la fachada: Karl Marx).

Entretanto, el cine Riviera volvía a proyectar Serenata, con Mario Lanza, y Duplex, Fausto, Reina, Metropolitan, Cuatro Caminos, Olimpia, Florencia y Santos Suárez prolongaron por un mes los pases de La violetera.

El 17 de octubre viajó a Venezuela. Detrás dejaba una estela de exaltación. Sergio Piñero escribió en Prensa Libre: “Cara y cuerpo hermoso, con voz y gracia que va más allá de lo puramente hispano”. Ramón Becali Jr., desde El País, exageraba: “Sarita Montiel, excelente actriz y una de las que ha difundido, vestido y aristocratizado el cuplé”.

Esa fue la Sarita Montiel de los 50. En el 2002 volvería a Cuba, detrás de un amor otoñal, con boda incluida, que no prosperó. Pero es otra historia, la de una señora que por todos los medios trató de librarse de los estropicios del paso del tiempo.

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