Protocolo de antigüedades, literatura,
agricultura, industria, comercio, artes, oficios, &:

Una “enciclopedia” frustrada

Cira Romero • La Habana, Cuba

En varias  obras dedicadas al estudio de la literatura cubana he encontrado el nombre de Joaquín José García. Unas le dedican más espacio que otras a su quehacer, pero destacando siempre, por razones que explico más adelante, su publicación Protocolo de antigüedades...  En 1811 fundó García, junto con el guatemalteco Simón Bergaño y Villegas, el Correo de las Damas, una de las tantas publicaciones surgidas al calor de uno de los breves momentos de libertad de imprenta dictados por el gobierno español debido a coyunturas políticas  determinadas.

En julio de 1845, cuando la vida cultural cubana atravesaba un momento difícil tras los sucesos de la conspiración de La Escalera —fusilamiento de Plácido, éxodo de intelectuales, con Domingo del Monte a la cabeza— García fundó el Protocolo de antigüedades..., obra por entregas que se propuso dar en 12 tomos, aunque solamente alcanzó a publicar dos, el último en abril de 1846. Los propósitos trazados eran ambiciosos, y fueron reflejados en el primer volumen, que cito en algunas de sus partes esenciales, para ofrecer una idea de su plan:

Bajo este título y sin más auxilios que mis débiles fuerzas, me propongo publicar una obra en doce tomos por entregas de a diez pliegos, que se distribuirán todos los meses, haciendo cada seis un tomo en cuarto mayor, que deberá contener sobre quinientas páginas. Enriquecido mi archivo con preciosos documentos que he debido al favor y protección de mis buenos amigos aquí, en la Península, y en otros puntos de Europa, sería una mengua, una pérdida irreparable que se extraviaran o que quedasen olvidados en la noche de los tiempos; y este es uno de los principales motivos que me han estimulado a la presente publicación.

Joaquín José García había acumulado a lo largo de los años un copioso número de apuntes históricos sobre Cuba, conseguidos gracias no solo a sus investigaciones en las Actas Capitulares de La Habana, sino también en virtud de sus contactos “con los primeros genios del mundo civilizado”, que lo pusieron al día tanto en las artes como en las ciencias. Por ello, prometió dar a conocer “los sucesos más agradables y sorprendentes, los fenómenos, los procedimientos agrícolas de interés, las descripciones pintorescas de los lugares más famosos del globo, viajes, biografías de hombres célebres, y muy especialmente las de nuestros compatriotas, poesías puramente cubanas, y todo género de amenidad formarán el tejido bello y variado de esta preciosa colección”.

En sus planes no estuvo dedicar espacio en su obra por entregas a temas relacionados con la religión y la política, “porque estas son materias de suyo delicadas y opuestas a mi objeto”, pues sus propósitos “se reducían a dos palabras: la naturaleza y la industria”.

Con estas finalidades bien concretas, en las páginas de su publicación aparecieron documentos antiguos, reales cédulas, discursos, trabajos sobre artes industriales, economía doméstica, educación, pedagogía, química, jurisprudencia, extracto de obras históricas notables, traducciones y algunos artículos sobre arte. Ocasionalmente, publicó poesías en latín.

Pero, al parecer, no todo lo ofrecido por García en las páginas de su Protocolo... era auténtico. Bajo el título de “Una superchería literaria: la crónica apócrifa atribuida a Hernando de la Parra”, Max Henríquez Ureña, en su citada obra, se refiere a un trabajo atribuido a Parra, del año 1598, incluido por García en el número de septiembre de 1845.  El editor lo presenta así:

Ha llegado a nuestras manos, por una rara casualidad, un tomo manuscrito, roído por la polilla y tan apagada la escritura por la humedad, mala tinta y transcurso de los tiempos, que en muchas partes no hemos podido entenderlo. Se dice en su frontis que es la quinta copia de las apuntaciones que sobre la fundación y progreso de la villa de la Habana hizo Hernando de la Parra, criado del gobernador Juan de Maldonado, y continuadas por Alonso Iñigo de Córdova, cuyo libro perteneció después a Diego de Oquendo, donde estuvo olvidado, bien porque no sabía de su importancia o porque nunca quiso darlo a conocer.

En esa crónica, al parecer falsa, se relataban los bailes y diversiones de la capital, juzgadas por De la Parra como “graciosas y extravagantes y conservan todavía los primeros la rudeza y poca cultura de los indígenas, y las segundas la escasez y ningunos recursos de una población que comienza a levantarse. Hay en esta villa — sigue diciendo Parra— cuatro músicos que asisten a los actos a que se les llaman mediante un previo convenio”, y menciona entre ellos a la famosa Micaela Ginez, “negra horra (es decir libre), de Santiago de los Caballeros, vigüelista”, que rascan el instrumento conocido por calabazo y tañen las castañuelas. Dicha Micaela era hermana de Teodora Ginés, la que cantaba el “Son de la Ma Teodora”, famoso en la historia folclórica de Cuba:

— ¿Dónde está la Ma Teodora?

—  Rajando la leña está.

—  Con su palo y su bandola?

—  Rajando la leña está.

—  ¿Dónde está que no la veo?

—  Rajando la leña está.

—  Rajando la leña está

—  Rajando la leña está.

 

Cuenta asimismo De la Parra acerca de la comedia que se escenificó la noche de San Juan, “para cuyo efecto hicieron construir una barraca en las cercanías de la fortaleza [...] Era el primer espectáculo de esta clase que se hacía en la Habana; y atrajo a todos sus moradores. Hubo mucho alboroto durante la representación, porque la gente, no acostumbrada a comedias, charlaba en voz alta, y no quería callar; hasta que el gobernador le dirigió la palabra, amenazando con el ‘cepo’ al que no guardase el debido orden. La comedia se acabó después de la una de la mañana, y la gente regustada, quedó tan complacida, que insistió en que volviera a principiar”.

Voces autorizadas como las de Manuel Pérez Beato y José Juan Arrom señalaron graves errores a esta supuesta crónica colocada por José Joaquín García en su Protocolo de antigüedades..., y entre los reparos sitúan la imposibilidad de que el cronista De la Parra ignorara que esta fuera la primera función de teatro ofrecida en La Habana, pues el año anterior se habían presentado obras de teatro en la festividad de Corpus, como era costumbre hacerlo cada año. Estiman, además, que el lenguaje de la crónica fue “arreglado a la época” de su publicación, porque el falso autor no se creyó capaz de imitar los rasgos peculiares del habla de 1598.

¿Quién fue entonces el creador de la crónica colocada en el Protocolo de antigüedades... y atribuida por García a Hernando de la Parra? Para Pérez Beato fue Laureano José Miranda, y se basa en que “solo un hombre muy conocedor de nuestra historia local pudiera atreverse a semejante empresa”. Miranda era auditor de guerra, regidor de La Habana y miembro emérito de la Sociedad Económica, en cuyas Memorias había publicado algunos extractos de actas capitulares del cabildo habanero, y al parecer, según Henríquez Ureña, “vio con disgusto que en el Protocolo se publicaran también extractos de esas actas”. De esa manera, se creó cierto antagonismo entre José Joaquín García y Laureano José Miranda.

¿Pero acaso esta circunstancia propició que fuera García el autor de la citada crónica, y no Miranda?, se pregunta Henríquez Ureña. Esta “travesura” la adjudica un estudioso dominicano al propio García, y afirma: “El autor de la supuesta crónica atribuida a Hernando de la Parra no es otro que el propio compilador y editor del Protocolo de antigüedades…, o sea Joaquín José García, y al efecto es útil observar que la advertencia preliminar que encabeza la crónica de De la Parra aparece como de redacción, esto es, sin firma, inicial o seudónimo”. Lo cierto es que el antagonismo entre Miranda y García fue cada vez más punzante, y el final de la discrepancia surgida entre ambos fue que en 1846 el cabildo habanero acordó que solo con la asistencia de uno de los regidores, y Miranda lo era, pudiera sacarse copia de las actas capitulares, lo que, de cierta manera, restringía el área de consulta para conformar su publicación.

Al parecer, el editor José Joaquín García solía entretenerse con temas humorísticos, herencia que arrastraba desde que en 1820 figuró como uno de los redactores de El Esquife Arranchador, periódico abundante en bromas y burlas de todo tipo. Refiere Henríquez Ureña que “escribía sin arte, pero con soltura, sabía varios idiomas y había traducido Los bandidos, de Schiller. Hablaba en serio de astrología: uno de sus libros es un Juicio astrológico del año 1828. No creo que otro, sino un humorista travieso, como él, se atreviera a inventar la existencia de una crónica en la cual, por otra parte, se advierte el gracejo peculiar de su estilo periodístico”. No obstante, el artificio creado dio pie a que el texto de la crónica fuera asumido como cierto por autores como José María de la Torre en su obra Lo que fuimos y lo que somos, o La Habana Antigua y Moderna (1857), Antonio Bachiller y Morales en el tomo II de sus Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba (1860), Antonio López Prieto en las páginas de su Parnaso Cubano (1881) y Aurelio Mitjans en su Estudio sobre el movimiento científico y literario de Cuba (1890), entre otros autores.

Posiblemente, esta superchería creada por José Joaquín García fue la causante del fin de este ambicioso Protocolo de antigüedades, literatura, agricultura, industria, comercio, artes, oficios, &, que pudo ser, pero no fue, un intento por informar e instruir a los cubanos. Las mentiras suelen pagarse con un alto precio.

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