Adelina Patti:
soprano de todos los tiempos

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Poseedora de una de las voces más hermosas del mundo, la célebre soprano Adelina Patti sedujo a públicos de muy diversas latitudes, entre ellos, al de La Habana.

Apenas trece años tenía cuando en 1856 se presentó por vez primera la pequeña Adelina en un teatro cubano, el formidable Tacón, donde con el Miserere de El trovador “causó profunda impresión no solo por sus progresos artísticos —como afirmó el autorizado crítico Serafín Ramírez—, sino porque anunciaba ya un sentimiento, un genio increíble que poco después se han visto confirmados en la brillante carrera, en los triunfos indescriptibles de su vida teatral”.

Nacida en Madrid, el 19 de noviembre de 1843, Adela Juana María Patti —tal era su nombre— provenía de una familia de artistas: el padre, tenor; la madre, soprano. Considerada una niña prodigio, a los seis años comenzó sus estudios de música, y a los ocho, la presentaron en un escenario. Los aplausos la fascinaron. Con el seudónimo de Little Florinda debutó en Lucía di Lammermoor, en Nueva York.

No pasaría mucho tiempo para que fuera reconocida como diva indiscutible del Bel canto, muy por encima de otras destacadas figuras como Jenny Lind, Pauline Lucca o Christina Nilson. 

Su maestría técnica y excelencia vocal le permitieron interpretar con asombroso éxito el rol de Amina en La Sonámbula, que lleva al Covent Garden de Londres, y a otros principales escenarios del mundo.

La leyenda comenzaba a escribirse. Estrafalaria como pocas, la diva española cuya voz fascinó a los públicos más diversos, construiría en su castillo de Inglaterra un teatro de 150 plateas, copia de La Escala, y, por si fuera poco, en sus presentaciones usa, según sus personajes, las más caras joyas, obsequiadas por príncipes y monarcas rendidos a sus encantos.

Sus amores también dan mucho que hablar. En el esplendor de su belleza y de su fama, contrae nupcias con un marqués, escudero del emperador Napoleón III, mucho mayor que ella, y al que abandona —no sin antes indemnizarlo con 96 mil dólares— por el tenor Ernesto Nicolini, con el que pronto se casa y vive en total felicidad hasta la muerte de este, ocurrida en 1898.

Poco después, se desposa con un barón sueco, al que ella le lleva casi 30 años, y quien se convertiría en su viudo.

También se comenta que para conservar su fabulosa voz, la Patti se hace servir como desayuno un sándwich con doce lenguas de canarios. Pero cierto o no el hecho, la maravillosa intérprete se presenta, de triunfo en triunfo y de ovación en ovación, en los más importantes escenarios de París, Boston, Filadelfia, Bruselas, Viena, Roma, Madrid, Sevilla, San Petersburgo, Berlín y otras muchas ciudades, mimada siempre por el público y halagada por la crítica.

En La Habana artística, dicen que la Patti visitó otra vez esta capital en 1861, cuando ofreció algunas funciones en compañía de otros artistas. La última, es decir, su despedida —según el crítico Serafín Ramírez— tuvo lugar en el Tacón la noche del 5 de abril de ese año, auxiliada por la compañía dramática de los señores Robreño. En ella cantó en escena todo el final de Sonámbula y el cuarto acto del Trovador.

Por cierto, aunque no mencionada por este crítico, la artista, según se cree, realizó una segunda presentación en Cuba en febrero de 1857, cuando viajó por América Latina, y cantó nuevamente en el teatro Tacón, acompañada por el piano de Gottschalk, de visita en la Isla. El programa incluye las óperas Norma, Puritanos, La Traviata, La Sonámbula.  Dicen que en esa ocasión ella cantó además en el teatro La Reina, de Santiago de Cuba.

Muchos años después, José Martí, dedicó diversas crónicas a esta extraordinaria interprete madrileña, por la que sentía una viva admiración. Para ella, escribió en 1881, en La Opinión Nacional, de Caracas:

“La naturaleza, como frutas perfectas, como paisajes de rematada corrección, crea seres humanos avasalladores. Llevan en sí, por hermosura extrema, o genio extremo, un poder que deslumbra, desvanece y ciega. (…)  Si las criaturas de la tierra, celosos de estos seres mejores, hincan en su mano blanca el diente airado, su manera de llevar el dolor aumenta la vida gloriosa que la mordida     intentó arrebatarles. De estos hombres, la frente resplandece como cima no hollada. De estas mujeres, tiene el cutis perlados matices, y la mirada intensidad de llama, semeja el pie juguetoncillo cisne; el talle, caña alzada; la mano, beso de niño; la voz promesa de otros mundos, venidos a verter consuelo y fuerza en éste. Así Adelina Patti”.

Su último concierto fue en el Royal Albert Hall de Londres, en una gala para la Cruz Roja. Falleció el 27 de septiembre de 1919. Fue enterrada en el cementerio parisino de Pere Lachaise.

El Diccionario Oxford de la Música la reconoce como la más célebre soprano durante el largo período que se extiende de 1860 hasta 1906, año en que se retiró.

Sobre ella, José Martí expresó: “la Patti, criatura canora, de cristal hecha y plata, que aras merece, y no loas de plumas”.

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