Los últimos carpinteros del mundo

María Laura Germán • La Habana, Cuba

Estar fuera no es realmente tan malo —y me refiero a las funciones teatrales—, aunque protesto cuando las tablas que están bajo mis pies no son las iluminadas por Zenén Calero. Pero esta vez he de admitir la diferencia.

Imagen: La Jiribilla

Aunque al contemplarme hoy

tan solo un muñeco veas,

no creas que mi corazón

dejará de ser madera.

Norge Espinosa.1

Rescatar Pinocho: corazón – madera de nuestro almacén (atiborrado de puestas ansiosas por volver a salir) fue una proeza solo alcanzable por la terquedad del particular grupo de artistas que somos: ciegos de fe ante el corazón santiaguero que nos guía.

Desde su estreno en el año 2010, Pinocho ha transitado por extrañas veredas del destino, esas extrañas veredas que acompañan invariablemente a las cosas que nacen para trascender. Y no especulo al respecto. Con más de diez finales, dos prólogos, no sé cuántas revisiones del original de Norge Espinosa, y un recorte (antes inimaginable) de personajes y actores; el año 2013 recibe a nuestro clásico de Collodi pleno de gracia y dueño de una madurez titiritera que me anunció estas palabras.

Hacía dos años que no disfrutaba de esta puesta desde la platea, y recibí los acordes de una melodía que mi oído, por agudizado que estuviese, no podía captar desde la escena. ¡Vaya melodía que alegra y perturba mi alma titiritera!

Esto no pretende ser un artículo más sobre un espectáculo de Teatro de Las Estaciones. No puede serlo, por mucho que Pinocho y sus hacedores lo merezcan. Dijo el maestro Roberto Espina que quien vive de revelación en revelación es muy afortunado, y esta revelación que me regala mi equipo, desde una humildad que se niega a reconocerla, no permite envanecerme con mi fortuna. Es este el motivo de mis letras.  

Que me sobren aventuras,

que no me falte la ansiedad

de correr buscando alturas,

nuevos mundos que ganar.

Norge Espinosa2

Asumiendo a Pinocho… como espectadora, lo reinvento alter ego de los titiriteros cubanos; no solo porque sea el cuento clásico que habla de un títere; o porque las aventuras que narra sean de carácter en extremo titiritero, jugando entre el absurdo y la ironía; sino porque somos tan padres como Gepeto de nuestras creaciones. Y eso me lleva a pensar: ¿estamos realmente conscientes de esta suerte?

Imagen: La Jiribilla

En tiempos en que nadie escucha a nadie, en tiempos donde todos contra todos3, traemos entre las manos un ramillete de versos frescos; un poco de agua para refrescar el mundo en que vivimos; los últimos carpinteros del mundo somos (parafraseando a Norge Espinosa) y eso nos convierte, de una forma mágica y especial, en los súper héroes de la infancia.

Si se entiende de este modo, entonces este artículo será una especie de manifiesto de los súper héroes titiriteros; un alegato que intente perpetuar la imagen de un director redescubriéndose doblemente padre: como Gepeto, de Pinocho; y como director, de su puesta. Imagen altamente teatral, como lo es el teatro de títeres por condición natural.

Asumirnos titiriteros, con la relevancia que conlleva en estos momentos asumirse dueño de algo, es una condición obligatoria en nuestros tiempos. Reconocernos herederos de una historia titiritera —que aunque no tan lejana a veces parece un cuento de hadas— y a la vez padres de los sucesos que vendrán; nos hará más fuertes como creadores, como humanos y como familia teatral. Nos guiará por senderos inimaginables, repletos de teatros, ciudades, estrellas y cuentos sin final; siempre que no confundamos paternidad con paternalismo.

Como a los hijos hemos de germinar nuestras obras con cuidado, ayudarlas a crecer, participar de su madurez y soltarles la mano en ese preciso momento en que percibimos que son ahora ellos quienes nos empiezan a gestar en su pecho. Y es cosa de buenos padres entender cuándo llega ese momento.

Aunque al verme pueda ser

que mi historia ya no creas,

si te acercas a mi pecho

oirás latir mi corazón:

madera.4

Hablar de retoños y vástagos se torna un poco difícil para mí: madre únicamente de productos artísticos; pero creyente leal de que la familia natural y la teatral han de fusionarse en una sola. Cuando ese sábado fui consciente del instante que me habían regalado vivir, una luz como de Hadas Madrinas me dictó estas palabras; tal vez porque vi en mi grupo a mi propio Gepeto; tal vez porque imaginé a todos los titiriteros como parte de una misma casa; tal vez porque en mi pecho hay un poco de alguna madera cubana.



Notas:
1. Fragmento final del texto original Pinocho: corazón – madera, de Norge Espinosa. 2010.
2. Ídem.
3. Fito Páez. “Al lado del camino”.
4. Norge Espinosa. Ídem.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato