Cecilia Colacrai: elegida por la danza

María Carla Gárciga • La Habana, Cuba

Su mamá no sabía qué hacer con ella: se movía todo el tiempo de un lugar a otro sin descanso, por lo que decidió inscribirla en las clases de danza con el anhelo de que la pequeña niña pudiera canalizar toda esa energía incontrolable que la mantenía en constante hiperactividad. Así, empezó desde los seis años a bailar.

Recuerda muy bien su primera clase: se entusiasmó mucho, la pasó de maravillas, se sintió muy libre, tanto, que se quedó… y casi sin darse cuenta, al calor de las circunstancias, se fue formando, poco a poco, hasta llegar a convertirse en una profesional del arte danzario.

“No ha sido una decisión consciente, no hubo un día en que dije: ‘Ahora voy a ser profesional de la danza’. Fue algo que encontré, o quizá más bien, que me encontró a mí; fueron los azares de la vida los que me ubicaron en este lugar”, me cuenta con una sonrisa Cecilia Colacrai, sentada en el tabloncillo del Salón 1, en el Centro de la Danza, luego de finalizar la segunda clase de su taller de técnica e improvisación en danza contemporánea.

Imagen: La Jiribilla

Con esta propuesta pedagógica, junto con una coreografía titulada Sola?, se presenta por vez primera la bailarina, coreógrafa y profesora Cecilia Colacrai en esta edición 18 del Festival Internacional de Danza en Paisajes Urbanos: Habana Vieja. Ciudad en Movimiento.

Sus inicios fueron en Argentina. A los 17 años se recibió de maestra de Danza Clásica. Conjuntamente, trabajaba en diversos grupos desde los 14 años. Estudió, además, en el Instituto Superior de Danzas Isabel Taboga donde se tituló como profesora, bailarina y coreógrafa de Danza Contemporánea. El año 2002 significó un giro en su vida artística, al establecer su residencia en Barcelona: allí  enfrentó dificultades y se impuso retos que contribuyeron a su desarrollo profesional.

A lo largo de su carrera ha trabajado con múltiples compañías, bailarines y coreógrafos de distintas partes del mundo, llevando a la práctica su empeño de priorizar el trabajo en equipo mediante la colaboración y el intercambio con otros artistas.

Dentro de su intenso recorrido profesional, ¿qué momentos podría destacar como los más importantes?

Cada momento, cada decisión, cada persona con la que me he cruzado, de alguna manera, ha tenido su importancia, porque ha sido parte del camino que voy trazando, y siempre es suma y aprendizaje para mí.

En cuanto a mi trayectoria, lo que me interesa destacar es el valor que, después de irme de Argentina, le he dado al trabajo en grupo. Allí se trabaja mucho en forma horizontal, con una coordinación y dirección. Esto me dio herramientas para luego desenvolver y desarrollar mi labor, que tampoco siento que tenga un sello, porque a cada rato estoy probando, intentando cosas nuevas, me voy encontrando con personas de otras disciplinas y se crea un vínculo, o sea, que todo el tiempo se trata de una conversación entre artistas.

¿Cuáles han sido los retos más difíciles que ha tenido que enfrentar a lo largo de su quehacer danzario?

En realidad son muchos, y casi diarios; pero creo que los más complejos fueron los primeros años en Barcelona. Estuve ilegal dos años y medio y fue un momento duro, porque eran muchos frentes a resolver, lugares desconocidos, dinámicas de la ciudad que uno no domina y un montón de cosas: era todo nuevo. Sin embargo, ahora me puedo reír de todo ese periodo y de las lecciones que trajo consigo, de todo lo que hice para sobrevivir, de todos los trabajos que tuve, como camarera, cuidando niños… Ahora lo valoro, pues es parte del crecimiento, ya que luego encontré mi lugar personal allí, a través de mi profesión.

Teniendo en cuenta todas estas dificultades, ¿qué la impulsó a dejar Argentina y desarrollar su trabajo desde Barcelona?

Tampoco fue una decisión. En realidad, cuando salí de Argentina me fui a  hacer una escuela en Bruselas y otra en Holanda. En Holanda entré, pero me fue imposible hacerla porque no tenía papeles ni dinero para pagar. Realmente, no tenía recursos y me salió trabajo en Barcelona en ese momento, por eso fui para allá. Al mes me quedé desempleada, por lo que volví a Argentina. Luego, lo que me hizo regresar a Barcelona fue un grupo de trabajo que había creado con el cual fui a un Festival donde ganamos un premio por una coreografía que presentamos.

Fue la primera pieza que hice junto con dos compañeras, también argentinas. Se llamaba Creí que no me veías y refleja nuestra situación en aquel momento, porque nos sentíamos invisibles en esa macrociudad —las tres éramos argentinas y las tres estábamos ilegales—. El premio nos lo dieron en el Certamen Coreográfico de Madrid, donde nos recibieron muy bien y nos sentimos muy a gusto. De alguna manera, no fue tan importante el premio en sí, sino que constituyó la primera acción que le dio valor a nuestro trabajo y sentido a nuestra presencia allí. Por eso, no aferramos un poco a esa posiblidad, y todas lo tenemos en la memoria como algo que realmente nos hizo tomar una decisión: “Nos vamos a quedar un poco más aquí a ver qué pasa, porque tenemos esperanzas de desarrollar en esta ciudad nuestro trabajo”.

A partir de ahí, fui generando ideas; entendiendo la ciudad, su manera, sus formas; encontrando mi lugar; reformulándome todo el rato; preguntándome, reubicándome y creando nuevos vínculos.

¿Cómo lleva de conjunto la labor de coreógrafa y profesora, junto con la de bailarina?

En Argentina va todo de la mano, las funciones no están tan divididas; mi educación fue jugando con todo esto y creo que las tres manifestaciones se nutren entre sí. A los 17 años ya yo daba clases. Entonces, es algo que nace; los latinos lo tenemos mucho. En Barcelona, todos nos dicen: “Pero ustedes son todos profesores, son todos docentes”. Hay una realidad, y es que también fue la única manera, cuando yo vivía en Argentina, de trabajar en lo que me gustaba, y de cobrar por mi trabajo.

¿Tiene preferencia por alguna de estas actividades en específico?

No, creo que es por momentos. Aunque siempre hemos trabajado como creadoras de nuestro propio trabajo, bailarinas de nuestras propias piezas, siempre soy alumna primero. La alumna y la docente van de la mano, porque en cada taller se aprende muchísimo; en cada creación, si decides estar y trabajar dentro, tú eres bailarina de tus pensamientos, en colaboración y coordinación con tus compañeros.

En estos momentos, cuando tengo más edad, a veces me planteo que debería desarrollar más otras líneas; pero me apetece seguir, tengo ganas de seguir investigando mi cuerpo en escena hasta donde dé y me interese; cuando no sienta que es más mi lugar, pues me retiro.

¿Qué proyectos está desplegando en el presente y pretende desarrollar en el futuro?

Pues, ahora mismo estoy trabajando con dos compañeras catalanas, en Barcelona, donde estamos desarrollando y repensando el espacio escénico; ello también se relaciona con la situación tan complicada que está atravesando España —Europa, en sentido general—, donde hay que reformular muchos aspectos, repensar nuestro lugar en la sociedad, el lugar de la danza, las maneras de financiarnos el trabajo... Por eso, estamos intentando defender nuestra propuesta que consideramos importante incluir y tener en cuenta como herramienta para ofrecer al público.

En ese sentido, nos proponemos una práctica escénica que tiene como objetivo el compartir nuestros instrumentos de composición con el público, sea a través de laboratorios y talleres, charlas, encuentros; sea dentro del mismo hecho artístico y su presentación; sea a partir de un texto, de una imagen, etc. Estamos reformulando un poquito todo eso; en realidad, son aspectos que se vienen haciendo desde hace tiempo, nosotros seguimos replanteándolo desde nuestra visión, desde nuestro lugar…

¿Cuáles son las características y particularidades del taller de Técnica e Improvisación en Danza Contemporánea que imparte Ud. dentro de este evento danzario?

En este taller lo que estoy planteando es compartir diferentes maneras de entender el cuerpo y el movimiento. Básicamente, trabajo con algunas técnicas y referentes a través de los cuales voy creando e imaginando mis recorridos para desarrollar este trabajo. Estamos combinando la técnica y la improvisación —que para mí tampoco tienen tantas fronteras—, así como diferentes preparaciones del cuerpo, percepciones abiertas, etc.

¿Qué podrá encontrar el público al interactuar con la propuesta danzaria que trae a este festival?

Esta pieza tiene muchísimos años; la empecé a hacer en ese momento crítico de Barcelona y el título es una pregunta: Sola?. Surgió, precisamente, a partir de este dilema de cuán sola una realmente está, y también se relaciona con la soledad que una siente al vivir en un sitio que no es el propio. Me he preguntado también si hay un sitio propio en este mundo o si el sitio es tu cuerpo; por ello, se trata de una pieza con preguntas, que en su momento tuvo diferentes capítulos. Se fue creando a lo largo de dos años; empecé con cuatro minutos nada más; luego, tuvo 10, 15, 20 hasta 45.

Es una coreografía que me permite mover las escenas, porque las conozco mucho y me siento muy libre dentro de ellas. Según como se organizan las piezas de la escena, surgen diferentes lecturas.

Cuando empecé a hacer este trabajo, también tenía como un subtítulo, que era “Vieja, sola y borracha”; esa fue la percepción de un posible futuro, o la vista desde mi juventud hacia una vejez, hacia un cuerpo ebrio y hacia la soledad. Tenía tres fragmentos con sus escenas; la versión que presento aquí es de 15 minutos y va viajando un poquito sobre estas tres características que, en aquel momento, me llamaron la atención.

¿Podría ofrecerme sus criterios sobre esta edición del Festival Internacional de Danza en Paisajes Urbanos?

Este es el primer año en que participo. Hace tiempo que quería venir, pero la verdad es un poco difícil desde Europa, por las condiciones económicas. Como me encuentro trabajando ahora en Mérida, con una compañía mexicana, tuve la posibilidad de estar un poquito más cerca y asistir al evento.

Ahora mismo, tampoco tengo una conclusión muy clara sobre el Festival, sino que son más bien percepciones y sensaciones que he recibido a lo largo de estos días —tanto del Festival como de la ciudad, que también va de la mano, no existe el festival sin el sitio y territorio donde se está trabajando.

En relación con el Festival, tengo la sensación de mucha comodidad, de mucha flexibilidad; es algo muy cercano porque los organizadores tienen una manera muy cercana de trabajar, muy distinta al modo en que se trabaja en Europa. Esto me ha hecho conectarme un poco con mis raíces, con mi manera de relacionarme con otro cuerpo, la comunicación, el diálogo... Y en relación con la ciudad, realmente es de mucha confusión, mucha ambigüedad, de muchas contradicciones y de mucho para aprender, es como si me salieran sonidos, no palabras: “іOh, ah, uf, ua!”

De acuerdo al contacto que ha tenido en estos días con los bailarines y coreógrafos cubanos, ¿qué opinión le merece el movimiento de la danza en Cuba?

El miércoles fui a ver a la compañía Retazos, que no la había visto nunca, y la verdad que fue una sorpresa muy positiva porque sentí que era un trabajo súper válido, interesante, muy bien pensado, con buenos intérpretes. Considero muy atractiva la inquietud por conocer o abrir la posibilidad de que haya otras maneras de moverse, de entender el cuerpo, otras maneras de compartir el espacio. Encontrar esta disponibilidad para mí como profesora, como persona que viene a compartir sus herramientas, me ayuda mucho, porque me permite también probar, jugar, investigar con ellos, y se convierte en un diálogo, una comunicación. Todo eso se puede hacer desde lo permisivo, desde la confianza también del alumno con el profe y