Con Sara Montiel el cine pierde un mito viviente

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

No fui una fanática de Sara Montiel. Incluso lo pensé muy bien antes de decir que sí a la oferta que me hizo La Jiribilla en el 2002: entrevistar a la reina del cuplé que estaba de visita privada en Cuba.

El encuentro se realizó en la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y lo primero que me impresionó fue el poco pelo que quedaba de aquella cabellera que en los años 40 y 50 fue uno de los atractivos de la española símbolo sexual de esa etapa. Pero mi asombro mayor fue el diálogo con la cantante-actriz, una mujer en nada banal o frívola, que sabía muy bien por qué actuaba de una forma u otra, desde su sueño no realizado con trabajar a las ordenes de Federico Fellini, “un loco” según sus palabras, hasta el motivo de su viaje a Cuba: conocer la familia de Tony Hernández, su cuarto esposo, un hombre que podía ser su hijo —hasta su nieto—, de quien se separó poco después en medio de un escándalo que llenó las revistas “del corazón”.

Imagen: La Jiribilla

Frustrada por la incapacidad de parir —se malograron varios embarazos—, se decidió por la adopción de Thais y Zeus en la época de su matrimonio con Pepe Tous, calificado por Sara como “el gran amor de su vida”.

Consciente de que la crítica muchas veces adjudicó el éxito de sus filmes a su belleza, Sara fue franca al decir que en algunas oportunidades actuó por “un buen dinerito” y consideraba que Varietes de Juan Antonio Bardem no había sido su mejor filme, opinión que va en contra de la mayoría de los especialistas.

Lo cierto es que con la muerte, a los 85 años, de María Antonia Abad Fernández, la popular Sarita Montiel, el cine pierde uno de los mitos vivientes que ha llenado las salas oscuras con sus cerca de 60 películas y abarrotado teatros y espacios abiertos en más de trescientos conciertos, realizados durante su fecunda vida artística.

Ahora, la también Reina de México —esa era su nacionalidad jurídica— llenará de nuevo centenares de cuartillas acerca de sus papeles como actriz y cantante pero, sobre todo, con su existencia privada —que nunca lo fue— repleta de romances reales o ficticios.

Sus admiradores tienen la suerte de que no ha muerto: por medio de la magia del cine seguirá vendiendo claveles o cantando sus cuplés, género que realmente supo interpretar. En su última visita a nuestro país —había venido a la Isla en la década del 50—, anunció otro viaje para cantarle al pueblo cubano. No cumplió su promesa y ya no podrá hacerlo, sus fanáticos como los del resto de Iberoamérica, tendrán que conformarse con sus filmes y recordarla con su tupida melena, otro de sus encantos sensuales.

Comentarios

La más bella de todas.

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