Construcción de consensos
¿Podrá la sociedad cubana construir un consenso para romper con el racismo actual e histórico y, al mismo tiempo, aprovechar las oportunidades revolucionarias?

Gisela Arandia • La Habana, Cuba

 “…Lo peor para los pueblos negros no es haber sido víctimas, durante siglos, de la mayor deportación de la historia de la humanidad, la trata de esclavos; lo peor es que ellos mismos hayan interiorizado, hasta cierto punto, el discurso racista inherente a esa práctica y hayan terminado por creerse inferiores; que hayan prestado oídos crédulos y a veces cómplices a las voces que pregonaban en todos los tonos su inferioridad congénita”. 

Nicéphore Soglo

El debate surgido en los últimos días a propósito de un artículo de Roberto Zurbano, publicado en el diario estadounidense, The New York Times, nos ha tirado a la cara de modo virulento la pertinencia del racismo cubano. Un fenómeno que sigue insertado en los intríngulis más ocultos y sofisticados de nuestra consciencia social.El discurso racista con plena vigencia, es capaz de lanzar ráfagas de hostigamiento, con insólitas tesis para el mundo moderno, donde irrumpen ideas arcaicas desde las zonas remotas del pensamiento como parte de un imaginario social que todavía niega su existencia. 

No pretendo con esta reflexión, colocar un enfoque a favor o en contra del texto que creó la polémica, pues me pronuncié desde ARAC en un documento consensuado participativamente, dado a conocer al inicio del debate. La intención de esta reflexión es aprovechar el debate para analizar el estatus del racismo y su correlato la discriminación racial, en el contexto de la sociedad cubana. Un tema que, a pesar  de su impacto significativo en la vida cotidiana de miles de familias negras, no cuenta todavía con la prioridad requerida.

Desde mi punto de vista, tres conflictos acompañan la problemática racial a lo largo del tiempo en Cuba. La más trascendental ha sido la falta de una voluntad política atrevida, capaz de enfrentar los múltiples riesgos que el tema implica, como consecuencia de la baja consciencia racial y el rechazo histórico para asumir el racismo como un conflicto vigente en el país.

La segunda dificultad fue pensar que el impacto revolucionario solucionaría de modo automático la problemática racial. Ese enfoque condujo paralelamente a un mimetismo que encubrió las manifestaciones de racismo, mientras que el silencio incidía en la conformación de un consenso que rechazaba abordar el tema. Ese vacío político ha entorpecido la comprensión sobre el impacto de la  discriminación racial  como un tema decisivo de la nación. El reto ahora sería dejar atrás la herencia cultural de un imaginario social de racismo antinegro que, aunque no siempre es consciente, ha formado parte de una idiosincrasia que carga con esa responsabilidad colectiva.

El tercer obstáculo —el más trascendente— ha sido la falta de unidad estratégica, precisamente, en la población negra cubana. Experiencias recientes mostraron ya una gama de dificultades, algunas de las cuales provenían incluso de desacuerdos del liderazgo negro mismo, lo que finalmente ha sido utilizado como pretexto y argumentación para descalificar la posibilidad de un proyecto nacional que tenga como propósito eliminar la discriminación racial. Claro que este fenómeno no es una casualidad sino una causalidad promovida desde hace siglos. 

Aplicando una lógica epistemológica, estos tres impedimentos no se presentan aisladamente, sino que interactúan en muchas ocasiones simultáneamente, conformando una atmósfera desfavorable al debate abierto y profundo. Como ha sucedido en diversos momentos históricos, resulta difícil alcanzar un consenso dentro de las vanguardias revolucionarias en los distintos periodos de lucha. Si observamos el papel de la intelectualidad blanca y negra ilustrada —y también en la población negra cubana en general—, nos topamos con un amplio y complejo espectro de disensos para coordinar alternativas que faciliten propuestas que permitan crear un programa para la equidad racial.

Pero el pretexto político más devastador  que ha enfrentado la racialidad, lo constituye aquel que coloca el tema como un factor de riesgo que divide a la nación, lo que ha significado que para que la nación exista, la población negra debe aceptar sumisamente el modelo de inferioridad y subalternidad por tiempo indefinido. Es decir, conformarse con transitar por la vida como ciudadano de segunda categoría, una clasificación impuesta desde la época colonial y reproducida al pasar el tiempo con diferentes formatos.

El clímax para disuadir cualquier intento de análisis sobre la racialidad ha estado en la siguiente frase: “Si todos ya somos cubanas y cubanos, para qué ventilar un asunto que pudiera fragmentar la existencia de la nación misma y fomentar divisiones sobre conflictos inconclusos”. Una tesis que ha estado presente desde la época fundacional, cuando las autoridades hablaban siempre del peligro de una “guerra de razas”, pero en realidad el problema era el miedo al negro. Un problema que tenía su génesis en el peligro de un movimiento antiesclavista, emancipador y libertario de la población negra, inspirado en la repercusión de la revolución haitiana.

La falta de consenso para discutir públicamente la racialidad en Cuba se expresa en diversas maneras de rechazo; la más generalizada es cuando, por alguna circunstancia imprevista, como el debate actual, el tema adquiere un espacio público. En ese momento es posible apreciar con una nitidez pasmosa, discursos racistas con argumentos envejecidos y poco históricos, como el famoso Leimotiv: “Cuidado con la unidad nacional”.

En la secuencia siguiente, aparecen unas réplicas que recurren a pretextos pueriles, no por su contenido, sino porque están ajenos al contexto donde se está desarrollando el conflicto. Por ejemplo, un ardid clásico es arroparse en citas de Nicolás Guillén, Fernando Ortiz o en el argumento más corrosivo que es vincular las críticas cubanas al racismo, con una supuesta adhesión al enfoque afroamericano, lo que significa en la política cubana una descalificación conceptual y una identificación con EE.UU.

Las supercríticas a los pronunciamientos antirracistas —las que  pueden transitar con mayor o menor acierto—  pretenden, generalmente, expresar el apoyo a la Revolución desde un encubrimiento y complicidad. Suele decirse que hablar del racismo afecta la integridad del proyecto revolucionario, aunque no mencionan suficientemente la que Fidel dio al tema:

“El problema de la discriminación racial es, desgraciadamente, uno de los más complejos y difíciles de los que la Revolución tiene que abordar (...) Quizá el más difícil de todos los problemas que tenemos delante, quizá la más difícil de todas las injusticias que hemos padecido en nuestro medio ambiente es el problema que implica para nosotros el poner fin a esta injusticia que es la discriminación racial, aunque parezca increíble.”                  

Fidel Castro, 25 de marzo de 1959

No pretendo negar que la ciudadanía, y los intelectuales en particular, ejerzan todo su derecho para criticar cuanto discurso asome a la luz pública. Pero lo que sucede en este caso es que la argumentación no solo rechaza la existencia del racismo, sino que trata de impedir la socialización a un tema decisivo, no solo para la población negra y mulata sino para toda la nación cubana. Los análisis insisten en disolver el racismo de modo directo o solapado, para tal propósito cuentan con un formulario de enfoques reiterados que analizan el tema como si se tratara de un asunto literario cualquiera.

En ocasiones, aquellos enfoques simplistas pretenden descalificar la crítica, venga de donde venga el tema; pero no profundizan en las causas reales del conflicto y, por tanto, no favorecen la aparición de un consenso fuerte que ayude a la apertura del tema. Un procedimiento que muchas veces deja las ideas sueltas, en la superficie, como una ola que se aleja de la costa, como si se tratara de una invención callejera, carente de contenido ideológico medular para la sociedad cubana.

El desafío aquí y ahora debería contribuir a fortalecer el consenso indispensable que permita visibilizar el racismo de modo objetivo y concreto, como única alternativa para encontrarle las soluciones dentro del proyecto revolucionario. Sin especulaciones, subterfugios y recetas extemporáneas —como aquella manida de “Todos somos cubanos”—. La cuestión no es utilizar como pretexto las posibles dudas sobre los avances obtenidos en más de medio siglo por el proyecto, sino transformar esa realidad adversa que está ahí y demanda de una mirada desprejuiciada de cualquier persona cubana, extranjera o llegada de la luna.

Un ejemplo del poco consenso hacia la racialidad, es el fenómeno sintomático que se expresa en la negación del racismo. Por ejemplo, cada vez que una persona negra pretende denunciar un acto de discriminación racial, su integridad moral es puesta en tela de juicio, intentando afirmar que se trata de un enfoque que está fuera de la Revolución, incluso a pesar de las claras intervenciones de Raúl Castro  con respecto al tema, quien lo calificó como una vergüenza para los ideales del proyecto.

Ante la posibilidad de un debate sobre el racismo, aparecen de inmediato posturas patéticas que buscan —consciente o inconscientemente— prolongar la evasión, utilizando impunemente argumentos que cierran de inmediato el paso hacia una reflexión colectiva que ayude encontrar las soluciones prácticas contenidas en la ideología misma de la Revolución.

La creación de ARAC (Articulación Regional Afrodescendiente de América Latina y el Caribe, constituida en La Habana en septiembre de 2012), está intentando desafiar el mito del racismo, en el nuevo escenario político y económico al mostrar la polarización histórica racismo-pobreza. Una realidad que, en los últimos años, lamentablemente ha ampliado las brechas de acceso a mejores condiciones de vida para los grandes sectores de la población negra cubana que permanecen en condiciones de mayor pobreza y dificultad para su movilidad ascendente.

Porque la paradoja cubana, ha estado en no utilizar aquellos espacios de la institucionalidad que pudieran revertir el impacto del racismo en la sociedad actual. ARAC está propiciando ahora, por primera vez, un diálogo de trabajo con espacios no institucionalizados desde donde es posible organizar propuestas diseñadas con la participación de liderazgos comunitarios y personalidades desde la base de la sociedad, donde puedan converger grupos y personas diversas.

ARAC en Cuba está intentado también abrir un camino hacia la posibilidad de encuentros y negociaciones en la sociedad cubana, sin miedo para establecer alianzas en espacios institucionales e informales. Lo que implica una responsabilidad y, al mismo tiempo, concertar un compromiso para la intelectualidad negra junto con un sector de artistas, escritores y personalidades blancas conscientes del problema, que intentan también buscar formas para eliminar el racismo y la discriminación racial.

Esta oportunidad incipiente aún, modifica en un aspecto mínimo todavía el obstáculo primordial: la poca atención política. Paralelamente, se abren puertas a proyectos que deben contar con más decisión y participación de las comunidades. El reto en los momentos actuales, estaría en poder diseñar una agenda consensuada que tenga como hilo conductor un plan de acción colectivo. Hace unas semanas, la inclusión de un dirigente negro al frente de la Asamblea Nacional y de un grupo notable, sobre todo de mujeres negras, en la esfera de estamentos ejecutivos pudiera ser el anuncio de una inclusión más efectiva con intencionalidad.

Se trata, entonces, de explorar aquellas oportunidades realizables con propuestas específicas, una situación que exige al mismo tiempo derribar las dificultades clásicas emanadas del ocultamiento a la discriminación racial. Está claro que muchas de las incomprensiones son el resultado de siglos de opresión de colonialidad, en una circunstancia en las cuales el racismo ha sido negado de modo dogmático.

La idea es poder rebasar esa estructura mental de matriz antinegra que tiene su origen en corrientes de pensamiento heredadas de una cultura de la hispanidad que no acepta, todavía, compartir la toma de decisiones en completa igualdad social. Para ese segmento de la sociedad cubana que no entiende o no quiere entender el racismo, las soluciones están dirigidas solo con opciones paternalistas que tienen como base un catolicismo primitivo que no busca soluciones, sino propuestas pequeño burguesas, como “darle” a los negros algunas “cosas”; pero no reconocen que el problema no es dar, sino compartir la igualdad y la equidad.Porque la población afrodescendiente en Cuba se ganó hace siglos el derecho a participar plenamente en la toma de decisiones en la nación que fue construida con su aporte decisivo, en el trayecto por la liberación nacional.

El tercer espacio de conflicto para el consenso está en la propia población negra y mulata que, en ocasiones, está también contaminada con procedimientos de  subalternidad impuestos y afianzados en la desconfianza y la sospecha, resultado del modelo etnocentrista de dominación que por siglos ha inducido a la desunión de la población africana y también de su diáspora, para explotar mejor su energía laboral. El impacto de la colonialidad desde la perspectiva histórica ha promovido la supremacía de la blanquitud y, al mismo tiempo, ha tenido una incidencia en el  principio de “Divide y vencerás”. Un dilema donde es posible observar que hay personas negras que, a pesar de creerse antirracistas, son vulnerables a la manipulación de expresiones racistas.

La ausencia de una comprensión más coherente acerca del racismo como parte de un conflicto global, daña las percepciones humanistas más elementales y se expresa también en falta de adhesión política clara y sobre todo de solidaridad.

Se trata de una incapacidad que sobrevive en el imaginario social contaminado por formas de subalternidad como resultado de una política que pretende mantener la inferiorización de las personas no blancas. Un mecanismo que responde a antagonismos individuales y colectivos, como consecuencia de una débil autoestima, que es el resultado de las diversas formas del racismo, con el objetivo de impedir el surgimiento de estrategias que permitan legitimar proyectos conjuntos de políticas públicas para la reivindicación de negras y negros.

Al debilitar el mito del silencio, pueden surgir múltiples propuestas de creación colectiva que tengan la legitimidad que el asunto exige. Entonces, sería preciso explorar el tema desde aquellos aspectos del conflicto histórico que conforman el tercer impedimento al interior de la población negra y habría tal vez que formularse varias preguntas: ¿Qué  metáforas históricas sobreviven y conspiran para alcanzar un consenso indispensable en el propio contexto de la población negra con su amplia y diversa gama de enfoques?  ¿Es que las limitaciones son solo históricas? ¿Culturales? ¿Miedo a ser manipulados nuevamente? ¿Una baja autoestima que se traduce en ocasiones en prepotencia? ¿Traumas fundacionales ancestrales que están presentes en una subjetividad colectiva como respuesta al dolor, el maltrato, o la discriminación sufrida?

Las respuestas a estas preguntas deberán ser esclarecidas a partir de un debate de la población afrodescendiente en espacios participativos donde sea posible expresar sus ideas, frustraciones, sentimientos y sueños, sin cuestionamientos políticos, como parte de una historia que exige ser contada. Solo un proceso transparente que tenga como escenario un debate público hará posible derribar aquellos obstáculos que debilitan el consenso para asumir la lucha contra el racismo como un fenómeno decisivo que atañe de modo directo la justicia social en Cuba. El paradigma histórico de dominación ha promovido la división y la fragmentación en grupos con similares problemáticas, para impedir que se constituya una unidad estratégica. Dolorosamente, se trata de una actuación que se repite cíclicamente en diferentes geografías, a veces sin causas aparentes.

El desafío entonces queda del modo siguiente: ¿Podrán imponerse nuevos códigos que dejen atrás aquellas historias que tanto daño hicieron a la lucha de la población negra por varios siglos y abandonar ese tipo de polémicas como la que tuvo lugar entre Juan Gualberto y Morúa Delgado? Sabemos que la enmienda Morúa propició ese momento fatídico de la masacre de 1912, donde fueron asesinados muchos protagonistas por la emancipación de la población negra que dejó además una secuela espiritual de dolor con un impacto devastador en las personas negras a lo largo de todo el siglo XX. 

Ahora las preguntas sobre el consenso serían: ¿Prevalecerá una vez más el ambiente libresco donde un grupo, consciente o inconscientemente castra las voces de negras y negros que no han tenido la oportunidad de expresar sus ideas de reivindicación y que hoy la Revolución intenta ofrecer? ¿Surgirá un consenso nacional que permita asumir de manera definitiva la lucha contra el racismo, como parte inseparable de la búsqueda revolucionaria para crear una sociedad más justa?  

Recientemente, luego del fallecimiento de Hugo Chávez, Nicolás Maduro decía con mucha fuerza que se ha roto el estigma de la traición histórica que segó la vida de importantes líderes en la lucha por la emancipación y comentaba que ahora el desafío sería vencer el estigma de la derrota. Su frase podría aplicarse también a la realidad cubana portadora de una africanidad que no solo está presente en la población afrodescendiente, sino que es parte inseparable del espíritu de lucha y unidad estratégica de la nación, donde negras y negros no pueden quedar excluidos del protagonismo que le corresponde en todas las esferas de la sociedad bajo ningún pretexto.

Gisela Arandia es Miembro del Equipo Político de la ARAC.

Comentarios

El reto es grande pero necesario. Gracias Gisela por abrir(me) un camino hacia el consenso, para entonces hacer(me) transparente el debate. En lo particular no creo que la transparencia y legitimidad de un debate sobre la racialidad esté en su socialización inmediata. Antes, hay marcos de reflexión epistemológicos (metáforas históricas, subalternacia, hegemonía, autoestima dañada) que los intelectuales deben construir y aclarar con una gran honestidad, los cuales servirán como herramientas para visibilizar el racismo. Esa será la manera de socializar. La discriminación es la manifestación extrema y burda del racismo y se soluciona con acceso y participación, lo que no implica NI GARANTIZA la aceptación real del otro, ni su integración (Sara Gómez. Decierta Manera). Creo entonces, que el reto del consenso al que se exhorta, es dejar de reducir el tema a la discriminación (en negativo) y abrirlo(en positivo) hacia la exigencia de comprensión, inclusión, empatia y respeto por el otro. Lo que hay que despejar y socializar son los imaginarios pre-juiciosos y estereotipados sobre el negro y sobre el blanco, para desterrar el sospechosismo en las intenciones de consenso. En este sentido agrego que para mi el debate hoy, no es un cuestionamiento al esfuerzo indiscutible del proyecto revolucionario para compensar por los prejuicios o la discriminación de la que fueron víctimas en el pasado los negros. Lo que pasa es, que ese esfuerzo se ha agotado, porque ya no es suficiente y los negros necesitan más, para comenzar a sentirse que pertenecen al proyecto. Entonces, no es acceso ni representatividad lo que estamos reclamando, es reconocimiento de la dignidad y orgullo identitario. Por tanto, se impone que construyamos juntos, con argumentos y propuestas, el segundo momento que requiere la igualdad nacional. La nación no es la sangre, si no un plebiscito cotidiano que hay que negociar y construir.La conciencia de los hombres no puede reducirse a un "espíritu nacional". Comencemos a de-construir el "síndrome" que padecemos, y entonces avancemos¡ Ya lo dije, es difícil y es un reto.

Gisela, muchas gracias por tu artículo. A partir de el se podrían realizar una serie de debates con lo que algunos llaman ¨las masas¨, por su estructura orientadora y resituarnos en el rol que nos corresponde a los propios negros y negras cubanas.

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato