El bolchevismo y Eric Hobsbawn

Fernando Rojas • La Habana, Cuba

Tres sesiones de este seminario ya se han dedicado a Eric Hobsbawn. Como el título de mi presentación es "El bolchevismo y Eric Hobsbawn", empezaré entonces por el primero. Hobsbawn, por supuesto, no tardará en reaparecer.

El bolchevismo es, al mismo tiempo, una corriente ideológica entre las muchas del llamado marxismo y una corriente política del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, la corriente de aquel partido que terminó siendo la hegemónica en el momento de la Revolución de Octubre de 1917 y de la que surgió el Partido Comunista de Rusia, al que se le añadía, entre paréntesis, la "b" de bolchevique y, sucesivamente, el Partido Comunista de toda Rusia todavía con la "b" al lado y, finalmente, el Partido Comunista de la Unión Soviética ya sin la "b".

En tanto corriente política, el bolchevismo es formalmente el resultado directo de la votación para los órganos del POSDR, en el II Congreso de este, en 1903. La palabra viene de "bolshe", que significa más o mayor. O sea, la facción que obtuvo más votos en ese momento se llamó a sí misma la "de la mayoría" y ella misma llamó a la facción derrotada la de "la minoría", o sea, los mencheviques. El asunto tiene tintes entre patéticos y ridículos: pocos meses después del Congreso, la mitad de los electos por la "mayoría" se pasaron a la "minoría". Dos años después estalló una revolución que haría inviable cualquier labor de aquellos órganos electos. No hubieran tenido mayor implicación el acontecimiento y las denominaciones, si no fuera porque detrás o debajo de aquella votación se expresaban temas de mucha mayor trascendencia, uno de ellos, ventilado en el propio congreso de 1903: los que fueron minoría en la votación, cuando se discutió un poco antes el artículo de los estatutos del Partido los primeros que tuvo referido a la militancia obligatoria en una organización de base del Partido, se opusieron a esta. Los que estaban a punto de ser "los bolcheviques" la defendieron como una cuestión esencial. Su líder, coautor del proyecto de Estatutos, era Vladimir Ilich Ulianov, ya conocido entonces como Lenin. Su visión de una organización combativa, disciplinada y cohesionada conducía a la exigencia de marras. Esa visión se convirtió en divisa y praxis del bolchevismo y por ella se le identifica lo que hace también Eric Hobsbawn, junto a otras razones y motivos desde entonces. También esa visión contenía el potencial autoritario que fue germen del estalinismo.

Había cuestiones más importantes en liza, las cuestiones que tributan, desde aquel 1903, a la consideración del bolchevismo como una corriente ideológica. Si consideramos a Lenin su líder indiscutido hoy, podemos ubicar perfectamente, y desde antes de 1903, en su producción literaria, varios de los fundamentos de lo que sería después la prédica bolchevique. Aparte del ya mencionado criterio organizativo, el bolchevismo, en tanto corriente ideológica, da sus primeros pasos en 1893, cuando Lenin fija la vista en el agro ruso y, en nombre del marxismo, fustiga las concepciones populistas que veían en la aldea el embrión del socialismo. Paralelamente, comenzará a aquilatar el potencial revolucionario del campesino. Hobsbwan advertirá, con justicia, que el surgimiento de los soviets en la revolución de 1905 tiene su origen en la tradición comunitaria campesina, si bien hay que reconocer que, al influjo de la revolución, el soviet obrero tuvo bastante de creación contemporánea: la primera de estas organizaciones, creada en Ivanovo-Voznesensk, tuvo a su cabeza a marxistas orgánicos.

Conviene, desde ahora, recordar que los bolcheviques, en los primeros años muy unidos en la acción política por lo menos hasta 1917, no se distinguían precisamente por su monolitismo ideológico. Ese monolitismo, consustancial al partido soviético desde la segunda mitad de la década del 20 del siglo pasado, es ya un signo de la caída del bolchevismo. Mientras tanto, anotamos que la cuestión campesina es un buen ejemplo de las disensiones al interior del Partido. Si fuera posible la excentricidad matemática de mostrar en un gráfico la visión sobre la coincidencia de intereses del campesinado y la clase obrera, para Bujarin esta sería del 65 %, para Lenin del 50 y para Trotsky del 20. Y el gráfico apenas explicaría la visión de 1923. Sería otro el resultado si se tratara de 1905 o de 1930.

Así pues, Lenin, de las observaciones sobre el campesinado y los populistas, concentra sus estudios en el capitalismo ruso. Escribirá en 1897 "El desarrollo del capitalismo en Rusia", todavía con los campesinos en mente, pero con el claro propósito de evidenciar la capacidad revolucionaria de la base obrera del Partido. Ya se ha vinculado a las organizaciones marxistas y ha germinado la idea de constituir una férrea organización partidista, cuyo primer ensayo fue la "Unión por la liberación de la clase obrera", en el San Petersburgo de 1895, agrupación que Lenin fundó junto a Yuli Martov, un judío culto, nervioso, decente y muy laborioso, que lo acompañaría en las teorizaciones sobre la organización del Partido y la fundación del periódico Iskra, para terminar siendo su más feroz oponente en el Congreso de 1903.

Como Hobsbawn certeramente anota, los socialistas rusos, de cualquier corriente, y a pesar de sus diferencias, creían que la revolución en ciernes debía ser democrático-burguesa. Todavía en 1905 la idea de que la revolución rusa podía encender la llama de la sublevación proletaria en Europa, que Hobsbawn con agudeza reconoce en Marx, era, como se verá enseguida, una rareza entre los revolucionarios rusos.

La cuestión de la revolución y el poder revolucionario dividió nuevamente a mencheviques y bolcheviques, aún formalmente en el mismo Partido.

Tres puntos de vista se formaron sobre este problema en 1905-1907: el menchevique, ya "clásico" en la socialdemocracia rusa: en la revolución, impulsada por las masas, la inconsecuente burguesía este calificativo parece tomado de Hobsbwan tomará el poder, y, dentro de la lógica democrática y junto con los hermanos de Europa, el partido y la clase obrera podrán alcanzar, en el futuro, sus objetivos propios; el bolchevique, fundamentado por Lenin ante sus camaradas, de los que no pocos quedaron perplejos: la inconsecuente burguesía no está capacitada para tomar el poder y hará todo lo posible por no tomarlo, terminará echándose en brazos del zarismo (como efectivamente sucedió, FR). Los obreros y los campesinos deberán tomar el poder y constituir la dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y el campesinado, para realizar su propio programa. En las bases de aquel programa estaba la política agraria bolchevique, ya refrendada por el Partido. (Hobsbwan la aprecia solo en 1917)

Por último, estaba el punto de vista de Trotsky, del que más cerca estuvo, en términos concretos, del poder (fue presidente del Soviet de San Petersburgo en 1905): la inconsecuente burguesía no tomará el poder, la clase obrera debe tomarlo y encabezar las transformaciones democrático-burguesas. Europa se movilizará hacia el socialismo. La revolución será permanente.

Trotsky señaló con acierto la ambigüedad de la fórmula bolchevique. No era precisa sobre la lógica democrática ni sobre las perspectivas revolucionarias; tampoco puntualizaba el papel de las clases y los partidos. Sin embargo, contenía dos pilares del bolchevismo: la idea de la toma revolucionaria del poder y la atención al papel del campesinado.

Desde entonces, si tenemos en cuenta las posiciones de Lenin y Trotsky como posiciones bolcheviques (como se verá más adelante y es harto conocido, en 1917 ambas posiciones confluyeron), el Partido consideró la posibilidad de tomar el poder tanto por vías violentas como pacíficas: en 1917, se presentaron dos oportunidades para obtenerlo sin lucha armada. Sin embargo, la lógica de la Revolución y la guerra estableció para los historiadores la convicción de que el bolchevismo se inclinaba por la revolución violenta. Quizá por ello, Hobsbwan fijó su atención en este punto, para insistir, correctamente, en que no parece este un requisito revolucionario. Lo estrictamente bolchevique, es, insisto, la idea de la toma revolucionaria del poder y su utilización para realizar el programa de transformaciones. Los bolcheviques, como en otros asuntos, fueron más lejos aún que sus gemelos socialdemócratas en Occidente. Mientras estos últimos se hacían ministros e intentaban hacer políticas de beneficio social, a aquellos los atormentaba la sola idea de llegar al poder.

En 1907, los bolcheviques fueron derrotados junto a los mencheviques, trotskistas y otros revolucionarios (merecería otro análisis, con justicia, la presencia en la revolución rusa de otras tendencias ideológicas, pero el tema es el bolchevismo). Comenzó un período de abundantes defecciones y debates ideológicos agudos dentro del bolchevismo, inspirados en el fracaso reciente. Lenin y algunos de sus compañeros intentaron por todos los medios preservar la organización del Partido y lo consiguieron. De esa época, previa a la I Guerra Mundial datan los primeros estudios de Lenin sobre el imperialismo, que cristalizaron en el texto famoso que Eric Hobsbawn comentó ampliamente, con una penetración crítica singular respecto a este y a otros estudios de la época. El historiador captó los mejores momentos del texto leninista. No es este un asunto de esta ponencia. Nos sirve, esencialmente, para destacar otra de las características del bolchevismo como corriente ideológica, otro de sus grandes temas, junto al análisis del papel del campesinado y a la necesidad de tomar el poder revolucionariamente. De estos fundamentos saldrá más adelante "el tercermundismo leninista" (aquí introduzco una paráfrasis de los grandes temas de Hobsbawn).

En la guerra de 1914 el bolchevismo fue consecuentemente pacifista, propugnó la transformación de la guerra imperialista en revolución mundial y condenó a los partidos socialistas de la II Internacional por votar los créditos de guerra y apoyar a los gobiernos de sus países. Eric Hobsbawn estudió esos acontecimientos con agudeza y entusiasmo, pues comprendió que aquella conflagración fue el antecedente inmediato de la era revolucionaria iniciada en octubre de 1917, uno de los grandes temas del historiador. Más aún, determinadas reflexiones de Hobsbawn son más penetrantes que las de los bolcheviques, como la idea de que la burguesía imperialista veía como su enemigo natural a todo el movimiento socialista, con independencia de la actitud que cada grupo o partido asumiera ante la guerra. El caso ruso es singular por una mayor consecuencia del bolchevismo en la perspectiva de hacer de la guerra la revolución. Y en ello reside una de las causas del triunfo bolchevique y del influjo mundial de octubre 1917, que Hobsbwan ha explicado excepcionalmente. "La Revolución de Octubre escribió originó el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna".

El genio del historiador se expresa particularmente en la comprensión de la causa esencial de la victoria bolchevique en Octubre de 1917: la existencia en Rusia de una crisis nacional sin otra solución que no fuera revolucionaria y el hecho, escamoteado desde entonces por la inmensa mayoría de los historiadores, de que solo los bolcheviques estaban aptos para tomar el poder. Además de Hobsbawn, eso lo sabían muy bien Lenin y Trotsky, cuyas posiciones se encontraron en torno a la guerra imperialista y a la revolución mundial. Los principales dirigentes bolcheviques fueron sorprendidos por Lenin, cuando a su regreso de la emigración en abril de 1917, planteó la consigna de la toma del poder por los soviets. Trotsky argumentó en su momento que de esa manera el bolchevismo renunciaba a su tradicional visión de que la revolución en ciernes sería democrático-burguesa y se afiliaba a la teoría de la revolución permanente. Esto apenas le sirvió para añadir otro motivo a su posterior pugna con Stalin, por demás innecesario porque el asunto no andaba por ahí. La dualidad de poderes entre el soviet y el gobierno burgués, en 1917, que tampoco se le escapó a Hobsbawn, fue para Lenin la materialización de aquella "dictadura democrático revolucionaria del proletariado y el campesinado". Desde esa situación, se planteaba el rumbo al socialismo, lo mismo por la vía pacífica que parece habérsele escapado a Hobsbawn, mediante la obtención de la mayoría de los soviets, o por medios violentos, ante un desesperado intento del gobierno por sofocar al movimiento revolucionario, intento que Hobsbawn apreció certeramente, a pesar de que los amanuenses de Stalin intentaron durante casi 30 años silenciar el motivo inmediato del levantamiento de octubre, por la sencilla razón de que en este caso la versión de Trotsky era la correcta.

Más provocador aún es advertir cómo la postura de Hobsbawn acerca del posible carácter no socialista de aquella revolución es confirmada por Lenin. En abril, al descender del tren en la estación de Finlandia, el jefe bolchevique dio vivas a la "revolución socialista mundial". Al hablar en el Congreso de los soviets, horas antes de que los bolcheviques tomaran definitivamente el poder, Lenin sentenció: "la revolución obrero-campesina, sobre la que largos años hablaron los bolcheviques, se ha consumado" (aquí me he permitido hacer una traducción literal del ruso).

Sucedió que ante la inminencia de la revolución mundial, que en ese momento parecía a la orden del día, los bolcheviques, por una parte, le imprimieron impulso a las transformaciones que a su juicio se antojaban socialistas y, por otra, en cierto sentido no tuvieron más remedio que hacerlo, pues la guerra civil los obligó a establecer un régimen de igualdad en la miseria para sobrevivir. Infiero, siguiendo a Hobsbawn, que fue ese impulso el que aseguró el prolongado influjo mundial de aquella revolución y ello fue posible, como certeramente advirtiera, por la realización de la política agraria bolchevique. El historiador fue más lejos: "durante una gran parte del siglo XX, el comunismo soviético pretendió ser un sistema alternativo y superior al capitalismo, destinado por la historia a superarlo. Y durante una gran parte del período, incluso muchos de quienes negaban esa superioridad albergaron serios temores de que resultara vencedor".

Las masas rusas derrotaron a todos sus enemigos en la guerra civil, Rusia se preservó como un estado y "la paz cito a Hobsbawn, diluyó una gran parte" de la "carga explosiva" de la revolución. El movimiento socialista mundial, cuyas bases miraban a los bolcheviques con mucha simpatía, no realizó la revolución mundial. Uno de los más espectaculares aportes de Eric Hobsbawn al análisis del movimiento revolucionario es su comprensión de que la fundación de la III Internacional fue un acto sectario, en tanto limitó considerablemente los dividendos de aquella simpatía. No obstante, el historiador apreció el significado del flamante movimiento comunista como vehículo de difusión de las ideas de octubre de 1917.

Los bolcheviques descubrieron que se quedaron solos. Tuvieron que "retroceder" hacia el mercado y el dinero (en diciembre de 1920 el gobierno soviético preparaba un decreto para abolir este último), concentrarse en el comercio, mirar otra vez con intensidad hacia el campesinado y procurar convivir en paz con las potencias capitalistas, que para algunos de ellos, a la sazón, ya no debían existir. Se resintió la práctica del internacionalismo y andando el tiempo la necesidad de la "coexistencia pacífica" condujo a sustituirlo por la vulgar geopolítica del reparto de esferas de influencias. Se burocratizó el poder popular. Se agitaron las pasiones y las diferencias al interior del partido y de su dirección. Pero el influjo de la gran revolución sobre el mundo persistió. Es interesante como Hobsbawn lo subraya, aún con la certeza de la erosión continua del régimen. El impacto de Octubre de 1917 y el conocimiento de la historia de la revolución persuadieron a Hobsbawn de insistir en la clave historiográfica, sumamente incómoda para la reacción, de que los bolcheviques no solo "podían, sino que debían tomar el poder" (la frase es de Lenin). Hobsbawn es a la vez exacto y casi irónico: "lo más problemático era la perspectiva a largo plazo". Y sigue: "Entre tanto, la tarea principal, la única en realidad, de los bolcheviques, era la de mantenerse".

No he podido precisar cuánto conoció Hobsbawn los últimos textos de Lenin, los escritos entre noviembre de 1922 y los primeros días de marzo de 1923. Dos comentarios muy atinados demuestran que los leyó con su proverbial perspicacia: la especulación sobre que Lenin "parece haber sido partidario de la postura gradualista" en la discusión sobre la nueva política económica y la plasmación del reconocimiento por Lenin de que "todo lo que el Partido tenía a su favor era el hecho de haber sido y, con toda probabilidad, continuar siendo el gobierno aceptado y consolidado del país; nada más."

Ese último legado de Lenin es esencial para la comprensión del bolchevismo. En él, junto al campesinado y el imperialismo, aparecen nuevos temas, los del último bolchevismo, que fueron mejor comprendidos, con excepción de Nikolai Bujarin, por los seguidores de León Trotsky y no por los fundadores del Partido. Hobsbawn se percató certeramente de que esa comprensión no sirvió de nada. Añadió también que estas polémicas son hoy irrelevantes, afirmación dudosa si se tiene en cuenta que su estudio es imprescindible a quien interese conocer el bolchevismo.

Dejo para más adelante los temas conocidos, que en términos de la revolución mundial que obsesionaba a Hobsbawn, por conocimiento y por militancia, son sin duda los más importantes. Los nuevos temas fueron la crítica a la fundación de la URSS y aún la prácticamente desconocida solicitud de Lenin de que no se fundara asunto que forma parte de los temas del nacionalismo del siglo XX, que, señalo de pasada, motivaron a Hobsbawn en sus reflexiones; la crítica a la burocratización del Partido; la planificación centralizada; la apuesta por la cooperativización como principal vehículo de una socialización efectiva de la propiedad y el trabajo y la visión de la revolución como un cambio cultural.

Este último tema leninista adviértase que no digo bolchevique implica una profunda comprensión del carácter de la dominación desde la época de la división de la sociedad en clases. No puede comprenderse la opresión de las masas sin entenderla como un acto cultural y no se derrota la dominación si no hay transformación cultural. De hecho, Occidente presume de su liderazgo cultural porque la autoconciencia que de él tiene, conformada durante varios milenios, se ha impuesto. Hobsbawn fue un historiador de las masas y sus ideas, y este es un asunto que debió ser de su atención. Téngase en cuenta que la primera guerra que perdió el "socialismo real", mucho antes de la caída del Muro de Berlín, fue la guerra cultural.

Por supuesto, para Lenin el principal objeto de esa transformación debía ser el campesinado ruso y por eso resumió su último programa con la idea de que "el régimen de los cooperativistas cultos es el régimen del socialismo". Al mismo tiempo, Lenin concluyó que "las principales potencias imperialistas llegarían al socialismo explotando a los pueblos" del Tercer Mundo (Lenin en aquel entonces escribió "el oriente", lo que indica una ignorancia sobre América Latina que siempre me ha sorprendido). Este aserto nos puede conducir a aquellos pasajes que Hobsbawn tituló "La Edad de oro", después de la carnicería mundial de 1939-1945, la época del estado de bienestar, del dólar, de la "coexistencia pacífica" y de cambios tecnológicos, demográficos y, en definitiva, culturales, impresionantes. El historiador acierta contra la ortodoxia estalinista, al asociar esa época posterior a la II Guerra Mundial con importantes conquistas del movimiento obrero tradicional.

No estoy seguro de que Hobsbawn haya asociado suficientemente la dominación capitalista a la dominación cultural, de que se haya percatado del todo de que la transformación cultural de los "años dorados" significa también un salto en el logro de la hegemonía cultural imperialista; observo que se pregunta si la causa de la rebeldía "tercermundista" es la colonización o la explotación imperialista, cuando culturalmente, desde la perspectiva de los oprimidos, son la misma cosa. El mismo Hobsbawn escribió: "el desarrollo económico no es una especie de ventrílocuo en el que su muñeco sea el rostro de la historia".

La afirmación leninista significa que los altos niveles económicos, sociales y culturales del "primer mundo" son consecuencia, entre otras, de la explotación del "tercero" y ese es el fundamento de la propuesta de una alianza bolchevique con los pueblos oprimidos.

Hobsbawn se debatió siempre, cuando analizó el período posterior a los 70 del siglo pasado, entre si la rebeldía "tercermundista" era consecuencia del influjo de octubre que se apagaba o de circunstancias más contemporáneas. En rigor, esa rebeldía, sin desdorar en lo más mínimo aquel influjo por el que Hobsbawn siempre "agitó la bandera", aunque "no fue un propagandista… de la URSS" y ese es el mejor ejemplo de su consecuencia tiene su origen en siglos de opresión y de dominación cultural. Él mismo escribió mucho antes: "…es un anacronismo y un error afirmar que la característica fundamental de la historia de los pueblos y regiones sometidos a la dominación y a la influencia de las metrópolis occidentales es la resistencia a Occidente". Lo señalo, no solo porque no siempre se resistieran, sino sobre todo, porque esos pueblos tenían y tienen motivaciones culturales propias.

Apelemos a una lección de la historia de Cuba. Escribe Hobsbawn:"las guerrillas del propio Fidel Castro no ocuparon su primer pueblo de más de mil habitantes hasta diciembre de 1958 (Thomas, 1971, pp. 997, 1020 y 1024). Lo máximo que había demostrado hasta 1958 aunque no era poco era que una fuerza irregular podía controlar un gran "territorio liberado" y defenderlo contra la ofensiva de un ejército desmoralizado". Bueno, pero eso ya había pasado entre 1896 y 1898. Y el asunto no es solo de tácticas militares, sino de preparación cultural para la guerra. Y quienes la prepararon a finales del siglo XIX, es la verdad, no necesitaron de la guía de Carlos Marx. Quizá pudiera decirse, con Hobsbawn, que aquellos procesos forman parte de la ola revolucionaria anterior, la que se inicia en 1789, lo que significaría, entonces, que pueden producir perspectivas de libertad y justicia tan poderosas como la del bolchevismo.

Ello no objeta, y ahí regresa Hobsbawn, que cuando los cubanos se recuperaron de la derrota y de la frustración, en los años 20 del siglo pasado, los mejores de ellos lo hicieron de la mano del marxismo y el leninismo. Es lo mismo que decir que el soviet tenía su fundamento en la comunidad campesina rusa, pero ese fundamento ya no le era suficiente para existir. Con todo, hay en nuestros pueblos una acumulación cultural que también pare revoluciones. Los sueños universales de libertad y justicia no son patrimonio europeo, pueden cristalizar desde cualquier otra perspectiva cultural, siempre que esta lo sea. Nada de esto tiene que ver con lecturas teleológicas, algo así como que tenemos socialismo porque tenemos palmas, lecturas tan semejantes al estalinismo, heredero, epígono y usufructuario del bolchevismo histórico.

Como advirtiera Hobsbawn, las revoluciones siguen, o, por lo menos, siguen teniendo lugar grandes crisis sociales y de otra naturaleza, algunas de ellas impensables hace un siglo. El historiador prestó singular atención, ciertamente muy influido por haber "agitado la bandera" consecuentemente, a varias experiencias de rebeldía en América Latina. También "la primavera árabe le generó un sentimiento de "excitación" y "alivio" que le recordaba a las "revoluciones liberales de 1848". En los últimos años, aquellos momentos rebeldes se truecan en revoluciones no violentas, en procesos que beben sustancialmente de nuestra acumulación cultural y miran con respeto la gran tradición revolucionaria de Europa. Para el final, les reservo una anécdota sobre esta afirmación.

En cuanto al bolchevismo, coloco su final alrededor de 1930, en el momento de la caída de Nikolai Bujarin, que defendió hasta sus últimos días la alianza con el campesinado, la necesidad de una economía mixta fuerte, el significado de las cooperativas y el carácter internacional de la revolución. No le bastó para vencer a Stalin, quien lo manipuló cuanto quiso, pero sí para portarse con decencia a la hora de la muerte, por demás inevitable. En los años 30 la burocratización del Partido del estado soviético devino ilegalidad, y la ilegalidad, crimen de estado. Eric Hobsbawn tuvo el rigor, la perspicacia, y sobre todo, la presencia de ánimo y la consecuencia suficientes para, aun conociendo esas circunstancias, seguir comprendiendo la gran hazaña de octubre de 1917, la de aquellos años en los que cuenta Hobsbawn Lenin decía que se habían mantenido más tiempo que la Comuna de París. Mientras tanto, el historiador fue consecuente en su crítica al llamado "socialismo real" y en su enfrentamiento al fascismo, que, como a Trotsky, lo condujo a defender a la Unión Soviética, aun cuando conocía perfectamente la degeneración del régimen bolchevique.

Su conclusión objetiva supera, o por lo menos iguala, su espíritu revolucionario: "El comunismo soviético se convirtió… en un programa para transformar países atrasados en avanzados".

Hay una razón importante para disecar el bolchevismo hasta el fin, para seguir hurgando en datos y referencias, como hacía el historiador. Ser parte de esa tradición revolucionaria que él estudió y por la que luchó, entraña también distinguir entre el espíritu original, transformador, democrático y revolucionario del bolchevismo y la corrupción estalinista del régimen soviético. Si no sabemos hacerlo, no vale la pena la idea de que había que tomar el poder.

Les debo una anécdota, que la dedico a Eric Hobsbawn. A principios de este siglo, Hugo Chávez visitó Viena. Sabía de buena tinta lo que significó esa ciudad para el movimiento socialista internacional antes de la I Guerra Mundial y después de ella, hasta que Hitler se anexara aquel país. Sabía que los legendarios líderes del socialismo europeo de principios del siglo XX habían vivido allí en la emigración, habían realizado congresos de sus partidos nacionales en esa ciudad, y se habían codeado con los estudiosos austriacos del marxismo, cuya obra forma parte de un extraordinario caudal del pensamiento social, que tiene a Eric Hobsbawn entre sus principales exponentes. Chávez llegó a un mitin de centenares de estudiantes y jóvenes de ideas de izquierda. Se paró en la tribuna y empezó a dar vivas: Viva Víctor Adler (aplausos en un sector), Viva Rosa Luxemburgo (aplausos en varios sectores), Viva Mao Tse Tung (aplausos en un sector), Viva Trotsky (aplausos en un sector), Viva el Che Guevara (aplausos en varios sectores). Chávez concluyó: Viva Carlos Marx (la sala se puso de pie y tributó una ovación).


Versión completa de la ponencia presentada en el Coloquio sobre Eric Hobsbawn, celebrado el pasado marzo en el Instituto Juan Marinello, revisada por el autor.
 

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