La revancha, ¿desagravio,
desquite o represalia?

Cira Romero • La Habana, Cuba

Apenas unos números se han podido consultar del “Diario político e independiente” titulado La Revancha. El primero visto, el número 8, data del 25 de agosto de 1886 y, en ese momento, se encontraba en su segunda época, entonces dirigido por Felipe López de Briñas (1822-1877), quien desde la década del 40 se había dado a conocer como periodista y poeta en periódicos como Faro Industrial de la Habana, propiedad de Cirilo Villaverde y Antonio Bachiller y Morales, y La Prensa, importante publicación habanera iniciada en 1841, a la que, en su oportunidad, nos referimos en esta columna. López de Briñas, hoy una figura menor en nuestra vida literaria decimonónica, tuvo, sin embargo, relevancia, pues, entre otras actividades, fue vicesecretario de la sección de Literatura del Liceo de La Habana, entidad que lo nombró como socio de honor y auspició la publicación, en 1849, de sus Poesías. Tenía experiencia al frente de revistas, pues compartió con José Fornaris y Ramón Vélez Herrera la dirección de la titulada Floresta Cubana (1855-1856) y colaboró activamente en otras, como El Artista, El Almendares, Aguinaldo Habanero, Cuba Literaria y también en Diario de La Habana.  Autor de fábulas, alegorías y consejas, había dado a conocer en 1847 la “Tradición cubana” La cruz del misioneroRafael María de Mendive lo incluyó en Flores del siglo (1846) y en su antología América poética (1854) y José Lezama Lima no tuvo a menos admitirlo en el tomo dos de su célebre Antología de la poesía cubana (1965).

En cada uno de los números que hemos revisado, La Revancha incluía un editorial de carácter político. Cabría preguntarse entonces por qué, si Cuba seguía bajo el dominio español, se habían abierto algunas puertas que permitían que ello sucediera. La respuesta está en que, con posterioridad a la firma del Pacto del Zanjón, en 1878, la metrópoli había accedido a que los cubanos se organizaran en partidos políticos, les permitieron realizar propaganda política pacífica por medio tanto de la prensa como de la tribuna y pudieron elegir organismos locales de gobierno, como los ayuntamientos y las diputaciones provinciales. Asimismo se aprobaron los Códigos Penal, Civil y de Comercio, de modo que, al decir del jurista cubano Domingo Méndez Capote, el documento que dio fórmula legal al señalado Pacto “señaló un límite perfectamente marcado entre el pasado y el porvenir de Cuba. Con él y a virtud de él dejó Cuba de ser una colonia”, juicio controvertido que se desmorona con la preparación emprendida por José Martí de la que llamó con total justicia “la guerra necesaria”, e, igualmente, criterio que se falsea con la seudocolonia advenida a partir de 1902. No obstante, gracias al heroísmo de los cubanos durante la contienda del 68, la Isla tuvo derecho a ser representada en las Cortes españolas, se obtuvo en 1886, debido a la vertical posición de los diputados cubanos presentes en dicha instancia, la emancipación completa de los esclavos que aún había en Cuba, desde que en 1880 se había decidido la abolición de la esclavitud de manera gradual. De este modo, la lucha armada cedió paso, por algunos años, a la lucha intelectual, y se fundaron partidos como el Liberal, devenido en Partido Liberal Autonomista, mezcla un tanto confusa de pacifistas y de revolucionarios encubiertos o en potencia, aunque también se nutrió de peninsulares emigrados que añoraban crear en Cuba una República Española. Paralelo a este partido surgió el Unión Constitucional, integrado por los españoles conservadores aquí radicados, también conocidos como integristas. Fue esta la época de los grandes oradores agrupados en torno al ideal autonomista: Rafael Montoro, José María Gálvez, Rafael Fernández de Castro, Eliseo Giberga y José Antonio Cortina, entre sus voces de más altos quilates. La cultura, aunque conservó su carácter aristocrático, y siguió siendo privilegio de los poseedores de medios económicos, y el gobierno peninsular apenas dedicaba el 3 porciento de su presupuesto anual para el sostenimiento de la universidad, dos escuelas normales y seis institutos de segunda enseñanza, puede exhibir en estos años un gran número de hombres de letras y de científicos nativos que la prestigiaron, como Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Carlos J. Finlay, Carlos de la Torre, Felipe Poey, José White, Claudio Domingo Brindis de Salas, Ignacio Cervantes y, por supuesto, José Martí, que aunque desconocido casi en la Isla, se hacía sentir en otras tierras del continente, preferentemente en los EE.UU., a través de su activo periodismo. Estas circunstancias son precisas tenerlas en cuenta para que un periódico como La Revancha pudiera tener un editorial político en cada uno de sus números, aunque, como se verá, no todo transcurrió “miel sobre hojuelas”...

Este diario también publicó poesías y reseñó acontecimientos culturales y sociales de importancia ocurridos en La Habana y en el resto de las provincias. Valga como ejemplo los artículos que dedicó al avance cuantitativo de los teatros en la capital, publicado bajo el título “Cuba en fervor teatral”, suscrito por quien firmaba como Lucilo. En él se habla de los que habían surgido en Estrella 105, Águila 54, titulado Unidad de Colón, y Habana 64, llamado La Unión, así como de un escenario que inaugura en Marianao la sociedad El Recreo. En Pinar del Río el teatro adoptó el nombre de Lope de Vega y en un pequeño poblado, San José de las Lajas, abre sus puertas el Unión Familiar. En tanto, los empleados de Mazorra insisten en un pequeño teatro para el hospital de dementes. Pero como ha advertido Rine Leal, lo que acontecía “era algo más profundo que el deseo de representar. Era no solo una cuestión de abaratar localidades y escapar a escenarios europeizados y aristocratizantes, sino también la necesidad de nuevos repertorios y actores que reflejaran la realidad cubana en términos nuestros”. Igualmente, se reflejó en La Revancha la iniciativa de José de Poó de crear una Asociación de Escritores Cubanos en el Ateneo, establecido en Reina 12 y un mes después surge el Círculo de Escritores y Artistas de La Habana, acontecimiento igualmente reflejado en estas páginas.

La Revancha también reflejó el auge que había alcanzado el teatro bufo, que estimuló al público con sus novedosos estrenos, aunque el periódico no adoptó la postura moralizadora de otros órganos de prensa, como el Diario de la Marina, que, siempre recalcitrante, censuró este tipo de práctica teatral.

Un asiduo colaborador de este periódico fue Domingo Figarola-Caneda, quien había sufrido prisión por los acontecimientos relacionados con los siete estudiantes de medicina que fueron ejecutados, en 1871. Vinculado desde joven al periodismo, llegó a ser director de La Ilustración Cubana, que se editaba en Barcelona, y en Nueva York conoció a Martí y, posteriormente, colaboró en Patria. Al crearse en 1901 la Biblioteca Nacional, tuvo a su cargo la edición de sus manuscritos y se destacó por sus compilaciones bibliográficas, así como por la divulgación de nuestras figuras literarias. En La Revancha publicó Figarola–Caneda artículos relacionados con los bufos cubanos, varios trabajos dedicados a la bibliografía cubana, que fue su mayor aporte a nuestras letras, así como una serie sobre los escudos primitivos de la Isla, firmados con el seudónimo Un bibliographe. Pero, sin duda, su aporte más notable a las letras cubanas fue la publicación, en 1922, de su todavía muy útil Diccionario cubano de seudónimos, herramienta de trabajo indispensable para investigadores y estudiosos de nuestra cultura.

Con el número 21 del 11 de septiembre de 1886 cesó la publicación de La Revancha. La aparente bonanza política de la Isla no le perdonó algunos deslices y en ese número su director informa: “Condenado nuestro periódico a treinta días de suspensión y teniendo pendiente de fallo otra acusación fiscal, renuncia a la existencia, así como el reo por no sufrir una condena, que cree vejaminosa, se suicida”.

A pesar de su corta existencia en esta, su segunda época, pues de la primera no se tienen noticias, este periódico fue fiel reflejo de un momento particularmente interesante de la historia de Cuba, donde, al parecer, no habría ya más fuerzas para seguir adelante en la lucha contra el dominio colonial. Dispersas las fuerzas revolucionarias tras el Zanjón, todo parecía terminado, pero desde Nueva York, un joven comenzaba a gestar planes y a unir a los cubanos. José Martí comenzaba su batalla.

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