El pequeño príncipe de
Saint-Exupéry y los títeres cubanos

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Imagen: La Jiribilla

El escritor francés Antoine de Saint-Exupéry nunca imaginó que, 70 años después del 6 de abril de 1943, su obra literaria El pequeño príncipe seguiría dando qué hacer a cineastas, pintores, coreógrafos, músicos y teatristas. Recuperar el espíritu de la infancia fue el llamado del piloto nacido en Lyon (ciudad nativa del títere Monsieur Guignol), a través del niño que vive en el asteroide B 612 con una rosa bella y vanidosa, pero con la fragilidad propia de todas las flores. Poesía y humanismo transitan por esa obra imperecedera, que ha sido reiteradas veces motivo de inspiración del teatro de figuras nacional e internacional. Hace poco tiempo, recibí noticias de un nuevo montaje realizado en España por el Teatro Silfo, con dirección del destacado director escénico argentino Claudio Hochman, quien impartió en Matanzas un taller de puesta en escena en el año 2010.

Más de 250 traducciones a varios idiomas y más de 1000 ediciones de la famosa noveleta, compiten con la cantidad de espectáculos que por el mundo se representan cada día, sobre las tablas o en el retablo, con actores de carne y hueso o actores de los otros, los de tela, papel y cartón. Quien se aventura por primera vez en Cuba con la puesta en retablo de la fábula que enuncia: “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos”, fue Carucha Camejo, la parte femenina del trío fundador del Teatro Nacional de Guiñol. La elegante actriz, locutora, titiritera y dramaturga ya había trabajado en proyectos como El flautista prodigioso, del autor Robert Browning; Alelé, basado en el personaje de una ronda popular tradicional; La caja de los juguetes, un ballet para muñecos del compositor Claude Debussy; y La Cenicienta, versión suya sobre el conocido cuento de Perrault, estrenada en 1964, todas dirigidas a seis manos con los dos Pepe. No es de extrañar que elija el conocido texto de Saint-Exupéry para su debut, en abril de 1965, como directora artística en solitario de una obra con muñecos para niños. La versión teatral pertenece a su autoría, mientras los diseños de figuras, siluetas y máscaras fueron creación de su hermano Pepe, quien trabajó a su vez el vestuario con el muy joven Armando Morales, que comparte también el crédito escenográfico y de móviles con el talentoso titiritero y artista plástico Ernesto Briel. La coreografía lleva la firma de Julio Medina y la música es de Juan Márquez, otro colaborador habitual del Teatro Nacional de Guiñol (Teatro Breve —Obras de Lorca—, Don Juan Tenorio y Tin Tin Pirulero). Carucha era amante del riesgo creativo, de la experimentación, y su nuevo estreno de “teatro intelectual” no estuvo exento de polémicas y comentarios suculentos. Unos admiraban la poesía y belleza de la producción, mientras otros criticaron la línea poco convencional de un montaje que buscaba nuevos lenguajes de comunicación con el público infantil, detalle que marcará todo el trabajo posterior de Carucha Camejo

Imagen: La Jiribilla

Pasarían algunos años para que este título, que pronto tendrá su versión en el cine de 3D, regresara a la escena nacional. Recuerdo perfectamente la singular propuesta dramática de la actriz y directora Flora Lauten, con los alumnos del aula que ella comandaba en los primeros años de la década del 80, en el Instituto Superior de Arte de La Habana. Fiel a los presupuestos del libro sobre los enunciados de justicia, solidaridad, amor y amistad, la conocida directora realizó un hermoso y emocionante espectáculo que abordaba el sensible tema de la emigración, utilizando actores, música en directo de Enrique González y los elementos escénicos imprescindibles diseñados por Leandro Soto. La obra obtuvo el Premio a la Puesta en Escena que explora en los caminos de un renovado lenguaje teatral, del Festival de Teatro de La Habana, en 1984. Ese mismo año, un inquieto Eddy Socorro, al mando entonces del Teatro Nacional de Guiñol, vuelve a traer al pequeño príncipe a la salita del Edificio Focsa. La música fue compuesta por Julio Roloff y los diseños eran de Armando Morales. Las críticas aparecidas en la prensa fueron encomiables con la puesta en escena, y es muy especial el llamado que hace el periodista Waldo González en la cartelera de octubre de 1985: “…ahora bien, si tienes apuro o demasiada inquietud, mejor déjalo para otro día. Porque este poético espectáculo requiere ojos y oídos. Sí, debes estar atento, ya que mucha de su belleza —su secreto y su misterio— se esconde entre los diálogos, esa mágica conversación del niño con el aviador”.

En 1985, el Grupo de Teatro Infantil y Juvenil de Sancti Spíritus, estrena su visión del menudo personaje que busca un planeta donde vivir una existencia ideal. Bajo la dirección de Lilian Dujarric, música original de Denis Colina, diseños de escenografía, vestuario y luces de Armando Lumpuy, más un elenco protagonizado por el desaparecido titiritero Hugo Hernández, entre otros, la Dujarric arma una producción con actores en vivo, demasiado cercana al estreno de Flora Lauten, con los destellos de aquel montaje todavía titilantes, lo cual seguramente incidió en las duras críticas que califican de forma negativa el paso de esta puesta por el IX Festival de Teatro para Niños y Jóvenes de La Habana.

El Guiñol Santiago estrena años más tarde, con versión y dirección de Ana María de Agüero, una propuesta marcada por los sugerentes diseños de Suitberto Goire, pero de la cual no poseo más referentes que mis recuerdos de muchacho arropado por la oscuridad de la sala y el trabajo titiritero y actoral de mis colegas del grupo oriental. Recuerdo también de esos tiempos, a caballo entre los finales del siglo XX y el advenimiento del XXI, el bellísimo muñeco del principito que concibiera el pintor y diseñador Tomás Sánchez, para una serie de televisión dirigida por Julio Cordero, con importantes personalidades del teatro y la pantalla chica en los personajes protagónicos y episódicos.

Imagen: La Jiribilla

No recuerdo otros intentos cubanos desde los títeres o con actores en el territorio nacional. Seguro que los hay y mi delgada memoria no los retiene. De forma muy personal, pienso que la relación de nuestro movimiento titiritero con este libro tan especial ha sido muy prudente. No todos se atreven a representar una historia cargada de pensamientos filosóficos, polisémica en sus diversas y ricas imágenes, con guiños a los niños y a los adultos desde sus conocidas y comentadas metáforas. Como diría el Rey en su encuentro con el pequeño príncipe: “Hay que exigir a cada uno lo que cada uno puede hacer”. Mi saludo en el 70 aniversario de creada la novela por Saint-Exupéry, es para todos los que han dialogado con el niño de cabello rubio y bufanda invernal al cuello. Yo no he podido todavía, lo confieso. Por eso me siento como el zorro de la narración cuando le dice al pequeño: “Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a 100 000 muchachitos. Y no te necesito, y tú tampoco me necesitas, no soy para ti más que un zorro semejante a 100 000 zorros; pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro, serás para mí único en el mundo, seré para ti único en el mundo”.

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