Qué sabemos de Zanzíbar

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Es raro, muy raro, que Zanzíbar sea noticia en nuestros medios culturales. La sabemos pequeña isla ubicada en el Océano Índico, integrada a la República de Tanzania en África oriental, portadora de fuertes tradiciones milenarias, puente entre las culturas de dos continentes. En Cuba, gracias a los magníficos cursos impartidos en Universidad para Todos por el profesor Sánchez Porro, su historia se ha hecho familiar. Pero de la cultura viva de Zanzíbar, como la de otras muchas zonas de África, apenas sabemos nada. Sencillamente, estamos más familiarizados en nuestro país y otros de la región, con lo que se escribe, pinta y canta en los centros hegemónicos de la cultura occidental, que con lo que escribe, pinta o canta en Sudáfrica y Argelia, en Ghana y Uganda, cuando por razones de matrices culturales compartidas no debía ser así.

De ahí que me llamara la atención que Prensa Latina reportara en estos días de abril la muerte de uno de los íconos de la cultura zanzibariana. Imaginen a una Rita Montaner, a una Elena Burke, o a las afortunadamente vigentes Celina González u Omara Portuondo.

Ese es el caso de Bi Kidude, una mujer que rompió las barreras del tiempo y la popularidad, con su única manera de cantar el género musical por antonomasia de la isla, el taarab, de fuerte arraigo en Tanzania, Somalia, Kenia, Sudán y Uganda, pero también apreciado durante las últimas décadas, gracias a la industria discográfica, en la India, Pakistán y las formaciones insulares del Índico, y observado con interés por quienes en Europa occidental siguen los avatares de las músicas que se generan en el Tercer Mundo bajo el nombre comercial de world music o músicas del mundo.

Bi Kidude vivió más de cien años. Comenzó a ganar notoriedad a partir de la década del 30 del siglo pasado pero su verdadero apogeo sobrevino con el auge nacionalista que acompañó en los 60 el proceso independentista de Tanganika y Zanzíbar, cuando ya era una mujer madura y los programas de la radio comenzaron a ocupar un lugar privilegiado en el consumo cultural de los habitantes de la región. Esto a su vez repercutió en la concurrencia masiva a sus conciertos y en la reafirmación del taarab como la expresión más genuina de la música popular zanzibariana, fuertemente influida por los préstamos de la tradición islámica.

Esos vasos comunicantes con el entorno sonoro árabe se han acentuado en los últimos tiempos —Bi Kidude ha sido comparada con el mito mayor de la canción egipcia, Oum Kalthoum—, aunque con los procesos globalizadores algunas de las nuevas formaciones de Zanzíbar han arrimado a la tradición los efluvios del pop y el hip hop. Algo de esto se ha visto en Cuba gracias a la quijotesca empresa de Guille Vilar en el único programa de la televisión que se preocupa por arropar a la mayor cantidad posible de las músicas del planeta.

Varias son las estrellas internacionales del taarab, así como las orquestas que cultivan la tradición, pero Bi Kidude sigue siendo la reina, el punto de referencia.  

Quizá haya llegado el momento de orientar nuestro oído hacia latitudes desconocidas y de saldarla asignatura pendiente con Zanzíbar y otras tierras africanas. 

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