Alfredo, un abrazo en donde quiera que estés

Salvador Salazar • La Habana, Cuba

Se confesaba seguidor de Maximilien Robespierre, el primero de los jacobinos, y de Paul Lafargue, el yerno santiaguero de Carlos Marx. Afirmaba a quien quisiera escucharle que el socialismo es ante todo posibilidad de mundo mejor, horizonte no concretado, pero destino tangible. Nunca lo escuché decir que creyese en la resurrección de la carne, pero estaba convencido de la refundación de las ideas. No por gusto insistió en que en un cuadro del pintor Mariano Rodríguez, titulado precisamente “La Resurrección”, presidiera las jornadas del último Festival de Cine de La Habana.

Alfredo se sentía a gusto entre poetas, escritores y pintores. Leía a los clásicos de la filosofía y aún soñaba visitar, por última vez, el París de su juventud. Los libros lo acompañaban a todas partes, desde gruesos tratados de historia del arte, ensayos políticos, y las últimas novelas que los amigos le hacían llegar desde diversos lugares del mundo. Siempre concebía nuevas ideas. Por eso, a los 88 años con los que murió, era aún un muchacho joven, que lo mismo podía citar fluidamente a un autor francés que mandarte al demonio si así lo consideraba pertinente, con una cubanía universal que pocas veces se ha visto en nuestra Isla.

Enemigo del dogma y del discurso pedestre, de la vulgaridad y la chabacanería, apostaba constantemente en los jóvenes como fuerza motriz de la sociedad. Creía en ellos. Su actividad de apoyo a la creación artística e intelectual de las nuevas generaciones hicieron, sin duda, de Alfredo el primer mecenas de la Revolución. Era feliz de reunirse durante horas con los muchachos de la Asociación Hermanos Saíz, con los estudiantes de la Universidad de La Habana, y de la Escuela Superior del Arte. Dedicó la última etapa de su vida a trasmitir a los jóvenes un discurso emancipador y libertario, de recordar aciertos y errores de una generación que cambió a sangre y fuego la historia de Cuba y de América Latina. Alfredo nunca recomendó prudencia, y a lo largo de los años se lanzó varias veces a defender hasta las últimas consecuencias las ideas en las cuales creía.

Sus historias eran apasionantes. Lo recuerdo contando cómo conoció en Cannes a la Gran Duquesa de Luxemburgo, o su trabajo junto con Luis Buñuel en México, o la primera vez que cruzó los Andes en avión para visitar el Chile de los festivales de Viña del Mar, o los diálogos con Fidel y Raúl Castro, dos jóvenes que como él soñaban y concebían la rebelión contra Batista. Alfredo estuvo en primera fila durante los años en los que se construyó la cultura y el arte de la Revolución. Había visto mundo y participado de los grandes debates de su tiempo. Sus polémicas resultan hoy día material de estudio para quien desee seguir la historia de este país en las últimas cinco décadas.

Cuando se escriba con calma acerca de los días iniciales, luminosos y tristes, felices y desesperados de este gran cuadro que ha sido la Revolución cubana, los historiadores tendrán que regresar a la figura de Alfredo, uno de los intelectuales más lúcidos que ha dado mi país en su historia reciente, alguien que luchó desesperadamente por conjugar en armonía socialismo, creación, belleza y libertad.

Me enteré de su fallecimiento hace menos de una hora. Un infarto detuvo su corazón enfermo. Esperé verlo como siempre a mi regreso a Cuba, y quizá contarle de estos días apasionantes que se viven hoy en Venezuela. Su oficina, un templo barroco donde TeleSUR está encendido las 24 horas, es también un cuartel general de la Revolución y de las ideas libertarias; desde ahí se sigue soñando y sufriendo el destino de América Latina.

Recuerdo que un día Alfredo me preguntó si creía en Dios. Le dije que pertenecía a una generación que no había sido formada para concebir la fe. “Ya creerás —me dijo—, cuando se va acercando el final todos creemos”. Me dicen que por deseo explícito sus cenizas serán esparcidas en la escalinata de la Universidad de La Habana, uno de los lugares que más quiso y donde comenzó su andar como intelectual orgánico, que es decir inconforme, que es decir creador. Sigo sin concebir la fe —“en mi caso entonces es demasiado pronto”, le respondí ese día a Alfredo—, pero desde donde quiera que esté llegue el abrazo grande y el agradecimiento eterno a quien con su ejemplo me enseñó a creer en la resurrección, que es refundar, recomenzar, volver a emprender caminos y deshacer entuertos, trazar caminos (múltiples caminos) y borrar fronteras.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato