Alfredo Guevara: Con la lucidez joven

Marta Rojas • La Habana, Cuba

Sus experiencias en el trabajo político de dirección estudiantil, bien aprendidas y empleadas desde la adolescencia en el Instituto de La Habana y durante sus primeros pasos en la Universidad, las ha considerado por sí mismo insuficientes, ante el empuje de otro estudiante a quien conoció desde el día que irrumpió en el Alma Mater: era Fidel Castro Ruz y él, Alfredo Guevara Valdés.

Renuente a celebraciones onomásticas, no se puede pasar por alto a esta figura intelectual cubana, cuando se habla de una generación fundadora en nuestro siglo XX. El 31 de diciembre —fecha que marca el día de su nacimiento— no estaría en Cuba, andaría atareado en labores de producción artística y auscultando tempranamente obras para el próximo Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, recién concluido el 27. Es la ocasión en que encuentra un rato para esta conversación un tanto biográfica. De entonces datan estas líneas.

Alfredo es habanero raigal. Nació en Churruca número 1, barrio capitalino del Cerro, hijo de un maquinista de los ferrocarriles de Ciénaga y de una enfermera —Luisa—, que fue longeva y lúcida hasta sus últimos años. He escuchado de Alfredo que para su padre no había otro imperialismo que el británico, asociándolo al poder de este en el sistema ferroviario: ese es su origen más directo. De su padre, me dijo una vez: “Aprendí un principio moral que no me ha abandonado nunca, y es que la persona que no es auténtica está muerta, que la vida y proceder ficticios no es vida, él era un obseso de la autenticidad”.

Muy delgado, de salud algo precaria en su juventud, desplegó, sin embargo, desde adolescente una energía inusitada. Como jóvenes militantes de la Juventud del antiguo partido comunista él y, otros compañeros se “infiltraban” en las aulas nocturnas del Instituto a las cuales asistían los estudiantes más modestos, aquellos, entre tantos, que tenían que trabajar para sobrevivir, aunque no desestimaban a los de la sesión diurna o regular. Ningún método persuasivo o de acción les fue ajeno, en compañía de otra luchadora de entonces: Natacha Mella. Por aquel tiempo, Alfredo se asumía “un poco anarquista”, pero con la formación marxista que iba interiorizando era el joven idóneo para acometer la misión de la Juventud Socialista en la Universidad, que no era otra que la de influir políticamente en la Escuela de Filosofía. Pronto Alfredo Guevara fue electo secretario de la Federación Estudiantil Universitaria.

Se hizo notar, entre quienes compartían tareas de dirección en la organización estudiantil, por la valentía, la profundidad política y la cultura consolidada en el auto estudio  del marxismo y la asimilación de conocimientos históricos, filosóficos y literarios amplios.

Un día se le acercó un compañero y le dijo que acababa de entrar a la Escuela de Derecho un muchacho “que está agitando como loco y creo que ustedes deben tener contacto a ver qué se hace”. Pensó que ese muchacho iba a ser su rival y se acercó a él. Para el impetuoso y persuasivo Alfredo no había obstáculo difícil de vencer para obtener la supremacía en la FEU. Se produjo el encuentro. “Es un fenómeno, puede ser un nuevo José Martí, pero también todo lo contrario”, expresó descarnadamente. Esa fue su primera apreciación sobre la personalidad del recién llegado de una escuela jesuita, nada menos que del Colegio Belén. La transición en el conocimiento del condiscípulo fue rápida: encontraría en el joven Fidel Castro Ruz que era de quien se trataba, no solo a un aliado, sino bien temprano a un soldado con voz y pensamiento excepcionales dentro de los avatares estudiantiles, al continuador legítimo de Martí, a tal punto que su misión de “captar” a aquel muchacho que tenía “revuelta” la Escuela de Derecho se había revertido totalmente. En una corta etapa, Alfredo Guevara, junto con los hermanos Benavides, Enrique, Pancho y Delfina y otros jóvenes  más entre ellos Baudilio Castellanos1 condiscípulo y amigo de Fidel, estarían volcados en una vorágine de acciones que iban desde la reivindicación de los símbolos patrios —la campana  de La Demajagua—, la protesta por la acción de ignominia cometida por los marines yankis que mancillaron la estatua de José Martí en el Parque Central, hasta las luchas cotidianas contra el aumento injusto del pasaje en los ómnibus.

Fidel fue siempre la indiscutible garantía para impulsar cada uno de los empeños de entonces, tales como el Comité contra la Discriminación Racial, uno de los más combativos y combatidos; el Comité por la Independencia de Puerto Rico y el Comité Pro-Democracia Dominicana, contra el sátrapa Trujillo. Apunta Alfredo.

El 9 de abril de 1948, Alfredo y Fidel estarían juntos en Bogotá —formando parte de una delegación de la FEU al Congreso Latinoamericano de Estudiantes—. Coincidió ese momento con el asesinato del líder colombiano Jorge Eliecer Gaitán y el levantamiento popular subsiguiente.

De vuelta a Cuba, Alfredo continuó su lucha política estudiantil, y no abandonó nunca la pista de Fidel Castro. Ya, de hecho, era un militante del “grupo” de Fidel, y tanto fue así que tras el asalto al Moncada es detenido  y juzgado en La Habana. Esa misma mañana del 26 de julio de 1953, con toda urgencia, tan pronto supo del asalto, hizo desaparecer documentos comprometedores y libros de literatura marxista de la casa de huéspedes habanera donde se hospedaba Raúl Castro, amigo suyo también de aquellos tiempos.

Antes que intelectual, Alfredo ha preferido autodefinirse como revolucionario. Esa condición ha estado unida a su devoción por el cine, como lo demostró en la realización, junto con Julio García Espinosa y otros compañeros, del filme El Mégano, denuncia sobre la vida en la Ciénaga de Zapata en las duras condiciones de la etapa prerrevolucionaria.

A lo largo del tiempo, su obra sobrepasa la del cineasta, aunque haya sido fundador del ICAIC y su Presidente por muchos años, e igualmente fundador y presidente del Festival: su dote y obra de ensayista de extraordinaria profundidad es tan válida como la del diplomático que representó a Cuba en la UNESCO de forma brillante. Nadie ignora su condición de orador agudo y polemista, capaz de hacer la disección más minuciosa de cualquier asunto político o intelectual en la tribuna apropiada. Obviamente, Alfredo fue siempre conocedor de las esencias de nuestra cultura.

Alfredo Guevara no se detiene y siempre ha estado creando. Alentó a tiempo una serie documental sobre figuras de la cultura cubana que tituló Persona y pensamiento, idea original en la que también asumía la dirección general. Dos de estos documentales, en corto tiempo, se exhibieron durante un Festival. Fueron: Harold Gramatges: la magia de la música, y Esther Borja: rapsodia de Cuba, dirigidos, respectivamente, por los jóvenes cineastas René Arencibia y Pavel Giroud. Proyectó otros dedicados a Juan Blanco, Roberto Fernández Retamar y Carlos Manuel de Céspedes, y más intelectuales y artistas. Su obra como ensayista se plasmó en Revolución es lucidez.

Pensaba hacerle una larga entrevista pero, con la mayor amabilidad se me escapó el día que conversamos sobre estas cuestiones, como preámbulo. Mas, un rato después me dijo por teléfono: “Lo que más agradecería es que me trataran como a un joven con lucidez, en cuerpo de viejo”.
 

1. Dr. Baudilio Castellanos, en 1953 abogado de oficio de los asaltantes del Moncada, entre ellos de Haydée Santamaría. Fue el primer abogado que se presentó —espontáneamente—, para asumir la defensa de los jóvenes revolucionario en Santiago de Cuba. Combatiente clandestino del M-26-7. Primer Director del INIT, al triunfo de la Revolución y durante muchos años Embajador de Cuba en Francia. Falleció en funciones de un importante cargo en el Ministerio de la Industria Básica.

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