Hablar de Alfredo, centinela y artífice

Manuel López Oliva • La Habana, Cuba

Desde hace décadas Alfredo Guevara se había convertido en una suerte de arquetipo vivo del dirigente de la cultura proyectado en función de la creatividad, la libertad responsable y los requerimientos de la autodeterminación histórica. Él —como Haydée Santamaría— supo equilibrar el rumbo de la acción desarrollada, sin extremismos ni populismos, sin el riesgo del dogma esterilizante ni el pasadismo en los enfoques de la producción espiritual. De ahí que se escucharan frecuentemente criterios dentro del sector artístico y literario  que  los tomaban a ambos en calidad de ejemplos de cómo debía ser un gestor intelectual y conductor práctico en la aplicación de una política cultural acertada y sin entreguismos a intereses ajenos de cualquier especie.

Fue en mis tiempos juveniles, en Manzanillo, cuando supe de Alfredo por primera vez. No solo porque allá pude percibirlo mediante la revista Cine Cubano, recién surgida, sino porque algunos intelectuales orgánicos de mi ciudad natal hablaban de él con respeto. También durante los 60 pude leer sus polémicas y coincidir en mucho con sus enfoques acerca de la naturaleza peculiar del pensamiento y la práctica propias del arte, así como con esa manera suya de entender a la imaginación y la renovación estética integradas a la construcción de un espacio plural para el cultivo de la sociedad. Ya estando yo en La Habana, al ser elegido para representar a los que éramos alumnos de la Escuela Nacional de Arte (ENA) en el Congreso Cultural del año 68, pude apreciar el tino y cuidado de Guevara para manejar asuntos complejos, en aquel debate multiprofesional y multinacional desplegado dentro de la Sub-Comisión de Vanguardia Artística y Tradición.

Alfredo Guevara no ha sido una personalidad simple, estándar, fácilmente mensurable en términos volitivos y de comunicación. Uno de los profesores de la ENA, Servando Cabrera Moreno —que había sido su amigo y realizó los dibujos preliminares para la conformación de las visiones fílmicas de El Mégano— me lo había descrito como muy sensible, persistente, cuestionador de las pautas establecidas, y provisto de una inteligencia selectiva que se crecía en conflictos. Fue aquella la impresión que siempre tuve en cuenta en los diálogos con él, sobre todo a partir de que en 1980 me propusiera —por mediación de la periodista y novelista Marta Rojas— ir a trabajar en su equipo, sobre todo para ocuparme de cuestiones inherentes a la formulación de la crítica de arte y la conexión entre cine y artes visuales. De esos años mantengo el recuerdo que lo retrata como persona de proceder dialéctico, aparentemente “barroco” en ciertas formulaciones, preciso y tajante en sus posiciones, y con estrategias circunstanciales derivadas del método cambiante que usaba en la solución de dilemas y  alternativas indispensables para entrelazar diferencias en pos de fines muy bien delimitados.

Quienes conocimos a Guevara y creemos que todo ser humano requiere ser tratado y valorado a partir de sus singulares motivaciones e ideas, coincidiríamos en verlo —no obstante contradicciones de apariencia— como coherente con su formación, episodios de vida, predilecciones íntimas y criterios intelectuales estructurados. Los filósofos, estetas y teóricos de la cultura que publicó en las ediciones del ICAIC, durante su mandato, constituían casi “una tropa conceptual de referencia” de su mismo ideario sobre el sentido y utilidad de lo artístico, la sociología del gusto, el papel del intelectual en los procesos de independencia y cambio social, la perspectiva transformadora del cine, la expansión social de lo elitario como posibilidad de públicos mejores, lo prioritario de la catarsis y el hedonismo, y ese permanente contrapunto entre lo que viene de la historia y lo que nace de la subjetividad.

Alfredo Guevara fue fiel a su manera de entender el comportamiento individual del ente culto y las preocupaciones del político. Tuvo opciones en el saber y el sentir que reflejaba en cuanto hacía; y evidenció inclinaciones respecto de temas y figuras culturales, que no le impedían apreciar los fundamentos populares implícitos en la épica y en las poéticas derivadas de esta. Su huella se extendió más allá de las faenas que desempeñó directamente, desde su país y en la UNESCO. Y bastaría contemplar la valiosa producción cinematográfica de Cuba y lo que él bautizó como el “nuevo cine” latinoamericano, para aquilatar una obra compartida que lo proyectó también con hacer fundacional en otros dominios de las Artes y las Letras, e igualmente en la industria editorial y los canales descolonizadores de las ideologías y los símbolos.

Su desaparición de ahora no podrá arrancarlo de la memoria intensa y frecuentemente lacerante, con sueños y pesadillas, que lo tuvo siempre en estado de centinela y de artífice.

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