Infancia minada

Alex Fleites • La Habana, Cuba

Según datos confiables, el 15 % del territorio colombiano está infectado de minas antipersonales. Se trata de artefactos ciegos que se “siembran” y permanecen olvidados hasta que alguien, generalmente ajeno al conflicto que por más de seis décadas asola a ese país, pasa a su lado para dejar un tributo a la estupidez humana: miembros cercenados, ojos que no volverán a mirar, vísceras que paulatinamente dejarán de latir hasta la disolución, la nada.

Un balón rueda por el campo, una cometa pierde el contacto con la mano que la ase, un animal escapa de su joven pastor… y en un instante el infierno. Porque si la muerte de cualquier ser producto de la violencia demencial es incomprensible, obscena, la de los niños es la aberrante ruptura de la continuidad natural, el fin de la posibilidad, la clausura de lo que forzosamente debiera realizarse.

¿Y qué hace un artista ante tan desolador panorama? Más justamente: ¿qué hace el fino labrador de asombros que es Ángel Alfaro, hombre dotado para la vehemencia lírica, ante la prosaica realidad? Pues estallar él también en fragmentos, oponerse “visceralmente” a la aceptación fatal del absurdo, discursar, razonar, aullar si fuera necesario.

Imagen: La Jiribilla

Mediante el recurso metafórico del todo por la parte (sinécdoque), Alfaro nos muestra su “colección” de muñecas mutiladas; más que de sus miembros, separadas brutalmente de sus niñas. Ensaya en sí mismo el horror antes de pasarlo al plácido visitante de galerías y museos; fotografía, manipula, pinta, graba e imprime (en orden aleatorio) desde su herida sensibilidad, desde el hondo compromiso que no se atiene a consignas ni a externas filiaciones.

Quienes saben, admirarán la mixtura de técnicas, el uso novedoso de este o aquel recurso, la variedad de soportes, la alquímica contaminación genérica, la maestría en la consecución de la estampa, que es el fin visual. Quienes sienten, se hallarán ante obras desgarradoramente hermosas con las que sería doloroso convivir.

Desaparezca el objeto y desaparecerá el reflejo, nos dice este cubano trasplantado a Bogotá. Quienes creemos saber y sentir no podemos menos que ovacionar su gesto de gran alcance artístico y, por eso mismo, humano.

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