Partir y no partir; hemos perdido a un grande

Aurelio Alonso • La Habana, Cuba

A un grande de la cultura, un forjador, uno que abrió caminos al lado de Fidel, que no se regodeó con logros, que no le huyó a los riesgos, que no escatimó la crítica, que no le temió al revés. Los hombres que dejan su huella construyendo para los pueblos no parten del todo. Pienso que ni siquiera habría que describir ahora detalles y datos, porque el país no necesita de descripciones; el país entero sabe que el nombre de Alfredo Guevara significa la existencia de una sólida escuela cubana de cine, nacida y marcada de manera indeleble por el hecho revolucionario. Junto a sus contemporáneos, que pudieron hacer cine en serio con la Revolución, se formaron otras generaciones de realizadores, guionistas, actrices y actores, fotógrafos, sonidistas, luminotécnicos y todo el complejo de profesionales que reclama el séptimo arte para serlo. La clarividencia de sus proyectos y la audacia de su proceder le abrieron las puertas para conseguir el apoyo de figuras notables del arte cinematográfico, como Cesare Zavattini, Gerard Phillip, Harry Belafonte, Gian María Volonté, Vanessa Redgrave y otros muchos.

<a href='http://www.epoca2.lajiribilla.cu/temas/alfredo-guevara' title='temas/alfredo-guevara'>Alfredo Guevara</a>

Todo floreció en torno al ICAIC. La pluma buena de los que se aventuraron al guion, la frescura de la imagen que era capaz de generar la cámara, la plástica sintética o simbólica del cartel, la cual devino tradición, el experimento musical que rompía barreras que en algún momento parecieron infranqueables. Era una parcela decisiva de la revolución cultural que tenía lugar en un país que había logrado enseñar a leer y escribir a la población adulta analfabeta en un año y les había abierto después los caminos de la escolarización. “El cine es una cosa muy importante»”, aseguraba un campesino después de ver cine por primera vez, en aquel hermoso documental del mismo nombre, que realizara Octavio Cortázar temprano en los 60. El aliento de Alfredo se dejaba ver a través del cine documental, del noticiero salido de la mano de Santiago Álvarez y de los primeros largometrajes de Titón Gutiérrez Alea y de Humberto Solás.

De todo eso van a hablar seguramente muchos de nuestros amigos en estos días. Prefiero, por ello, homenajear en estas líneas otra cara de su inteligencia creadora. Alfredo Guevara fue un pensador del socialismo. Del socialismo cubano y del socialismo en el sentido más universal. Un hombre con una propuesta coherente, crítica e intrínsecamente revolucionaria. Quiero decir revolucionaria porque aspiraba a revolucionar y revolucionaba. En los años 60 adoptó una posición consecuente a favor de difundir todo lo relevante del cine que se producía y llegaba a nuestras manos, frente a la postura que trataba, desde entonces, de regular lo que debía llegar al público y lo que no. Cuando el comienzo de los 70 impuso el dictado regulatorio que recordamos como “quinquenio gris”, el ICAIC se convirtió en un bastión del pensamiento, con Alfredo a la cabeza, y el peso de su presencia en evitar un daño más severo al mundo de la creación cultural, fue decisivo.

Después de cerca de una década representando a Cuba en la UNESCO en los años 80, retornó a la presidencia del ICAIC, para mantener sus proyecciones en las condiciones precarias en que había quedado la economía del país tras el derrumbe de la Unión Soviética y el bloque socialista europeo. Y cuando sintió que era la hora de concentrar energías en preparar su legado intelectual, renunció a la presidencia del organismo, y quedó solo con la del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en el cual concentró la carga de su atención y de su prestigio internacional. Comenzó entonces a recopilar su correspondencia, sus artículos y toda su papelería, y a publicarlos.

La comunicación de sus experiencias, de sus pensamientos, de sus críticas, de sus lecturas de la realidad vivida como un protagonista de primera línea; un hombre que tuvo el encargo de actuar en misiones que a veces tenían poco o nada que ver con sus cargos formales, pero con un significado apreciable para el país. Y lo hizo con disciplina y esmero. Transmitir su vivencia a los más jóvenes devino la obsesión de sus últimos años de aliento.

Con esta inquietud le conocí, de modo que siempre la tuvo. Creo que fue hacia 1965, junto a un grupo de jóvenes estudiosos de la Universidad de La Habana que nos interesábamos en el marxismo teórico, en la filosofía, en la cultura y en la revolución, aquí y donde quiera que estuviera  por aparecer. Fue Fidel quien nos juntó: era casi la medianoche y nos propuso ir a ver algún filme. Recuerdo —y el propio Alfredo me lo recordaba hace unas semanas, quizá la última vez que hablamos— que Fidel le hizo saber de algún modo que le quería conectar con aquel grupo; crear una relación. La invitación al cine era, al parecer, un pretexto. De todos modos vimos películas y conversamos hasta las tres de la madrugada.

Nos separaban 15 años de edad aproximadamente: una distancia etaria muy significativa en la juventud, pero que imperceptiblemente se va acortando con los años, para llegar, cuatro décadas después, a sentir y pensar como si fuéramos hijos de la misma generación. Seguramente porque el talante de Guevara lo propiciaba. O será que con los años nos volvemos de la misma generación: misterios del tiempo. Aunque de Alfredo siempre hubo algo que aprender. A veces mucho.

Creo que siempre lo voy a recordar así. Rodeado de jóvenes, compartiendo vivencias, criticando proyectos, motivando iniciativas, sembrando audacias, fecundando los caminos de pensar en revolución. Espero que sus cenizas impregnen al viento sus virtudes de pensador comprometido con el socialismo genuino.

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