Sandrine Bonnaire:

La naturalidad de un talento excepcional

Joel del Río • La Habana, Cuba

Con una sencillez y ausencia de pose que desarma a todo aquel que conozca su prestigio como protagonista de algunas de las mejores películas francesas en los últimos 30 años, Sandrine Bonnaire estuvo en la conferencia de prensa que dio inicio a la XVI edición del Festival de Cine francés, y en un fructífero encuentro, devenido clase magistral, con profesores y estudiantes de la Escuela Internacional de Cine y TV, en San Antonio de los Baños. La primera aclaración, en ambos encuentros, provino de explicar que la presencia de la actriz en Cuba obedece no solo a la presencia durante la retrospectiva-homenaje que le dedica el Festival de cine francés, sino también a que se incluye en este evento su debut como realizadora: el documental Yo me llamo Sabine, con guion suyo y de Catherine Chabrol, y ambas se encargaron de la fotografía.

Protagonista de películas fuera de serie, de esas que marcaron altísimo estándar para el cine francés a lo largo de los últimos 30 años, Bonnaire impactó primeramente a través de A nuestros amores y Bajo el sol de Satán, bajo la dirección de Maurice Pialat; La ceremonia, junto a Isabelle Huppert y dirigida por Claude Chabrol; Sin techo ni ley, que le valió un personaje inolvidable y un encuentro célebre con Agnes Varda o la versión de Jacques Rivette respecto a la leyenda de Juana de Arco, entre otros personajes y filmes antológicos. La actriz famosa se preguntó muchas veces si debía o no exhibir a su hermana autista en el documental Elle s'appelle Sabine, pero venció sus prejuicios una vez que decidió presentarle al mundo a su hermana, una persona enferma que merece la consideración y el respeto de todos, y concibió la obra a partir de comparar las etapas de ingreso y encierro, con la evolución ulterior del personaje. Así surgió Elle s'appelle Sabine más como un retrato íntimo o como un testimonio de amor a la vida que como un reportaje sobre una enfermedad.

Sandrine Bonnaire

A pesar del impresionante currículo antes resumido, Sandrine Bonnaire apenas disfruta hablando de cine, y cuando es preciso, como ahora, suele desviar la atención hacia el aspecto humano, sicológico o cultural de cada tema. De cualquier manera, la conversación con una actriz que se confiesa intuitiva más que intelectual, resultó una clase magistral sobre el arte interpretativo y las maneras en que el cine se beneficia de semejante talento. “Hablar de cine es complicado porque para mí existe una verdad absoluta: no importa el soporte ni el estilo ni el método elegido, lo único que importa es lo que se cuenta y lo que se quiere decir. Tuve la oportunidad de trabajar con muchos cineastas que tenían muchas cosas que expresar y mi recorrido fue singular, en tanto comencé mi carrera al lado de Maurice Pialat, con quien tenía la sensación de no estar actuando, sino que me limitaba a ser yo misma”.

Para mí existe una verdad absoluta:
no importa el soporte ni el estilo ni el método elegido, lo único que importa es lo que se cuenta y lo que se quiere decir”
Sobre la dirección de actores, y el modo en que ella la concibe idónea, se refirió a que un “buen director de actores nunca le habla al intérprete sobre la sicología del personaje porque todo eso debe estar en el guion y es una discusión anterior al comienzo del trabajo en el set. Un buen director de actores es aquel que comparte la lógica de las acciones, y ayuda a que el actor la exprese con el cuerpo y los gestos. Adoro los directores que me muestran de una manera física lo que quieren de mí, como lo hacía Claude Chabrol en La ceremonia, en la escena en que el personaje se siente impotente por no poder interpretar la lista de compras. Chabrol le mostró tres o cuatro gestos que expresan la impotencia del personaje y yo solo tuve que imitarlo. Muchas veces, mientras actúo estoy pensando en la cuenta de la electricidad, o en las compras que debo hacer ese día, porque mi trabajo tiene que ver más con la emoción, con los instintos que con la intelectualidad o la reflexión”.

“Con Agnes Varda, en Sin techo ni ley, tampoco había un guion definido. Ella me invitó a hacer un personaje que no saludaba a nadie, jamás daba las gracias y solo decía malas palabras. Y como el filme estaba lleno de personajes interpretados por gente que no eran actores, la directora nos daba la situación que ocurría y nos dejaba desarrollarla a nuestro modo, como fluyera. Sin embargo, la historia en general estaba muy bien pensada y tampoco abundaban los diálogos, lo cual ayudó a mostrar el silencioso vagabundear del personaje”.

Bonnaire se complace en aclarar que si introdujera la reflexión o la duda sistémica en su trabajo entonces la actuación sería un fracaso. “Estoy acostumbrada a actuar con directores muy intelectuales, y yo soy audaz, me pueden pedir cualquier cosa que no implique una falta de respeto a mi persona, y yo me adentro en la visión del director, e intento convertirme en lo que él o ella quieren, porque es su mundo, su película, su visión, y el buen actor tiene que estar completamente al servicio del director y de la historia. Si tuviera una contradicción insalvable con el director, jamás me le enfrentaría retándolo, porque eso implica falta de respeto, y se impone salvar la situación, dialogar, escucharnos mutuamente por el bien de la película. Pero yo tengo claro que la película le pertenece al director aunque participe un colectivo. Por ejemplo, Claude Lelouch, con quien trabajé hace poco, dice que todos los miembros de su staff son cineastas, y que él los escucha a todos como a sus iguales. Ese clima debiera predominar en todas las películas, porque si no hay comprensión entre el director y el actor es muy difícil que la película funcione del todo”.

Estoy convencida que el cine es un arma
política, educativa,
que tiene múltiples
usos e intenciones”
.“Para mí una película tiene tres fases de escritura: el guion, la visualidad que consiste en narrar a través de los planos, y el montaje que debe regresar la obra a la primera escritura, o sea, al guion”. También se quejó de la enorme cantidad de malos guiones que recibe en la actualidad y expresó sus sentimientos negativos respecto al cine francés de la actualidad, en el cual pocas veces se le confiere a la escritura del guion la importancia que tiene. Aludió, por ejemplo, a Jacques Rivette, que suele trabajar sin guion y le facilita al actor solo una escaleta de acciones, pero aseguró que el célebre cineasta opera de ese modo porque tiene todo el guion, con todos sus matices, escrito en su mente.

Si de solo pasar la vista sobre la filmografía de Sandrine Bonnaire uno pudiera colegir que solo escoge temas trascendentales y que además prefiere trabajar con realizadoras, la actriz se encarga de aclarar semejante equívoco: “Me parece una tontería hablar de cine hecho por mujeres o por hombres como una frontera imposible de romper. Los realizadores y realizadoras están abocados al mismo nivel de dificultades, retos y propósitos, porque todos los temas humanos son posibles e importantes. No existe uno más trascendental que el otro. Todo depende del tratamiento, del modo de contar. Me encantan las películas románticas y estoy ansiosa por hacer algo para los niños en la cuerda de Piel de asno, de Jacques Demy. Pero también estoy convencida que el cine es un arma política, educativa, que tiene múltiples usos e intenciones”.

Sandrine Bonnaire, su carrera, y su aporte al mejor cine europeo reciente, son testimonio vivo que nos habla sobre la posibilidad de que el cine sea mucho más que entretenimiento pasajero, y de que una actriz debe y tiene que ser algo más que un objeto hermoso habilitado para traducir ciertas emociones elementales.

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