Regino E. Boti, epistológrafo

Cira Romero • La Habana, Cuba

El centenario de la publicación de Arabescos mentales, libro que junto con Alas (1915), de Agustín Acosta y Versos precursores (1917), de José Manuel Poveda, contribuiría a darle un nuevo rumbo a la poesía cubana en los primeros decenios de la República, sirve también para enfocar otros aspectos del quehacer del guantanamero —cuyo servicio poético ha sido el más abordado, sobre todo por la renovación que implicó su obra en el campo de la lírica—, como su labor como ensayista en textos esenciales como La nueva poesía en Cuba (1927) y Tres temas sobre la nueva poesía (1928), este último publicado por el sello editorial de la Revista de Avance; o su permanente colaboración en publicaciones periódicas, tanto en las surgidas en la entonces provincia de Oriente, como El Resumen, Oriente, El Pensil, Oriente Literario, Renacimiento, El Cubano Libre, Orto, como en aquellas de alcance nacional, como Cuba y América, Cuba Contemporánea, Revista de Avance, Diario de la Marina, El Mundo y Revista Bimestre Cubana, entre otros títulos.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Cortesía de Regino Gaudencio Rodríguez Boti

 

Pero me interesa referirme a su labor como epistológrafo, en ese gusto indescriptible, en vías de extinción, que se nutre de escribir y recibir cartas, sustituidas hoy, en buena medida, por las nuevas tecnologías que se imponen —que si bien sería un error desconocerlas o estigmatizarlas, ellas han sido las causantes, en el caso de este tipo de documento, de su casi total extinción, sobre todo las de carácter privado—. Suplantadas por el correo electrónico, hoy las cartas casi han quedado reducidas a la esfera pública y son, por lo general, portadoras de información de carácter político y social.  

Decía el historiador Charles Morrisey que los documentos escritos en el momento en que se desarrollan los acontecimientos proporcionan las pruebas más confiables. Y el cubano Félix Lizaso, al publicar en 1930 el Epistolario de José Martí, apuntaba:

Si importantes a los ojos de la posteridad [llegaron a ser] las cartas escritas por los hombres representativos de un país en cualquier manifestación del progreso y de la actividad humanos [...] asimismo de sumo interés [era] el conocimiento de las que le fueron dirigidas durante el curso de su vida por sus amigos y personalidades ilustres, puesto que estas [...]  daban una clara idea de cómo era ese hombre considerado por los de su época, de cómo deseaban conocer sus opiniones.

Por su parte, Juan Marinello concebía la carta como una suerte de “expansión del sentimiento de la amistad” y, en 1966, al referirse a su propia correspondencia como “algo que algún día publicaría” —deseo satisfecho póstumamente en los dos volúmenes que integran Cada tiempo trae una faena... (2004) gracias a la labor de Ana Suárez Díaz— apuntaba que “toda carta amigable era una conversación... y una conversación cubana [...] una caja de Pandora con ilustraciones de tabaco habano”.

Entre los intelectuales y artistas cubanos cuyas cartas han sido dadas a la luz, y cito solamente algunas figuras, están los de José Martí, José de la Luz y Caballero, el Centón epistolario con las dirigidas a Domingo del Monte, José Antonio Saco, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Juana Borrero, Fernando Ortiz, Nicolás Guillén, el del ya citado Marinello, Lino Novás Calvo, Alfonso Hernández Catá, José Antonio Portuondo, José Ardévol, Alejo Carpentier, tanto las cruzadas con su madre como con José Antonio Fernández de Castro, el recientemente aparecido de Ernesto Lecuona, etc. Pero creo ha sido la figura de Regino Eladio Boti la más privilegiada: Epistolario Boti-Poveda (1977), preparado por Sergio Chaple; Epistolario Boti-Marinello, Boti-Guillén (1985); Regino E. Boti: cartas a los orientales (1990), al cuidado de José M. Fernández Pequeño y Florentina Boti, hija del poeta, y en fecha más reciente el primer tomo de Regino E. Boti. Cartas de aquí y de allá (2012), seleccionadas también por su hija, por Regino G. Rodríguez Boti, nieto del poeta, y por Pilar Cardet Ibarra. Lo cuantitativo y lo cualitativo se aúnan en estos epistolarios para dar cuenta  al lector de hoy de cuán rico y a la vez complejo y difícil era —y acaso lo siga siendo— el mundo cultural cubano.

El Epistolario Boti-Poveda puede calificarse, a pesar de lo gastado del adjetivo, de conmovedor. Creo que no admite mejor atributo. Antes de que el investigador que lo tuvo a su cargo se diera a la tarea de entregárnoslo, el propio Boti sabía de su enorme significación, y al respecto escribió:

Con las cartas de ambos —J[osé] M[anuel] P[oveda] y yo— se podría formar lo más recio de un epistolario del modernismo. No de publicación inmediata, porque tendríamos que recurrir al expediente de las iniciales, no para rodear de intríngulis nuestra correspondencia, sino para no mortificar a muchas personas aludidas, existentes aún. De todos modos, esas cartas provocarían una asonada literaria... en el vaso de agua que es nuestra Patria.

Boti tenía toda la razón, pues al poder leer hoy este primer epistolario, abarcador de la etapa que corre entre 1907 y 1915, año en el cual, en circunstancias aún no del todo esclarecidas, la amistad entre ambos poetas se deterioró, tal como lo apunta Chaple en su prólogo, “al punto, dice, de no acusar Boti recibo del envío de Versos precursores hecho por Poveda al publicarse el libro en 1917”, podemos captar no ya la agonía de dos hombres que se habían impuesto la tarea de renovar la poesía cubana en medio de circunstancias adversas, sino el dolor de la impotencia, de la casi desesperación. Nada ajenos a la vida política cubana, el 11 de enero de 1914 le remite Boti a su amigo una carta que califico de memorable, compendio de todas sus amarguras:

Literariamente estoy perdido. Lucho por la representación a la Cámara. Si salgo, bien; y si me quedo, mejor. Nada hay más asqueante que la política cubana y si sigo en el burro es porque ya estoy montado. José Miguel [Gómez] es un ladrón y Menocal un idiota. Zayas un cero a la izquierda. Un horror... Le confieso una vez más que le tengo asco a mi país y a sus hombres públicos y a todos los organismos oficiales. Le huyo a tanta infección... Lo demás, de lo más alto a lo más bajo de nuestra capital me importa un pito.

Y Poveda le respondió una semana después:

Yo creo que la responsabilidad de ciertos estados de ánimo muy jodidos por los que usted atraviesa, los tiene exclusivamente la política, y sobre todo la política violenta que usted hace. Menos mal si al cabo consigue el acta [de Representante a la Cámara], ya que el acta significa reposo para el que tiene un concepto decente de lo poco que interesan los derechos del pueblo.

Pero Boti optó por romper con la política y, aliviado, se lo hace saber al amigo:

Desde el día primero he recobrado mi independencia personal. Perdí, con esa fecha, la asamblea. Ya respiro.

Poveda le responde:

Acabo de recibir sus dos renglones del seis de junio. Ya por El Cubano Libre había tenido yo esa noticia. No sé si deplorarlo. Lo que me pide irá enseguida: copias, versos y carta extensa. Por ahora sepa que recibí, con verdadero placer, esa noticia de su “retorno”. ¡Estaba tan lejos!

En esta correspondencia se trasluce la admiración de Poveda hacia Boti, y se entrevé la lucha contra los escritores capitalinos:

Usted sabe, dice Boti, que nuestros literatos jóvenes pecan a menudo de granujas. Sobre todos los vecinos de La Habana. En el fondo desprecian a los que escribimos en provincias. Nos dirigen unas cartas deliciosas, sacan un bombo... y después se quedan mirándonos por encima del hombro.

Y en otra:

Sobre todos los pobrecitos provincianos, de los que nadie admira nada, debemos cuidar de que nadie se ría de nosotros con razón.

El medio hostil que lo rodeaba lo llevó a confesar en carta a Poveda del 7 de febrero de 1908:

El caso es que me estoy apartando atrozmente de nuestros intelectuales, y hasta les voy tomando odio. Sin haber penetrado en el seno de esa morralla ¡cuántas cosas puercas he visto! ¡Y de cuántas cosas puercas he sido víctima! A veces no me explico porqué es que sigo amando la literatura.

Asistimos asimismo a la forja del libro cuyo centenario de publicación celebramos, Arabescos mentales, cuyo título inicial era Gemas de alquimia, y Poveda recibe con alegría la noticia, según se lee en una carta del 28 de noviembre de 1909, aunque el libro aún demorará casi cuatro años en salir:

Mis primeras palabras han de ser para felicitarle por la próxima aparición de las Gemas de alquimia. Crea que no pudo enviarme noticia más agradable. Yo aspiro a que formemos en Oriente un núcleo que se haga oír en La Habana, y más tarde de la América y del mundo. Los pobres provincianos, sin estímulos, tenemos además la desdeñosa indiferencia de los capitaleños, y eso es lo que hemos de vencer trabajando.

Los originales del libro, o mejor, una primera versión de él, va a manos de Poveda en 1910, quien por entonces estaba en La Habana cursando la carrera de Derecho, y cuando regresa a Santiago de Cuba  comienza a hacerle observaciones que serán, por lo general bien recibidas por el debutante poeta, pues el autor de Versos precursores actuó casi como asesor del mismo. Pero como Boti era quisquilloso, revisa su poemario sílaba a sílaba en busca de hiatos, cacofonías, repeticiones y asonancias demasiado cercanas. Chaple, que pudo acceder a la enorme papelería de Boti en la  casa del ilustre guantanamero, ha dado testimonio de que “[e]n el curso de nuestra investigación hemos podido leer poemas inéditos de la última etapa poética de Boti, evidenciadores de que el rigor autocrítico y la escrupulosidad formal acaso obsesiva en el proceso de creación de su obra lo acompañaron hasta su muerte”.

Las cartas de Boti con Guillén y Marinello dan cuenta de una amistad poética y, en general intelectual, notable. Ricos intercambios de ideas, visitas que se prometen, pero no se cumplen, algún comentario que provoca hilaridad. Tres intelectuales en diálogo fraterno y emocional, sometidos por el afán de la creación y del compromiso.

Regino Boti: cartas a los orientales reúne una abundante correspondencia del poeta sostenida con escritores de esa zona entre 1904 y 1926, cuidadosamente organizada y anotada, al igual que los anteriores epistolario. En el prólogo, José M. Fernández Pequeño da cuenta de la inmensa papelería que se localiza en la casa del poeta, hoy convertida en museo: poesía inédita, trabajos en prosa, proyectos investigativos en los campos de la literatura y de la historia, sus diarios personales, los recortes con sus trabajos publicados en la prensa, notas de diversa índole y, por supuesto, las cartas, que reunidas en este volumen a partir de una selección, ofrecen una muestra singular  que el investigador evalúa de “inigualable hacia el conocimiento de su actividad vital y permite, al mismo tiempo, una cala profunda en la época que le tocó vivir”. Lo más significativo de esta correspondencia está en lo literario, documentación excepcional para estudiar las letras cubanas en la primera mitad del siglo pasado. De “penetrante pupila crítica” califica el citado investigador esta correspondencia, y gracias a la publicación del libro se puede corroborar, como lo expresa el propio Fernández Pequeño, que “el retiro de la vida intelectual impuesto a sí mismo por el guantanamero en los primeros años de la década del treinta no fue el resultado de un improntu repentino o de un período particularmente desagradable en su vida, sino de un largo proceso que es posible seguir paso a paso desde los primeros años del siglo [xx]”. En estas cartas a sus coterráneos encontramos sus apreciaciones sobre el movimiento vanguardista cubano y a muchos debe todavía sorprender su carta al respecto dirigida a Nemesió Lavié del 29 de mayo de 1929, cuando este le preguntó acerca de la nueva tendencia en la Isla:

La vanguardia es la voz de una generación, como el modernismo lo fue de otra. Nadie puede acusarse de producir la vos de su hora. Lo que en mi obra vanguardista o pseudovanguardista hay de malo se debe a lo pasado de mi hora estética y a mi falta de preparación, medio y cultivo. Pero no entender o no poder hacer una cosa no implica que la cosa sea mala. Si hay impotencia por cuestión de sensibilidad —que es más bien cuestión de hora, de tiempo, de momento, como escribió una vez Mañach— confesarlo y aplaudir a los que triunfan. Esos son los muchachos de ahora que hacen lo que nosotros hicimos ayer cuando éramos muchachos.

Ejemplo mayor el suyo con estas palabras.

De reciente aparición el epistolario Regino E. Botí. Cartas de aquí y de allá, recoge las escritas y recibidas entre 1905 y 1921, y es el primer volumen que aparece de varios prometidos. A diferencia de los anteriores, este no posee ni notas ni índice onomástico —este último no lo tuvo tampoco el Epistolario Boti-Poveda— lo cual conspira contra  la recepción del libro por parte del público lector, pues, en el caso de la ausencia de notas, este, si no tiene los conocimientos necesarios, difícilmente podrá aprehender muchas de las informaciones que se brindan, o saber quiénes son las personas citadas, para solo poner dos ejemplos de cuánto devalúa a una obra como esta carecer de este instrumento. En cuanto al índice onomástico un epistolario lo lleva de manera imprescindible. Aun con estas carencias, a la que sumo un criterio de edición muy discutible, el volumen atesora un notable valor. En él encontramos cartas de figuras como Agustín Acosta, Bonifacio Byrne, Enrique José Varona, José María Chacón y Calvo, Fernando Ortiz, los dominicanos Max y Pedro Henríquez Ureña, Jorge Mañach, y algunas firmas extranjeras, como José Santos Chocano y Alfonso Camín. Los temas predominantes en estas misivas, como se advierte por la naturaleza de los destinatarios, son recurrentemente culturales: proyectos de libros, fundaciones —cumplidas o no— de revistas literarias, proyectos de organizar sociedades culturales, discusiones que dan el termómetro exacto de la vida intelectual. Así, Sócrates Nolasco, dominicano, le pregunta en carta del 21 de enero de 1915: “¿Y qué nuevos versos tiene escritos? ¿Podría Ud. tener conmigo la confianza que tenía o tiene con José Manuel Poveda, de darme a conocer algunos antes de publicarlos? Si tal [ocurriera] me regocijaría de veras. Y J[osé] M[anuel] ¿que es de él? Supe en S[anto] D[omingo], por extraños, noticias estrafalarias respecto de él”.

Encontramos también el elogio de Santos Chocano a Arabescos mentales:

Mi querido compañero:

Recibí y leí su hermoso libro. Estoy de acuerdo con Henríquez Ureña. Pienso que este libro, revelador de un Poeta en posesión definitiva de su instrumento verbal, no solo vale por sí, sino por lo que promete. Le felicito con la mayor sinceridad.

Con estas palabras del poeta peruano exponente del modernismo en su vertiente más parnasiana, se revela, aun en su brevedad, la importancia que tuvo Arabescos mentales para la poesía cubana. Unamos a la jerarquía de ese libro-señal, la relevancia de sus cartas, para poder aquilatar con mayor juicio la impronta que Regino E. Boti dejó en la literatura cubana y, en general, de habla hispana.

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