Tanteos con la expresión visual

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Hace unos meses, la doctora Graziella Pogolotti, con su proverbial agudeza intelectual, dio cabida en la Fundación Alejo Carpentier a un ciclo de conferencias titulado Pintores que escriben. El orden del enunciado no era fortuito. La mayoría de las personalidades abordadas por los conferencistas habían sido pintores que, como segunda necesidad expresiva, habían cultivado las letras en el terreno de la poesía y la ficción, sin dejar de ser primordialmente pintores. O cuando menos, mantuvieron una incesante labor en ambas esferas, complementando o multiplicando sus modos de decir.

Uno de ellos, sin embargo, no dejaba de ser singular en dos sentidos: de una parte, la escritura poética y reflexiva fue tan determinante en su trayectoria que debió responder más a la inversión del título del ciclo, pues se trataba de un escritor que pintaba. De otra, tanto su práctica literaria como artística transcurrió al margen de los centros culturales tradicionales de la Isla, nada menos que en Guantánamo, a la que llamó, con pasión filial, “aldea mía”.

Me estoy refiriendo, obviamente, a Regino E.  Boti (1878 – 1958). En realidad, la pintura apareció primero en su formación y es posible que la tomara en su adolescencia más en serio que lo que se piensa durante su estancia en Barcelona, en la última década del siglo XIX.

Fue la suya una perspectiva académica de corte realista, pero como ha observado uno de sus más rigurosos estudiosos, el crítico guantanamero Jorge Núñez, hay giros y gestos en la apropiación de los temas y su plasmación plástica que apuntan hacia la necesidad de darle otra dimensión a la imagen.

Esto se hace visible más en las acuarelas que en los retratos. Llama la atención la frescura y el desenfado con que transita por los tópicos del paisajismo. Algunos han querido ver una asimilación de la escuela impresionista europea, dada la época de su formación y, más aún, la vasta información cultural que fue adquiriendo luego de su reinstalación en Guantánamo a lo largo de décadas. Gravita sobre esa apreciación el juicio autorizado del notable profesor y ensayista José Antonio Portuondo, quien al presentar su obra en 1987 escribió: “Todo visto con óptica realista y académica, con alguna leve nota romántica y atisbos impresionistas, más frecuentes en los apuntes al pastel”.

Un detenimiento mayor en sus acuarelas y bocetos conduce a pensar, sin embargo, que más allá de la discutible influencia impresionista, en Boti se manifiesta la intención de reducir el paisaje y la naturaleza a lo esencial. Tal pareciera que no le interesa ni la copia fotográfica ni la evanescencia subjetiva, sino tomar un atajo que lo llevara al signo interior que se esconde en la apariencia de las cosas.

No obstante, resulta totalmente especulativo afirmar la incubación de una ruta personal en la creación visual botiana. Fue elección suya dejar que la pintura y el dibujo ocuparan en su producción el sitio de una afición sin una definida proyección profesional.

Pero sus tanteos no caen en el vacío. No solo por el hecho de testimoniar una sensibilidad que, en lo literario, alcanzó cumbres insospechadas e inéditas, aunque no siempre reconocidas en su momento, sino por las novedades subyacentes de una obra que pudo ser.

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